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Nachas,
nylons, pompis, pompas, posaderas, asentaderas, trasero, cachetes,
la peor cara, donde la espalda pierde su honorable nombre, fundillo,
culo, cola, son sólo algunos de los términos y eufemismos con los
que suele designarse a las nalgas. Nalgas, palabra difícil de
pronunciar en público.
¿Por
qué cuesta tanto trabajo nombrarlas, si indudablemente les ponemos
atención?
El
papel que juegan las nalgas en las sociedades contemporáneas tiene
mucho de visual. Pero no sólo se ven, también se tocan y su contacto
es intencionado, o al menos siempre se le percibe de esa manera,
incluso cuando es accidental. ¿Cómo se tocan? En primer lugar están
los toques festivos.
Las
nalgadas juguetonas entre adolescentes, quienes se encuentran en
la etapa de
definición de su identidad genérica y a la vez ansiosos respecto a
su propio cuerpo. En los varones adultos puede ser una manera de
decir “hola”, y en los deportes de equipo una forma de celebrar una
buena jugada.
El
castigo es otra modalidad, ya sea de padres a hijos con la palma de
la mano extendida, o en una situación de subordinación en la que los
golpes en las nalgas se utilizan para no dejar secuelas en los
sujetos. En los encuentros sadomasoquistas la nalgada puede tener un
sentido erótico que estimula tanto a quien la propina como a quien
la recibe.
Los
procesos de construcción de la masculinidad atraviesan las formas
culturales de organización jerárquica de la sociedad. Es decir, para
llegar a ser hombre se transita por un más o menos prolongado
proceso, y por ello los varones más jóvenes también se encuentran en
una posición de subordinación, hasta que logren superar los procesos
de construcción de la masculinidad, lo cual nos habla de una más de
las formas de ejercicio del poder.
La
masculinidad elemento intersubjetivo no es una identidad que pueda
ser incorporada fácilmente, pues pasa por el ámbito de la
interacción social y por tanto del reconocimiento que el entorno
mismo hace del sujeto. En este sentido, cuando las actitudes y
comportamientos de un sujeto no son considerados masculinos, se
vuelve difícil para éste incorporarse e interactuar
socialmente.
En
cuestión de glúteos se rompen géneros
Al
hablar del cuerpo y la masculinidad salen a relucir una serie de
aspectos relativos a la manera en que los sujetos viven, perciben y
entienden sus propios cuerpos. Las sociedades contemporáneas han
llevado cada vez más a generar modelos corporales fabricados,
construidos a base de muchos productos, desde ropa diseñada
cuidadosamente para resaltar redondeces donde no las hay, hasta la
cirugía plástica, utilizada para corregir determinados rasgos que se
consideran indeseables, sin olvidar las horas de gimnasio, los
anabólicos, las prótesis y los silicones que permiten moldear los
cuerpos.
Más
allá de todos estos procedimientos para transformar los cuerpos, es
un hecho que los sujetos se encuentran cada día más preocupados por
lograr un control y un manejo de su apariencia. ¿Cuál es el
objetivo? Lucir bien ante una sociedad cada vez más exigente, lograr
la aceptación y ser atractivo sexualmente ante los demás. ¿Qué es lo
que quiere lucir el hombre? Sin duda eso cambia de uno a otro. Para
unos es el rostro lo que deben mejorar, para otros su atuendo, su
musculatura, su pene y por supuesto... sus nalgas.
Las
nalgas son una parte importante del cuerpo y en la masculinidad
marcan su papel dentro de la construcción de identidades sexuales.
Ya sea de manera consciente o inconsciente, los varones se preocupan
por la apariencia de sus nalgas.
Dentro
de los imaginarios genéricos, las nalgas corresponden a una parte de
la anatomía asociada a la recepción pasiva de contactos, así como
una vía de acceso en la penetración, ergo, dentro de la sexualidad
es considerado femenino recibir y disfrutar el placer ahí generado.
Para Robert Connell, “ni la relajación de esfínteres ni la
estimulación prostática exigen una relación con un hombre. Una mujer
puede hacer el trabajo sin problema alguno. El sexo anal es una
pieza clave de la homosexualidad masculina occidental, aunque la
investigación derivada de estudios relacionados con el sida muestra
que se realiza mucho menos de lo que la importancia simbólica que se
le ha asignado sugiere.”
El
uso de los orificios
“No
uso pantalones entallados porque parecería puto”, fue la frase que
un hombre que suele tener sexo con hombres me dijo en Tlaxcala. Así
expresaba su temor a que se identificara su interés por llamar la
atención de otros varones para lograr un encuentro sexual. Por
extensión, suele considerarse que un encuentro sexual entre varones
necesariamente implica la penetración. No hay duda de que existe una
referencia directa a la sexodiversidad cuando se habla de sexo anal,
aun cuando sea una práctica que se dé también entre parejas
heterosexuales.
Uno
de los aspectos inquietantes en torno a la sexualidad gay y el uso
de los cuerpos es el llamado en la jerga local “beso negro”. Esta
práctica no es tan común como se cree, ya que supone la estimulación
anal por medio de los labios o la lengua. Los testimonios de jóvenes
entrevistados por nosotros indican que si bien disfrutan recibir
este tipo de estimulación, llevarla a cabo ellos mismos no es algo
que les entusiasme. Ello tiene que ver con los discursos repetidos
desde la infancia que indican que todo lo relacionado con el ano es
algo sucio. Así, mientras las nalgas son una parte atractiva de la
anatomía, el ano y su contenido están vedados a todo acercamiento
sensorial.
Por
otra parte, la penetración anal con los dedos, la mano u otro tipo
de objetos es una práctica recurrente en el medio gay, aun cuando a
partir de las incertidumbres que se desarrollaron con la aparición
del VIH/sida empezó el cuestionamiento a las formas en que esto
debía realizarse. Muchas campañas que promueven “la erotización del
sexo seguro” propusieron la utilización de guantes y dedales de
látex, el uso de condones y hasta la incorporación del plastipack en
este tipo de encuentros y prácticas sexuales, no obstante, ni
siquiera el condón ha logrado mantener su presencia en la mayoría de
las prácticas de riesgo.
Muchos
de los textos literarios o científicos sobre sexualidad hacen
referencias al sexo anal como la práctica primordial de los varones
gay. Así se ha difundido la idea de que todo encuentro entre varones
necesariamente tendría ese sentido. Todo este imaginario parte de un
hecho evidente: la sexualidad falocéntrica y el coito como única
forma de acceder al placer. Esto nos remite nuevamente a los
discursos de la masculinidad y a la manera en que desde ésta se ha
definido el placer sexual, es decir, el placer del varón se
concentra en sus genitales y la penetración, que en el caso del sexo
gay sería anal, establecería el ordenamiento no sólo de la
sexualidad, sino del ejercicio del poder a partir de una definición
de roles en la pareja y con ello tod! os los elementos que dentro de
las subculturas homosexuales se conocen como el activo y el pasivo,
es decir, el penetrador y el penetrado.
Trascender
los roles, liberar los cuerpos
La
configuración genérica de los sujetos supuso durante mucho tiempo un
tipo de comportamiento y una relación particular con sus propios
cuerpos, que en general era de índole restrictiva. Con ello se
establecieron valoraciones distintas en relación con cada una de las
partes del cuerpo, a partir de consideraciones que aún suponen que
un hombre heterosexual no debería permitir que nadie toque sus
nalgas y mucho menos las disfrute.
El
papel que han jugado estos aspectos en la construcción de la
masculinidad ha planteado la necesidad de establecer una distinción
que haga evidente la heterosexualidad, ya que durante mucho tiempo
se consideraron determinados estereotipos como específicos de cada
una de las preferencias sexuales; sin embargo, dentro de los
sectores gay se fueron creando modelos que retomaron aspectos
considerados previamente como exclusivos de la heterosexualidad: el
vaquero, el rudo, el musculoso, cada uno con una estética
determinada.
Es
claro que la percepción y uso del cuerpo varía en función de la
preferencia sexual, lo cual tiene que ver en gran medida con los
imaginarios de la heterosexualidad que suponen un mayor control y
restricción en relación con el disfrute del placer
sexual.
Las
restricciones establecidas por los imaginarios de la
heterosexualidad son las que limitan las posibilidades de disfrute
del cuerpo. Por tanto, en la medida en que los sujetos se sientan
menos amenazados por el fantasma de la homosexualidad, otorgarán
menos importancia a esos límites culturales y podrán permitirse
explorar las posibilidades de disfrute del placer a través de todo
el cuerpo y todos sus sentidos.
* Profesor-investigador, Colegio
de Antropología Social, Facultad de Filosofía y Letras, Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla (MÉXICO).
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