|
La quinta
nota distintiva de nuestra idea del amor consiste, como en el caso de las
otras, en la unión indisoluble de dos contrarios, el cuerpo y el alma.
Nuestra tradición, desde Platón, ha exaltado al alma y ha menospreciado el
cuerpo.
Frente a ella y desde sus orígenes, el amor ha ennoblecido el
cuerpo: sin atracción física, carnal, no hay amor. Ahora asistimos a
una reversión radicalmente opuesta al platonismo: nuestra época niega
al alma y reduce el espíritu humano a un reflejo de las funciones
corporales. [yo: y luego nos quejamos porque no tenemos a nuestro príncipe
... o creemos que es cuestión de suerte ... ?¿]
Así ha minado en su centro
mismo la noción de persona, doble herencia del
cristianismo y la filosofía griega. La noción de alma constituye a la
persona y, sin persona, el amor regresa al mero erotismo.
Más adelante
volveré sobre el ocaso de la noción de persona en nuestras
sociedades; por ahora, me limito a decir que ha
sido el principal responsable de los desastres políticos del siglo XX y
del envilecimiento general de nuestra civilización. Hay una conexión
íntima y casual, necesaria, entre las nociones de alma, persona, derechos
humanos y amor.
Sin la creencia en un alma inmortal inseparable
de un cuerpo mortal, no habría podido nacer el amor único ni su
consecuencia: la transformación del objeto deseado en sujeto deseante. En suma, el amor exige como condición previa la
noción de persona y ésta la de un alma encarnada en un
cuerpo.
La palabra persona es de origen etrusco y designaba en Roma a la
máscara del actor teatral. ¿Qué hay detrás de la máscara, qué es
aquello que anima al personaje?
El espíritu humano, el alma o anima. La
persona es un ser compuesto de un alma y un cuerpo. Aquí aparece otra y
gran paradoja del amor; tal vez la central, su nudo trágico: amamos simultáneamente un cuerpo mortal, sujeto al tiempo y
sus accidentes y un alma inmortal.
El amante ama por igual al cuerpo y al
alma. Incluso puede decirse que, si no fuera por la atracción
hacia el cuerpo, el enamorado no podría amar al alma que lo anima.
Para
el amante el cuerpo deseado es alma; por esto le habla con un lenguaje más
allá del lenguaje pero que es perfectamente comprensible, no con la razón,
sino con el cuerpo, con la piel. A su vez el alma es palpable: la podemos
tocar y su soplo refresca nuestros párpados o calienta nuestra nuca.
Todos
los enamorados han sentido esta transposición de lo corporal a lo
espiritual y viceversa. Todos lo saben con un saber rebelde a la razón y
al lenguaje. Algunos poetas lo han dicho:
... her pure and eloquent
blood Spoke in her cheeks, and so distinctly wrought
That one might always say,
her body thought. [John Donne: Second Anniversary]
Al ver en el cuerpo los
atributos del alma, los enamorados incurren en una herejía que reprueban
por igual los cristianos y los platónicos. Así, no es extraño que haya
sido considerado como un extravío e incluso como una locura: el loco
amor de los poetas medievales.
El amor es loco porque encierra a los
amantes en una contradicción insoluble. Para la tradición platónica, el alma
vive prisionera en el cuerpo; para el cristianismo, venimos a este mundo
sólo una vez y sólo para salvar nuestra alma. 
En uno y otro caso hay
oposición entre alma y cuerpo, aunque el cristianismo la haya atenuado con
el dogma de la resurrección de la carne, y la doctrina de los cuerpos gloriosos. Pero
el amor es una transgresión tanto de
la tradición platónica como de la cristiana. Traslada al cuerpo los
atributos del alma y éste deja de ser una prisión.
El amante ama al cuerpo
como si fuese alma y al alma como si fuese cuerpo. El amor mezcla la
tierra con el cielo: es la gran subversión. Cada que el amante dice: te
amo para siempre, confiere a una criatura efímera y cambiante dos
atributos divinos: la inmortalidad y la inmutabilidad.
La contradicción es
en verdad trágica: la carne se corrompe, nuestros días están contados. No
obstante, amamos. Y amamos con el cuerpo y con el alma, en cuerpo y
alma.
|