| Dominación y
servidumbre, así como obstáculo y trasgresión, más que elementos por sí
solos, son variantes de una contradicción más vasta que los engloba: fatalidad y libertad.
El amor es at racción involuntaria hacia una
persona y voluntaria aceptación de esa atracción.
Se ha discutido
mucho acerca de la naturaleza del impulso que nos lleva a enamorarnos de
esta o aquella persona.
Para Platón la atracción era un compuesto de dos
deseos, confundidos en uno solo: el deseo de hermosura y el de
inmortalidad. Deseamos a un cuerpo hermoso y deseamos engendrar en ese
cuerpo hijos hermosos.
Este deseo, como se ha visto, paulatinamente se
transforma hasta culminar, ya depurado, en la contemplación de las
esencias y las ideas. Pero ni el amor ni el erotismo, según creo haberlo
mostrado en este libro, están necesariamente asociados al deseo de
reproducción; al contrario, con frecuencia consisten en un poner entre
paréntesis el instinto sexual de procreación.
En cuanto a la hermosura:
para Platón era una y eterna, para nosotros es plural y cambiante. Hay
tantas ideas de la belleza corporal como pueblos, civilizaciones y
épocas. La belleza de hoy no es la misma que aquella que encendió la
imaginación de nuestros abuelos; el exotismo, poco apreciado por los
contemporáneos de Platón, es hoy un incentivo erótico.
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La hermosura, además de ser
una noción subjetiva, no juega sino un papel menor en la atracción
amorosa, que es más profunda y que todavía no ha sido enteramente
explicada. Es un misterio en el que interviene una química secreta y que
va de la temperatura de la piel al brillo de la mirada, de la dureza de
unos senos al sabor de unos labios.
Sobre gustos no hay nada
escrito, dice el refrán; lo mismo debe decirse del amor: NO hay
reglas. La
atracción es un compuesto de naturaleza sutil y, en cada caso, distinta.
Está hecha de humores animales y arquetipos
espirituales, de experiencias infantiles y de los fantasmas que pueblan
nuestros sueños. El amor no es deseo de hermosura: es ansia de 'completud'
La creencia en los brebajes y hechizos mágicos
ha sido, tradicionalmente, una manera de explicar el carácter,
misterioso e involuntario, de la atracción amorosa.
Todos los pueblos
cuentan con leyendas que tienen como tema esta creencia. En Occidente, el
ejemplo más conocido es la historia de Tristán e Isolda, un arquetipo que
sería repetido sin cansancio por el arte y la poesía. Los poderes de persuasión
de la Celestina, en el teatro español, no están únicamente en
su lengua elocuente y en sus pérfidas zalamerías sino en sus filtros y
brebajes.
Aunque la idea de que el amor es un lazo mágico que
literalmente cautiva la voluntad y el albedrío de los enamorados es
muy antigua, es una idea todavía viva: el amor es un hechizo y la
atracción que une a los amantes es un encantamiento. Lo extraordinario
es que esta creencia coexiste con la opuesta: el amor nace de una decisión
libre, es la aceptación voluntaria de una fatalidad.
El Renacimiento y la Edad
Barroca, sin renunciar al filtro mágico de Tristán e Isolda, concibieron
una teoría de las pasiones y las simpatías. El símbolo predilecto de los
poetas de esta época fue el imán, dueño de un misterioso e irresistible
poder de atracción.
En esta concepción fueron determinantes dos legados de
la Antigüedad grecorromana: la teoría de los cuatro humores y la
astrología. Las afinidades y repulsiones entre los temperamentos
sanguíneos, nervioso, flemático y melancólico ofrecieron una base para
explicar la atracción erótica.
Esta teoría venía de la tradición médica de
Galeno y de la filosofía de Aristóteles, al que se atribuía un tratado
sobre el temperamento melancólico.
La creencia en la influencia de los
astros tiene su origen en Babilonia, pero la versión que recoge el
Renacimiento es de estirpe platónica y estoica. Según el Timeo, en
el viaje celeste de las almas al descender a la tierra para encarnar en un
cuerpo, reciben las influencias fastas y nefastas de Venus, Marte,
Mercurio, Saturno y otros planetas. Esas influencias determinan sus
predisposiciones e inclinaciones.
Por su parte, los estoicos concebían al
cosmos como un sistema regido por las afinidades y simpatías de la
energía universal (pneuma), que se reproducían en cada alma universal.
En una y otra doctrina el alma individual era parte del alma universal y
estaba movida por las fuerzas de amistad y repulsión que animan al
cosmos.
Los románticos y los modernos
han reemplazado el neoplatonismo renacentista por explicaciones
psicológicas y fisiológicas, tales como la cristalización, la sublimación
y otras parecidas. Todas ellas, por más diversas que sean, conciben al
amor como atracción fatal.
Sólo que esa fatalidad, sean sus víctimas
Calixto y Melibea o Hans Castorp y Claudia, ha sido en todos los casos libremente asumida.
Agrego: y ardientemente invocada y deseada. La
fatalidad se manifiesta sólo con y a través de la complicidad de nuestra
libertad. El nudo entre libertad y destino -el gran misterio de la
tragedia griega y de los autos sacramentales hispánicos- es el eje en
torno al cual giran todos los enamorados de la historia.
Al enamorarnos,
escogemos nuestra fatalidad. trátese del amor a Dios o del amor a Isolda,
el amor es un misterio en el que libertad y predestinación se enlazan.
Pero la paradoja de la libertad se despliega también en el subsuelo
psíquico: las vegetaciones venenosas de las
infidelidades, las traiciones, los abandonos, los olvidos, los
celos.
El misterio de la libertad amorosa y su flora
alternativamente radiante y fúnebre ha sido el tema central de nuestros
poetas y artistas. También de nuestras vidas, la real y la imaginaria, la
vivida y la soñada.
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