EL MALESTAR DE LA SEXUALIDAD:

Significados, mitos y sexualidades modernas

 

 

ISLA TERNURA
LA PLAYA
PAPELES PARA PENSAR
 

  "Movimientos de afirmación": la política de la identidad

...los movimientos etiquetados como de "liberación sexual" deben ser entendidos como movimientos de afirmación que empiezan por la sexualidad. Esto significa que son movimientos que empiezan con la sexualidad, con el aparato de la sexualidad en el que estamos atrapados, y que hacen que éste funcione hasta el límite; pero, al mismo tiempo que se mueven en relación con él, desembarazándose de él y superándolo. Michel Foucault, entrevista a Telos, 1977

Identidad y comunidad

Las políticas sexuales recientes han sido políticas de identidad. Para muchas personas en el mundo moderno, saber quiénes somos implica conocer nuestra sexualidad, reconociendo, en frase de Christopher Isherwood, a qué "tribu" estamos afiliados, a dónde pertenecemos realmente. Michael Denneny lo ha expresado así:

Encuentro que mi identidad como hombre gay es tan básica como cualquier otra identidad que pueda reivindicar. Mi condición de gay es un aspecto más esencial de lo que soy que mi profesión, clase o raza.1

El reconocimiento de una auténtica ubicación configura nuestra forma de ver y de vivir nuestras vidas, liberando sentimientos y energías de cuya existencia apenas sabíamos. Para Pat Califia: "Saber que yo era lesbiana transformó mi manera de ver, escuchar, percibir el mundo entero. Adquirí conciencia de una red de sensaciones y reacciones que había ignorado toda mi vida" 2.

De este renovado sentido de identidad, de pertenencia, ha fluido una reorientación del compromiso personal y también de la identificación política. Para Charlotte Bunch, "el feminismo está en la base de mi identidad personal y de mi política"3. Muchos de los que han estado implicados en la política sexual radical en los últimos quince años han expresado sentimientos parecidos y establecido idénticas afiliaciones.

Sin embargo, sabemos al mismo tiempo, y frecuentemente merced a las mismas personas que tan apasionadamente afirman su identidad sexual, que esa identidad es provisional, siempre precaria, dependiente y constantemente enfrentada con una relación inestable de fuerzas inconscientes, con significados sociales y personales cambiantes, y con las contingencias históricas:

No existió nunca un clon de Castro, una feminista lesbiana o un Informe Kinsey 6, hace un siglo, y de aquí a cien años, estos tipos estarán tan extinguidos como Urnings4.

Aquí se da una paradoja preocupante. Cada vez somos más conscientes de que la sexualidad tiene que ver con el cambio, que lo que nosotros llamamos "sexual" es tanto un producto del lenguaje y de la cultura, como de la naturaleza.

Pero nos esforzamos concienzudamente en fijarlo, estabilizarlo, decir quienes somos al hablar de nuestro sexo; y los abanderados de esta articulación consciente del sentido del ser han sido descalificados radicalmente por la tradición sexual. Desde finales del siglo XIX, la mayoría de las sociedades occidentales han sido testigo del esfuerzo prolongado desarrollado para hacer realidad una identidad, o identidades,lesbiana y homosexual. A medida que se han hecho más abiertas y variadas, más conscientemente políticas las formas de vida homosexual, se han escuchado a su estela reivindicaciones de otras identidades sexuales válidas. "La movilización de los homosexuales", observó Gayle Rubin, "ha proporcionado todo un repertorio de ideología y tecnología organizativa a otras poblaciones eróticas"5.

Los travestis, transexuales, pedófilos, sadomasoquistas,fetichistas, bisexuales, prostitutas y otros -cada grupo marcado por preferencias, o aptitudes sexuales específicas, frecuentemente subdivididas y definidas por estilos, morales y comunidades específicas, cada una con específicas historiasde autoexpresión- han aparecido en la escena mundial para reivindicar su espacio y sus "derechos" 6. En las comunidades metropolitanas más grandes de Occidente, de San Francisco a Sydney, de Londres a Toronto, de Amsterdam a Nueva York, de París a Los Angeles, se ha luchado por la identidad sexual en comunidades sexuales emergentes, que a menudo tienen peso material e influencia política, y ofrecen una enorme diversidad de facilidades para satisfacer las necesidades y posibilidades sexuales más minuciosamente especializadas7. La mayoría de estas identidades sexuales han sido construidas sobre la base de las categorías de los sexólogos. Pero han aumentado al ser vividas. Como ha señalado John D'Emilio en relación con la homosexualidad:

La vida en grupo de los hombres y las mujeres gay llegó a abarcar no sólo la interacción erótica, sino también la actividad política, religiosa, y cultural. La homosexualidad y el lesbianismo han llegado a constituir más una identidad humana que una categoría sexual8.

Pero esta apreciación histórica, sin duda correcta, nos devuelve contundentemente al problema central: ¿por qué estamos tan preocupados por la identidad sexual? Están en juego temas fundamentales a propósito de las relaciones y elecciones sexuales. Por eso, el debate no es algo misterioso, restringido a las "minorías sexuales". Arroja cierta luz sobre la naturaleza misma de la masculinidad y la feminidad actuales.

Hay una ambivalencia en el concepto mismo de "identidad". Dice informarnos acerca de lo que tenemos en común, de la que nos asemeja y nos hace reconocibles, de lo que es verdadero en nosotros. Aliada a la tarea prescriptiva de la religión, la psiquiatría, la medicina o la ley, opera también de manera que nos dice lo que nos hace verdaderamente "normales". Es en este sentido como la imposición de la identidad puede verse como una burda táctica del poder, diseñada para oscurecer la auténtica diversidad humana con categorizaciones estrictas de uniformidad. La publicación por parte de Michel Foucault de las trágicas memorias de Herculine Barbin, un hermafrodita de mediados del siglo XIX, es una dulce elegía al "feliz limbo de una no identidad", así como una advertencia de las graves consecuencias que lleva consigo insistir en la existencia de una identidad verdadera, oculta bajo las ambigüedades de la apariencia externa 9. La búsqueda de una "identidad verdadera" es aquí una amenaza y un desafío, porque es la negación de la elección. Afirma encontrar lo que realmente somos, o deberíamos ser. La suya es una realidad de restricción y fuerza.

Pero, al mismo tiempo, "identidad es diferenciación" 10,tiene que ver con las afinidades basadas en la selección, la autoactualización y la elección. Es, por tanto, algo que tenemos que buscar, algo que tiene que ser conseguido a fin de estabilizar el ser, defenderse de la anomia y de la desesperanza. Para Erickson, que le puso un nombre al problema("crisis de identidad") después de la Segunda Guerra Mundial, la identidad personal equivale aproximadamente a la individualidad 11. Es una realidad para la cual hay que lucharen contra del peso imponente de lo social, y se encuentra enlos intersticios de la sociedad, en los recovecos olvidados por las fuerzas sociales de mayor peso. Dennis Wrong ha sugerido que términos como "identidad" y "crisis de identidad" se han convertido en "faros semánticos de nuestro tiempo, emblemas verbales que expresan nuestro malestar frente a la vida moderna y la sociedad moderna "12. Apuntan a la necesidad de una "autenticidad" para oponerse a los impulsos contrarios a la vida en la sociedad contemporánea. Para Cohen y Taylor, "la labor de identificación" debe hacerse en contra de o a pesar de las disposiciones institucionales de la sociedad", desafiando el peso de la "realidad suprema" 13. La "identidad" es algo que está ahí, de verdad, pero hay que asumirla; es la verdad absoluta sobre nosotros mismos, pero hay que encontrarla. Su ambigüedad refuerza nuestra ansiedad moderna.

En cambio, para los sexualmente marginados parece ser un ideal esencial. En 1925, el artista F. O. Mathiesson escribió a su nuevo amante Russell Cheney: "Desde luego, esta vida nuestra es enteramente nueva, ninguno de los dos conoce un caso paralelo. Estamos en medio de un país inhabitado cuyo mapa no ha sido trazado. Que ha habido otras uniones como la nuestra, es evidente, pero no podemos servimos de su experiencia. Nos lo tenemos que crear todo. y la creación nunca es fácil" 14.

Aquí apenas existe una "identidad". Hay, sin duda, poca comunión de conocimientos. Pero sí existe un sentido del ser y un sentido de la necesidad y del deseo; la nota urgente de la búsqueda y de la autoactividad es inequívoca. La búsqueda de una identidad ha sido una característica de la historia de la homosexualidad a lo largo de este siglo. Su encuentro ha sido descrito invariablemente en términos de haber alcanzado un hogar en el ser esencial, hasta entonces enterrado bajo el detritus de informaciones falsas y prejuicios. Es como hallar un mapa para explorar un nuevo país. Este descubrimiento ha sido la condición previa para un sentido de la unidad personal. Las categorizaciones y las autocategorizaciones, es decir, el proceso de formación de la identidad, pueden controlar, restringir e inhibir, pero al mismo tiempo proporcionan "acogida, seguridad y confianza" 15. Y la condición previa para esto ha sido a su vez un sentido de vínculos más amplios, de lo que podemos llamar más exactamente comunidad sexual. Es en las relaciones sociales donde los sentimientos individuales adquieren significado y se hace posible la "identidad".

La razón más evidente para poner este énfasis en la identidad es que, para muchísimas personas, es su propia sexualidad lo que se cuestiona. La sociedad moderna se encuentra fragmentada por muchas divisiones, marcada por clases, razas, religión, ideología, status y edad. Estas se intersectan con otras dos divisiones fundamentales, a las cuales hacen más complicadas, si bien no son su causa: género y preferencia sexual. Es sólo en determinadas épocas, en determinadas culturas, cuando estas divisiones se convierten en foco central de polémica política. Aunque el feminismo se ha extendido por Occidente (y por ciertas partes del Tercer Mundo) desde finales de los años sesenta, los aspectos más específicos de la elección sexual no se han convertido en general en motivo de grandes movilizaciones. En países como Gran Bretaña y Francia, las cuestiones de clase e ideología pesan más que la sexualidad. Pero, en Estados Unidos, donde las fidelidades de clase están menos fijadas; donde la política se ve más orientada a la formación de coaliciones; donde la política de las "minorías", sobre todo las luchas de los negros, está mejor establecida; y donde las fidelidades sociales son en suma más fluidas, la sexualidad sí se ha convertido en un tema político potente, y las comunidades sexuales han pasado a ser bases para la movilización política, afirmando identidades sexuales diversas.

Esta preocupación por la identidad no puede explicarse como efecto de una peculiar obsesión personal por el sexo. Debe verse, más exactamente, como una poderosa resistencia al principio organizador de las actitudes sexuales tradicionales, codificadas según un presupuesto heterosexual dominante y generalizado de la tradición sexual. Son los radicales sexuales los que han politizado la cuestión de la identidad sexual de manera más insistente. Pero la agenda se ha configurado en gran parte por la importancia que se le asigna en nuestra cultura a la sexualidad "correcta"; y, sobretodo, a la sexualidad correcta de los hombres. Ethel Spector Person ha señalado "el curioso fenómeno por el que la sexualidad consolida y confirma el género en los hombres, mientras que en las mujeres es un rasgo variable"16. Para los hombres modernos, la masculinidad se expresa, al menos en parte, a través de su sexualidad. El hombre impotente siente amenazada su identidad masculina y también su sexualidad. La sexualidad y el rendimiento sexual se cuentan entre los ingredientes más vitales de la identidad heterosexual masculina. Este mensaje siempre estuvo implícito en los escritos de los sexólogos que tomaron el impulso masculino agresivo como el propio modelo de lo que era la sexualidad. Pese a resultar predominante en los textos sobre el sexo, de manera que las mujeres aparecen siempre como "el otro", y las minorías sexuales como desviaciones que todavía requieren una explicación, la heterosexualidad masculina ha sido poco estudiada como fenómeno histórico y social. El curioso resultado es que sabemos que en nuestra cultura el sexo masculino y las identidades de género están, y así se espera quesea, profundamente ligadas, pero no está muy claro cómo sucedió tal cosa ni tampoco se sabe siquiera en detalle cómo es vivida hoy en día.

Si bien esta tortuosa historia no es transparente, sus efectos sí lo son. La confianza en sí mismo en el ámbito sexuales considerada como una de las normas de la masculinidad; y hasta tal punto, que la ansiedad es una de las principales causas de la impotencia secundaria. Al mismo tiempo, el énfasis que los hombres ponen en el éxito sexual es claramente un indicador de una "relativa fragilidad del género"17. La masculinidad o la identidad masculina se logra mediante un proceso incesante de protección frente a las amenazas que la acechan Es lograda precariamente mediante el rechazo dela feminidad y de la homosexualidad. Tanto la violencia masculina contra las mujeres, Como el tabú contra la homosexualidad masculina, pueden ser entendidos como efectos de este frágil sentido de identidad, cuyas raíces están en los traumas psíquicos de la infancia (durante los cuales los niños deben romper su identificación con las mujeres a fin de convertirse en "hombres") y también en las normas históricas que han definido la identidad masculina, contraponiéndola al caos moral de la homosexualidad.

La cultura homosexual masculina era, al principio, una especie de negativo de esta realidad. Se caracterizaba a menudo por una inversión de género, un "afeminamiento" inseguro en el que las personas homosexuales se veían a sí mismas como poseedoras de "un alma de mujer en un cuerpo de hombre" o como "hombres afeminados". No eran "hombres de verdad", porque en ellos había una parte demasiado grande de mujer. Al mismo tiempo, no obstante, se reconocía el carácter contingente de esta asociación. El estilo y el humor que caracterizaban a las primeras subculturas homosexuales "camp" demostraban, como ha indicado Richard Dyer, "una gran sensibilidad hacia los roles de género, en tanto que roles, y un rechazo a tomarse demasiado en serio los asuntos de la feminidad" 18. Este estilo subcultural jugaba con las definiciones de género tal como eran, aceptando los límites de las dicotomías aparentemente naturales, pero al hacerlo buscaban subvertirlos y tratarlos como inevitables, aunque ridículos.

En años más recientes, hemos asistido a un cambio drástico en esta asociación histórica entre homosexualidad masculina y afeminamiento. Las variantes sexuales se han definido progresivamente y se han definido menos como desviaciones de género que como variantes en términos dela elección del objeto. La identidad sexual, al menos en las subculturas lesbianas o gays de Occidente, se ha liberado de la identidad de género. Ahora se puede ser gay y "hombre de verdad", lesbiana y mujer auténtica (o incluso más). Sin embargo, el auge del estilo "macho" entre los hombres gay durante los años setenta puede ser también interpretado como un episodio más en la incesante "guerra de guerrillas semiótica" librada por los marginados sexuales en contra del orden establecido. 

Como ha señalado Dyer: "Al tomar los signos de la masculinidad y erotizarlos en un contexto descaradamente homosexual, se ha perturbado seriamente la seguridad con la que los "hombres" se definen en sociedad y mediante la cual afinan su poder. Si resulta que aquel bebedor de cerveza barbudo y musculoso es maricón, ¿cómo se distinguirá a partir de ahora a los hombres "de verdad"?! "19

Hay indicios de que el estilo "macho" en los hombres gays despierta una mayor hostilidad que el afeminamiento en los hombres, porque atenta contra las raíces mismas de la identidad heterosexual masculina.

Sin embargo, las identidades sexuales politizadas no son respuestas automáticas a definiciones negativas. Para surgir, necesitan complejas condiciones sociales y políticas a fin de producir un sentido de experiencia de comunidad que de lugar a un proyecto colectivo. Al parecer, para ello son necesarias cinco condiciones: numerosas personas en la misma situación; concentración geográfica; objetivos identificables a los que oponerse; acontecimientos o cambios repentinos en la posición social; y un liderazgo intelectual con objetivos claros 20. Estos aspectos han estado presentes en el surgimiento de las identidades sexuales politizadas de mayor éxito: las identidades lesbiana y gay. La mayoría de los países europeos experimentaron el movimiento embrionario de las subculturas que se organizaron en torno a la actividad homosexual masculina en los primeros tiempos de la era moderna, si no antes, pero fue en el siglo XIX cuando se dieron desarrollos cualitativamente nuevos.

El modelo médico de la homosexualidad, tal como surgió en Europa y Estados Unidos, a fines del siglo XIX, fue en gran parte una respuesta al descubrimiento de grupos de "pervertidos sexuales " en las principales ciudades. En 1861, un libro hablaba en Estados Unidos de congregaciones de "hombres vestidos como mujeres, abandonándose a obscenidades indeseables"; y hacia 1911, la subcomisión dela ciudad de Chicago había descubierto "grupos enteros y hasta colonias de estos hombres". La presencia lesbiana era menos evidente, aunque era ciertamente incipiente bajo varias formas. En numerosas ciudades de Estados Unidos, las mujeres "excéntricas" se mezclaban habitualmente con los hombres homosexuales. Hacia comienzos de siglo, se había desarrollado una red compleja de grupos de personas cuya afinidad consistía en la búsqueda común de una base sólida para una definición segura de su autoidentificación. Hacia 1915, un observador del panorama de la homosexualidad en la sociedad estadounidense llegó incluso a constatar la existencia de "una comunidad claramente organizada". Entre 1850 y la década de los treinta del presente siglo se había desarrollado en numerosas ciudades de Estados Unidos y Europa una compleja comunidad sexual que existía más allá de las fronteras de clase, raza, género y edad, y que proporcionaba un foco para el desarrollo de la identidad.21

Desde la Segunda Guerra Mundial, la expansión de estas subculturas ha sido espectacular; y algunos de los inesperados protagonistas de este desarrollo han sido los bares gays. Para los homosexuales, según se ha comentado, "los bares y las discotecas desempeñan el papel que en otros grupos corresponde a la familia y la iglesia". Los bares, que han constituido una expresión única del modo de vida homosexual, estimularon una identidad que fue tanto pública como colectiva y se han convertido en "germen de una conciencia colectiva que algún día florecerá como expresión política" 22. El crecimiento de una abierta subcultura masculina gay en ciudades como San Francisco y Nueva York en los años cincuenta y sesenta allanó el camino para el surgimiento de un movimiento gay masivo hacia finales de los sesenta. En contrapartida, los vínculos lesbianos, de carácter más privado, el desarrollo más lento de una red de bares y el consciente distanciamiento político de las propias líderes lesbianas en los años cincuenta y sesenta respecto de la subcultura lesbiana organizada fueron factores cruciales en el desarrollo independiente -más lento, pero distintivo- de una identidad lesbiana.

Sin contingentes numerosos y sin una concentración geográfica, una "minoría sexual" es, como la define Schur, una "comunidad de intereses latentes" incapaz de alcanzar su peso político potencial 23. Como corolario, las agrupaciones eróticas que nunca podrán alcanzar un peso social evidente, o cuyos gustos pueden aplicarse únicamente a la minoría de una minoría -se suele pensar al respecto en sadomasoquistas, pedófilos, travestis y prostitutas- dependen en gran medida de su asociación con grupos sexuales relacionados. Sólo en una ciudad como San Francisco ha sido posible el surgimiento de una subcultura de sadomasoquistas de cierta envergadura. Resultaría inconcebible encontrar una concentración geográfica de una red tan estigmatizada como la de los pedófilos. En general, estos grupos tienen una constitución natural relativamente pequeña y su surgimiento político depende de alianzas con movimientos más poderosos.

La concentración numérica y geográfica son condiciones vitales para el crecimiento de identidades sexuales politizadas, pero éstas sólo adquieren importancia cuando existe la conciencia de que hay una opresión que debe ser combatida. A pesar de los tabús ya antiguos contra la homosexualidad, las condiciones sociales han variado enormemente y muchos homosexuales se han conformado con "aparentar una normalidad" a lo largo del siglo. Además, es difícil crear las condiciones necesarias para movilizar a la gente en torno a temas de índole sexual. Todos los grupos sexuales están afectados por diferencias de clase, raza, país, edad, intelecto y gustos. El deseo sexual es un vínculo frágil a la hora de establecer identificaciones políticas, sobre todo teniendo en cuenta que se opone intrínsecamente al status quo y lo desafía. No resulta sorprendente, por lo tanto, que los grupos sexuales tiendan a menudo en política a fraccionarse y reflejar prácticas sectarias24. Lo que sí sorprende es el hecho de que tengan éxito en un clima social adverso. Sin embargo, las últimas décadas han sido testigo de movilizaciones continuas y a menudo exitosas en torno a los temas sexuales. Esto se explica principalmente porque ha habido una percepción de la opresión. Las cazas de brujas contra los desviados sexuales en los años cincuenta y sesenta, las purgas en las fuerzas armadas y en la administración pública, las persecuciones policiales contra los delitos sexuales menores, las redadas contra los bares y los juicios estigmatizantes han fracasado en su intento de eliminar las minorías sexuales. Por el contrario, como era de esperar históricamente, han contribuido a dar solidez a la conciencia de identidad de los perseguidos.

Otros cambios de mayor alcance en la sociedad han estimulado esta realidad. Se ha abierto la posibilidad de discutir sobre la sexualidad, ha nacido una literatura de infonnación sexual, algunas iglesias han adoptado actitudes más flexibles y los medios de comunicación han abordado los temas sexuales de forma más liberal. Estas son las condiciones que han contribuido a articular la identidad sexual. De manera aún más vital, han contribuido a la creación de un nuevo cuerpo de conocimientos entre las minorías sexuales marginadas. Resulta paradójico que la medicina sexual y la sexología hayan contribuido a ello. Incluso fue útil la obsesiva identificación de tendencias homosexuales entre los militares durante la guerra:

Para los soldados homosexuales, ser reclutas del ejército les obligaba a una confrontación repentina con su sexualidad que reforzaba el estigma que la distinguía y la convertía en un asunto de preocupación especial25.

Aquí, la intervención de la medicina contribuyó a que la sexualidad fuera importante para la identidad individual. El trabajo de los sexólogos liberales tuvo un enorme impacto en círculos más amplios, desde el relativismo de Kinsey hasta las investigaciones y revaloraciones de los psicoanalistas como Judd Marrnor, de los psicólogos clínicos como Evelyn Hooker o los sociólogos de la desviación, como Howard S.Becker, Edwin Schur y Erving Goffrnan.

 Las nuevas etnografías de las subculturas homosexuales urbanas -como The Gay World (1968), de Martin Hoffman- no eran únicamente desmitificadoras, sino que proporcionaban valoraciones y conocimientos objetivos. y la larga tradición de discutir la homosexualidad simplemente en términos de etiología, que subrayaba su carácter de desviación, iba dando lugar poco a poco a la discusión de los roles y categorizaciones homosexuales, es decir, al entendimiento de los procesos sociales en la formación de la identidad 26. Todo esto no logró desplazar las obras de los Bieber y los Socmde, pero, por primera vez, se empezó a poner en cuestión su hegemonía. Contribuyeron a cambiar el clima en el que se podía discutir sobre la homosexualidad. Pero sus efectos fueron también prácticos: alertaron a las personas acerca de la diversidad de la sexualidad humana, informaron a los individuos de los lugares donde podían encontrarse, llegando incluso a intervenir ellos mismos en asuntos políticos o prácticos27.

Todos estos factores fueron terreno fértil para una transformación de las actitudes hacia la sexualidad. Fue, no obstante, el surgimiento en los años sesenta de una nueva generación de activistas con conciencia política, generalmente formados en la acción directa de los movimientos de base -ya sea en los movimientos feministas, por los derechos de los negros o contra la guerra-, pero que tenía al mismo tiempo sus raíces en las florecientes comunidades gay de las ciudades, lo que contribuyó al auge de una política sexual radical. Había una larga tradición de actividad política entre los homosexuales, en las importantes actividades de los grupos depresión, como en la Alemania de Hirschfeld; en la actividad semiclandestina de la Gran Bretaña de Carpenter y Ellis; en los grupos originariamente de izquierdas, como la sociedad estadounidense Mattachine a principios de los años cincuenta; o en la respetable política parlamentaria de los grupos de presión, como en la Gran Bretaña de los años sesenta28, El éxito fue variable, dependiendo de unos contextos u otros. El logro más espectacular de la nueva generación de activistas se construyó a partir del encuentro crucial entre la política .de la sexualidad y el peso arrollador de las incipientes subculturas gay. La energía política, junto a la fuerza de una comunidad nueva, fueron los elementos cruciales que configuraron las nuevas identidades sexuales de los años setenta.

Han confluido tres elementos en la moderna conciencia gay: una lucha por la identidad, un desarrollo de las comunidades sexuales y el crecimiento de los movimientos políticos. Actualmente, los unos parecen necesitar de los otros. El sentido de comunidad garantiza un sentido equilibrado del yo, mientras que los nuevos movimientos sociales se han convertido en expresiones del poder comunitario, en emanaciones de una presencia social material. Estos desarrollos han cambiado la manera de vivir la homosexualidad y plantean nuevos temas, personales y políticos. Hoy en día no está claro qué es la homosexualidad: una orientación o una preferencia, un rol social o un estilo de vida, una potencialidad presente en todos o una experiencia minoritaria. Los debates sobre estos temas ofrecen perspectivas importantes sobre los cambiantes significados de la sexualidad.

La idea de una minoría sexual

Muchos hombres abiertamente homosexuales se consideran actualmente pertenecientes a una "minoría sexual", un término que ha sido adoptado y utilizado más recientemente por otros grupos sexuales, como los pedófilos y los sadomasoquistas. Como idea, tiene una fuerte resonancia. Las "minorias" pueden reivindicar sus "derechos". Existe la tradición sagrada en las democracias liberales de reconocer las reivindicaciones de las minorías (aunque nunca se satisfagan), que suelen estar oprimidas y discriminadas. Además, hay un interés velado por reconocer estos derechos, porque en cierta medida somos todos miembros de alguna minoría."La mayoría" es una construcción mítica, tejida de fragmentos de nuestras vidas sobre la base del mínimo común denominador (10 que no significa que carezca de poder). Parece justo, por tanto, que las "minorías sexuales" entren en el discurso de los derechos y aspiren a las mismas garantías sociales, e incluso constitucionales, de las que gozan otras minorías.

Una de las dificultades es que no todas las personas proclives a la homosexualidad quieren identificar su condición de minoría o incluso verse a sí mismos como homosexuales. Los sexólogos, al menos desde Kinsey, han señalado que no existe una relación necesaria entre comportamiento sexual e identidad sexual. Según las estadísticas más conocidas de Kinsey, cerca de1 37% de los hombres ha tenido experiencias homosexuales hasta el orgasmo; pero quizá menos del 4% eran estrictamente homosexuales; e incluso entonces no expresaban necesariamente una identidad homosexual, concepto que, en todo caso, desaprobaba Kinsey29.Encuestas más recientes sobre hombres con tendencias homosexuales han revelado una frecuente "fuga de la identidad"; y un número importante de encuestados -hasta una tercera parte en algunas muestras- deseaba poder tomar una píldora mágica para dejar de ser homosexual. Algunos prefieren poner el acento en sus vínculos "homosociales", como miembros del mismo género, en lugar de su identidad sexual como "personas gay". Relacionarse con otros hombres como hombre (o como mujer con otras mujeres) es así más importante que el carácter sexual del contacto. Otros afirman su identidad como negros, por encima de su preferencia sexual. Según este argumento, lo que separa a un gay negro de un blanco va más allá del color de la piel. Hay todo un mundo de disonancias culturales y políticas30.

La identificación sexual es un fenómeno curioso. Hay personas que se identifican como gays, participan en la comunidad gay y que, sin embargo, no viven o no desean una actividad homosexual. Y hay homosexuales activos que no se identifican como gays. Como ha señalado Barry Dank,"el desarrollo de una identidad homosexual depende de los significados que el actor atribuya a los conceptos homosexual y homosexualidad"31. A su vez, estos procesos dependen del entorno de la persona y de la comunidad en un sentido amplio. Muchos "se dejan llevar" hasta su identidad merced a las circunstancias, antes que guiados por su voluntad. Algunas opciones les son impuestas a los individuos, ya sea a través del estigma y la deshonra pública, o bien a través de una necesidad política. Sin embargo, lo que debemos subrayar es que la identidad es fundamentalmente una elección cuando no está impuesta por imperativos internos.

La aceptación de una identidad concreta tampoco requiere necesariamente la adopción de un estilo de vida concreto. La idea de que existen "homosexualidades" en lugar de una sola "homosexualidad", está siendo cada vez más familiar. Como han señalado Weinberg y Bell, "los adultos homosexuales constituyen un grupo notablemente diverso"32. Los rasgos distintivos de las comunidades gays modernas son las diferencias en los gustos sexuales y en las conductas, en las oportunidades y en los deseos, en las militancias políticas y en la condición económica, en las actitudes raciales y en los orígenes, en la religión y en las tradiciones nacionales; y no, como se cree, la uniformidad y la comunidad de ideas. Por lo tanto, ¿es correcto ver a todas estas personas como miembros de una sola "minoría sexual"?

La historia de esta idea ilustra su ambigüedad. Estaba implícita en los primeros argumentos en favor de los homosexuales a comienzos de este siglo, en la idea de que los homosexuales constituían un "tercer sexo". Los escritos de Edward Carpenter en Gran Bretaña y de Hirschfeld en Alemania se centraban en esta noción, esencialmente como llamamientos a la "justicia" para proteger a este "sexo minoritario". La idea de que los homosexuales constituyen una minoría estable de la población es una variante de la mayoría de las discusiones sobre la homosexualidad a partir de entonces. Sin embargo, fue a través del movimiento homófilo de la posguerra en Estados Unidos como que se reconoció su importancia política. La Sociedad Mattachine, inicialmente fundada en 1951 para luchar por los derechos de los homosexuales, reflejó la naturaleza de sus orígenes (la experiencia izquierdista de sus miembros fundadores) al desarrollar un análisis de los homosexuales como minoría cultural oprimida, pero aún sin consciencia de sí misma. El objetivo de la sociedad era, por lo tanto, despertar las conciencias y reafirmar la importancia de que identificarse como homosexual era un modo de autoliberación. La propuesta inicial de la sociedad, redactada en noviembre de 1950 por Harry Hay, declaró su "objetivo heroico de liberar una de nuestras minorías más grandes de la...persecución social"33. En esto fue fundamental la idea de que los homosexuales tenían una causa común con otras minorías en la lucha contra la opresión. Como señaló Donald Webster Cory en su influyente The Homosexual in America, el homosexual "se parecía en diversos aspectos a otros grupos nacionales, religiosos y étnicos"34. Esto suponía un programa radical de luchas progresistas, y como tal, encontró una hostil oposición entre los elementos más conservadores de la Sociepad Mattachine, que hacia 1953 constituían la corriente dominante. La idea deque los homosexuales constituyen una minoría distintiva venía a socavar su ética integracionista; y el objetivo de la Sociedad, que había partido de la movilización de un contingente de homosexuales, se transformó en un llamamiento para conseguir la ayuda de aquellos que ocupaban una posición de poder. No fue un llamamiento particularmente exitoso.

En los inicios del movimiento gay de la posguerra, por tanto, la idea de pertenecer a una condición minoritaria era radical, puesto que se centraba en la autoactividad, la autoconcienciación y las alianzas políticas. La idea pretendía ser un llamamiento a la movilización, centrándose sobre todo en lo que tenían en común los homosexuales, más que en lo que les separaba.

Pero, cuando finalmente surgió el deseado movimiento gay masivo de finales de los años sesenta, la idea de una minoría gay tuvo un destino diferente. La principal intención radical del movimiento de liberación gay en los primeros tiempos era alterar las ideas preestablecidas de que la homosexualidad era una condición peculiar o una experiencia minoritaria. Inspirándose en la celebración de una sexualidad perversa poliforma de la obra de Marcuse y de los freudianos radicales, se percibía la homosexualidad como una potencialidad presente en todos. Los primeros teóricos de la liberación gay aspiraban al "fin del homosexual", al derrumbamiento de las divisiones socialmente construidas entre los sujetos sexuales35. Se postuló una separación radical entre la homosexualidad -que tenía que ver con la preferencia sexual- y la condición de gay, -que suponía un estilo de vida políticamente subversivo-. La historia jugaba aquí una hábil treta, porque eran los elementos menos radicales de la liberación gay quienes adoptaban la idea de minoría gay. La condición gay de perversidad polimorfa aspiraba a eliminar los roles, identidades e ideas preestablecidas. Pero los nuevos portavoces, actuando abiertamente en nombre de la "minoría gay", defendían los "derechos", las reivindicaciones legítimas de un espacio que ahora se comparaba casi a una identidad "étnica"; y se convirtieron en los nuevos integracionistas. La consolidación de una condición de minoría tiene sus ventajas evidentes. Encaja fácilmente en el discurso conocido de las sociedades pluralistas liberales. Confiere legitimidad a las reivindicaciones de la minoría oprimida y puede actuar como estímulo para llevar a cabo reformas legales y de otro tipo. Es también, como vieron los fundadores ex comunistas de Mattachine, una idea movilizadora: puede que sea un mito, pero es poderosa y creíble.

Se ha convertido, sin duda, en algo más que una idea. En la creación de las comunidades urbanas en las ciudades de Occidente, los gays se han convertido en una fuerza minoritaria efectiva, con una cultura compleja, con una política variada y con recursos materiales. Las personas gay han invertido mucho al revelarse como homosexuales, arriesgando con frecuencia carreras, amistades y lazos familiares. También han ganado considerablemente con su apertura, su actividad política y su trabajo de construcción de una cultura: han consolidado su identidad personal y social. En estas circunstancias, enfrentarse al carácter estable y permanente dela identidad gay ya la idea de una minoría gay parece una cortapisa fundamental a todo lo conseguido.

Sin embargo, existen ciertos inconvenientes. Algunos autores han señalado la paradoja según la cual los activistas gays comenzaron por cuestionar la naturalidad e inevitabilidad de las identidades y roles adquiridos, pero ellos mismos se han convertido en definidores claves de un rol homosexual; y de ahí su propia fuente de regulación:

Los "homosexuales" eran antes controlados y definidos por los "expertos"; ahora ya no es necesario que lo hagan estos expertos, porque el homosexual o las lesbianas han asumido por sí mismos ese rol36.

El resultado podría ser un nuevo tipo de conservadurismo sexual, en el que se arriesga poco porque hay demasiado en juego, Es más, se ha abandonado entretanto, la tarea de cuestionar las definiciones hegemónicas de la normalidad sexual: por definición, las minorías sexuales no pueden convertirse nunca en mayorías, La aceptación de la homosexualidad como experiencia minoritaria enfatiza deliberadamente la "guetificación" de la experiencia homosexual y no cuestiona, por su propia naturaleza, la inevitabilidad de la heterosexualidad. El énfasis puesto en la condición minoritaria puede ser una fase necesaria de la movilización gay, pero resulta improbable que sea su factor concluyente.

Los debates teóricos y políticos en las comunidades gays han reflejado estas tensiones. Por una parte, los partidarios de la idea de que los gays constituyen una minoría establecida han realizado la notable hazaña de desenterrar la noción de una orientación sexual preestablecida, frecuentemente ayudados por los encantos intoxicantes de la sociobiología. Whitham, un destacado defensor de la idea de una orientación fijada, ha cuestionado apasionadamente la idea de que existe un "rol homosexual" construido. Ve la homosexualidad como una "manifestación no dominante y universal dela sexualidad humana". Comparando tres sociedades diferentes (Estados Unidos, Guatemala y Brasil) Whitham descubrió que, en al menos seis indicadores (como disfrazarse y jugar con muñecas de niño), los homosexuales diferían delos heterosexuales en las tres culturas37. Para apoyar esta idea hay sin duda indicios de frecuentes sentimientos homosexuales en los niños durante los primeros años, pero insuficientes para establecer claramente una homosexualidad exclusiva en la adolescencia. La importancia de la existencia de un sentido profundo de preferencia sexual en muchos individuos no puede ser negada fácilmente38.

Por otro lado, también hay abundantes indicios que sostienen la idea de que "la homosexualidad es una experiencia compleja, ambigua, que le puede ocurrir a cualquiera". Tanto la tradición freudiana, como la obra de Kinsey y sus seguidores, tienden a apoyar esta idea. Para los freudianos más radicales, la elección especializada del objeto es algo que siempre se logra o se impone de forma sutil; y no es algo innato. Para los estudios sociosexuales que inspiró la obra de Kinsey, la homosexualidad exclusiva es sólo un extremo del continuo de la sexualidad, cuya organización es social y no esencial. La propia escala de siete puntos elaborada por Kinsey, que va desde la minoría de personas exclusivamente heterosexuales en un extremo, hasta el extremo Opuesto de la homosexualidad exclusiva, demostraba claramente esta conclusión, aun cuando intentó subdividir esta escala en bloques delimitados con precisión (que algunos de sus sucesores han intentado reificar como categorías científicas)39.

La visión esencialista se presta más efectivamente a la defensa de una condición minoritaria, a la consolidación de conquistas recientes y al reforzamiento -e incluso auge- de la comunidad gay. El enfoque constructivista más extremo, al romper con las normas de la ortodoxia sexual40, tiende a rechazar el valor de una identidad estable y deleitarse con los efectos subversivos de un estilo de vida alternativo y de una pluralidad en las prácticas sexuales La paradoja es que, en la práctica, ambas posiciones son deudoras del crecimiento de la subcultura y el reforzamiento de un sentido de sí mismo en años recientes. Sin el auge históricamente condicionado de las nuevas comunidades gays y del "homosexual moderno", el debate acerca de las virtudes de una orientación o preferencia homosexual sería irrelevante. Y, sin el nuevo sentido de comunidad y de identidad, apenas sería posible gozar de los placeres de la "polisexualidad".

Los "delincuentes sexuales" de antaño han construido un nuevo estilo de vida o, mejor dicho, estilos de vida que han reorientado las expectativas de la sexología. Han cuestionado las categorizaciones de los textos heredados y se han convertido en sujetos pensantes, actuantes y vivientes del proceso histórico. El resultado es que las identidades gays modernas, ya sea debido a la superación de características internas senciales (que, en mi opinión, no es el caso) o debido acomplejas transformaciones sociohistóricas (lo que, en mi opinión, es más probable) constituyen actualmente identidades tanto políticas, como personales o sociales. Son pruebas de las divisiones existentes entre las conductas permisibles y las consideradas como tabús, y proponen su modificación. Estas nuevas subjetividades políticas representan, sobre todo, una afirmación de la homosexualidad, dado que con su existencia conllevan la validez de una sexualidad concreta. Éste es seguramente el único significado posible de la idea originaria de la liberación gay de "revelarse" como homosexual, declarando la propia homosexualidad como manera de hacerla válida en una sociedad hostil. Los argumentos según los cuales esto sólo confirma la existencia de categorías previas son desacertados41. El significado de estas definiciones negativas es transformado por las nuevas definiciones positivas. El resultado es que la homosexualidad tiene un significado por encima de la experiencia de una minoría. Por su propia existencia, la nueva conciencia gay pone en tela de juicio las representaciones opresivas de la homosexualidad y pone de relieve las posibilidades que todos tienen de vivir la sexualidad de modos distintos. Este es el cuestionamiento al que conduce la identidad gay moderna. Subvierte el absolutismo de la tradición sexual.


Notas 

1 Dennis Altman, The Homosexualization of America, pp. 73-74.

2 Pat Califia, Sapphistry. The Book of Lesbian Sexuality, Nueva York, The Naiad Press, 1980,p.165.

3 Lisa Steele, "Freedom, Sex and Power": entrevista con Charlotte Bunch, Fuse, enero/febrero, 1983, p. 233.

4 Pal Califia, "Gay Men, Lesbians and Sex. Doing II Together", The Advocate, 7 de julio de1983, pp. 26-7.

5 Gayle Rubin, "The Leather Menace" en Samois (comp.), Coming to Power, Writings and Graphics on Lesbian S/M, Berkeley, CA., Samois, 1981, p. 195.

6 Sobre el surgimiento del travestismo y el transexualismo como categorías políticas, ver Dave King, "Gender Confusions: psychological and psychiatric conceptions of transvestism and transexualism" en Plummer (comp.), The Making of the Modern Homosexual, and Janice C. Raymond, The Transsexual Empire, Boston ; Beacon Press, 1979; sobre la pedofilia, ver Daniel Tsang (comp.), The Age Tabú: Gay Male Sexuality, Power and Consent, Boston, Alyson Publications, 1981, y Ken Plummer, "'The paedophiles' progress: a view from below", en Brian Taylor (comp.), Perspectives on Paedophilia, Londres, Batsford, 1981; sobre el sadomasoquismo, ver Samois (comp.), Coming to Power, y sobre los bisexuales, ver la obra Philip W. Blumstein y Pepper Schwartz, especialmente "Lesbianismand Bisexuality", en Erich Goode y Richard R. Troiden, Sexual Deviance and Sexual Deviants, Nueva York, William Morrow, 1974; "Bisexuality in Women", Archives of Sexual Behaviour, No 5, marzo 1976, pp. 171-81; y "Bisexuality in Men" en C. Warren (comp.), Sexuality: Encounters, ldentities and Relationships, Nueva York, Sage Contemporary Science Issues, No 35, 1977.

7 Para una notable reseña impresionista del panorama de los hombres gays en Estados Unidos a fmales de la década de los setenta, ver Edmund White, States of Desire. Travels in Gay America, Nueva York, E.P. Dutton, 1980.

8 D'Emilio, Sexual Politics, Sexual Communities, p. 248.

9 Michel Foucault (comp.), Herculine Barbin: Being the Recently Discovered Memoirs of a Nineteenth-Century French Hermaphrodite, Nueva York, Pantheon, 1980, pp. XIII, V m(Edición española: Herculine Barbin, Llamada Alexina B. Michel Foucault y A. Serrano.Editorial Revolución, Madrid, 1985).

10 Barry D. Adam, The Survival of Domination. inferiorization and Everyday Life, NuevaYork, EIsvier, 1978, p.12.

11 Erik H. Erikson, ldentity, Youth and Crisis, Londres, Fuser, 1968. Ver los comentarios de Richard Sennett, The Uses of Disorder. Personal identity and City Life, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1970.

12 Dennis H. Wrong, "Identity-Problem and Catchword", en Sceptical Sociology, Nueva York,Columbia University Press, 1976, p. 81.

13 Stan Cohen y Laurie Taylor, Escape Attempts, p. 27. Para un análisis de la relación de estapolémica de fondo con las identidades sexuales modernas, ver Altman, The Homosexualization of America, pp. 93 y ss., Plummer (comp.), The Making, Adam, The Survival of Domination, y Laud Humphreys, "Exodus and Identity: The Emerging Gay Culture", en Martin P. Levine (comp.), Gay Men. The Sociology of Male Homosexuality, Nueva York,Harper & Row, 1979.

14 Jonathan Ned Katz, Gay/Lesbian Almanac, p. 406.

15 Plummer, op.cit., p. 29. Ver también Humphreys, op.cit., p. 145, Adam, pp. 60-1 y Martins. Weinberg y Colin I. Williams, Mole Homosexuals, their Problems and Adaptations,Nueva York. Oxford University Press, 1974, para una documentación acerca de la relaciónentre un seguro sentido de sí mismo y el alivio de la culpa, la ansiedad y la vergüenza.

16 Ethel Spector Person, "Sexuality as The Mainstay of ldentity: Psychoanalytic Perspectives", Signs, vol. 5, No 4, 1980, p. 629. A pesar de sus deficiencias metodológicas, hay una útil documentación sobre las inseguridades masculinas en Shere Bite, The Hite Report on Male Sexuality, Nueva York, Alfred A, Knopf, 1981. Para interesantes conjeturas en tomo a la historia de la masculinidad, ver Andrew Tolson, The Limits of Masculinity, Londres, Tavistock, 1977; Paul Hoch, White Hero, Black Beast. Racism, Sexism and the Mask of Masculinity, Londres, Pluto Press, 1979; peter N. Stearns, Be a Man! Males in Modern Society, Nueva York, Holmes & Meier, 1979; David Fernbach, The Spiral Path. A Gay Contribution to Human Survival, Londres, Gay Men's Press, 1981; Emmanue1 Reynaud, Holy Virility. The Social Construction of Masculinity, Londres, P1uto Press, 1983. Para algunas reflexiones sobre la historia de la heterosexualidad, ver Jonathan Katz, "The invention of heterosexuality , 1892-1982" en suplemento II de las actas de la conferencia " Among Men, Among Women", University of Amsterdam, 1983.

17 Spector Person, op. cit., p. 629. Ver también Eric Carlton, Sexual Anxiety: A Study of Male lmpotence, Oxford, Martín Robertson, 1980.

18 Richard Dyer,. "Getting over the Rainbow: ldentity and Pleasure in Gay Cultural Politics", en George Bridges y Rosalind Brunt (comp.), Silver Linings: Some Strategies for the Eighties, Londres, Lawrence & Wishart, 1981, p. 61. La declaración clásica sobre el "camp" fue de Susan Sontag, "Notes on Camp", en Contra la interpretación, Nueva York... Para una crítica (y también implícitamente de la posición de Dyer), ver Andrew Britton, "Por Interpretation: Notes Against Camp", en Gay Left, No 7, invierno 1978-9, pp. 11-14. Sobre el uso de un estilo afeminado entre los hombres gays de los años sesenta, ver Gagnon y Simon, Sexual Conduct, p. 147. En relación con el lesbianismo, ver Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Female, p. 486, nota 38, que cita numerosas referencias de la "opinión no apoyada por las estadísticas, según la cual las mujeres con una historia homosexual exhiben con frecuencia y regularmente características físicas, comportamientos o gustos masculinos".

19 Dyer, op. cit. p. 61. Sobre el fenómeno generalizado del estilo "macho" de los gays, ver los artículos de John Marshall y de Gregg Blatchford, en Plummer (comp.), The Making, y Altman, The Homosexualization of America, pp. 13-15, 34. La frase "guerra de guerrillas" es utilizada por Oick Hebdige, Subcultures: The Meaning of Style, Londres, Tavistock,1979. Ver también M. O. Storrns, "Attitudes toward Homosexuality and Feminity in Men", Journal of Homosexuality, vol. 3, No. 3, primavera 1979.

20 Adam, The Survival of domination, p. 123.

21 Las referencias son de Katz, Gay/Lesbian Almanac, pp.147, 324. Para desarrollos análogos y una discusión sobre temas más amplios referidos a las subculturas, ver la ponencia de George Chauncey en la compilación de conferencias Among Men, Among Women, 1983: "Fairies, Pogues and Christian Brothers: The Newport (Rhode Island) Homosexuality Scandal, 1919-1920". Sobre el desarrollo en Gran Bretaña, ver Weeks, Coming Out, cap. 3. Para una discusión más general sobre la importancia de la urbanización en la generación de comunidades gays, ver Joseph Harvey y William B. De Vall, The Social Organisation of Gay Males, Nueva York, Praeger, 1978, cap. 8; y sobre la organización subcultural, ver Plummer, Sexual Stigma, cap. 8.

22 Alunan, The Homosexualization. p. 21; D'Emilio, op.cit., p. 33.

23 Faiwin Schur, The Politics of Deviance. p. 191.

24 Sobre este tema ver la discussion en John Marshall, cap. 6, "The Poli"" of Tea and Sympathy" en Gay Left Collective (comp.), Homosexuality: Power and Politics.

25 D'Emilio, op.cit., p. 25. Ver la totalidad de la obra de D'Emilio para apreciar el cambio más amplio de la posguerra.

26 Judd Marmor (comp.), Sexual lnversion: The Multiple Roots of Homosexuality, Nueva York, Basic books. 1965; Evelyn Hooker, "The Adjustment of the Male Overt Homosexual", Journal of Protective Techniques, N" 21, 1957, pp. 18-31; "The Homosexual Comunity" en I. H. Gagnon y W.Simon, Sexual Deviance, Nueva York,Harper & Row, 1967, y "Final Report of the Task Force on Homosexuality", Homophile Studies, N" 8, 1969, pp. 5-12; Howard S. Becker, Outsiders: Studies in the Sociology of Deviance, Nueva York, Free Press, 1963; Edwin M. Schur, Crimes Without Victims: Deviant Behavior and Public Policy, Englewood Cliffs, N.J., Prentice-Hall, 1965; Erving Goffman, Stigma: Notes on the Management of Spoiled ldentity, Englewood Cliffs, N. J., Prentice-Hall, 1963. Para el desarrollo en Gran Bretaña durante el mismo período, ver Michael Scofield, Sociological Aspects of Homosexuality, Londres, Longman, 1965. Ver también, Martin Hoffman, The Gay World; Male Homosexualily and the Creation of Evil, Nueva York, Basic Books, 1968. Para una visión general de la perspectiva etiológica, ver Bell y Weinberg, Homosexualities, pp. 195-96. W. Simon y J. H. Simon criticó la perspectica etiológica en 1967, tratándola de "simplista y homogénea": "Homosexuality: The Formulation of a Sociological Perspective", Journal of Health and Social Behavior, NO 8, 1967, pp. 177-85; ver también Gagnon y Simon, Sexual Conduct, cap. 5; David Sonnenscheim abogó por una nueva perspectiva sociológica en "The Ethnography of Male Homosexual Relations", Journal of Sex Research, vol. 4, N" 2, mayo 1968, pp. 69-83.

27 En sus investigaciones sobre la subcultura gay sadomasoquista, Gayle Rubin descubrió que Kinsey tuvo una influencia organizativa directa; hizo que sus entrevistados sadomasoquistas se conocieran con el fin de estimular la formación de redes (comunicación privada).

28 Ver Weeks, Coming Out, y D'Emilio, op.cit.

29 Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Female, pp. 474-5. resume así su conclusión estadística: un 37% de hombres gozaba de contactos homosexuales hasta el orgasmo, comparado con e113% de las mujeres; ver también, Sexual Behavior in the Human Male, pp. 657-7 y p. 617 a propósito de su rechazo del concepto de personas bisexuales u homosexuales.

30 Para un resumen estadístico, ver Adarn, The Survival of Domination, p. 92. Encuestas más recientes señalan una descenso sustancial en esta huida; Spada descubrió que el 85% de los miembros de su muestra declaró que prefería no ser normales: y el 80% se sentía cómodo con la vida que llevaba: James Spada, The Spada Report. The Newest Survey of Gay Male Sexuality, Nueva York, New American Library/Signet, 1979, pp. 297, 310. Sobre el denominado "rechazo preferencial", ver también William Masters and Virginia Johnson, Homosexuality in Perspective. Sobre las relaciones "homosociales", ver Universitate van Amsterdam, Among Men, Among Women: Sociological and historical recognition of homosocial arrangements, Actas de la Conferencia, 1983.

31 Barry M. Dank, "Coming Out in me Gay World", en Leven (comp)., Gay Men, p. 130. Ver Plummer, Sexual Stigma, cap. 7; sobre el hecho de "dejarse llevar" hacia la identidad, Plummer (comp)., The Making of the Modern Homosexual, caps. 1 y 3, y John Hart y Diane Richardson, The Theory and Practice of Homosexuality, Londres, Routledge & Kegan Paul,1981, caps. 3-5. Para un breve estudio sobre el hecho de "dejarse llevar" hacia otra identidad sexual "desviada", la de las prostitutas, ver Nanette J. Davis, "Prostitution; Identity, Careerand Legal-Economic Enterprise", en Henslin y Sagarin (comp.), The Sociology of Sex.

32 Bell y Weinberg, Homosexualities, p. 217; ver también, The Spada Report y White, States of Desire.

33 D'Emilio,op.cit,p. 9.

34 Donald Websler Cory, The Homosexual in America, Nueva York, Peler Nevill, 1951, p. 14. El título del capítulo en el que aparece este lema es "La minoría no reconocida". "Cory" era el seudónimo del sociólogo-sexólogo Edward Sagarin. Más tarde, rechazaría explícitamente sus anteriores posiciones políticas, así como sus ideas sobre una minoría homosexual: ver su Deviants and Deviance, Nueva York, Praeger, 1975, pp. 144-54. Ver también, E. Sagarin(comp.), The Other Minorities: Non-Ethnic Collectivities Conceptualized as Minority Groups, Mass, Waltham, 1971.

35 Altman, Homosexual: Oppression and liberation. Ver también Simon Watney, "The IdeoIogy of GLF', en Gay Left Collective (comp.), Homosexuality, Power and Politics.

36 Kenneth Plummer, cap. 3, en Plummer (comp), The Making, p. 55.

37 F. Whitham, "The prehomosexual male child in three societies: the United States, Guatemala, Brazil", Archives of sexual Behavior, vol. 9, N" 2, pp. 87-99; ver también Whitham, "The homosexual role: a reconsideration", Journal of Sex Research, vol. 13, pp.I-II, y números subsiguientes para el debate sobre este tema.

38 Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male, p. 168, encontró que la edad media para la primera manifestación homosexual a los nueve años y dos meses y medio. El 21% de la muestra de Spada (The Spada Report, p. 30) tuvo su primera experiencia homosexual antes delos nueve años. Bell, Weinberg, Kiefer, Hammersmith, Sexual Preference, p. 211, descubrieron que la homosexualidad exclusiva se fijaba antes del final de la adolescencia. Nada de esto, no obstante, invalida el hecho de que los sentimientos, necesidades y deseos, y las experiencias sean distintas de la identidad. Ver la crítica del modelo de la orientación en Plummer,op. cit., pp. 69-72.

39 Ver Guy Hocquenghen, Homosexual Desire; Kinsey et 01., Sexual Behavior in the Human Male, para una reificación de la escala, ver Masters y Johnson, Perspectives on Homosexuality. Para el debate sobre el concepto de Mary McIntosh de un "rol homosexual" históricamente construido, inspirado en el continuo de Kinsey, ver Plummer (comp.), The Making,passim.

40 Ver Polysexuality: Semiotext(e), vol. IV, No. I, 1981.

41 Para una visión escéptica de "revelarse" como homosexual, basada en una lectura bastante académica de Foucault, ver Jeff Minson, "The Assertion of Homosexuality", en M/F No. 5-6,1981, pp. 19-40.

 


Bibliografia.Tema de Lecturas Noticias.

Weeks, Jeffrey, "'Movimientos de afirmación': la política de la identidad", en El malestar de la sexualidad, Significados, mitos y sexualidades modernas, Madrid, Talasa Ediciones, 1993, pp. 293-320.