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(Publicado
en el periódico LA NACIÓN, de Buenos Aires el 17/8/2003)
Lo que más
sorprende en el documento sobre las parejas homosexuales que dio a conocer el
Vaticano el 1° del actual -escrito por el cardenal Joseph Ratzinger y aprobado
por el Papa- no es la reafirmación de la doctrina tradicional de la Iglesia
Católica que condena el amor entre personas del mismo sexo como "un
comportamiento desviado" que "ofusca valores fundamentales", sino la vehemencia
con la que en él se exhorta a los parlamentarios y funcionarios católicos a
actuar para impedir que se adopten leyes que autoricen la unión homosexual o, si
se aprueban, para frenar y dificultar su aplicación.
En este caso sí que
no parece funcionar para nada aquella sabia distinción evangélica entre lo que
es del César y lo que es de Dios: el documento entra a saco en la vida política
y da instrucciones inequívocas y terminantes a los católicos para que actúen
en bloque, disciplinados y sumisos como buenos soldados de la fe.
Con la
misma claridad con la que ha fulminado el divorcio, el aborto, la eutanasia y la
ingeniería genética, el cardenal Ratzinger y, tras él, el Papa Wojtyla recuerdan
a los parlamentarios católicos que "tienen los deberes morales de expresar
diáfana y públicamente su desacuerdo, de votar contra los proyectos de ley" que
amparen los matrimonios homosexuales y de "presentar enmiendas que limiten los
daños" de semejantes leyes. Al mismo tiempo, los funcionarios católicos deben
"reivindicar el derecho a la objeción de conciencia para no cooperar con la
promulgación y aplicación de leyes tan gravemente injustas".
La condena
es todavía más rotunda en lo relativo a la adopción de niños por parejas
homosexuales, práctica "gravemente inmoral" que, aprovechando la "debilidad" de
un ser de pocos años, serviría para "introducir al niño en un ambiente que no
favorece su pleno desarrollo humano", ya que "las relaciones homosexuales
contrastan con la ley moral natural".
Con argumentos así, aderezados con
la presencia sulfúrica del demonio, la Iglesia mandó a millares de católicos y
de infieles a la hoguera en la Edad Media y contribuyó decisivamente a que,
hasta nuestros días, el alto porcentaje de seres humanos de vocación
homosexual viviera en la catacumba de la vergüenza y el oprobio, fuera
discriminado y ridiculizado y se impusiera en la sociedad y en la cultura el
machismo, con sus degenerantes consecuencias: la postergación y humillación
sistemática de la mujer, la entronización de la viril brutalidad como valor
supremo y las peores distorsiones y represiones de la vida sexual en nombre de
una supuesta normalidad representada por el heterosexualismo.
Parece
increíble que después de Freud y de todo lo que la ciencia ha ido revelando al
mundo en materia de sexualidad en el último siglo la Iglesia Católica -casi al
mismo tiempo que la Iglesia Anglicana elegía al primer obispo abiertamente
gay de su historia- se empecine en una doctrina homofóbica tan anacrónica como
la expuesta en las doce páginas redactadas por el cardenal Joseph Ratzinger.
A juzgar por algunas reacciones y encuestas que leo en la
prensa italiana -escribo estas líneas en las costas de Sicilia, donde no llegan
otros diarios europeos- no toda la grey católica ha acatado con la
docilidad debida el úcase vaticano. El senador Edward Kennedy, en Washington,
declaró que "la Iglesia Católica debe ocuparse de religión y no de tomas de
posición políticas", y reafirmó su apoyo a las uniones de parejas
gays.
Así lo ha hecho también el primer ministro canadiense, Jean
Chrétien (católico). En Canadá está a punto de aprobarse una ley que autoriza el
matrimonio homosexual.
Según el Corriere della Sera, el 51,6% de los
italianos favorece las uniones entre parejas del mismo sexo y en España, según
un sondeo del diario El Mundo, el porcentaje favorable sería aún mayor: 53 por
ciento.
El citado diario italiano transcribe una declaración contundente
del dirigente demócrata cristiano Pim Walenkamp, de Bélgica, uno de los cinco
países europeos donde se han autorizado las uniones homosexuales (los otros son
Dinamarca, Suecia, Holanda y Francia): "No daremos un paso atrás. El Papa haría
bien en ocuparse de temas importantes, como aquellos que tienen que ver con los
países pobres del mundo, en vez de señalar con el dedo lo que hacen las personas
en la intimidad del lecho".
La filípica antihomosexual del Vaticano
sorprende aún más, puesto que si existe una institución que en los años
recientes haya vivido en carne propia y de la manera más tremenda el drama del
homosexualismo y las nefastas consecuencias que tiene para los individuos
particulares y para el conjunto de la sociedad el desconocerlo, condenarlo y
cerrarle todas las vías de manifestarse es la propia Iglesia Católica. Sólo en
los Estados Unidos ascienden a centenares, y acaso a millares, los casos de
pedofilia, acoso sexual y homosexualismo en los colegios, seminarios, centros de
animación cultural y deportiva dirigidos por la Iglesia Católica, lo que ha
llevado al banquillo de los acusados a sacerdotes, obispos, párrocos,
instructores, catequistas, en escándalos que no sólo han sacado a la luz un
lastimoso trasfondo de "sexualidad pervertida" al amparo de la autoridad
sacerdotal, sino que, desde el punto de vista económico, han costado a la
institución eclesiástica en los Estados Unidos sumas astronómicas en
reparaciones, compensaciones por daños y perjuicios y arreglos
extrajudiciales.
El caso, particularmente doloroso, del obispo de Boston
sirvió para ilustrar mejor que ningún argumento racional la insensatez de
imponer una ortodoxia sexual sin tener en cuenta la infinita variedad de matices
de la personalidad individual y la manera tortuosa y trágica en que la
naturaleza humana se rebela contra esas camisas de fuerza, lo que causa
verdaderos estragos en su vecindad y, claro está, en la propia persona
del victimario-víctima.
Con toda esta experiencia vivida en su propio
seno, hubiera cabido esperar que la Iglesia se mostrara más cauta, comprensiva y
tolerante con el tema del homosexualismo. Pero el texto del cardenal Ratzinger
muestra exactamente lo opuesto: un encastillarse con empecinamiento dogmático en
una doctrina intolerante que, en la práctica y en los propios predios de la
Iglesia Católica, va haciendo agua por todos los poros.
Pero acaso este
texto, púdicamente titulado "Consideraciones sobre el proyectado reconocimiento
legal de la unión entre personas homosexuales", vaya dirigido no tanto a
contener la marea de permisividad y tolerancia en materia sexual que va
ganando a toda la cultura occidental y contagiando a otras, sino a poner orden
en el seno de la propia Iglesia Católica, donde, precisamente a raíz de los
continuos escándalos de pedofilia y acoso sexual en que se han visto envueltos
tantos sacerdotes y religiosos, se ha hecho público un estado de cosas que
-utilizando la propia retórica y la moral de la institución que, ni qué decir
tiene, no son las mías- el cardenal Ratzinger y el Papa llamarían de
"profunda descomposición moral".
Si ése es el propósito, tengo la
seguridad de que está condenado al fracaso. Porque los escándalos sexuales
recientes en el seno de las congregaciones, seminarios, colegios y parroquias
católicos no resultan de un debilitamiento de la autoridad eclesiástica ni de la
falta de disciplina interna, sino de una naturaleza humana que ni ahora ni
antes pudo ser artificialmente embridada sin causar estragos y lacerar la
psicología y la conducta de los seres humanos. La diferencia entre hoy y ayer en
materia sexual, dentro de la Iglesia Católica y fuera de ella, no es de
comportamiento. Este no puede haber variado mucho porque, aunque hayan cambiado
muchas costumbres y creencias, las pulsiones, los instintos, los deseos y las
fantasías que animan la vida sexual siguen siendo los mismos. La diferencia es
de publicidad. Antes, los escándalos podían ser ocultados y los pedófilos y
acosadores sexuales salirse con la suya, como sigue ocurriendo todavía en las
sociedades cerradas y sometidas a la dictadura religiosa.
En las
sociedades abiertas ello ya no es posible, porque la libertad ha ido abriendo
todas las puertas y haciendo que lo que antes permanecía tapado y escondido se
ventile a plena luz y llegue a los diarios, las pantallas de televisión y los
tribunales. La verdad que se hace pública gracias a ello no concierne solamente
a una realidad institucional, a los pequeños dramas y escándalos que tienen como
escenario a la Iglesia Católica. Concierne a una verdad sobre el ser humano en
general y a la identidad sexual de las personas, una identidad mucho menos
rígida y unidimensional de lo que enseñaba la doctrina y mucho menos dócil a las
enseñanzas pastorales de lo que la Iglesia sostiene.
Esa verdad no se
puede ignorar, so pena de quedarse rezagado, cada vez más al margen de la
historia y el mundo en los que vivimos inmersos, como ocurre con esas vehementes
y feroces diatribas que de tanto en tanto escribe el cardenal Ratzinger y
aprueba el Papa Wojtyla, empeñados contra toda razón y con admirable terquedad
numantina en negar su tiempo y rechazar la vida.
Los millones de
homosexuales católicos que hay en el mundo no renunciarán a su sexualidad debido
a las fulminaciones vaticanas. Aun cuando se empeñaran en hacerlo, su propensión
sexual terminará por encontrar unos resquicios a través de los cuales
manifestarse y adquirir derecho de ciudad, a veces con grandes traumas y
desgarramientos para el propio sujeto y sus próximos. No es el sexo, son la
Iglesia y la fe católicas las víctimas privilegiadas de este nuevo manifiesto
cavernícola.
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