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Yon fuma
lentamente un cigarro en la mesa de una taberna madrileña
rodeado de viriles hombres que toman allí alguna tapa antes
de regresar a cenar a casa. Es el fumar de aquel que se
siente inseguro. Entre su jarra de cerveza y la nube de
nicotina que lo envuelve, Yon va contándome cómo su padre es
la versión bilbaína de esos obreros que se agolpan
en la barra del bar.
- Bua, si yo le dijera a mi padre que me molan los tios
me echaba de casa. ¡Menudo es mi padre!

Yon tiene
20 años, estudia ingeniería en Madrid y es natural de
Barakaldo.
- Allí, en el País Vasco, mejor decir que te gustan
las mujeres. Que te las follarías a todas. Allí el
royo machote les va mucho.
Me
habla de sus comienzos en Madrid hace ya casi tres
años. El dejar atrás su vida en Barakaldo, su
familia, sus amigos, su novia. Sí, Yon tenía novia.
- Todo esto empezó al venirme aquí a Madrid.
Conocí a un chico gay en mi residencia de
estudiantes y, aunque yo tenía claro que mi
orientación sexual era hetero, me llevaba muy bien
con él. Salíamos entre semana de copas. Empezó a
enseñarme Chueca.
Una
calada larga al cigarrillo que se le consume entre
las manos. Llama al tabernero. Un ron con cola,
cuando pueda.
- Y no sé, me empecé a interesar. Fue algo, no
sé, la curiosidad. Yo que sé.
Su
mirada se pierde tras de mí. Mira su reflejo en los
espejos de la pared. Echa el humo para borrar el
reflejo de su vista. Continúa con su relato. Sus
primeros contactos en el chat de Chueca. Sus
primeras palabras con chavales gays de diecisiete,
dieciocho años… el primer encuentro vía chat etc. Un
nuevo mundo nacía para Yon. Empezaba a sentirse
cómodo en ese mundo, en esa realidad paralela. Sólo
existía un problema:
- Lo jodido era que mi mundo comenzaba en la
pantalla del ordenador, mi verdadero mundo. El que
yo quería. Pero la realidad era otra, la realidad es
la de no poder decir que te sientes atraído por un
tío.
Le
comento a Yon algunas de las historias con las que
me he ido topando en el transcurso del reportaje. La
expresión de su cara agradece ese respiro que le
otorgo, agradece dejar de volver al pasado. Siente
una especie de alivio idiota al comprobar, a través
de mi relato, que no sólo él lo pasó mal. Historias
como la de Abrahán también de Madrid.
Abrahán con 16 años tiene muy claro que le gustan
los chicos. En el chat de Terra busca sexo. Me
agregó a su Messenger y quizá se llevó un disgusto
al saber que yo no buscaba lo mismo. Aún así noté
que se sentía a gusto pudiéndole contar a un rostro
anónimo sus inquietudes adolescentes. Su padre es
gitano, su madre paya. Está solo en casa. Necesita
contactar con alguien y quedar con él para acostarse
juntos. No es primerizo.
- Cuando puedo, cuando estoy solo me meto en el
chat y quedo con algún tío que me mole. Solo quiero
sexo. Me gusta hacer guarradas.
- ¿Saben tus amigos lo que haces? – le
escribo por el Messenger –.
- No, todos mis amigos son gitanos. No les puedo
contar que busco chicos. No sabes cómo es ese mundo,
sería una vergüenza.
No sólo pasa entre gitanos. El 32% de los chicos
adolescentes de la Comunidad de Madrid no ven mal
tratar despectivamente a los homosexuales. En el
caso de las chicas es un 15%. Al oír mi relato, siento que Yon comprende muy bien
lo que debe pensar Abrahán. Yon me mira atentamente,
su mirada me pide que prosiga. Abrahán se ha llevado cierta sorpresa en alguna de
esas citas vía chat, sin embargo, se resiste a
modificar esta forma de quedar.
- Oye ¿y por qué no sales un día por Chueca?
¿Por qué no pruebas a establecer una relación con
otro chico homosexual cara a cara?
- No. En mi mundo no puedo hacer eso. Lo
mejor es lo del chat, puedo follar con tíos sin que
se entere nadie. Además yo solo busco sexo. Yo de
quien realmente estoy enamorado es del hermano del
novio de mi hermana.
- ¿Tu cuñado?¿Qué edad tiene?
- Algún año menos que yo.
- ¿También es gay?
- No. Pero siempre pienso como sería besarle.
Sentí pena. Abrahán se refugiaba en el sexo y el
chat para dar salida a sus sentimientos. En la etapa
de la vida donde más grande y poderosa es la fuerza
del corazón, un chico de 16 años debía mendigar por
una realidad paralela para no romper los cánones que
le dictaba su verdadero mundo. Abrahán cambiaría
todo lo que tiene por estar junto a ese chiquito.
Pero ni tan siquiera luchaba por ello, como hace
cualquier chico de su edad enamorado de otra chica,
porque ese iba a ser el principio de una larga serie
de problemas.
Yon bebe con decisión su copa. Yo decido
acompañarle. Havana 7 con limonada. Empieza a
relajarse.
- Así estuve yo. De chat en chat. De cita en cita a
ciegas. Saliendo de mi habitación de madrugada,
cuando todos dormían. Montando en autobuses
nocturnos para ir al sitio acordado. Ahora lo pienso
y me entran escalofríos. Llegué a pisar, de noche,
los peores barrios de Madrid, siendo un crío de 18
años.
- ¿Siempre salían bien esos encuentros?
- ¡Qué va! En esos chats todo el mundo se
esconde de algo. Todos tenemos algo de lo que
queremos huir y en un chat podemos crear nuestro yo
perfecto. Una noche quedé con dos chicos. Uno tenía
mi edad. Empecé a hablar con él por el chat de
Chueca. Queríamos sexo. No teníamos donde.
Contactamos con un tercer chaval que decía estar
solo en casa. Allí fuimos. ¡No nos conocíamos
ninguno!
- ¿Y qué pasó? – pregunté intrigado.
- El tercer chaval en cuestión resultó ser un hombre
que rebasaba los sesenta años.
- ¿Y qué hiciste?
- Yo me quedé allí viendo la televisión. Puso una
porno. El otro chico comenzó a masturbarse con la
porno. El viejo se conformó con verle. Y como estas
historias, te podría contar mil. Solo Dios sabe las
locuras que he hecho.
Me llevé el vaso a los labios. Los tenía secos. Ya
llevaba algunas semanas moviéndome por el ambiente
gay en Madrid y contactando con adolescentes
homosexuales de toda España a través de la red o el
teléfono. Mientras Yon hablaba, en mi cabeza se iban
superponiendo imágenes, historias, luces, sonidos,
comentarios, cifras…
Según estudios, casi la mitad de los jóvenes gays en
España sufre violencia verbal o física en las
escuelas o institutos. Y de ellos, uno de cada
cuatro piensa en suicidarse. Necesitaba otro trago. Yon continuaba hablando.

- Conocí a un chaval de Florida. Estudiaba en
España. Quedé con él y todo fue perfecto. Empezamos
a entablar una amistad. Empezamos a ser amigos;
bueno, amigos con derecho a roce. Él no quería
reconocer su atracción por los hombres. Había
momentos de discusión. Estuvimos juntos desde enero
hasta septiembre que tuvo que regresar a EEUU.
- ¿Pero erais novios o qué?
Una
sonrisa se dibuja en su cara. Debo parecer un
ingenuo a ojos de Yon.
- No. Era algo raro. La vida cuando no puedes
decir abiertamente lo que sientes…es siempre rara. A
Clark lo tenía que presentar como un amigo que
conocí en un campus de verano en Londres y que ahora
estaba aquí estudiando en España. Era terrible.
Tenía que montar una historia completa sobre su
vida. Y conforme lo iba presentando a gente con la
que me relacionaba yo en la facultad o en la
residencia, la mentira crecía y crecía.
Mueve
los hielos de su cubata. En el vaso solo quedan los
cubitos. Mira fijamente la rotación del cristal.
- Lo más duro de todo era engañar a gente que
realmente apreciaba. Amigos de verdad, en los que sé
que puedo confiar y que, por aquel entonces, temía
perder. Para ellos Clark era una persona que
realmente no existía. Solo yo conocía lo que
ocurría: Clark y yo no éramos conocidos en un campus
de verano precisamente.
Imagínese a cualquier adolescente. Piense en la
importancia que un chico a esta edad le da a sus
amigos, a sus “hermanos” de la calle. La idea de
mentirles debía pesar en alguien como Yon o como
Abrahán mucho. Lo mismo hace Tomeu de Manacor. Tiene 18 años y
ninguno de sus amigos conoce sus verdaderas
inclinaciones sexuales. Me cuenta que es bisexual,
pero yo noto que sigue enamorado de su ex, un
chavalito argentino que conoció a través del chat.
- Yo no pensaba en gays ni nada. A mí me gustaban las
chicas. Cuando tenía 16 años aún no había perdido la
virginidad con ninguna, pero no me planteaba irme
con un chico. Una tarde, en un locutorio, me metí al chat de Terra.
Me habló Pablo. Me dijo que le gustaban los chicos
pero yo me divertía hablando con él. Hablábamos
todas las tardes por Messenger. Yo me iba al
locutorio. No es que me gustase, simplemente me
entendía con él. Al mes decidimos quedar para ir de compras y eso.
Tras beber algo y pasar la tarde juntos, me preguntó
si podía besarme. Le dije que sí. Ese beso fue el
inicio de una relación de año y medio que terminó
hace 4 meses.
Le voy
dibujando a Yon la historia de Tomeu. Escucha
atento, parece una terapia. No me pregunta pero sé
qué dudas tiene en su cabeza.
- Tomeu ahora, más o menos, está tranquilo – le
voy diciendo entre trago y trago –. Sus padres ya lo
saben, sus amigos no. Pero ha conseguido conocer a
gente del ambiente gay de Mallorca con la que se lo
pasa bien. Cada fin de semana decide si salir con un
grupo u otro.
- Eso también me pasó a mí durante un tiempo –
me interrumpe Yon –. Yo empecé a conocer gente que
realmente valía la pena por el chat. Chavales como
yo. Alguno con más experiencia y que me ofrecía
ayuda, consejos ¿sabes? Empecé a salir con ellos por Chueca. Empezaba a
quitarme una losa de encima. Con mis amigos de clase
comencé a dejar de quedar, me fui aislando creo. No
aislando, sino que un mundo nuevo se abría ante mis
ojos y, con él, gente nueva.
- Y ahora… ¿Qué ha pasado con los amigos de la
facultad?
- Realmente nunca fueron amigos – Esgrime la
misma mueca en la cara que indica mi ingenuidad, de
nuevo, al preguntar- solo eran coleguitas de clase
que quedábamos para salir de fiesta. Y simplemente
pasó que encontré a otra gente con la que además
podía hablar el problema que más me inquietaba.
- ¿Pero dejaste de relacionarte con los
compañeros de clase?
- No. Lo que ocurría es que dejé de salir
siempre con ellos, aunque eso sí, también me corría
buenas juergas estudiantiles. En una de esas…le
confesé a uno que era gay, que había empezado a
introducirme en ese mundo.
- ¡Vaya, saliendo del armario!
- Bueno… me acuerdo que al poco lo terminaron
sabiendo a través de mí los tres o cuatro chavales
con los que mejor me llevaba. Esos con los que
cuando te emborrachabas te hablaban de sus
problemas, esos con los que mendigas apuntes a otras
compañeras… Al cabo de unos meses todos parecían
evitarme.
Ese es el miedo que, precisamente, tienen chicos
como Tomeu: temen perder aquello que aprecian. Temen
que el ser diferentes en un aspecto como la
sexualidad haga que sus amigos los dejen. Y para
Tomeu este no fue el único problema que sorteó con
tan solo 16 años.
- Yo me saltaba clases para poder verme con
Pablo entre semana. Los fines de semana estábamos
siempre juntos y terminábamos haciéndolo en
cualquier sitio: su casa, un parque, unos lavabos…
- ¿Nunca en la tuya?
- No. Lo más gordo fue cuando mis padres lo
descubrieron. Se enteraron por la factura del
teléfono que me hablaba con un chico y en el colegio
le dijeron que faltaba a demasiadas clases. Ataron
cabos y… ¡¡fue terrible!!
- ¿Qué pasó con tus padres?
- Querían denunciar a Pablo. Él me lleva
poco más de un año y por aquel entonces él era mayor
de edad y yo no. Querían denunciarlo por violación.
Me llevaron a médicos para ver si se me pasaba…
¡cómo si fuera una enfermedad! Se creían que Pablo
me había contagiado la homosexualidad. Fue el peor
verano de mi vida. Todo eran discusiones, malos
ratos…me quería morir.
- ¿Y ahora?
- Ahora bien. Más o menos lo han asumido, sin
querer. A casa viene algún amigo, aunque no hacemos
nada. Y cuando quiero ligar con algún tío me voy con
mis amigos gays. Otras veces salgo con los de
siempre.
Así es la vida de Tomeu a sus 18 años. Eligiendo a
su grupo de amigos por su condición sexual. Contando
a sus amigos de clase que Pablo era una chica de 18
años con la que estaba saliendo.
- Si yo te contase a ti cosas de esas… ¡Mil! Tener que
mentir sobre qué hiciste el sábado y por qué no
saliste con los de tu facultad…eso es una constante
– me comenta Yon –. Y cuando llego a Barakaldo
es peor aún. Allí nadie sabe que me gustan los tíos.
Cada vez que voy siento que estoy atrapado y que
vivo en una mentira. Mi verdadero mundo se acaba
convirtiendo en una mentira. Padre, madre,
amigos…todos forman parte de ella.
La angustia que siente Yon es la misma que percibo
con tantos y tantos chicos con los que he podido
hablar. Con Emilio, de Alicante. Gitano y gay, como
su padre. A pesar de eso, ambos guardan las
apariencias y buscan mujeres. Jonny, de tan solo 13 años. Lo conocí en el chat. De
entrada creía que yo también era un adolescente gay.
Estaba obsesionado con el sexo, con el cibersexo.
- ¿Vas a querer quedar conmigo? Te hago lo que
me pidas.
Me confesó que suele estar solo porque sus padres
trabajan y aprovecha para ponerle la cam a otros del
chat y masturbarse. Algunas veces, incluso también
se la ponen a él. Otras, ingenuamente, Jonny piensa
que al otro lado está quien le dicen que es. Le pregunto si tiene hermanos. Me responde que uno.
Mayor que él de 18 años. No le cuenta nada porque
asegura que le rompería la cara.
- Mi hermano odia a los que son como yo. Dice
que los maricones no valen para nada.
Y podría hablar de tantos chicos en situaciones
similares. Como Adrián de Sevilla. Sus amigos no
saben nada. Él mantiene relaciones con chicas para
no levantar sospechas, pero se muere por estar con
uno de sus amigos. Andreu, de Gerona, a sus 17 años
no va a clase. Tampoco trabaja. Está en casa
ayudando a lo que su madre le manda. Me cuenta que
pasa largo tiempo delante del ordenador, que su
habitación es como un reducto de tranquilidad donde
puede esconderse de todo y que el chat es la
oportunidad de conocer a chicos interesantes. No
puedo llamarle, rechaza mis llamadas.
- Por favor, llamadas no. ¿No ves que estoy en
casa y pueden enterarse mis padres? Mensajes todos
los que quieras, tengo contraseña en el móvil.
– me escribe por sms.
Son todos chavales de no más de 20 años. Chicos que
comienzan ahora a saber lo que es la sexualidad, a
sentir la necesidad imperiosa de dar rienda suelta a
sus instintos más básicos. Más estudiosos o menos,
con más cultura o con menos, trabajadores u ociosos,
extrovertidos o vergonzosos… son como todos los
adolescentes que conocemos, como todos esos
adolescentes normales. Sin embargo, hay algo que
separa a estos chicos de la normalidad, y no es su
tendencia sexual, es otra cosa: la sociedad. Ellos
no pueden manifestar su elección por miedo al
rechazo o lo que es peor, la decepción en aquellos
que los quieren.

Tapan
sus necesidades, ocultan su verdadera naturaleza
para no hacer daño a su entorno, como si ellos
tuvieran la culpa de algo. Entran en un armario para
no hacer ruido aquí fuera, en su mundo real. Ese
mundo real que no les quiere. Es entonces cuando a
través de una nueva realidad, creada a partir de un
chat, comienza una nueva vida para ellos en la
clandestinidad. Adolescentes gays como presos
políticos en regímenes totalitarios. Su crimen: amar
a personas de su mismo sexo. Su cárcel: el armario
donde les encierra la sociedad; sociedad que luego,
tan hipócritamente, les invita a salir de ese
armario.
Escribiendo este reportaje voy comprendiendo lo que
sentían esos chicos cuando me rogaban que les
mantuviera en el anonimato. Me voy acercando a lo
que debe padecer un chaval de su edad cuya vida
empieza donde se cierra la puerta de su dormitorio y
hay una pantalla de ordenador y acaba en el silencio
de los tabúes de esta sociedad. Todo lo vivido en la
realización de este reportaje va proyectándose sobre
mi recuerdo. Llamo a Yon.
- Yon, ¿y después de todo esto que me contaste
en esa taberna qué?
- Nada. Después no hay nada. Todo seguirá igual.
Ya he perdido bastante. He ganado también nuevas
amistades, nuevas experiencias…pero no quiero que mi
vida pasada vaya desapareciendo poco a poco. Soy el
mismo chaval que jugaba y me divertía por las calles
de Barakaldo. No he cambiado en nada…pero, ¿Quién lo
entiende?
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(*) Coloquialmente,
en algunas naciones hispanohablantes el término "Dar por
culo" se emplea como metáfora de "hacer daño, molestar
cruelmente, etc", además de la interpretación literal.
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Artículo
extraído de la página
http://periodistadenacimiento.blogspot.com/2009/01/cuando-la-realidad-da-por-culo.html
(Enero 2009)
Mi
reportaje se llama “Cuando la realidad da por culo”. Intento
poner de manifiesto las dificultades que se le presentan a
un adolescente gay. Encuentra tanto rechazo en su mundo
real, en su realidad, que necesita crearse otra realidad
paralela a través de chats o de salidas nocturnas a
escondidas. Termina viviendo una parte de él en la
clandestinidad.
Si soy
sincero, esta no era mi primera opción de reportaje. Terminé
por decantarme al estar con un amigo gay. Al ver como su día
a día estaba lleno de trampas, de pequeños detalles, que
mermaban su calidad de vida. Decidí, de esta modesta manera,
homenajearlo.
Mi fin era dar a conocer, no una historia puntual, sino una
situación: la de muchos chicos adolescentes que no pueden
decir aquello que sienten, por mucho que su entorno presuma
de progresista. / DAVID REDONDO
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