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A los 14
años leí La Ilíada con una voracidad y una pasión que me condujeron
a glorificar a los héroes cantados por Homero. Debo confesar que mi
preferido era Héctor, quizá porque representaba a los más débiles, y
me indignó que Aquiles, que era un privilegiado con la sola
debilidad de su talón, lo matara en un enfrentamiento que me dejó
casi sin aliento. También simpatizaba, aunque para esto no hallo
explicación, con Patroclo, el inseparable compañero de Aquiles.
En los años 50, en una ciudad de provincia, "compañeros
inseparables", no era otra cosa que eso. Igual que yo con el gordo
Agote o más tarde con Peralta. No cabía ningún doble pensamiento.
Eran amigos, se jugaban el uno por el otro, se contaban sus cuitas,
se desvivían por compartir momentos y se confesaban sus debilidades
por tal o cual muchacha.
Cuando más tarde escuché, en alguna de las
tantas conferencias a las que acompañaba a mi madre, que la relación
entre Aquiles y Patroclo, como la de los otros bravos guerreros
aqueos, era algo que excedía lo que yo siempre había creído, caí en
la cuenta que la homosexualidad no era sólo aquel bailarín flamenco
que triunfaba en la Argentina y que dejaba caer su pañuelo para que
los hombres se lo recogieran o aquellos dos chicos que finalizaban
todos los domingos llenos de moretones luego de haber masturbado a
los más machos del grupo que los insultaban y los agredían.
A los 17
años empecé a entender que esa siniestra condición que mi adorable
tía Carmen calificaba de "manflor" y que en el lenguaje de la
secundaria habíamos simplificado como "alcánzame la polvera" o
"marcha atrás", no era tan transparente como lo creíamos, ni estaba
encerrada en compartimientos fácilmente discernibles.
Supe
que Alejandro el Magno, insigne estratega y genio militar, compartía
el lecho con su amigo de la infancia, el general Hephetaion y más
tarde se apasionó por el bailarín persa Bagoas que antes se acostaba
con el rey Darío, también un valeroso guerrero. Cuenta el
historiador Cummings que cuando Alejandro apareció en el palco de
honor junto a un joven efebo, la multitud aplaudió.
Julio
Cesar tenía, entre otros, el apodo de la Putita de Bitinia por haber
sido el favorito de Nicomedes, monarca de aquel reino. Más tarde se
apasionó por Vercingetorix, a quien derrotó en batalla y a quien
hizo matar por negarse a acostar con él.
Mehmet II, el
sultán que conquistó Constantinopla tenía frecuentes aventuras con
muchachitos aunque a la hora de la guerra, no en la cama, sino en el
campo de batalla, fuera realmente feroz. Felipe de Orleáns, hermano
de Luis XIV, era un astuto estratega militar, un bravo soldado pero,
en sus ratos libres, frecuentaba jovencitos a los que alojaba en su
palacio de Saint Cloud.
T.E Lawrence, soldado inglés
conocido como Lawrence de Arabia sentía verdadera pasión por los
muchachos árabes y disfrutaba de los juegos sadomasoquistas con
éstos. Broche de oro: Goering, el hombre fuerte de la Fuerza Aérea
Nazi, gozaba indeciblemente cuando Hitler le pasaba la mano por la
espalda y la detenía en su trasero.
Todo parece indicar que
el valor y la aptitud militar nada tienen que ver con las
inclinaciones sexuales de quienes eligen esa carrera. Es posible que
el estereotipo del macho protector obnubile la razón y no nos
permita comprender esta evidencia.
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Extractado de la
página: www.deambiente.com
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