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El
"rol homosexual" es una construcción histórica
integrante del "mito del género" y, como
tal, es una de las ideologías reguladoras de la
distribución del poder en las sociedades modernas. La
modernidad significó para los homosexuales su exclusión
discriminatoria de muchas de las formas sociales
"heterocentradas": el matrimonio, la
familia, la adopción, el ejército… Pero no sólo
ésto: también significó la inclusión compulsiva en
las formas que la sociedad heterocentrada reserva para
los que rotula como homosexuales: el rol homosexual.
La
ciencia no es independiente de la sociedad. El
desarrollo de los Homoestudios es reciente y debió
esperar a que ciertos cambios culturales tuvieran
lugar en occidente. A partir de los años sesenta
fueron ganando terreno las ideas de que [a] la
homosexualidad podría ser tratada como una opción
-minoritaria- de vida, y de que [b] el derecho a una
sexualidad plena debería integrar la agenda de los
derechos humanos. Corrientes "societalistas"
como el interaccionismo simbólico norteamericano,
plantean que sociedad e individuo no denotan fenómenos
separables, sino que son el aspecto colectivo y
distributivo de una misma experiencia subjetiva. En
1963 Becker publica Outsiders, donde afirma que
los grupos sociales crean la desviación al
"rotular" a ciertos individuos como outsiders
(los "fuera de lugar"). El
"desviado" es aquel a quien el rótulo ha
sido aplicado con éxito. El proceso de rotulación es
una cuestión relacionada a la distribución del poder
en una sociedad. La rotulación de desviados es un
proceso político en el que se juega la imagen que las
personas "diferentes" tendrán ante los demás
y —en gran medida— ante sí mismas. Becker
distingue entre un "estatus maestro" y
"características auxiliares" de
cualquier rol. En el caso del homosexual, el estatus
maestro (tener relaciones sexuales con personas de su
mismo sexo) hace esperable que el individuo tenga
otras características auxiliares (afeminado,
promiscuo, infeliz, etcétera).
Otro
aporte decisivo a las posiciones "societalistas",
pero desde el post-estructuralismo francés, fue la
tesis de Foucault sobre el proceso de creación del
homosexual moderno. Al denunciar a la Ciencia moderna
como el moderno empresario moral que sustituyó a la
Iglesia en la rotulación de los desviados, aquel
proceso que los interaccionistas analizaron en
contextos microsociológicos (la rotulación) adquirió
una significación histórica y política en su
sentido más general. Desde entonces, los enfoques
interaccionista y post-estructuralista demostraron su
utilidad al orientar investigaciones concretas y
contribuyeron de esta manera al actual boom editorial
de los homoestudios.
La
construcción del homosexual moderno
Las
sociedades medievales se vieron a sí mismas como
inmutables: los únicos cambios históricos que
concibieron fueron la caída del hombre y el juicio
final. Por ejemplo, el teatro isabelino representó el
teatro griego con ropas contemporáneas. Por oposición,
la época moderna consagró una nueva conciencia del
tiempo: la idea del progreso. En aras del progreso,
las vanguardias deberían descubrir nuevos caminos y
mostrarlos a las masas, educar a los ignorantes y los
primitivos. Sin duda la modernidad (o siendo más
prudentes, las modernidades) fueron —como ideología
"civilizatoria"— un proceso negador de las
heterogeneidades en occidente. Pretendieron civilizar
a las culturas "primitivas", imponer los
principios de la razón y el dinero, medir el tiempo y
el espacio y estandarizar la mano de obra.
Refiriéndose
a la historia europea, Foucault destacó el papel que
la sexualidad tuvo en el ejercicio moderno del poder.
Durante la década del setenta, sentó las bases para
la actual sociología de la homosexualidad, señalando
nada menos que "el homosexual" tal como
lo conocemos es un invento relativamente moderno. Precisamente,
señaló la conexión entre los dispositivos de la
sexualidad y del poder en el discurso moderno, una
"implantación perversa" que multiplicó los
controles sobre todos los individuos: los homosexuales
y los que podrían serlo…
Pese a
que percibimos a los siglos XIX y XX como una explosión
discursiva sobre el sexo, el hecho es que más que
nada cambiaron los contextos donde se produce dicho
discurso. Hasta fines del siglo XVIII, tres códigos
principales regularon la sexualidad humana: el derecho
canónico, la pastoral cristiana y, crecientemente, la
ley civil. La confesión católica, por ejemplo, había
constituido una superficie discursiva hiperdetallada
acerca de los deseos y actividades sexuales. En esta
época, la vigilancia sobre el sexo se centraba en el
propio matrimonio, regulando estrictamente la
finalidad del sexo y aún las posiciones autorizadas o
no. En este discurso tan centrado en la sexualidad legítima,
no había una diferenciación neta entre las
desviaciones: ser homosexual era tan pecaminoso como
ser adúltero o libertino, porque ambas desviaciones
significaban la perdición eterna. Aclaremos que
Foucault no está sosteniendo que no existieran prácticas
homosexuales, sino que estas prácticas no definían a
quien las realizara como un tipo de persona con
características definidas: el monstruo homosexual.
Pero el
discurso sobre el sexo en los siglos XIX y XX tendrá
características diferentes. Aunque en apariencia cada
vez hablamos más de sexo, Foucault se preguntó si
esta explosión discursiva no será, en lugar de una
mera "liberación", un cambio en la forma de
ejercer el control sobre los individuos. Lo que otrora
era territorio de la Iglesia pasa a ser el terreno de
la medicina y la psiquiatría. Las sociedades modernas
se caracterizaron por un corrimiento de nuestra
percepción de lo "perverso". Mientras la
Iglesia había regulado estrictamente el sexo de la
pareja (recetando, por ejemplo, la posición de
misionero), la ciencia moderna focaliza su atención
en los "perversos", originando nuevos tipos
de personas:"Niños demasiado avispados, niñitas
precoces, colegiales ambiguos, sirvientes y educadores
dudosos, maridos crueles o maniáticos, coleccionistas
solitarios, pacientes con impulsos extraños pueblan
los consejos de disciplina, los reformatoria, las
colonias penitenciarias, los tribunales y los asilos
" .(Foucault, 1976: 53)
Este
proceso de dispersión del discurso sobre la
sexualidad es nombrado por Foucault como una
"implantación perversa", que implica la
instauración de una dimensión específica del "contranatura"
a efectos de multiplicar los controles: controles
pedagógicos, condenas judiciales por
"perversiones", anexos a la enfermedad
mental, etcétera. En este sentido, la homogeneización
moderna funcionó mediante una iniciación de
heterogeneidades discursivas. Ahora se interroga la
sexualidad de los locos, los niños, los homosexuales.
Este pasaje de los "libertinos" a los
"perversos" generó lo que hoy conocemos
como el homosexual:"La sodomía -la de los
antiguos Derechos -Civil y Canónico- era un tipo de
actos prohibidos; el autor no era más que su sujeto
jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a
ser un personaje: un pasado, una historia y una
infancia, un carácter, una forma de vida; asismismo
una morfología, con una anatomía insdiscreta y quizás
misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in toto
escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser:
subyacente en todas sus conductas puesto que
constituye su principio insidioso e indefinidamente
activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo
porque consiste en un secreto que siempre se
traiciona… la homosexualidad apareció como una de
las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la
práctica de la sodomía a una suerte de androginia
interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era
un relapso, el homosexual es ahora una especie."
(Foucault, 1976:56-57)
En el
Tercer Mundo, el proyecto moderno se implantó tardíamente,
y -tanto en lo específicamente económico como en la
cultura en general- nunca llegó a imponerse en forma
total. Refiriéndose a este proceso moderno "civilizatorio"
en el Uruguay, Barrán (1994) describe cómo entre
1860 y 1920 se fortalecía una nueva sensibilidad
"civilizada". Sobre este cambio de la
sensibilidad confluyeron agentes como el Estado, el
hospital, el aparato educativo y -aunque sorprenda- la
iglesia. Mientras la Iglesia "bárbara" había
considerado a la disciplina personal como concerniendo
a las élites y al clero, la iglesia civilizada
democratizó el disciplinamiento, llevando las grandes
prohibiciones (el sexo extramatrimonial, los excesos
dentro del matrimonio, el pudor, el ocio) a las masas
moralmente débiles, lujuriosas, sucias y holgazanas.
La represión de la sexualidad, tan afín con el
discurso católico tradicional, fue en esta etapa común
a los agentes modernizadores. No obstante, lo que para
la Iglesia católica fue una obsesión duradera, era
para la sensibilidad burguesa más que nada un
requisito civilizatorio. Obtenido el disciplinamiento
de los trabajadores, la sensibilidad burguesa fue
gradualmente tolerando cierto hedonismo. Esta
contradicción es expresada en la época en el
conflicto privado entre un marido algo hedonista, tal
vez masón o ateo, y una esposa casta y católica.
El caso
es que la "sensibilidad bárbara"
(sensibilidad del ocio, el juego, el sexo, la
suciedad, la fiesta) debió ser re-educada. Asistimos
a procesos como la derogación de la pena de muerte,
la crítica del castigo físico, la separación
estricta de los sexos (por ejemplo en los baños de
mar), la regulación del carnaval, etcétera. El
carnaval, por ejemplo fue —y, en mucho menor grado a
medida que se regulaba y "civilizaba", siguió
siéndolo— una oportunidad para la puesta en
discurso de la homosexualidad y el travestismo. Gloria
Meneses, "el travesti más viejo de América
Latina", nos cuenta sobre el carnaval —ya
bastante "civilizado" de 1922. Su relato
evoca la tensión subterránea entre la fiesta
incivilizada representada por la no-identidad del
disfraz y la moderna represión de esos
"descontroles": "La primera vez que
me vestí de mujer tenía diecisiete años y fue para
los bailes de
carnaval, porque yo tenía un lindo
cuerpito y, en aquella época, se usaba mucho la máscara,
nadie estaba con la cara al aire, todo el mundo usaba
careta o antifaz, entonces eso me favorecía e
impactaba a los demás… Una vez, antes de la
prohibición de los carnavales, me puse un traje todo
de tafetán, en un estilo brasileño, amarillo-verde, y,
junto con un amigo, también travestí, fuimos a un
bai le de matiné de aquellos que empezaban a las cinco
de la tarde y duraban hasta las nueve de la noche… Fíjense
que entrábamos a los bailes y enseguida nos sacaban a
bailar… teníamos como una especie de imán, no sé…había
mujeres que planchaban toda la noche y nosotros bailábamos
enseguida. Por lo general nos disfrazábamos y nos
paseábamos por todo el corso. Si la gente decía
"éstos son maricones" o algo así no íbamos
a los bailes porque sabíamos que corríamos cierto
riesgo; pero si nos piropeaban: "divinas",
"cosita rica"… no lo dudábamos y nos íbamos
al baile. Bien, esa vez que les dije, un tipo me sacó
a bailar y me empezó a apretar y, en aquella época,
si no te dejabas apretar un poco, si te rehusabas, se
corría la voz y nunca más te sacaban a bailar. No me
hice problemas y me dejaba besar por acá, por el
cuello, hasta que, de repente, vino otra pareja y el
hombre le dijo a mi acompañante: -Ché, ¿no te das
cuenta que estás bailando con un hombre? Entonces,
agarré a la mujer y le pregunté con la mayor cara de
inocencia que pude poner: -¿Que dice este chico? ¿Que
soy hombre? Está loco. Mirá. Y yo, que ya por esa época
tenía bastantes senos, me descorrí el vestido y le
mostré a la mujer mis pechos. La mujer se tomó el
rostro y le dijo a su pareja que estaba loco, y se
fueron. De todas maneras, mi acompañante quedó
"picado"… el tipo mandó la mano entre las
piernas y encontró lo que sospechaba: La puta que te
parió! Era verdad, sos un hombre. -Ay querido, no te
ofendas. Es una sorpresa del carnaval." (en
Argañaraz y Ladra, 1991:21-22)
El
cambio de la sensibilidad bárbara por una
sensibilidad "civilizada" exigía el control
y la educación de los diferentes agentes "bárbaros".
Como señalaba Foucault en el surgimiento del
homosexual moderno, o bien aparecen nuevas figuras
("roles") a combatir, o bien se enfatizan
figuras desviantes ya clásicas: algunos de los bárbaros
mencionados en el análisis de Barrán son el
"calavera", el niño sucio, la mujer adúltera,
el joven onanista, el habitante de "pueblos de
ratas", el bandido rural, el criminal urbano, la
prostituta, el burgués seductor…y el "maricón".
Aquellos
"excesos" referentes a la sexualidad fueron
especialmente vigilados por la coalición
modernizadora, siendo pecados para la iglesia,
indisciplinas para la escuela, enfermedades para el médico
y delitos para la Policía. En Uruguay, el Código
Penal de 1889 castigaba el delito de "sodomía"
con penitenciaría de cuatro a seis años, e incluyó
otras figuras "sexuales" como "ultraje
al pudor" o "incesto". Aparentemente,
el disciplinamiento uruguayo incluyó también un
cambio en la visión de la homosexualidad. Barrán
menciona por lo menos un caso en 1871, todavía muy
cerca de la sensibilidad bárbara: "…el
director del seminario Jesuítico de Santa Fe, donde
se formaba… el clero uruguayo, escribió a Monseñor
Jacinto Vera, dándole cuenta que uno de los
seminaristas "se ha levantado de noche yendo a la
cama de alguno, con mucho tiento para no ser advertido
ni aun de aquél a quien iba, [huyendo] al momento que
el otro despertaba". No conocemos la respuesta de
Monseñor Vera, aunque sí la siguiente carta del
director del Seminario -"Haré lo que me
encarga… Esperemos con Dios que se enmendará, o se
descubrirá tarde o temprano"- de la que
deducimos se optó por la reconvención y no por otra
medida más violenta, como pudo ser la expulsión".
(Barrán, 1994: 204)
Lo que
asombra al autor -y a mí- es la levedad de la sanción.
Sobre todo, considerando que obtuve testimonios de
varios seminaristas a quienes contemporáneamente, se
aconsejó abandonar el seminario por dudas que ni
siquiera incluían acciones físicas. La resistencia c ontra la homosexualidad había ido creciendo hacia el
comienzo de nuestro siglo. Señala Barrán que hacia
el novecientos, la nueva sensibilidad ya genera
repulsión total hacia el homosexual: "…el
insulto mayor al hombre no es el de la traición a sus
amigos o a su causa, como en la época bárbara…[sino
que] el insulto mayor es la duda sobre la virilidad,
la acusación de "afeminamiento", un también
pasarse al otro bando, pero al bando del nuevo enemigo
diabolizado, la mujer, una traición al poder
masculino." (Barrán, 1994: 205)
Ya
vemos aquí claramente constituída la oposición
entre "el homosexual" y el
"hombre", en la interpretación del
homosexual como un carácter objetivo, un intersexo
entre hombres y mujeres. Precisamente, Barrán cita
(205) el libro de lectura editado por Vázquez Acevedo
en 1889, donde un niño le dice a una niña: "A
mí no me interesan las muñecas…me gusta un buen látigo,
una pelota de goma o un trompo de punta aguda para
jugar con mis amigos, yo no soy un maricón".
El
proceso ilustrado por Foucault y Barrán no es otro
que la construcción del homosexual moderno, el
"rol homosexual" a través del cual se
simbolizó a "lo homosexual" y a través del
cual los propios homosexuales son enseñados a
reconocerse. En este sentido los homosexuales
tendrán interés en la crítica de la modernidad.
Cierto es que las tendencias a la homogeneización
cultural de la modernidad nunca lograron suprimir la
heterogeneidad de la vida. El tema de las minorías se
replantea actualmente en todo el mundo. Las
democracias occidentales "representativas"
(que como gobierno de las mayorías, también han
demostrado ser un efectivo método para aplastar a las
minorías), se ven hoy cuestionadas en su forma
tradicional de "representar": hay una
tendencia de las minorías a buscar representación
parlamentaria por delegados directos, para el caso,
ubicar homosexuales, o personas solidarias con los
gays, en las Cámaras1. Desde esta perspectiva, la
felicidad de los millones de personas homosexuales en
el mundo [post]moderno dependerá de su capacidad para
generar formas culturales diferentes de las
imposiciones heterocentradas y más adecuadas a su
experiencia de vida.
Formas
heterocentradas que regulan la homosexualidad
Como
mencioné al refererirme a la creación del
"homosexual moderno", el proyecto
modernizador pretendió universalizar los valores
correspondientes a la experiencia de vida de los
nuevos grupos dominantes europeos (hombres blancos,
mayores de edad, de las ascendentes burguesías). En
lo que refiere a los que hoy conocemos como
homosexuales, la modernidad significó su exclusión
discriminatoria de muchas de las formas sociales
"heterocentradas": el matrimonio, la
familia, la adopción, el ejército… Pero no sólo
ésto: también significó la inclusión compulsiva en
las formas que la sociedad heterocentrada reserva para
los que rotula como homosexuales. No se trata aquí de
lo que llamaríamos una "cultura
homosexual", sino de formas culturales
heterocentradas que cumplen la función de regular la
homosexualidad. Algunas formas principales son: el
closet (homosexualidad secreta), el rol
homosexual (afeminamiento, sexocentrismo,
promiscuidad) y las terapias de reconversión.
El
"closet"
Conocí
a varios chicos homosexuales. Algunos de ellos me
hicieron proposiciones, pero yo les dije que se
equivocaban de persona. Rock Hudson
Nuestra
cultura pretende hacer de la homosexualidad una doble
vida; una condición secreta de algunos individuos que
sólo se vislumbra a través de algunos "síntomas".
Los homoestudios tomaron de la jerga homosexual
anglosajona expresiones como estar in the
closet"(en el ropero) y coming out [of the
closet] (salir del ropero). La primera expresión
designa el estado de homosexualidad
"secreta", y la segunda, el momento en el
cual una persona reconoce su propia homosexualidad, o
la hace manifiesta a alguien: coming out to somebody
(confesar tu homosexualidad ante alguien).
Los
homosexuales permanecen en el closet debido a las
grandes presiones sociales y culturales y a su vez, el
hecho de vivir su sexualidad de manera compartimentada
es una presión en sí misma: la necesidad gradual de
construir una doble vida, la sensación permanente de
estar mintiendo, la verguenza de sí mismos. Muy difícilmente
una persona racista hará comentarios racistas frente
a un negro, pero los homosexuales "en el ropero
ropero" se ven obligados a festejar y hasta hacer
ellos mismos chistes autodegradantes sobre
homosexuales.
El
closet es una experiencia por la que han pasado casi
todos los homosexuales y es una referencia constante
en la literatura gay. Muchos militantes prefieren
incluso reservar la palabra "gay" para
aquellos homosexuales que han desarrollado una
identidad abiertamente homosexual y reservan el término
"homosexual" para aquellos que ya se ven a sí
mismos como homosexuales pero no se presentan ante los
demás como tales. El siguiente texto, de mis
entrevistas, es una buena ilustración de la angustia
que provoca el enclaustramiento de la vida homosexual
en el closet. "A veces miraba a mis compañeros
y pensaba qué cara pondrían si supieran… yo tenía
planes de irme del país en cuanto fuera mayor, no
quería que me vieran, así no se iban a enterar
nunca… iba a los bailes y sacaba minitas a bailar
porque era lo que se hacía… una vez una compañera
me dijo que fulano decía que yo era
"delicado". Me puse furioso y no le volví a
hablar nunca más… creo que hasta me puse a llorar.
Me acuerdo que otra vez una profesora habló con mi
madre, nunca supe qué. Yo me imaginaba lo que habrían
hablado y nunca pasé tanta vergüenza en mi vida.
Nunca me animé a preguntar. Con los locos de la clase
era mucho peor…siempre me comparaba y me parecía
que ellos se daban cuenta. Odiaba la clase de
gimnasia, sobre todo uno que siempre me parecía que
se daba cuenta… de a ratos me olvidaba y pensaba en
el futuro como cualquier otro y en casarme… y de
golpe me acordaba otra vez. Era algo que tenía
presente todo el tiempo. Era una pesadilla." (entrevista
a Carlos)
Igualmente,
un pastor gay en San Francisco declara que: Si
tuviera que volver a vivir a escondidas, tendría que
pensar claramente si no preferiría estar muerto.
(Treichler, 1988: 67-68)
El
mencionado dispositivo de la vergüenza motiva a los
homosexuales para que se repriman o al menos para que
oculten su orientación sexual. Aún los homosexuales
asumidos deben funcionar en gran parte de su vida
"como si fueran" heterosexuales, debiendo
desarrollar para esto toda una disciplina dramática.
Un experiencia que no deja de impactarme es ver cómo
la mayor parte de mis amigos homosexuales cambia su
manera de actuar según estén en un lugar
"seguro" o nó3. La salida de discotecas gay
permite a veces ver el cambio de registro de manera
tan brusca que da la impresión de ver a alguien
entrando en territorio enemigo. Es fácil observar la
gradación en los movimientos, la voz y la conversación,
gradación que se da en forma no necesariamente
conciente ante la presencia de distintos públicos:
personas que no conocen de su orientación sexual,
personas que actúan como si no la conocieran,
personas que saben de su orientación y la aceptan,
grupos de pares homosexuales, etcétera.
Así
como la represión es causa de neurosis, la necesidad
constante de dramatizar para diferentes públicos
tiende a llevar al individuo a una esquizofrenia
funcional, a una paranoia conciente —que de hecho le
es realmente útil— y a una alternación constante
de diferentes "papeles" sociales que puede
alterar su percepción de la realidad hasta hacerlo
dudar acerca de cúal es su verdadero "yo".
El
"coming-out"
"Creo
que los hombres me gustaron desde siempre. Si
ahora pienso en algunos juegos infantiles… después
tuve algunas novias, pero nunca me sentí atraído por
las mujeres. También tenía fantasías con tipos,
pero como yo no era penetrado decía que el homosexual
era el otro… sí, ahora pienso que cómo no me daba
cuenta… en realidad no lo tuve claro hasta que me
enamoré de un loco". (entrevista a Carlos)
El periodista conservador Andrew Sullivan describe
su reconocimiento de ser homosexual de una manera un
poco más poética: "[Es] como subir a un avión
por primera vez, fascinarse con el ascenso, observar
maravillado por la ventanilla… y de pronto darte
cuenta de que estás en el vuelo equivocado, viajando
hacia un destino que te aterroriza, rodeado de gente
que rechazás. Y no podés bajarte… sos uno de
ellos". (Sullivan, 1995: 25)
Lo que
tienen en común historias tan diferentes es que podrían
denominarse "historias de coming-out". En
los homoestudios, se llama coming-out al
momento en que un individuo comienza a verse a sí
mismo como homosexual. El término proviene de la
expresión en inglés coming out of the closet
(salir del ropero), y sugiere que se trata de una
liberación individual frente a una sociedad opresiva
que nos encierra (closet) y aísla. Se han
incluso detectado casos de homosexuales que crecieron
sin poder, por falta de información, caracterizar su
autosospecha y creían ser el único homosexual en el
mundo. El coming out ha sido uno de los temas más
recurrentes en la literatura gay; Another country
(Otro país) o Maurice son ejemplos clásicos
de novelas de coming out transformadas a
versiones cinematográficas. También conocimos
versiones argentinas como Adiós Roberto y, más
recientemente, una versión televisiva uruguaya en el
programa Al desnudo de canal 5 (por cierto,
expresando una visión bastante gay-sensible).
La
popularidad -entre homo y heterosexuales- de las
historias de coming-out, tiene su explicación.
No se le pregunta a alguien "desde cuando sos
heterosexual". Esto es así porque, antes de
formular la pregunta, el sentido común responde
"desde siempre" y porque probablemente el
interrogado no sabría qué responder. La propia
pregunta sería interpretada como un sinsentido. Sin
embargo, es una pregunta común en entrevistas a
homosexuales. Más aún, los interrogados parecen
estar en condiciones de contestarla más o menos
precisamente. Puedo preguntarles entonces a partir de
cuándo, a que edad se hicieron homosexuales.
La
pregunta "desde cuando
eres
homosexual"
implica la creencia en una condición previa de
"no homosexualidad". Es decir, presupone que
los homosexuales se hacen tales a determinada altura
de su vida o bien que su homosexualidad existió en
forma latente hasta que por alguna razón despertó.
Pero un heterosexual siempre fue heterosexual. Esta
diferencia tiene sus causas sociales: todos
(homosexuales y heterosexuales) somos educados en el
pre-supuesto de que "todos somos
heterosexuales". La sociedad funciona con este
supuesto y, aunque no sea al producto de una decisión
conciente o de un cuidadoso autoanálisis, todos
aprendemos a comportarnos como se comportan los
heterosexuales y a pensar acerca de nosotros mismos
como heterosexuales. El homosexual no puede cambiar
su autoimagen hasta que aprende un concepto de lo que
es ser homosexual y está en condiciones de aplicar
este concepto a sí mismo. Muchas personas no
llegan a considerarse a sí mismas como homosexuales
aunque hayan tenido relaciones homosexuales. Por esta
razón, existe siempre un momento de cambio de
perspectiva o de autoimagen, momento en el cual
alguien que se consideraba heterosexual pasa a
considerarse homosexual: el coming-out.
Un
comentario: cuando me refiero al coming out
como un "momento", lo hago sólo por
comodidad de referencia y no quiero decir que este
reconocimiento suceda siempre en un momento preciso.
Algunos homosexuales sí pueden señalar con mucha
precisión el momento en el cual su homosexualidad se
les hizo evidente. Tal es el caso de Alberto: "Yo
ya había tenido fantasías homosexuales, pero no me
consideraba homosexual, era como que sabía pero no...
Cuando ví a este loco en la piscina creo que me
enamoré porque eso me hizo cuestionarme todo. Después
[yo] iba todos los días [a la piscina]… con él
nunca pasó nada, pero ahí supe que yo era gay".
(entrevista a Alberto)
O sea
que, aún en los casos en que el coming out
puede realmente señalarse como un momento específico,
este momento es la cristalización de un proceso más
extenso de "autosospecha", de obtención de
información acerca de lo que un homosexual es y de
interpretación de evidencia sobre la personalidad
propia.
Otras
personas vivieron su coming out no como un
momento sino como un proceso gradual en el que no
pueden discriminar un tiempo exacto en que cambiaron
su autoimagen. Un amigo personal me cuenta que siempre
tuvo una intuición muy difusa de su atracción por
los hombres y nunca experimentó un rechazo hacia la
homosexualidad. Algunas personas lo rotularon como
homosexual antes de que él mismo lo considerara y
antes de que tuviera relaciones sexuales homosexuales.
Eventualmente tuvo algunas experiencias sexuales esporádicas,
pero "como tenía novia" siguió considerándose
heterosexual. No fue hasta que inició una relación
estable con un hombre que empezó a verse a sí mismo
de otra manera.
Además
de ser experimentado como un momento o como un proceso
gradual en la historia personal, el coming out
puede ser más o menos conflictivo, dependiendo de la
moralidad y la concepción de la homosexualidad que el
individuo haya aprendido de su entorno social y
familiar. Si un joven profesa una religión considera
que la homosexualidad es un pecado, entonces su
proceso será tanto más doloroso, puesto que se verá
a sí mismo como un pecador y sin poder evitarlo4. Si
alguien aprendió a ver a la homosexualidad como algo
vergonzoso, aceptar su homosexualidad le traerá
necesariamente problemas de autoestima. La proliferación
de estos casos probablemente determina que, como
mencioné, los adolescentes homosexuales en los
Estados Unidos se suiciden con una frecuencia tres
veces mayor que los heterosexuales. En Uruguay -a la
espera de trabajos al respecto- la hipótesis de la
mayor frecuencia relativa del suicidio homosexual podría
ser aún más fundada que en el primer mundo.
También
pueden distinguirse dos dimensiones propias del coming
out: el coming out público y el privado.
Uno es el reconocimiento íntimo acerca de la propia
orientación sexual y el otro es el reconocimiento
ante la sociedad, la familia, los amigos. O sea que no
se trata simplemente de una dicotomía entre los
homosexuales "tapados" (término que
extraigo de mis entrevistas) y los abiertamente
homosexuales. La distinción casi nunca es exacta,
recordemos el caso de Alberto, en el cual algunas
personas reconocían su homosexualidad antes que él
mismo. Algunas personas no viven su reconocimiento
privado como tal hasta que le hablan a alguien de su
homosexualidad. Y el coming out público acepta
diversos grados de "publicidad", o sea que
hay personas que se muestran ante sus amigos íntimos
pero no los demás, o sí ante sus amigos y no ante su
familia, o sí ante ambos pero no en su trabajo. Las
combinaciones posibles son muchas. En la literatura
especializada, cuando el reconocimiento es puramente
privado pero el individuo vive una doble vida, se
sigue hablando de un "caso de closet"
(el "tapado" de mis entrevistas).
Pero
volviendo al punto central, el caso es que el coming
out parece ser una constante en lo que hoy
conocemos como homosexualidad. El esquema central es
que alguien que antes se consideraba (¿era?)
heterosexual, sufre una crisis de identidad como
resultado de la cual llega a considerarse homosexual. Esto
diferencia a los homosexuales de cualquier otra minoría:.
Ya mencioné que nadie descubre a los quince, a los
veinte o a los cincuenta años que es negro o judío.
Como vimos, probablemente esta sea una de las causas
del mayor temor y rechazo ante el homosexual: todos
hemos tenido algún tipo de fantasías homoeróticas y
un homosexual es la prueba viviente de que cualquiera
podría serlo y expone así la contingencia de la
heterosexualidad. En el programa de televisión
norteamericano El show de Jane Witney, una de
las integrantes del grupo musical Fem to Fem
declara que intentan promover una imagen positiva para
las jóvenes lesbianas norteamericanas y se atreve a
preguntar a la audiencia cuántos de los presentes han
pensado en la homosexualidad como una posibilidad. Sólo
una mujer levanta la mano. "Están mintiendo
-asegura la joven-, porque yo lo puse en sus
cabezas y ahora ya lo pensaron".
La
homosexualidad y la crítica de la modernidad
El
papel de la ciencia no ha sido siempre el más
humanitario. En particular, el enfoque naturalista se
superpuso al demoníaco, contribuyendo a nuestro
actual sentido común de la homosexualidad. En este
sentido, el "monstruo" de la primera parte
es en todo caso el montruo de Frankenstein, porque en
parte su creador también fue un científico. Pero el
proyecto moderno no ha logrado completarse. Aunque la
potencialidad de la tecnología es incuestionable, la
modernidad no ha resuelto su problema último: la
felicidad humana. Fue un proyecto humanista que terminó
en la carrera armamentista, un proyecto individualista
que terminó en la masificación, un proyecto
colonizador que destruyó el medio ambiente, un
proyecto democrático que aplastó a las minorías y
un proyecto económico que no erradicó la pobreza.
Recién en la segunda mitad de nuestro siglo, cuando
las dudas sobre el proyecto moderno se abren paso5 se
pone de manifiesto una mentalidad diferente: Seidman
(1992) llama la atención acerca de la oposición de
los posmodernistas contra la pretensión moderna de
que la ciencia es "el" conocimiento ontológicamente
basado —y por lo tanto, superior a todo otro
discurso—, y remarca la íntima relación del
postmodernismo con nuevos movimientos sociales
(ecologistas, consumidores, presos carcelarios, parte
del feminismo norteamericano). En el curso de sus
luchas, estos grupos cuestionaron el derecho de la
ciencia a crear convenciones simbólicas y normativas
que a menudo contribuyeron a oprimirlos. Seidman
ilustra este proceso aludiendo al ejemplo de los
homosexuales: "En el movimiento gay podemos
observar un desplazamiento similar hacia una posición
postmodernista…la lucha por afirmar sus propias
identidades es esencialmente un asunto de políticas
culturales, es decir, una lucha sobre la representación
pública de la homosexualidad. En esta política es
central el análisis crítico de la ciencia y sus
valuartes institucionales (hospitales, clínicas
psiquiátricas, instituciones mentales, prisiones,
escuelas, asociaciones científicas [laboratorios]).
Los gays ven a la ciencia como una fuerza social
estratégicamente implicada en las relaciones de
control de la sexualidad. Específicamente, han
documentado las formas en las cuales la ciencia oprime
a los homosexuales al autorizar concepciones del deseo
o la intimidad homosexual como síntomas de una
enfermedad mental, como un estado de inferioridad
moral, o como una patología social. Los individuos
que tienen deseos homosexuales son un tipo humano
moralmente inferior y socialmente peligroso: el
homosexual. (Seidman, 1992: 52-53)
Precisamente,
entre las miríadas de grupos "alternativos"
nacidos o desarrollados durante los años sesenta, el
movimiento gay es una excepción: todavía vive. Está
saludable e incluso creciendo. Una pregunta inmediata
acerca de esta excepcionalidad es: ¿renunció a sus
metas originales y se ha unido al establishment
heterocentrado? O, más bien; ¿ha sido el movimiento
de liberación homosexual más creativo que los otros
reclamos "sesentistas" (amor libre, vida en
comunidad, ideología hippie, etcétera.) y encontró
maneras más exitosas de lograr sus metas? Dentro de
la academia o nó, las nuevas postvanguardias se
embarcan en una crítica de la representación (para
el caso, de la representación tradicional de la
homosexualidad). Pero en lugar de imponer un nuevo
sentido "alternativo", denuncian la
inexistencia de un sentido último: la homosexualidad
no es sino lo que decidamos hacer de ella.
Referencias
- Argañaraz,
Nicteroi y Ladra, Antonio (1991): Gloria: o el
drama de la existencia. Ediciones O Dos,
Montevideo
- Barrán,
José Pedro (1990): Historia de la sensibilidad en
el Uruguay. (tomo 2: El Disciplinamiento
(1860-1920). Montevideo, Banda Oriental/FHC.
- Foucault,
Michel, (1978/76): The History of Sexuality,
volume 1: An Introduction. Vintage, New York.
- Pitkin,
H. F. (1967): THE CONCEPT OF REPRESENTATION.
Berkeley and Los Angeles, University of Californa
Press.
- Seidman,
S. (1992). Postmodern social theory as narrative
with a moral intent. In Seidman and Wagner (Eds),
Postmodernism and social thory; the debate over
general theory. Cambridge: Basil Blackell ltd.
- Sulivan,
Andrew (1995): Virtually normal: an argument about
homosexuality. Picador.
- Treichler,
Paula A. (1988): AIDS, Homophobia, and Biomedical
Discourse: An Epidemic of signification. In
Douglas Crimp (Ed.), AIDS: Cultural Analysis,
Cultural Activism, pp. 31-70. Cambridge, the MIT
Press.
- El
tipo de "representante" que a veces los
politólogos llaman "delegado" o
"comisionado" (Pitkin, 1967) actúa para
proteger los intereses de un grupo específico
dentro del electorado general (una provincia, una
minoría -como en el caso de un diputado gay-, un
sindicato). El término "delegado"
sugiere que es enviado en una capacidad oficial,
por un grupo organizado. Es enviado en comisión.
- Un
buen ejemplo de esta obsesión es la antología de
literatura homosexual The epistemology of the
closet (Sedgwick, Eve [1990], Univ. of
California Press, Berkeley)
- Las
metáforas espaciales para expresar el
encerramiento del homosexual en las sociedades
heterocentradas, como la expresión inglesa closeted
gay, son constantes. En Buenos Aires, una de
las más grandes discotecas gay,
"Bunker" (refugio), apuesta a dar la
imagen de un espacio seguro y aislado de la sanción
heterosocial.
- Esto
probablemente determina la extrema popularidad de
las religiones afrobrasileñas entre los
homosexuales y -particularmente- entre los
travestis. Por un lado, estas religiones no
condenan la homosexualidad y, por otro, el hecho
de que sus espíritus tengan género permite que
un pai do santo pueda
"incorporar" un espíritu femenino,
generando una superficie aceptable para el
transvestismo y el transgénero.
- No
voy a definir aquí el término
"posmodernidad". En La condición
posmoderna, Lyotard presenta un diagnóstico
de sus implicaciones culturales.
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