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Querelle de Brest: poesía en zig zag Alberto Ruy Sánchez |
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Autor de la novela
Los nombres del aire, director de la
revista Artes de México, discípulo de Roland Barthes, Alberto Ruy Sánchez
es un refinado conocedor de la literatura francesa. En este ensayo, regresa a
una de sus pasiones tempranas, el cine, y compara la versión cinematográfica que
Fassbinder hizo de Querelle con el original de Jean Genet.
Él ya había comenzado, tres años antes, a imponer públicamente su propia
representación mitológica de autor de los bajos fondos sociales que había
escrito sus tres primeras obras en diferentes prisiones. Eran libros en gran
parte autobiográficos, en los que se afirmaba estéticamente una moral de sentido
inverso: un elogio del crimen, la traición y el asesinato como elementos
indispensables en la belleza realmente convulsiva.
Querelle de Brest es el primer libro en el que intenta no presentarse
a sí mismo como personaje. El narrador nos relata brevemente sus propias
dificultades para sacar de lo más profundo de su ser a un héroe nuevo: Georges
Querelle, un marino criminal. De pronto nos lo describe como un ángel cuyos pies
tocan apenas el agua y cuya cabeza, iluminada por su sonrisa, se confunde con el
sol en el horizonte. Poco a poco le va dando la configuración moral de un
monstruo. El más bello de los monstruos posibles. Un musculoso Hércules marino
que, al tomar conciencia de la fuerza de su espalda contra un muro, comienza a
verse a sí mismo como un inmenso cocodrilo dispuesto a despedazar a cualquiera
con sus fauces alargadas o con un sorpresivocoletazo. Un monstruo hostigado por
la gente. Lo que confirma en el fondo su metamorfosis es el asesinato. Matar a
otros marinos es, para él, entrar en estado de gracia. La purificación de su
monstruosidad.
La crítica literaria compara tradicionalmente a Querelle de Brest con
Billy Bud, de Herman Melville. Especialmente porque se sabe que Genet
conoció muy bien ese libro y hay enormes similitudes entre las dos novelas. En
ambas hay un oficial enamorado secretamente de un joven marino que es visto como
un Cristo, un sufriente pasional. Ambos son asesinos. Billy Bud paga sus culpas
con su propia muerte. Querelle escapa. Con esta pequeña gran diferencia, Genet
no sólo establece otra moral y otra idea de justicia sino que, más importante
aún, propone un esquema de constante rebasamiento de las nociones establecidas
de moral y justicia. Su personaje se convierte en un outlaw en constante
movimiento. Un hombre en accidentada línea de fuga.
Una y otra vez, los personajes de
Genet, y especialmente Querelle, son los
traidores de los traidores de los traidores. No hay
A diferencia de como sucedería bajo la moral y la justicia anglosajonas, el
héroe de Genet no se fuga en línea recta, rompiendo muchas veces la misma ley en
peores y más grandes proporciones. Él se mueve como bola en una mesa de billar,
una línea de fuga quebrada, acogiendo su diferencia con otros que también lo son
pero luego traicionándolos a ellos también. Un prófugo en zig zag.
El sistema poético de la novela también es inestable y avanza en zig
zag: una
vez que se ha establecido un sistema de metáforas, de analogías, y un ritmo de
reincidencias y fugas poéticas, Genet lo rompe y comienza de nuevo como si no
hubiera puesto ninguna piedra en su edificio poético. El elogio teatral de la
traición es también su fórmula poética.
Una y otra vez, los personajes de
Genet, y especialmente Querelle, son los
traidores de los traidores de los traidores. No hay un sólo valor negativo que
se vuelva positivo por medio de la ficción y pueda permanecer así. En esta
novela todo está en movimiento, e incluso lo más negativo se puede volver
positivo y viceversa. Incluso el gran valor positivo de la literatura de Genet
en sus primeros libros, que es la homosexualidad rebelde, se convierte en
Querelle de Brest en una dimensión que puede aflorar en todos, que a
veces está ahí o no está, que pierde heroicidad al diluirse en la humanidad
entera.
Esto último hace que más allá de la influencia anecdótica del libro de
Melville y muy lejos de su moral anglosajona, la novela de Genet se impregne sin
duda de una dimensión de Melville que podríamos llamar simbólica: todas las
cosas son más de lo que parecen. Todo significa otra cosa, profundamente. Las
formas que vemos y tocamos son el alfabeto del sentido del mundo.
Querelle de Brest es así una novela simbólica y poética. El puerto de
Brest y su mundo de marinos de parranda, callejones hechos para el asalto y el
asesinato, burdeles con matronas altisonantes, bares y hoteluchos de antología,
son el producto evidente de las largas correrías de Genet por los puertos
mediterráneos. Pero su descripción no es realista. Quiere penetrar más en ellos,
como si fueran ánimas, cosas vivas. Son antes que nada, en la pluma de Genet,
una selección de los rasgos más sublimes de ese mundo: su presencia simbólica en
unas cuantas líneas y volúmenes.
Entre niebla, lluvia, y un derroche de fatiga y músculos cansados, los
personajes se van presentando ante nuestros ojos en una especie de oleaje bravo
que los deposita en el muelle como agua de mar. "La idea de crimen evoca con
frecuencia al mar y a los marinos nos dice Genet. Mar y marinos no
tienen entonces una imagen precisa, porque el crimen hace que la emoción nos
golpeeen oleadas." El uniforme de los marinos, asegura, es el disfraz ritual de
las ceremonias criminales. Los hace sentirse constelaciones reflejadas en el
agua, estrellas aflorando de continentes tenebrosos, "les otorga el poder de
actuar bajo el hechizo de un espejismo".
Más adelante nos dice que al mar y al crimen hay que sumar el deseo.
Especialmente lo que él llama con énfasis "el deseo contranatura". ¿Por qué lo
llama contranatura? ¿No se trataría más bien de decir que la
homosexualidad también es natural? Genet intenta decir otra cosa. Él se ocupa no
de un deseo homosexual entre homosexuales, sino del deseo homosexual entre
heterosexuales. Violación multiplicada de las normas. Una sutileza que para Jean
Genet es una gran diferencia.
Precisamente esta misma diferencia se relaciona con la inestabilidad de
valores que comentábamos hace un momento al comparar el libro de Genet con el de
Melville. Finalmente, hay en Genet un contraste con el mundo protestante
anglosajón porque él cultiva la incoherencia moral. No la rebeldía a las normas
morales sino la inestabilidad de toda moral. Algo que escapó a los militantes de
izquierda (Panteras Negras, palestinos, etcétera) con los que se solidarizaba
Genet y que luego se asombraban porque no era "tan coherente" en su anunciado
"compromiso". Algo que escapó a Sartre, el teórico del compromiso de los
escritores, que era protestante, en su voluminoso y muchas veces deslumbrante
ensayo San Genet, comediante y mártir. Algo que, también, escapó al
director alemán R. M. Fassbinder en su adaptación al cine de Querelle de
Brest, una película provocativa pero muy coherente con los enunciados de
antivalores que propone. Finalmente, en la película hay una actitud moral más
cercana al mundo protestante que al mundo católico lleno de incoherencias,
continuamente acomodaticio y sadomasoquista de Jean Genet.
De entrada, la película de Fassbinder deja de lado la poesía verbal de la
novela, que es una de sus dimensiones más importantes, y se concentra en las
líneas de acción dramática: la rivalidad entre los dos hermanos Querelle, Robert
y Georges (el primero es amante de Lysianne, la patrona del mítico bar La
Feria); el enamoramiento del teniente Seblon por Querelle, que lo hace llevar un
diario donde seguimos su caza furtiva del marino; las sucesivas traiciones y
asesinatos que desembocan en una especie de Pasión religiosa, recorrido
sufriente del protagonista. Hasta ahí llega Fassbinder, que enfatiza los besos
entre hombres, pero no puede llegar a entender que Genet en su libro desafía aún
más a todos porque son besos entre heterosexuales perturbados.
De la misma manera, Fassbinder abandona la dimensión poética del puerto, que
viene con la lengua y con la relación deseante, para convertir a la novela en
una especie de obra de teatro expresionista en tonos crepusculares, poblada no
por los marinos criminales de Genet, sino por los habitantes de cualquier bar
gay de Berlín o París en los años ochenta, incluyendo gorras marineras y
chamarras de cuero. Así, por ejemplo, la intensa escena de la fascinación entre
Gil y Roger, "unidos por el hilo de sus miradas como si estuvieran unidos por la
boca", se convierte en un coqueteo insistente y ya.
La perversidad poética y moral de Jean Genet está, todavía, más allá de lo
"bien visto" en los medios progresistas de este final de siglo; y su fuerza
poética es, como la de Celine, "una de las más profundas heridas de la noche de
este siglo".
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