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Desde que la mujer de Lot fuera
transformada en estatua de sal por desafiar la
prohibición divina de volver la vista hacia
Sodoma, el homosexualismo ha sido condenado, tanto
en la vida como en el arte, a la más severa de las
desaprobaciones.
Sin embargo, esa variante de
la sexualidad que no debe divulgar su
nombre y que, a pesar de su evidencia en la
naturaleza todavía se suele designar contra
natura, es una circunstancia más de nuestra
realidad a la que numerosos escritores de todos
los tiempos y culturas han dedicado parcial o
totalmente su obra.
En nuestro siglo, nombres
como los de Marcel Proust, Walt Whitman, Jean
Genet o Constantino Kavafis están indisolublemente
ligados a un tema que, desde La Ilíada de
Homero y atravesando los ardientes y desenfadados
poemas de Safo, aparece representado, de manera
frecuente y hasta sistemática, en el patrimonio de
la literatura occidental, aún cuando el enorme
peso de la Contrarreforma haya conseguido
apartarlo de las letras hispánicas durante
bastante tiempo, relegándolo al resbaladizo
terreno de las alusiones o de la elaboración
subliminal.
Ya en los albores del Renacimiento,
Dante Alighiere daba cabida a los homosexuales
dentro de un gran poema. Cierto que colocándolos
en algún círculo del tenebroso Infierno;
pero su sola inclusión en La Comedia nos
ofrece un testimonio de la frecuencia de esta
práctica en la vida cotidiana del Medioevo, época
en la que un exaltado Savonarola, en uno de sus
más famosos sermones, alentaba a los sacerdotes
florentinos a acabar con el "nefando vicio",
expulsando tanto a sus concubinas como a sus
"muchachos imberbes".
Según algunos estudiosos,
corresponde al dramaturgo inglés Christopher
Marlowe la elaboración de la primera obra erótica
entre hombre y hombre. Se trata de El
desventurado reinado y la muerte lamentable de
Eduardo II de Inglaterra, en la que se
atribuye a dicho soberano el desencadenamiento de
una guerra por el trivial motivo de su amor hacia
el favorito Gaveston, lo mismo que en La
Ilíada Agamenón había hecho contra Troya con
motivo del rapto de Helena por Paris.
A finales
del siglo XIX, otros escritores como Oscar Wilde o
André Gide retomaron de forma enmascarada o
abierta el espinoso asunto, pero no es hasta la
aparición, en la primera mitad del XX, del
dramaturgo, poeta y reo francés Jean Genet que el
homosexual se presenta a la literatura europea con
toda la valentía, la crudeza y el vigor desafiante
que concedieron a este escritor la admiración y la
solidaridad de personalidades como Jean Paul
Sartre, Pablo Picasso y Jean Cocteau, a quienes se
debe no solo la excarcelación sino también la
relativa aceptación de Genet por parte del público
de su tiempo.
De manera casi paralela y con una
historia asombrosamente similar a la de Genet,
aparece en Cuba, en 1937, la novela Hombres sin
mujer de Carlos
Montenegro.
Montenegro, condenado a
cadena perpetua por asesinato, se dio a conocer en
la literatura cubana con un cuento titulado El
renuevo, que obtuvo premio de la revista
Carteles en 1929.
La obtención del
premio motivó que un grupo de intelectuales
cubanos -como después hicieran los franceses-
organizara una comisión para solicitar su indulto.
La petición fue escuchada y el escritor, puesto en
libertad.
Algunos años después, el exconvicto
publicará su más importante obra: Hombres sin
mujer, para convertirse en uno de los pioneros
del tema homosexual en las letras cubanas. La
novela, sorprendentemente por su crudeza y
realismo, es -según su propio autor advirtiera en
el prólogo- un testimonio de lo vivido durante sus
años de prisión.
En Hombres sin mujer el
tema de la homosexualidad está, sin embargo,
supeditado al de la violencia. La dura realidad de
la cárcel es el contexto en que la discriminación
y el sojuzgamiento del "débil" adquieren tintes
inhumanos. El homosexual carcelario ocupará el
lugar reservado a la mujer en el mundo "de afuera"
por la mentalidad machista y se convertirá no
solamente en un objeto de deseo, sino en el sujeto
sobre el que se ejercen las más inverosímiles
humillaciones.
Hay, por tanto, en el relato de
Montenegro, una cierta visión compadecida para ese
elemento de la sociedad que es el homosexual, a
quién se concede en el texto una posibilidad de
reivindicación humana cuando, de acusado, pasa a
ser acusador, sólo en virtud de su destino
trágico.
Sin embargo, una década antes de que
Montenegro abordara el personaje de la Morita en
Hombres sin mujer, había aparecido en
Madrid, en una edición de reducida tirada, una
obra hoy casi desconocida de otro importante
novelista cubano, Alfonso Hernández Catá que, con
el título de El ángel de Sodoma,
constituye, sin duda alguna, el primer texto de
temática francamente homosexual de la literatura
cubana.1
La novela de
Hernández Catá intenta apresar la agonía íntima de
un hombre cuya integración social dentro de los
paradigmas de "respetabilidad" se ve amenazada por
una irrefrenable inclinación
homoerótica.
José María, cuyas secretas
inclinaciones no son conocidas por los familiares
y las persones que lo rodean, es dibujado como el
estereotipo del afeminado, y sus principales
esfuerzos se encaminarán a "reformar" tanto desde
el punto de vista físico como psicológico, lo que
hay en él de mujer. "Si la naturaleza o Dios o
Satán -se dice a sí mismo- iban a hacerme mujer y,
cuando ya estaban puestos los cimientos se
arrepintieron y echaron de mala gana arcilla de
hombre, ¿qué he de hacer yo?"
De esta manera,
Hernández Catá reivindica en su texto, como es
casi habitual en la tradición española sobre el
tema, al homosexual como supuesto accidente de la
naturaleza, y establece una distancia y una
diferencia moral entre éste y aquél "vicioso, un
vil caído por la lujuria en la renegación del
sexo".
La misma posición asumiría algunos años
después el poeta Federico García
Lorca, con la
publicación de su extraordinaria Oda a Walt
Whitman, en la que describía a "los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta, bota o
mordisco de los domadores".
El poema de
Lorca se cuidaba también de distinguir entre dos
tipos de homosexuales, y acepta sólo a aquellos
que viven su erotismo con culpa, sufrimiento y
silencio, pero constituye, junto a la obra de
Hernández Catá y la de Montenegro, otro gran
documento precursor de la defensa del homosexual
en la literatura de lengua española.
La poesía
cubana, no cuenta por su parte, en esa época, con
un autor capaz de potenciar el tema hasta sus
últimas consecuencias. No obstante, en la obra de
Emilio Ballagas es posible distinguir un tímido y
apenas disimulado acercamiento que se refleja en
textos como Elegía sin nombre (con sus
reveladoras citas de Whitman y Cernuda) o el
arrepentimiento y culpabilidad inexplicables -si
no apelamos a una lectura homosexual- de su poema
Declara qué cosa sea amor.
Otros textos
de Ballagas como De otro modo, donde se solicita
una inversión de los términos de la vida -"si las
cosas de frente se volvieran de espaldas"-,
sugieren así mismo un hondo dolor proveniente de
la imposibilidad de culminación de cierto tipo de
amor que choca con un orden social o humano "fijo
desde los siglos". Estas interpretaciones, por
otra parte, escapan a la simple especulación
crítica tras el reciente hallazgo y publicación
por el poeta y periodista Bladimir Zamora de
algunos inéditos de Ballagas donde el tema del
homosexualismo es tratado de una manera
explícita.
En la novela, habrá que esperar unos
treinta años después de Hernández Catá y de
Montenegro para que la homosexualidad vuelva a
preocupar a otro escritor cubano. Y esta vez el
tema será abordado con tal magisterio, profundidad
y significación, que resulta difícil para la
crítica deslindar hasta dónde el asunto se
convierte en una metáfora más entre las muchísimas
que se ofrecen a la lectura de Paradiso,
esa obra maestra de José Lezama
Lima.
Efectivamente, el famoso capítulo VIII de
la novela de Lezama, a pesar de su crudeza
descriptiva, constituye, más que un regodeo
estético en la erótica de una relación homosexual,
una metáfora de conocimiento. Pero es indiscutible
que, a lo largo de Paradiso, la
homosexualidad, como tema de reflexión, ocupe un
lugar nada desestimable, extendiéndose incluso a
lo que iba a ser la segunda parte de esta obra
monumental: los apuntes inconclusos que se
reunieron bajo el título de Opiano
Licario.
No es en el capítulo VIII de
Paradiso, sino en el IX, donde el tema de
la homosexualidad es ampliamente diseccionado por
la capacidad omnisciente de Lezama. A raíz del
descubrimiento del episodio sodomítico de Baena
Albornoz, se produce una extensa conversación
entre Fronesis, Foción y Cemí en la que se analiza
dicha variante de la sexualidad tanto desde el
punto de vista teológico como psicológico y
cultural.
Para Lezama, es evidente que -al
igual que para Fronesis-, que "el sexo es como la
poesía, materia concluyente, no problemática". Por
eso, la cuestión es abordada con un gran
desapasionamiento filosófico. "La grandeza del
hombre -expresa uno de los personajes- consiste en
que puede asimilar lo que le es desconocido".
"Asimilar, en la profundidad -dice Lezama-, es dar
respuesta".
En dicho capítulo se analiza
también la presencia del tema desde el punto de
vista cultural, tanto en el mito como en la música
o en la literatura, pasando por los casos del
Conde de Villamediana, el enmascaramiento de un
Casanova o el llamado sincretismo de un Gide.
No creería equivocarme si afirmo que es
Paradiso, junto a la inconclusa Opiano
Licario, la novela cubana que más profunda y
desprejuiciadamente ha asumido la problemática del
homosexualismo, liberándolo tanto de sus aspectos
morbosos como de la sociología que pretende
convertirlo en una definición política antes que
individual.
Tal es el lamentable caso de un
escritor como Reinaldo Arenas, quién convierte su
testimonio Antes que anochezca en un
alegato político donde la relación erótica se
banaliza y se reduce a una suerte de persecución
del placer cruelmente castigada por las
instituciones y que parece, en sus historias,
socialmente aceptada y permitida por los miembros
de la comunidad.
Este último aspecto se pone de
relieve en su relato Viaje a La Habana,
donde la tragedia del protagonista se reduce a la
sanción de que es objeto por un tribunal tras
haber sostenido relaciones sexuales con un menor.
Los demás personajes del cuento, incluida la
esposa, parecen entender y admitir el hecho del
modo más natural. El narrador llega hasta el
extremo de referir una relación homoerótica entre
padre e hijo, provocada por este último sin el
menor escrúpulo y sin que el hecho adquiera para
ambos la menor importancia afectiva o
emocional.
Paradójicamente en libros anteriores
de Arenas, donde la inclinación sexual de los
protagonistas no está tácitamente declarada, este
autor consigue un alto nivel de sensibilidad y se
dan en ellos algunas importantes claves de la
sociología homosexual infantil, aunque el concepto
no aparezca concientemente formulado. Recordemos
al respecto sus conmovedores libros Celestino
antes del alba y El palacio de las
blanquísimas mofetas, donde la niñez y
adolescencia del "distinto" se nos revelan en toda
su tragedia vital.
En una cuerda muy cercana a
la de Arenas, pero de signo contrario, se
encuentra un reciente relato de Senel Paz que
lleva por título El bosque, el lobo y el hombre
nuevo. En ese texto se enfoca también, aunque
de un modo bien diferente, el tema de la
intolerancia de las instituciones a la
incorporación del homosexual a la sociedad. Lo que
sucede es que, a diferencia de Arenas, Paz
encuentra el origen de dicha intolerancia
"oficial" en el reflejo de una conciencia
colectiva.
Su personaje, el militante de la
Juventud Comunista, David, rechaza por convicción
el homosexualismo. Tiene prejuicios frente a él.
Por otra parte, la conducta, en cierto sentido
provocadora, de Diego, el homosexual, tiene
también sus raíces en una reacción ante la
discriminación de que es objeto. Si Diego no
logra la aceptación social se debe, sobre todo, a
los prejuicios que prevalecen en la conciencia
individual de sus contemporáneos. Estas
conciencias determinan, por supuesto, el otro y
más peligroso rechazo, el "institucional", puesto
que las instituciones están integradas por
individuos que con sus criterios subjetivos
influyen y participan en las determinaciones
generales.
Las pretensiones ideológicas
del cuento de Senel Paz no son, como en el caso de
las memorias y algunos relatos de Arenas, las de
"politizar" un conflicto que nos ha sido legado
por una tradición cultural de rechazo al
homosexualismo, sino la de sensibilizar a todas
las esferas de la sociedad, incluida la política,
contra el absurdo de la discriminación a una
preferencia sexual.
La aparición, en los
últimos años, del tema homosexual dentro de la
literatura cubana, indica que la cortina de
silencio extendida tradicionalmente sobre el
asunto empieza a ser descorrida. Entre las
muestras más logradas de nuestra literatura joven
pudieran citarse los cuentos Mi prima
Amanda, de Miguel Mejides; El cazador,
de Leonardo Padura, y Por qué llora Leslie
Caron, de Roberto Urías. Dichas narraciones
(la primera explora el mundo del homosexualismo
femenino, más tabú, si es posible, que el
masculino) constituyen serias reflexiones sobre un
tema difícil, escabroso y hasta cierto punto
conflictivo en nuestras letras y en nuestras
sociedades.
En cuanto a la poesía, un género
que dadas sus características contemporáneas se
presta menos a una lectura de este tipo que la
prosa, debemos mencionar el dramático y brillante
texto de Norge Espinoza, Vestido de novia,
cuya valentía expositiva y valores formales lo
sitúan entre lo mejor escrito en nuestro país al
respecto.
En junio de 1990, la revista cubana
Unión publicó algunas páginas
autobiógraficas de otro gran maestro de la
literatura cubana: Virgilio Piñera.
En ellas el
escritor relata el descubrimiento de su condición
homosexual con un discurso lleno de poesía,
naturalidad e inteligencia. Quizás la aparición de
una autobiografía íntegra de Piñera proporcione un
nuevo enriquecimiento a una temática que el autor
de los Cuentos fríos nunca trató
abiertamente en su obra.
Antes de finalizar, no
podemos dejar de referirnos a la obra poco
conocida dentro de nuestro país, pero esplendorosa
y capital, de Severo Sarduy. En ella, el
trasvestismo, más que el homosexualismo,
constituye el motivo central. Sus personajes,
algunos de ellos homosexuales que se asumen como
mujeres, están llenos de una cubanía marginal en
la que asoman giros, expresiones y sintaxis de la
jerga homoerótica cubana.
A todos los
mencionados debe añadirse además un texto
aparecido en la revista española Quimera,
en diciembre de 1982, que con la firma de Calvert
Casey fue traducido, del inglés al español, por
Rafael Martínez Nadal.
El texto, titulado
Piazza Margana2, parece
ser el único capítulo salvado por Casey de una
novela destruida, y constituye un bellísimo
testamento lírico y erótico de declarada filiación
homosexual. Fue redactado originalmente en inglés
-lengua materna del autor quien, como se
recordará, nació en los Estados Unidos- y algunos
críticos han querido ver en este hecho un síntoma
de pudor ante una declaración "demasiado
comprometedora" para ser divulgada en la lengua
que el escritor eligió.
A pesar de la
destrucción de Sodoma por el fuego, el
homosexualismo, condenado y preterido a través de
los siglos por la humanidad, no deja de ser un
tema como cualquier otro dentro de la vida
literaria y artística del ser humano. Teorías
científicas recientes lo clasifican como una
variante de la sexualidad humana y las viejas
fórmulas que lo relegaban al terreno de las
aberraciones van cediendo paso a otras de mayor
tolerancia.
En nuestro país, como en
muchos otros, especialmente latinoamericanos,
donde la resistencia a asumirlo ha traído
dolorosas consecuencias discriminatorias que han
provocado el sufrimiento de esa minoría de seres
humanos, la literatura sobre el tema bien puede
ser un buen ejercicio para aprender a convivir con
ese modo de entender la sexualidad que no por
anormal (fuera de la norma) resulta ajeno a la
naturaleza humana.
Notas:
1
El
descubrimiento de la novela El ángel de
Sodoma de Hernández Catá como pionera del tema
homosexual en la literatura cubana, se debe al
poeta e investigador Víctor Fowler, quien tiene en
preparación un largo ensayo sobre el tema.
2 El
texto de Calvert Casey fue facilitado a la autora
de este trabajo también por Víctor Fowler.
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