LOS CINCO ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DEL AMOR
Un artículo de OCTAVIO PAZ

 

El cuarto elemento: fatalidad y libertad
Dominación y servidumbre, así como obstáculo y trasgresión, más que elementos por sí solos, son variantes de una contradicción más vasta que los engloba: fatalidad y libertad. 

El amor es atracción involuntaria hacia una persona y voluntaria aceptación de esa atracción. 

Se ha discutido mucho acerca de la naturaleza del impulso que nos lleva a enamorarnos de esta o aquella persona. 

Para Platón la atracción era un compuesto de dos deseos, confundidos en uno solo: el deseo de hermosura y el de inmortalidad. Deseamos a un cuerpo hermoso y deseamos engendrar en ese cuerpo hijos hermosos. 

Este deseo, como se ha visto, paulatinamente se transforma hasta culminar, ya depurado, en la contemplación de las esencias y las ideas. Pero ni el amor ni el erotismo, según creo haberlo mostrado en este libro, están necesariamente asociados al deseo de reproducción; al contrario, con frecuencia consisten en un poner entre paréntesis el instinto sexual de procreación. 

En cuanto a la hermosura: para Platón era una y eterna, para nosotros es plural y cambiante. Hay tantas ideas de la belleza corporal como pueblos, civilizaciones y épocas. La belleza de hoy no es la misma que aquella que encendió la imaginación de nuestros abuelos; el exotismo, poco apreciado por los contemporáneos de Platón, es hoy un incentivo erótico. ... 

La hermosura, además de ser una noción subjetiva, no juega sino un papel menor en la atracción amorosa, que es más profunda y que todavía no ha sido enteramente explicada. Es un misterio en el que interviene una química secreta y que va de la temperatura de la piel al brillo de la mirada, de la dureza de unos senos al sabor de unos labios. 

Sobre gustos no hay nada escrito, dice el refrán; lo mismo debe decirse del amor: NO hay reglas. La atracción es un compuesto de naturaleza sutil y, en cada caso, distinta. 

Está hecha de humores animales y arquetipos espirituales, de experiencias infantiles y de los fantasmas que pueblan nuestros sueños. El amor no es deseo de hermosura: es ansia de 'completud'

La creencia en los brebajes y hechizos mágicos ha sido, tradicionalmente, una manera de explicar el carácter, misterioso e involuntario, de la atracción amorosa. 

Todos los pueblos cuentan con leyendas que tienen como tema esta creencia. En Occidente, el ejemplo más conocido es la historia de Tristán e Isolda, un arquetipo que sería repetido sin cansancio por el arte y la poesía. Los poderes de persuasión de la Celestina, en el teatro español, no están únicamente en su lengua elocuente y en sus pérfidas zalamerías sino en sus filtros y brebajes. 

Aunque la idea de que el amor es un lazo mágico que literalmente cautiva la voluntad y el albedrío de los enamorados es muy antigua, es una idea todavía viva: el amor es un hechizo y la atracción que une a los amantes es un encantamiento. Lo extraordinario es que esta creencia coexiste con la opuesta: el amor nace de una decisión libre, es la aceptación voluntaria de una fatalidad.

El Renacimiento y la Edad Barroca, sin renunciar al filtro mágico de Tristán e Isolda, concibieron una teoría de las pasiones y las simpatías. El símbolo predilecto de los poetas de esta época fue el imán, dueño de un misterioso e irresistible poder de atracción.

En esta concepción fueron determinantes dos legados de la Antigüedad grecorromana: la teoría de los cuatro humores y la astrología. Las afinidades y repulsiones entre los temperamentos sanguíneos, nervioso, flemático y melancólico ofrecieron una base para explicar la atracción erótica. 

Esta teoría venía de la tradición médica de Galeno y de la filosofía de Aristóteles, al que se atribuía un tratado sobre el temperamento melancólico. 

La creencia en la influencia de los astros tiene su origen en Babilonia, pero la versión que recoge el Renacimiento es de estirpe platónica y estoica. Según el Timeo, en el viaje celeste de las almas al descender a la tierra para encarnar en un cuerpo, reciben las influencias fastas y nefastas de Venus, Marte, Mercurio, Saturno y otros planetas. Esas influencias determinan sus predisposiciones e inclinaciones. 

Por su parte, los estoicos concebían al cosmos como un sistema regido por las afinidades y simpatías de la energía universal (pneuma), que se reproducían en cada alma universal. En una y otra doctrina el alma individual era parte del alma universal y estaba movida por las fuerzas de amistad y repulsión que animan al cosmos.

Los románticos y los modernos han reemplazado el neoplatonismo renacentista por explicaciones psicológicas y fisiológicas, tales como la cristalización, la sublimación y otras parecidas. Todas ellas, por más diversas que sean, conciben al amor como atracción fatal. 

Sólo que esa fatalidad, sean sus víctimas Calixto y Melibea o Hans Castorp y Claudia, ha sido en todos los casos libremente asumida.

 Agrego: y ardientemente invocada y deseada. La fatalidad se manifiesta sólo con y a través de la complicidad de nuestra libertad. El nudo entre libertad y destino -el gran misterio de la tragedia griega y de los autos sacramentales hispánicos- es el eje en torno al cual giran todos los enamorados de la historia. 

Al enamorarnos, escogemos nuestra fatalidad. trátese del amor a Dios o del amor a Isolda, el amor es un misterio en el que libertad y predestinación se enlazan. Pero la paradoja de la libertad se despliega también en el subsuelo psíquico: las vegetaciones venenosas de las infidelidades, las traiciones, los abandonos, los olvidos, los celos. 

El misterio de la libertad amorosa y su flora alternativamente radiante y fúnebre ha sido el tema central de nuestros poetas y artistas. También de nuestras vidas, la real y la imaginaria, la vivida y la soñada.


 

 

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