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Llegar
a una respuesta más completa y compleja de las intersecciones y
disyunciones entre lenguaje, sociedad y cultura nos lleva inevitablemente,
a distinguir al primero y el último, como procesos que están en
constante interacción, que no tienen ni mantienen un mismo ritmo dentro
de la historia cultural de la
humanidad.
Existen
varios autores que coinciden y afirman que los cambios son más dinámicos
y más veloces en la complejidad de la cultura, que al interior de los
acontecimientos del lenguaje: las formas del lenguaje puede pensarse
que reflejan más exactamente las de un remoto periodo pasado, que las del
presente de la cultura en sí
Establecer
las relaciones que subyacen entre el lenguaje y el campo moral en
relación con el DHM nos introduce en el eje central de nuestra ponencia.
Por lo pronto nos detendremos en las disertaciones que se enuncian y se
anuncian en la actualidad, a raíz del "visibilizar" y
"legitimar" el DHM: su relación con un discurso sincrónico (
dimensión de la cultura) y con los discursos diacrónicos ( dimensión
del lenguaje)
Para
invalidar o relativizar los argumentos que legitiman el pensamiento
moderno, es prioritario basarnos en Levi -Strauss, para quien el lenguaje
es una vasija que guarda la memoria cultural de la historia
del ser humano e igualmente, quien nos describe por qué ciertos
fenómenos de la realidad social persisten e insisten en tanto
entidades semióticas que organizan y delimitan la existencia social.
Según
lo expuesto , es acertado proyectar las culturas y las sociedades como
organizaciones que están en constante movimiento y pasan por una serie de
acontecimientos que traslucen una cosmovisión (semiotización del
universo), una forma de apropiarse y situarse de los individuos respecto a
los hechos existenciales y sociales; pero desacierta un autor cuando hace
referencia y establece las instituciones sociales como fenómenos que
desaparecen de forma general del escenario cultural.
Concebir
el mundo cultural bajo esta última mirada, es fijarlo ingenuamente en el
orden sincrónico y no en la complejidad de un devenir transcultural, que
es posible, sólo gracias a las funciones cognoscitiva, comunicativa y
expresiva del lenguaje, valdría afirmar, al ser semiótico que
nutre y cultiva la sabiduría humana, "el
lenguaje como eje semiótico de la sociedad se opaca pero no llega a
desvanecerse".
El
lenguaje, por tener una función semiótica y por jugar un papel
determinante en las distintas interacciones comunicativas, es mediación
histórica y social de las relaciones de diversos sujetos; por lo tanto,
éste no es lógico ni consensual: el juega con sus propias sombras (Fabri);
es una máquina y un crisol del tiempo (Levi-Strauss), el universo
semiótico donde se elaboran, se traslapan y se funden sincréticamente
las palabras, impidiendo así, la desaparición de los significados. Por
el contrario, los oculta y los vela en recientes palabras y sus múltiples
sentidos.
Por
consiguiente, hay que dejar atrás los modelos analíticos que resaltan
una visión referencial y poner en
marcha un conocimiento fenomenológico del lenguaje. El lenguaje es una
complejidad sempiterna que trasciende el tiempo, pero que actúa dentro de
lo temporal. Los cambios culturales no logren hacerle perder o trastocar
su memoria simbólica, por el contrario, es actualizada en los cambios
sociales.
Precisamente
es avanzando hacia una concepción semiótica del lenguaje, como podremos
llegar a unas respuestas plausibles acerca de la modernidad y la
producción de discursos sobre el DHM y su convergencia con el lenguaje
moral de su interdicción.
Deseamos
reiterar que nuestro análisis se dirigió a captar los núcleos
temáticos de los textos denominados entrevistas. En primer lugar, se
observó en las respuestas los elementos básicos y contrastantes, que
nacen del juego con las palabras, que conforman el conjunto de
posibilidades que él tiene para explicar narrativamente su existencia. En
segundo lugar, a través de su hacer con las palabras se puede delinear la
realidad social y moral en un individuo.
Es
por ello que Taylor nos recuerda que la subjetividad moral de una persona
y por añadidura, el valor de sus acontecimientos, están expresados y se
pueden develar en el hablar de toda persona. Para este autor manifestarse
verbalmente desde el lenguaje, es un hecho que implica a todo
interlocutor, el tener que reconocerse al interior de su enunciación y
por ende, a ubicarse dentro del espacio moral de su proposición ,
[...]
ciertamente nuestras opiniones, nuestras apreciaciones y nuestras tablas
de valores , forman parte de las palancas más poderosas en la máquina de
nuestras acciones,(Nietzche)
Las
frases o palabras, modismos o jerga son los elementos centrales para la
conformación de un enunciado que es al mismo tiempo, el medio por el
cual, los individuos logran establecer una coherencia narrativa a los
acontecimientos sus vidas. Los enunciados que estructuran el decir de una
persona deben ser analizados, desde su contenido real y fenomenológico,
como los fundamentos discursivos desde donde ella explica y valora los
hechos de su vida.
Estas
premisas teóricas constituyeron los ejes desde donde se analizaron las
entrevistas, partiendo de lo que Deleuze denomina: condiciones de
verdad , y que según él, están presentes en cualquier enunciado.
Las
respuestas se estudiaron en calidad de esquemas temáticos que nos revelan
en las proposiciones un hacer moral o en otros términos, que señalan los
parámetros sintácticos, semánticos y semióticos que tuvo presentes,
eligiendo y descartando, al momento de contar sus experiencias.
La
siguiente parte del ensayo tiene por finalidad, esbozar temáticamente los
dos frentes de investigación acerca del DHM :
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