Hoy
soy absolutamente feliz conviviendo con una
persona tranquila, amable y sensata a la hora de
tomar decisiones difíciles.
Cuántas
veces se ha preguntado usted por qué la persona
con la que se acuesta no tiene las mismas buenas
características de su mejor amigo(a)?
Yo me hice la misma pregunta hasta hace diez años,
cuando conocí a César Castro, de quien me
enamoré y quien, de paso, cumple a cabalidad
con la definición del mejor amigo: aquella
persona que no juzga, sabe oír, es cómplice
perfecto, no cantaletea y siempre esta ahí,
incondicionalmente, a pesar de lo difícil que
puede resultar ser amigo de una persona con
temperamento jodido como el mío.
Y es que a mi mejor amigo no le ha tocado fácil.
Cuando lo conocí en el año 96, su nombre —lo
mismo que su prestigio— pasó por boca de toda
la mojigatería bogotana; los dueños de la
verdad revelada se dedicaron a propalar el
chisme con premeditación y alevosía:
"Pobre Felipe, se dejó engatusar por un
tipejo", decían las arpías como mi ex
suegra y la señora Margot Ricci. "No, qué
horror, eso no va a dudar nada",
mascullaban las pérfidas.
Nadie le pronosticaba un buen futuro a nuestra
relación, a tal punto que mi gran amigo Roberto
Posada me apostó una caja de champaña francesa
a que esta relación era pasajera y no duraría.
Hoy, casi once años después, aún espero las
botellas del fino licor para organizar una
parranda y celebrar con todas las de la ley uno
a uno los años que he estado junto a mi mejor
amigo.
Por supuesto, fuimos también el menú de
cientos de almuerzos y tés de las distinguidas
señoras bogotanas que, para ocultar a los
maricas en el clóset que tienen en sus
familias, se dedicaron a despotricar contra
nosotros dos. Incluso, en alguna oportunidad, la
rata de Édgar Artunduaga, quien tiene que ser
muy rata para que Pablo Escobar lo describa como
tal, salió en un pasquín a inventar una serie
de repugnantes mentiras contra mí.
Episodios como ese serían el pálido comienzo
de una serie de ataques que, sin lugar a dudas,
pusieron a prueba nuestra relación. Pues bien,
pasamos el examen, entre otras cosas, porque nos
volvimos amigos, cosa que no hacen generalmente
las parejas. Solo tengo que recordar que muchos
de los matrimonios de mis otros amigos duraron
menos de lo que ha durado mi relación con César.
¡Y aprovecho para confesar que cuento a mis
amigos con los dedos de una mano!
A ellos, a mis otros cinco amigos, ni siquiera
los menciono para que no los vayan a tachar de
maricones o para que no los persigan como ya le
pasó a uno a quien le quitaron un contrato en
una empresa privada solo por ser amigo de Zuleta.
Finalmente, como esta columna está directamente
relacionada con el tema del mejor amigo, quiero
repetir una frase que decía mi tío Alfonso
Patiño cada vez que uno entusiasmado decía ser
amigo de alguien: "No confunda amigo con
relacionado…". Repito la frase porque
hace diez años, cuando conocí a quien hoy es
mi mejor amigo, creía tener docenas de amigos y
comprobé que eran simples relacionados, pues
muchos de ellos salieron corriendo y, como
Judas, me negaban.
Quienes no lo hicieron y nos acompañaron con
infinita generosidad, se alegran porque hoy soy
absolutamente feliz conviviendo con una persona
tranquila, amable y sensata a la hora de tomar
decisiones difíciles. Recuerdo con especial
agradecimiento el día que tuve que salir
exiliado del país cuando César, sin pensarlo
dos veces, abandonó su carrera como periodista
en su momento cúspide para irse conmigo a
empezar una nueva vida en un centro de
refugiados en donde convivimos con tres afganos
por más de un mes.
Por todo esto es que me atreví a contar
personalmente, por primera vez, esta historia,
con foto y todo, pues en las postrimerías de
lejana juventud no aspiro a una cosa distinta
que acabar de envejecer y morir al lado de César,
mi mejor amigo… ?
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