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Matón de barrio en "La virgen de
los sicarios".
Cuando se habla del
barrio, poco se tocan aquellas historias ocultas tras las sombras de lotes
baldíos, donde por primera vez hicimos el amor o jugamos a hacerlo. De
igual forma, los encuentros a escondidas en las casas donde la mamá
trabajaba todo el día y podíamos jugar una y mil veces a la mamacita, con
las mamacitas y los papacitos, todos de nuestra edad.
Con el deseo aún inmaduro y una actividad sexual más de curiosidad que
de placer, jugábamos a aprender de sexo, al tiempo que nos escondíamos de
las señoras juzgonas y chismosas que nunca faltan en el vecindario. En los
primeros juegos sexuales el que más sabía, que no era mucho, le enseñaba
al resto sin malicia ni codicia. Fue allí y en compañía de estos amigos
que nunca fueron amigos, pero que de igual manera serán irremplazables,
donde descubrí que era marica, pero sobre todo, donde aprendí que el
silencio era la clave para mantener los amantes y la vida.
No recuerdo desde cuándo, creo que desde que tengo memoria, es decir,
desde siempre, pero palabras como marica, sosó, loca, perezosa,
homosexual, gay o cualquier otro apelativo con que en los barrios
populares se nos conoce a los hombres que amamos y deseamos a otros
hombres fueron haciendo parte de mi inventario personal.
Eran sonidos que dolían. Ser homosexual, y serlo en una
zona popular donde la supervivencia y la bravura son sinónimos, fue quizá
mi primer reto, mi mayor y mejor aprendizaje.
Primera lección Lo
primero que me enseñó: la vida en el barrio fue a despojar de fantasmas
las palabras. El resultado; una lectura mas amable de la vecindad y de sus
gentes, y sobre todo, de las dinámicas cotidianas que allí acontecen.
Aprendí a desnudar implícitos, que no es otra cosa que hacer gala de lo
que conocemos como malicia indígena, y con esas otras verdades, las que no
se dicen, a generar estrategias para establecer territorios donde
cortejar, seducir y mantener los amores prohibidos, querencias que no
siempre me significaron permanencia de lo sexual, pero sí, en cambio,
compañía y protección desde lo afectivo: seguridad en la convivencia
cotidiana con esos otros. Por efecto de los años y del estudio de los libros, uno va perdiendo el
sentido común, la frescura que se necesita para sobrevivir en las
dinámicas barriales de fuerza y de respeto. Sin embargo, poder recorrer,
igual o más marica que entonces, los barrios delimitados cada dos cuadras
por una pandilla o una enemistad irreconciliable, pero que sin embargo
ostentan el nombre de comuna sin siquiera percatarse de que comuna
significa, entre muchas de sus acepciones, célula básica de convivencia,
es confirmar que la estrategia da resultado.
En esas lomas entonces tapizadas de verde y hoy de rencores intestinos,
aún se guardan con recelo el descubrir de muchas sexualidades, incluida la
mía, los enamoramientos y los discretos silencios con que se defiende y
disfruta del otro, como en mi años de niño homosexual. Y muchos gays,
bisexuales o transgeneristas -loquitas de barrio- han aprendido a leer
estos sectores de otra manera para sobrevivir en ellos, para, además de
habitarlos sin temores, constituirse, sin pensarlo, en articuladores
sociales.
En boca
cerrada... En el silencio de los homosexuales y transgeneristas
barriales, que más que silencio es saber cómo y cuándo decir cosas, hay
sobre todo un apropiarse de los códigos con que se comunica al interior de
los grupos que habitan estas zonas.
Por un lado, es el silencio estratégico que se ejecuta como un acto en
favor del amor. Un amor que, en estos casos, sólo aparece como migajas de
placer que se entregan fruto de las calenturas adolescentes o del final de
las farras cuando el licor a determinado tope le baja la guardia a la
moral, a la cultura y a la hombría, y se convierte en disculpa para hacer
y decir lo que el sano juicio nos cohíbe.
En estas ocasiones, el silencio de las locas da la seguridad al macho
de que ese lado considerado oscuro y perverso permanecerá oculto y, por
tanto, no interferirá en su relación con las hembras o con el poder. Pero
además, le da a la loca la esperanza de seguir formando parte de los
deseos clandestinos de ese otro, del amado, cuyas actividades y
comportamientos sociales lo posicionan como el sumo de la hombría.
Y aquí, en esta última razón, es donde se cruzan los deseos y los
miedos, a tal punto que el silencio de las locas se transforma también en
un callar en favor de la vida, la propia vida, pues nada más ofendido y,
por tanto, peligroso que un macho al que le han traicionado sus secretos
de cama, su intimidad viril.
Estas reglas tácitas de convivencia entre locas y machos hacen que en
el escenario del barrio los maricas no luchemos por protagonizar causas ni
por reivindicar derechos. El asunto es permanecer sin demandar, pero
dispuesto. Transitar sutilmente entre la amistad entrañable y la
complacencia sexual instrumental. Ser cuate, carnal, socio, ser lo
suficientemente hombres cuando de amistad y camaradería se trata y, a la
vez, ser la loca que seduce pero no acosa, que encanta, que se dispone al
disfrute y que luego calla. Seguir siendo parte de los deseos clandestinos
y de las historias aún más clandestinas del otro, del que amamos, pero que
en público jamás será más que el vecino, el conocido, el respetado, el
protector: el bravo.
Pero el hecho de que los maricas de barrio no nos la juguemos como
actores en guerras de poder no significa tampoco que entremos en
disyuntivas de amos y esclavos. Ellos, los machos, también nos respetan
como sus cómplices silenciosos de pasiones tácitas, no declaradas. Y es
aquí donde entran en juego las astucias de uno y otro lado.
Como sabemos de sus dificultades, de sus necesidades de apariencia, nos
salimos del juego de las mayorías para camuflarnos en otros espacios y
formas. Lenguajes cifrados que difícilmente entenderán quienes ejercen
como espectadores, a veces como jueces, son la forma, la única forma, como
los hombres del barrio nos trasmiten sus afectos.
El grito de "loca
hijueputa" desde una moto en movimiento o el "para
matar este marica" y luego una risotada, terminan siendo las únicas frases
posibles para que aquellos que nos aman se camuflen, satisfagan, de un
lado, a quienes desde lo exterior quieren escuchar los también cifrados
códigos de guerra, de poder del macho, incluyendo a sus hembras, y del
otro, para que nosotros, los maricas, entendamos que aún somos presencia,
incluso como parte importante, de una vida y de sus recuerdos. En el
lenguajear de los machos las caricias no permitidas se dicen como ofensa.
De ahí que hijueputa, malparido, gonorrea y otras tantas palabrotas sean
parte de su jerga para expresar afecto.
Los límites del
silencio El paso por la academia no sólo nos da a conocer otros
mundos y otras formas de relación, sino que, además, nos permite descubrir
y entender nuestra propia cotidianeidad en el mundo del barrio. Es ahí,
quizá, donde uno comprende que las maneras de relacionarse locas y machos
en el barrio son un asunto que difícilmente trascenderá los límites de
éste. Salvo casos concretos, como en las relaciones entre travestís
prostitutos y sus clientes de otros barrios o clases sociales más altas,
donde la dinámica es muy parecida, pero con la diferencia de que los
elementos de seducción y de poder son reemplazados por el dinero. Muchas otras locas formadas de academia o de mejores estratos, y por
ende con una moral lejana a la realidad de los barrios populares, se
escandalizan ante estas maneras de relación. Sin embargo, manifiestan que
ese deseo perverso hacia los machitos bravos termina siendo una constante
en la mayoría d e los hombres homosexuales, bisexuales o
transgeneristas. Y
que la búsqueda de relacionarse con ellos, pretendiendo de alguna forma
imitar la tan criticada de las locas de barrio, les pone en peligro de ser
despojados de sus pertenencias o de ser asesinados en sus apartamentos.
En las relaciones entre locas y bravos de barrio la vejación o la
violencia no son el elemento predeterminante. Por el contrario, esas
relaciones se convierten en un elemento de protección y de tolerancia. Me
permito, pues, invitar a otra mirada, más respetuosa, a la dinámica
barrial y, por supuesto, en ella, a las homosexualidades. No prejuzgar ni
estigmatizar los juegos de seducción y de deseo establecidos allí, sino
asumirlos como una manifestación más de la diversa sexualidad humana.
Pensar y pensarme como sujeto homosexual formado por la academia, al
tiempo que habitante de un barrio popular en la comuna noroccidental de
Medellín, me ha obligado a entender que esa convivencia exige delimitar,
mas no contraponer, la cultura de los libros con la cotidianeidad del
vecindario. En especial, cuando de vivencias homosexuales se trata.
Códigos oscuros Las
elaboraciones académicas que no se articulan a la dinámica de los sectores
populares, que no conocen su esencia, terminan siendo estudios carentes de
sentido y de razón. Al barrio hay que vivirlo para poder escudriñar su
alma. Su lógica va apareciendo un tanto mágica cuando se revuelcan los
recuerdos, cuando se recorren las calles, cuando se confunde el encender
de las luces nocturnas sobre sus laderas con una lluvia de estrellas
cayéndose del cielo. Cuando, después de conocer a los grandes autores, en
el escribir y describir las vivencias barriales, terminamos por descubrir
esos códigos, un tanto oscuros mas no por ello malos, con que podemos
llegarle al otro y mantener la lealtad que garantiza la vida.
Ahí entonces caemos en la cuenta de que el éxito de la loca de barrio
radica en preocuparse menos por ideologías e idealismos y más por mantener
su relación con el medio que habita. Y que, por tanto, no representa un
peligro, aunque tampoco una alianza, para ninguno de los guerreros. Locas,
transgeneristas, o simplemente maricas, tienen claro que en el barrio cada
uno tiene sus reglas, sabe de su juego y no se enreda en los juegos del
otro. Y entienden, entendemos, que el juego nuestro, cifrado en silencios
y en recuerdos que jamás se expresan, es de alguna manera el más puro
reflejo de los juegos que, de niños, nos enseñaron a disfrutar del otro,
en espacios y emociones escindidos entre lo que se cuenta y se sabe y lo
que jamás podrá saberse.
Secretos que se van con uno a la tumba o que de vez en cuando se sacan
como nostalgias para refrescar el alma cansada de adulteces. Y que si
alguien pretende, con buenas o malas intenciones, ahondar en ellos, en
esas historias clandestinas, la clave es la bufonada o la loca payaso.
Hacer gala del dicho aquél de que al estúpido no se le contesta. Pues solo
un estúpido o el no conocedor, el ignorante, que de alguna manera también
es un estúpido, puede pretender romper los códigos que, en las comunas,
nos garantizan la vida.
Hoy, como cuando niño, sigo amando a otros hombres,
enamorándome de ellos, y recorriendo con propiedad mi comuna, pero
disfruto algo más: contar, escribir, con orgullo y con el toque fantástico
que nos permite el lenguaje, la cotidianeidad vivida en esos barrios donde
nací, crecí y aún habito. Volverla historias menos escabrosas que aquéllas
que nos narran los medios con sus análisis lejanos o como resultado de
incursiones temerosas y segmentarias.
Las locas elitistas, como los medios, a través del filtro de sus lentes
y cerebros, seguirán leyendo en el barrio y sus vivencias simples
acumulaciones de miseria que ponen en peligro la estabilidad del poder y
de la "clase".
Yo, mientras, sigo viendo en los lotes baldíos en donde ahora se erigen
casas con nuevas caras de vecinos, o edificios de escuelas o de colegios
donde se aprenden historias ajenas, o tiendas de esquina que perdieron el
sabor de la gallada, el fantasma de otras vivencias escondidas y que jamás
serán contadas. Historias donde el matón de barrio fue mi amante . Donde
despojados, de las armas y las ropas de bravo, él, y yo de mi condición de
loca, sellamos amores clandestinos que para él significaron eterna lealtad
y para mi, un amor eterno jamás manifestado como público y quizá la única
posibilidad de seguir estando vivo por la protección de un macho de barrio
popular.
Tijeras que cortan
broncas Pero el homosexual de barrio no sólo es el amante
que calla. También y quizá por esa misma causa es el articulador, el
polarizador de otros amores y desamores. Las peluquerías de locas, por
ejemplo, se van convirtiendo de alguna manera en territorios neutrales
donde se encuentran los secretos de uno y otro bando.
Hombres, mujeres, ancianos,
jóvenes, niños y los machos bravos de uno u
otro bando dejan en la peluquería, junto con los restos de cabello y como
en una terapia, muchas de sus angustias, de sus miedos. Pareciera como si
ante la crisis de fe en lo eclesiástico, los peluqueros de barrio se
convirtieron de pronto en escuchas y consejeros prudentes de los vecinos.
Entre payasadas y bufonadas, dicen verdades que provocan risa, que alivian
los ánimos y que dan confianza a las comunidades barriales cada vez mas
dispersas y heterogéneas. Las nuevas caras, llegadas por razón de los
desplazamientos masivos que genera la violencia, se reconocen en la sala
de espera de las peluquerías. Allí, como en el mayor ritual de tolerancia,
se van pasando de uno a uno y de generación en generación el respeto por
"la loca peluquera", y en él, el respeto por el resto de los maricas de la
zona.
Las tijeras, en manos de las locas de barrio, se han convertido en
conciliadoras, en la herramienta con que se establecen códigos de
tolerancia, de respeto, de convivencia. Y en una razón más para que los
hombres que un día amaron, o siguen amando, a los maricas en sus juegos
seductores clandestinos, conserven y mantengan ese acuerdo tácito en el
que los dos disfrutamos: yo no digo nada y usted me protege la vida. Esta
convivencia permite que otras locas, que otros maricas como yo, lleguemos
a viejos contando de manera figurada aquellas historias ocultas tras las
sombras de lotes baldíos, donde por primera vez siendo niños, antes de
convertirnos en locas o en machos bravos, hicimos el amor o jugamos a
hacerlo.
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