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Del
Deseo Homosexual Masculino se puede
decir, que es un erotismo que se ha manifestado, filogénetica y ontogéneticamente,
bajo distintas imágenes, en todos los tiempos de la historia
del hombre y así mismo, en la mayoría de civilizaciones que han
existido. Desde el instante en que la sexualidad fue aprehendida, regulada
y transformada en erotismo, es decir, cuando se establecieron los
elementos que conforman y determinan el ordenamiento social (espacial y
temporal) de las prácticas amorosas y eróticas de los miembros de una
sociedad, el encuentro entre personas del mismo género fue transfigurado
en signo cultural de interdicción.
El
DHM pasó a designar, por oposición al erotismo que se validó, una
identidad y una práctica transgresora, para que fuera utilizada como
referente y refuerzo de legitimación de la norma heterosexual y a su vez,
de mundo patriarcal.
Es
necesario tener presente que este deseo ha sido observado y reflexionado
desde dos perspectivas diferentes pero complementarias:
Deseo
Similar y Deseo Diverso
Es
un deseo similar, si es visto en el aspecto diacrónico, por cuanto es en
el desarrollo histórico que podemos comprender que éste ha sido (re)presentado
social y discursivamente, como una identidad y una práctica que
culturalmente , ha traspasado los límites legítimos del erotismo y al
mismo tiempo, ha transgredido los contornos morales de la sociedad
occidental. En tanto deseo reglamentado ( especificación y elección del
objeto de deseo) adquiere diversos caracteres como una realidad objetiva y
subjetiva que existió y existe en todas las culturas.
Es
un deseo diverso, fenomenológica y sincrónicamente, porque se percibe y
desarrolla bajo distintas figuras, según los actores, contextos
socio-culturales, épocas y situaciones interlocutivas que denotan y
connotan, las formas culturales de hablar y de vivir de cada una de las
personas, que tuvieron o mantienen, alguna relación con dicho erotismo.
El homoerotismo asume un aspecto vivencial que lo configura como una
experiencia interior y como un fenómeno social que sirve de base y
referente, para cada uno de los individuos que se piensan, narran su vida
y reflexionan axiológicamente, el papel de sus vivencias amorosas y eróticas
con personas del mismo género.
La
primera perspectiva que refiere a dicho erotismo como igual, es decisiva
para efectuar una genealogía del DHM y de esta manera, presentar los
diferentes contextos históricos y culturales; mejor aún, esbozar las
relaciones afectivas y eróticas entre sujetos masculinos, como una serie
articulada de elementos, objetivos y subjetivos, que producen y dan un
significado cultural a este deseo en las diferentes épocas y en las
historias individuales.
También
a mi modo de ver, el DHM puede ser detallado y discutido bajo dos
aspectos: como identidad y práctica.
Ambas
tienen su sustento moral en el interdicto de la homosexualidad; prohibición
que rodea al erotismo de valores, normas, exigencias, consejos y reglas
que le estipulan socialmente un espacio y un tiempo. Según sea la
particularidad de cada caso, el DHM es la fuente a la que acuden a los
sujetos para extraer, ontológica y axiológicamente, un marco para
analizar y juzgar cada una de sus experiencias homoeróticas.
El
anterior punto se puede resaltar observando como desde la antigüedad
hasta nuestros días, como lo manifestó Michel Foucault, no sólo el
homoerotismo masculino sino también el erotismo en general, han sido
discutidos y socializadas alrededor de dos categorías que determinan y
conforman el mundo social y las relaciones de género: lo activo y lo
pasivo
Más
que posiciones o movimientos erótico-corporales para pensar la intimidad
entre sujetos de igual género, son dos categorías del orden diacrónico
y sincrónico que se han utilizado para expresar y reproducir los valores
que reglamentan y diferencian los espacios, funciones y límites de la
masculinidad y feminidad.
Para
quienes sostienen y aseveran que los recientes cambios culturales:
visibilización de los homosexuales y de las mujeres, pueden entenderse
como los factores decisivos que invalidan la norma que ha regido para el
erotismo y para dicha polarización; por ende, que dejan sin fundamento
los parámetros sociales que rigen las prácticas eróticas y de género y
que fueron los elementos decisivos para que esta polaridad adquiriera un
carácter trivial al momento de efectuar una diferenciación al interior
de las actividades sexuales; en resumidas cuentas, para ellos, dicha
distinción ya no es importante para establecer una separación entre el
mundo social de los hombres y las mujeres, no posee ninguna validez a la
hora de clasificar y valorar a las personas.
La
tesis que deseo exponer en la presente ponencia, pretende refutar dichos
argumentos y demostrar que aún hoy, son imprescindibles para considerar
las prácticas homosexuales. El reconocer la vigencia de esta dualidad es
clave para entender nuestra propuesta; ella nos lleva a resaltar el DHM en
calidad de interdicto que sirve de parámetro social
para reflexionar y valorar el erotismo ya sea, como una identidad o
una práctica.
[...]
pero esta trasgresión sigue implacablemente sometida a un régimen del
sentido estricto: la homosexualidad, práctica transgresiva, reproduce
inmediatamente en su seno (por una especie de refuerzo defensivo, de
reflejo atemorizado) el paradigma más puro que imaginarse puede, el de lo
activo y lo pasivo, el poseedor y el poseído.
Lo
activo y lo pasivo son los arquetipos morales a partir de los cuales se
valoran o se menosprecian los amores masculinos e igualmente, las
relaciones de género entre hombres y mujeres o, entre los mismos sujetos
masculinos.
Como
diría Foucault, ellas determinan el valor que tiene el erotismo en la
vida social.
Se
trata del principio de isomorfismo entre relación sexual y relación
social. Por tal hay que entender que la relación sexual -siempre pensada
a partir del acto-modelo de la penetración y de una polaridad que opone
actividad y pasividad- es percibida como del mismo tipo que la relación
entre superior e inferior, el que domina y el que es dominado, el que
somete y el que es sometido.... Las prácticas del placer se reflexionan a
través de las mismas categorías que el campo de las rivalidades y de las
jerarquías sociales... (Foucault, 1986: 198)
Para
poder continuar con nuestra reflexión es indispensable que aceptemos los
argumentos que sustentan cómo estas
dos categorías, siguen vigentes y son importantes para clasificar
valorativamente, los comportamientos sexuales entre dos hombres dentro de
una experiencia homoerótica.
Es
por esta razón, que nuestra ponencia rechaza los análisis que se
refieren en términos positivos, al recorrido histórico y social del DHM.
Ella
cuestiona a quienes no se detienen y no se percatan de la continuidad de
una actitud corporal y discursiva que es negativa con respecto al erotismo
entre hombres y lo rechaza simbólicamente, como el otro deseo ;
discurso que lo niega como un deseo más, como la otra posibilidad que
tienen los seres humanos para conocer y desplegar libremente su erotismo.
Nuestra
reflexión caracteriza al DHM como una instancia normativa que ha estado y
sigue presente en la vida social del hombre gracias a la permanencia del
lenguaje; lenguaje que siempre ha estado yuxtapuesto a los procesos
culturales pero que mantiene frente a ellos, un ritmo propio y diferente.
Ahora
bien, aunque se pueda percibir la puesta en escena de este erotismo, el
ingreso de los hombres gay a espacios y tiempos que le eran vetados y a
pesar de que su figura comercial haya incrementado el número de
experiencias homoeróticas en hombres heterosexuales, no puede afirmarse
que estos sucesos minimizaron o eliminaron la prohibición que pesa sobre
la homosexualidad.
Por
el contrario, hay que observarlas como puntos móviles al interior de una
cultura, que solamente estipulan y redefinen las nuevas fronteras para su
aceptación como también, los límites normativos para su transgresión.
En resumidas cuentas, es necesario recalcar que el interdicto de la
homosexualidad no se desvanece, sólo se ha reelaborado los espacios y
tiempos para su manifestación cultural.
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