|
Ya lo dice el viejo dicho: No
hay peor ciego que el que no quiere ver. Tanto nos han dicho que algunas
orientaciones del deseo sexual son malas y perversas, que todos crecemos
con el temor a encontrar algún elemento extraño en nosotros mismos (o en
los demás). Una vez más, lo humano se resiste a ser encerrado en un
esquema simple. Que tire la primera piedra quien se conozca netamente a
sí mismo y no se esconda detrás de una etiqueta.
¿Quién soy? ¿de dónde vengo?
¿a dónde voy? No cabe duda de que todos tenemos momentos en los que
daríamos lo que fuera por tener una respuesta apropiada a estas
preguntas básicas de la condición humana. Sin embargo, a la larga parece
mejor no tener una respuesta demasiado definitiva que no nos permita
cuestionarnos y crecer en direcciones diferentes.
La verdad es que da flojera
levantarse cada día y tener que definir si somos o no somos, por eso
tomamos el atajo de ponernos una etiqueta y conducirnos más o menos de
acuerdo a lo que se supone que indica ésta. La única característica fija
de lo humano es que, mientras hay vida, hay cambio y muchas veces en un
sentido inesperado.
Etiquetas de
identidad para todas...
Las etiquetas pueden servir
como atajos o triquiñuelas que nos pueden ayudar a hacer más manejable
la vida. Pero también pueden convertirse en lastres y obstáculos
pavorosos, y producirnos una gran infelicidad. Es muy importante no
casarme con una etiqueta y ser capaz de revisar críticamente si la que
me había puesto me está ayudando realmente, o si me perjudica
más.
Mi identidad personal tiene
muchas capas, como una cebolla. Cada capa se forma por una etiqueta que
me da identidad: mi cuerpo, mi nombre, mi familia, mi clase social, mi
nacionalidad, mi idioma, mi credo religioso, mi ideología política, mi
localidad, mi equipo de fútbol favorito, mis pasatiempos, mi profesión,
mi orientación sexual, mi música más querida, mi grupo étnico, etc. Y
como buena cebolla, si quitas todas las capas, no queda nada
abajo...
Cada etiqueta me permite
identificarme con algunos y diferenciarme de otros. Algunas etiquetas
son valoradas positivamente, mientras que otras son señaladas y
rechazadas. Algunas etiquetas que me coloco me dan orgullo y seguridad
personal. Al mismo tiempo, soy capaz de cualquier cosa por evitar lo más
posible algunas otras etiquetas que me hacen sentir vergüenza. Es común
enorgullecerse el 15 de septiembre de nuestra mexicanidad, pero nadie
quiere que lo etiqueten como indio o naco (abreviatura de totonaco, un
pueblo indígena originario "como los zacapoaxtlas, cuya participación
decidió el triunfo del bando mexicano en cierta Batalla de Puebla, un 5
de mayo del siglo antepasado").
Avatares de
las etiquetas de orientación sexual
El repertorio de etiquetas de
orientación sexual es sumamente limitado. A pesar de que la sexualidad
humana es tan rica y compleja, usualmente solo manejamos 3 etiquetas
para tratar de describirla (en cuanto a orientación del deseo sexual):
homosexual, heterosexual y bisexual.
Pero llegar a este sencillo
trío de etiquetas no fue nada fácil. En tiempos bíblicos nomás había dos
etiquetas: virtuosos y pecaminosos (puros e impuros). En ese entonces se
ignoraba el concepto de homosexualidad que apenas cumplió 133 años. Si
un hombre penetraba sexualmente a otro como él (la Biblia no prohíbe el
sexo entre mujeres), no se distinguía si había sido por mutuo
consentimiento o a la fuerza, no les cabía en la cabeza que podía haber
sido un acto amoroso, simplemente se prohibía. Consideraban que estos
hombres carecían de una verdadera necesidad interior de hacer esto, como
si solamente desearan ofender al señor por pura y temeraria
frivolidad.
Desde fines del siglo XIX
entraron "provenientes del vocabulario siquiátrico" dos conceptos nuevos
y complementarios: homosexualidad y heterosexualidad. Antes de esa época
la gente simplemente tenía gustos, sentimientos y prácticas eróticas
(pecaminosas o virtuosas), pero al acuñar el concepto de la
heterosexualidad se creó un nuevo resguardo para esconderse de los
fantasmas interiores, de uno mismo. La etiqueta de la heterosexualidad
ya no tenía solamente el fundamento de la religión y de las autoridades
sociales, sino que ahora era la ciencia la que parecía venir en su
apoyo. Yo estoy sano y por eso debo ser heterosexual, se le hacía decir
al ciudadano común.
Hasta principios del siglo
XX, no faltaban los investigadores que buscaban respuesta a su pregunta:
¿Qué causa que alguna gente se desvíe del bueno, normal y sano camino
heterosexual? La sexología científica descriptiva, a mediados del siglo
XX dio una explicación final al resonante fracaso de las respuestas que
se intentaron a esa pregunta: el problema de investigación estaba mal
planteado. La sexología contemporánea considera válido investigar sobre
las causa que determinan la orientación sexual humana. Se dieron cuenta
de que la ciencia ignoraba todo acerca de la causa de la
heterosexualidad, igual que de la homosexualidad. Desde 1973 las
autoridades máximas en salud mental borraron definitivamente a la
homosexualidad de la lista de enfermedades mentales.
¿Y qué decir de la
bisexualidad, que antes era inconcebible? ¿por qué tardaron los
investigadores tantos años en percatarse de que una persona atraída
sentimental y eróticamente por otras personas, independientemente de su
género, no era un indeciso, sino que esa era su orientación?
Heterosexual: estoy en el centro del universo
La mayoría de las personas
que aman a los del género diferente al suyo ni se imaginan que existe
una palabra que los describe. De hecho, la palabra heterosexual no se
usa mucho, e incluso resulta de mal gusto. ¿Qué necesidad hay de
etiquetar algo que se espera que todos seamos? Generalmente, las
etiquetas se reservan para quienes son vistos como diferentes,
defectuosos o raros. Quienes no se sienten especiales generalmente no
aceptan otra etiqueta que no sea la palabra normales. Son 'como hay que
ser' (¿según quién?). Nadie llega y te presenta con su tía, en una
comida familiar: Te presento a mi tía Estela, es una buena cocinera
heterosexual.
Siempre inventamos mil apodos
para endilgárselos a los que no son como nosotros, pero si uno está en
el centro del universo ¿para qué buscarse nombres? ¡A los diferentes es
a quienes señalamos y les colgamos letreros!: joto, leandro, mariquita,
lilo, mampo, le-gusta-el-arroz-con-popote, marimacho, cachaperas,
maflora, cachagranizo, choto, hidrocanoico (le-hace-agua-la-canoa), etc.
son algunas de las palabras apropiadas al efecto. ¿Qué es ser normal?
¡Pues no caer en la descripción de ninguno de esos letreros! ¿A poco no
hay otra definición de normal?
Si te sientes muy orgulloso
por vivir en el centro del universo heterosexual, tal vez te serviría
preguntarte lo siguiente: ¿y tú crees que una persona es de verdad mejor
que otra, solamente por el lugar en el que vive? ¿es mejor persona
alguien solo por pasar desapercibido entre los del montón?
Es difícil
ubicarnos en la realidad
Uno siempre es el muchacho
chicho de la película de su vida. Uno siempre es la persona buena y
agradable, y los demás son los pérfidos, mal rollo y gente infame.
Parece que creerse algo así es necesario para funcionar, como nos han
enseñado a hacerlo.
Dice Abraham Maslow que hay
dos necesidades humanas básicas: seguridad y crecimiento. Todos
necesitamos sentirnos seguros y aceptados por los demás, pero si
solamente nos dedicamos a pasar desapercibidos en el montón, nunca
podríamos crecer humanamente. Crecer es tan necesario como respirar,
pero es frecuentemente un proceso doloroso. Para avanzar en nuestro
crecimiento personal debemos encontrar renovadas fuentes de seguridad en nuestro camino.
Asumir algo desagradable de
nosotros mismos puede ser difícil, pero a veces puede resultar
indispensable hacerlo para crecer. Sucede así con cualquier asunto que
nos acerque a etiquetarnos con un letrero valorado negativamente.
Particularmente, darse cuenta de que en lo más profundo de nuestra
personalidad existe una gran atracción hacia quienes son de nuestro
mismo género, amenaza todo lo que esperamos "y esperan los demás" de
nosotros mismos. Puede ser difícil aceptarnos debido a que ser vistos
como integrantes de un colectivo social señalado negativamente
(=estigmatizado) nos quita privilegios y nos expone a la ironía, rechazo
y, en casos extremos, a situaciones de violencia.
En búsqueda
del centro perdido
Todos fuimos adiestrados
socialmente para ser heterosexuales. En la abrumadora mayoría de las
situaciones de convivencia social se espera que todos sean
heterosexuales (o que al menos intenten aparentarlo o disimular
cualquier diferencia). Todas las personas gays, que hoy aceptan
positivamente su homosexualidad, tuvieron al principio los mismos
prejuicios antihomosexuales que cualquiera, y al tomar la decisión de
aceptarse estos prejuicios y creencias arraigadas no desaparecen como
por encanto, sino que van teniendo un cuestionamiento paulatino. Tal vez
la mayoría de las personas que aman a los de su mismo género no aceptan
positivamente este hecho y viven una vida miserable tratando de ocultar,
o reprimir, aquello que consideran su defecto, o problema.
Aceptarse positivamente como
uno es, esta es la única forma de vivir congruente y honestamente. ¿A
quién le beneficia que yo me haga tonto y mire para otro lado, en vez de
mirarme a mí mismo y contactar mis necesidades auténticas? ¿cómo lograr
la felicidad si no me conozco ni me acepto profundamente? El hecho de
que me acepte bien no quiere decir que tenga que revelar todas las
marcas de mi identidad a cualquiera. Recuerda que tienes el derecho
humano básico a no incriminarte, a no revelar nada que pueda ser usado
en tu contra. No es fácil desarrollar una identidad completa como
persona diferente si no me encuentro con quienes son como yo, y
conocerme en comparación con ellos.
¡Que nadie
viva en una tierra plana!
La revolución copernicana en
nuestras vidas, cuando nos damos cuenta de que la heterosexualidad no es
el centro del universo, nos permite entender que las personas que aman a
los de su mismo género no son heterosexuales defectuosos, si se aceptan
a sí mismos son gays sanos o bisexuales sanos, según el caso. En cierta
forma, todos debemos ser el centro de nuestro universo personal, es
decir, que no existe ningún centro absoluto alrededor del cuál todos
debamos girar.
Incluso las personas
heterosexuales pueden sacar provecho de esta nueva visión: ya no se
trata de que nieguen sus necesidades y sentimientos profundos, nadie de
afuera es autoridad para decirme cómo debo sentir y actuar. Colocarse en
un lugar nomás porque otros dicen que es el mejor no me garantiza que yo
logre mi mayor felicidad ahí. Atrevernos a vivir sin refugiarnos en el
borreguismo de los grupos, y sin ocultarnos tras las etiquetas de rigor,
nos permite ser más nosotros mismos, explorar nuevas maneras más
satisfactorias de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo, sin
intermediarios indeseados ajenos.
Más allá de
las etiquetas
Decía el escritor francés
homosexual André Gide que es mejor que te odien por lo que eres a que te
amen por lo que no eres. En un momento de la vida de quienes somos
diferentes necesitamos acercarnos a otro centro alternativo del
universo, parte del aprendizaje de nuestra nueva identidad pasa por
ubicar un centro del universo diferente al trillado, es la fase del
orgullo gay. Hay que aprender a liberarnos de la carga negativa que las
creencias tradicionales ponían sobre la homosexualidad. En esta fase
hasta buscamos justificaciones a nuestra manera de ser: Alejandro Magno
y Leonardo Da Vinci eran homosexuales. Si lo fueron realmente , esto no
nos hace ni más, ni menos, humanos y merecedores de todos los
derechos.
Finalmente, cuando uno logra
integrar su diferencia como una parte de la identidad madura y completa,
cuando uno logra ubicar su lugar en el universo sin buscar centros
ajenos, podemos dar un paso más allá de la aceptación de nuestra
diferencia y de su defensa. Cuando ya no necesitamos defendernos, cuando
ya no nos sentimos amenazados, y somos como queremos ser, la
homosexualidad o bisexualidad (o heterosexualidad, en su caso) propias
dejan de ser importantes para ubicarnos como seres humanos.
Entre más capaces somos de
vernos, sentirnos y ubicarnos más allá de las etiquetas, más cerca
estamos de nuestra libertad y felicidad.
*
* * * * * * * * *
|