¿Quien diablos necesita etiqueta? 

por Francisco Javier Lagunes Gaitán

Ya lo dice el viejo dicho: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Tanto nos han dicho que algunas orientaciones del deseo sexual son malas y perversas, que todos crecemos con el temor a encontrar algún elemento extraño en nosotros mismos (o en los demás). Una vez más, lo humano se resiste a ser encerrado en un esquema simple. Que tire la primera piedra quien se conozca netamente a sí mismo y no se esconda detrás de una etiqueta.

¿Quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? No cabe duda de que todos tenemos momentos en los que daríamos lo que fuera por tener una respuesta apropiada a estas preguntas básicas de la condición humana. Sin embargo, a la larga parece mejor no tener una respuesta demasiado definitiva que no nos permita cuestionarnos y crecer en direcciones diferentes.

La verdad es que da flojera levantarse cada día y tener que definir si somos o no somos, por eso tomamos el atajo de ponernos una etiqueta y conducirnos más o menos de acuerdo a lo que se supone que indica ésta. La única característica fija de lo humano es que, mientras hay vida, hay cambio y muchas veces en un sentido inesperado.

Etiquetas de identidad para todas...

Las etiquetas pueden servir como atajos o triquiñuelas que nos pueden ayudar a hacer más manejable la vida. Pero también pueden convertirse en lastres y obstáculos pavorosos, y producirnos una gran infelicidad. Es muy importante no casarme con una etiqueta y ser capaz de revisar críticamente si la que me había puesto me está ayudando realmente, o si me perjudica más.

Mi identidad personal tiene muchas capas, como una cebolla. Cada capa se forma por una etiqueta que me da identidad: mi cuerpo, mi nombre, mi familia, mi clase social, mi nacionalidad, mi idioma, mi credo religioso, mi ideología política, mi localidad, mi equipo de fútbol favorito, mis pasatiempos, mi profesión, mi orientación sexual, mi música más querida, mi grupo étnico, etc. Y como buena cebolla, si quitas todas las capas, no queda nada abajo...

Cada etiqueta me permite identificarme con algunos y diferenciarme de otros. Algunas etiquetas son valoradas positivamente, mientras que otras son señaladas y rechazadas. Algunas etiquetas que me coloco me dan orgullo y seguridad personal. Al mismo tiempo, soy capaz de cualquier cosa por evitar lo más posible algunas otras etiquetas que me hacen sentir vergüenza. Es común enorgullecerse el 15 de septiembre de nuestra mexicanidad, pero nadie quiere que lo etiqueten como indio o naco (abreviatura de totonaco, un pueblo indígena originario "como los zacapoaxtlas, cuya participación decidió el triunfo del bando mexicano en cierta Batalla de Puebla, un 5 de mayo del siglo antepasado").

Avatares de las etiquetas de orientación sexual

El repertorio de etiquetas de orientación sexual es sumamente limitado. A pesar de que la sexualidad humana es tan rica y compleja, usualmente solo manejamos 3 etiquetas para tratar de describirla (en cuanto a orientación del deseo sexual): homosexual, heterosexual y bisexual.

Pero llegar a este sencillo trío de etiquetas no fue nada fácil. En tiempos bíblicos nomás había dos etiquetas: virtuosos y pecaminosos (puros e impuros). En ese entonces se ignoraba el concepto de homosexualidad que apenas cumplió 133 años. Si un hombre penetraba sexualmente a otro como él (la Biblia no prohíbe el sexo entre mujeres), no se distinguía si había sido por mutuo consentimiento o a la fuerza, no les cabía en la cabeza que podía haber sido un acto amoroso, simplemente se prohibía. Consideraban que estos hombres carecían de una verdadera necesidad interior de hacer esto, como si solamente desearan ofender al señor por pura y temeraria frivolidad.

Desde fines del siglo XIX entraron "provenientes del vocabulario siquiátrico" dos conceptos nuevos y complementarios: homosexualidad y heterosexualidad. Antes de esa época la gente simplemente tenía gustos, sentimientos y prácticas eróticas (pecaminosas o virtuosas), pero al acuñar el concepto de la heterosexualidad se creó un nuevo resguardo para esconderse de los fantasmas interiores, de uno mismo. La etiqueta de la heterosexualidad ya no tenía solamente el fundamento de la religión y de las autoridades sociales, sino que ahora era la ciencia la que parecía venir en su apoyo. Yo estoy sano y por eso debo ser heterosexual, se le hacía decir al ciudadano común.

Hasta principios del siglo XX, no faltaban los investigadores que buscaban respuesta a su pregunta: ¿Qué causa que alguna gente se desvíe del bueno, normal y sano camino heterosexual? La sexología científica descriptiva, a mediados del siglo XX dio una explicación final al resonante fracaso de las respuestas que se intentaron a esa pregunta: el problema de investigación estaba mal planteado. La sexología contemporánea considera válido investigar sobre las causa que determinan la orientación sexual humana. Se dieron cuenta de que la ciencia ignoraba todo acerca de la causa de la heterosexualidad, igual que de la homosexualidad. Desde 1973 las autoridades máximas en salud mental borraron definitivamente a la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales.

¿Y qué decir de la bisexualidad, que antes era inconcebible? ¿por qué tardaron los investigadores tantos años en percatarse de que una persona atraída sentimental y eróticamente por otras personas, independientemente de su género, no era un indeciso, sino que esa era su orientación?

Heterosexual: estoy en el centro del universo

La mayoría de las personas que aman a los del género diferente al suyo ni se imaginan que existe una palabra que los describe. De hecho, la palabra heterosexual no se usa mucho, e incluso resulta de mal gusto. ¿Qué necesidad hay de etiquetar algo que se espera que todos seamos? Generalmente, las etiquetas se reservan para quienes son vistos como diferentes, defectuosos o raros. Quienes no se sienten especiales generalmente no aceptan otra etiqueta que no sea la palabra normales. Son 'como hay que ser' (¿según quién?). Nadie llega y te presenta con su tía, en una comida familiar: Te presento a mi tía Estela, es una buena cocinera heterosexual.

Siempre inventamos mil apodos para endilgárselos a los que no son como nosotros, pero si uno está en el centro del universo ¿para qué buscarse nombres? ¡A los diferentes es a quienes señalamos y les colgamos letreros!: joto, leandro, mariquita, lilo, mampo, le-gusta-el-arroz-con-popote, marimacho, cachaperas, maflora, cachagranizo, choto, hidrocanoico (le-hace-agua-la-canoa), etc. son algunas de las palabras apropiadas al efecto. ¿Qué es ser normal? ¡Pues no caer en la descripción de ninguno de esos letreros! ¿A poco no hay otra definición de normal?

Si te sientes muy orgulloso por vivir en el centro del universo heterosexual, tal vez te serviría preguntarte lo siguiente: ¿y tú crees que una persona es de verdad mejor que otra, solamente por el lugar en el que vive? ¿es mejor persona alguien solo por pasar desapercibido entre los del montón?

Es difícil ubicarnos en la realidad

Uno siempre es el muchacho chicho de la película de su vida. Uno siempre es la persona buena y agradable, y los demás son los pérfidos, mal rollo y gente infame. Parece que creerse algo así es necesario para funcionar, como nos han enseñado a hacerlo.

Dice Abraham Maslow que hay dos necesidades humanas básicas: seguridad y crecimiento. Todos necesitamos sentirnos seguros y aceptados por los demás, pero si solamente nos dedicamos a pasar desapercibidos en el montón, nunca podríamos crecer humanamente. Crecer es tan necesario como respirar, pero es frecuentemente un proceso doloroso. Para avanzar en nuestro crecimiento personal debemos encontrar renovadas fuentes de seguridad en nuestro camino.

Asumir algo desagradable de nosotros mismos puede ser difícil, pero a veces puede resultar indispensable hacerlo para crecer. Sucede así con cualquier asunto que nos acerque a etiquetarnos con un letrero valorado negativamente. Particularmente, darse cuenta de que en lo más profundo de nuestra personalidad existe una gran atracción hacia quienes son de nuestro mismo género, amenaza todo lo que esperamos "y esperan los demás" de nosotros mismos. Puede ser difícil aceptarnos debido a que ser vistos como integrantes de un colectivo social señalado negativamente (=estigmatizado) nos quita privilegios y nos expone a la ironía, rechazo y, en casos extremos, a situaciones de violencia.

En búsqueda del centro perdido

Todos fuimos adiestrados socialmente para ser heterosexuales. En la abrumadora mayoría de las situaciones de convivencia social se espera que todos sean heterosexuales (o que al menos intenten aparentarlo o disimular cualquier diferencia). Todas las personas gays, que hoy aceptan positivamente su homosexualidad, tuvieron al principio los mismos prejuicios antihomosexuales que cualquiera, y al tomar la decisión de aceptarse estos prejuicios y creencias arraigadas no desaparecen como por encanto, sino que van teniendo un cuestionamiento paulatino. Tal vez la mayoría de las personas que aman a los de su mismo género no aceptan positivamente este hecho y viven una vida miserable tratando de ocultar, o reprimir, aquello que consideran su defecto, o problema.

Aceptarse positivamente como uno es, esta es la única forma de vivir congruente y honestamente. ¿A quién le beneficia que yo me haga tonto y mire para otro lado, en vez de mirarme a mí mismo y contactar mis necesidades auténticas? ¿cómo lograr la felicidad si no me conozco ni me acepto profundamente? El hecho de que me acepte bien no quiere decir que tenga que revelar todas las marcas de mi identidad a cualquiera. Recuerda que tienes el derecho humano básico a no incriminarte, a no revelar nada que pueda ser usado en tu contra. No es fácil desarrollar una identidad completa como persona diferente si no me encuentro con quienes son como yo, y conocerme en comparación con ellos.

¡Que nadie viva en una tierra plana!

La revolución copernicana en nuestras vidas, cuando nos damos cuenta de que la heterosexualidad no es el centro del universo, nos permite entender que las personas que aman a los de su mismo género no son heterosexuales defectuosos, si se aceptan a sí mismos son gays sanos o bisexuales sanos, según el caso. En cierta forma, todos debemos ser el centro de nuestro universo personal, es decir, que no existe ningún centro absoluto alrededor del cuál todos debamos girar.

Incluso las personas heterosexuales pueden sacar provecho de esta nueva visión: ya no se trata de que nieguen sus necesidades y sentimientos profundos, nadie de afuera es autoridad para decirme cómo debo sentir y actuar. Colocarse en un lugar nomás porque otros dicen que es el mejor no me garantiza que yo logre mi mayor felicidad ahí. Atrevernos a vivir sin refugiarnos en el borreguismo de los grupos, y sin ocultarnos tras las etiquetas de rigor, nos permite ser más nosotros mismos, explorar nuevas maneras más satisfactorias de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo, sin intermediarios indeseados ajenos.

Más allá de las etiquetas

Decía el escritor francés homosexual André Gide que es mejor que te odien por lo que eres a que te amen por lo que no eres. En un momento de la vida de quienes somos diferentes necesitamos acercarnos a otro centro alternativo del universo, parte del aprendizaje de nuestra nueva identidad pasa por ubicar un centro del universo diferente al trillado, es la fase del orgullo gay. Hay que aprender a liberarnos de la carga negativa que las creencias tradicionales ponían sobre la homosexualidad. En esta fase hasta buscamos justificaciones a nuestra manera de ser: Alejandro Magno y Leonardo Da Vinci eran homosexuales. Si lo fueron realmente , esto no nos hace ni más, ni menos, humanos y merecedores de todos los derechos.

Finalmente, cuando uno logra integrar su diferencia como una parte de la identidad madura y completa, cuando uno logra ubicar su lugar en el universo sin buscar centros ajenos, podemos dar un paso más allá de la aceptación de nuestra diferencia y de su defensa. Cuando ya no necesitamos defendernos, cuando ya no nos sentimos amenazados, y somos como queremos ser, la homosexualidad o bisexualidad (o heterosexualidad, en su caso) propias dejan de ser importantes para ubicarnos como seres humanos.

Entre más capaces somos de vernos, sentirnos y ubicarnos más allá de las etiquetas, más cerca estamos de nuestra libertad y felicidad.

 


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Información recogida desde la pagina www.saldelcloset.com

 

 

 

 

ISLA TERNURA LA PLAYA PARA PENSAR