MODESTO APORTE PARA UNA HOMOSEXUALIDAD EN ARMAS
por Guillermo Giacossa

 

A los 14 años leí La Ilíada con una voracidad y una pasión que me condujeron a glorificar a los héroes cantados por Homero. Debo confesar que mi preferido era Héctor, quizá porque representaba a los más débiles, y me indignó que Aquiles, que era un privilegiado con la sola debilidad de su talón, lo matara en un enfrentamiento que me dejó casi sin aliento. También simpatizaba, aunque para esto no hallo explicación, con Patroclo, el inseparable compañero de Aquiles.

En los años 50, en una ciudad de provincia, "compañeros inseparables", no era otra cosa que eso. Igual que yo con el gordo Agote o más tarde con Peralta. No cabía ningún doble pensamiento. Eran amigos, se jugaban el uno por el otro, se contaban sus cuitas, se desvivían por compartir momentos y se confesaban sus debilidades por tal o cual muchacha. 

Cuando más tarde escuché, en alguna de las tantas conferencias a las que acompañaba a mi madre, que la relación entre Aquiles y Patroclo, como la de los otros bravos guerreros aqueos, era algo que excedía lo que yo siempre había creído, caí en la cuenta que la homosexualidad no era sólo aquel bailarín flamenco que triunfaba en la Argentina y que dejaba caer su pañuelo para que los hombres se lo recogieran o aquellos dos chicos que finalizaban todos los domingos llenos de moretones luego de haber masturbado a los más machos del grupo que los insultaban y los agredían. 

A los 17 años empecé a entender que esa siniestra condición que mi adorable tía Carmen calificaba de "manflor" y que en el lenguaje de la secundaria habíamos simplificado como "alcánzame la polvera" o "marcha atrás", no era tan transparente como lo creíamos, ni estaba encerrada en compartimientos fácilmente discernibles.

Supe que Alejandro el Magno, insigne estratega y genio militar, compartía el lecho con su amigo de la infancia, el general Hephetaion y más tarde se apasionó por el bailarín persa Bagoas que antes se acostaba con el rey Darío, también un valeroso guerrero. Cuenta el historiador Cummings que cuando Alejandro apareció en el palco de honor junto a un joven efebo, la multitud aplaudió.

Julio Cesar tenía, entre otros, el apodo de la Putita de Bitinia por haber sido el favorito de Nicomedes, monarca de aquel reino. Más tarde se apasionó por Vercingetorix, a quien derrotó en batalla y a quien hizo matar por negarse a acostar con él.

Mehmet II, el sultán que conquistó Constantinopla tenía frecuentes aventuras con muchachitos aunque a la hora de la guerra, no en la cama, sino en el campo de batalla, fuera realmente feroz. Felipe de Orleáns, hermano de Luis XIV, era un astuto estratega militar, un bravo soldado pero, en sus ratos libres, frecuentaba jovencitos a los que alojaba en su palacio de Saint Cloud.

T.E Lawrence, soldado inglés conocido como Lawrence de Arabia sentía verdadera pasión por los muchachos árabes y disfrutaba de los juegos sadomasoquistas con éstos. Broche de oro: Goering, el hombre fuerte de la Fuerza Aérea Nazi, gozaba indeciblemente cuando Hitler le pasaba la mano por la espalda y la detenía en su trasero.

Todo parece indicar que el valor y la aptitud militar nada tienen que ver con las inclinaciones sexuales de quienes eligen esa carrera. Es posible que el estereotipo del macho protector obnubile la razón y no nos permita comprender esta evidencia.

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 Extractado de la página: www.deambiente.com

 

 

 

 

 

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