| El obstáculo
y la trasgresión están íntimamente asociados a otro elemento también
doble: el dominio y la sumisión.
En su origen, como ya dije, el
arquetipo de la relación amorosa fue la relación señorial: los vínculos
que unían al vasallo con el señor fueron el modelo del amor cortés. Sin
embargo, la transposición de las relaciones reales de dominación a la
esfera del amor -zona privilegiada de lo imaginario- fue algo más
que una traducción o una reproducción.
El vasallo estaba ligado al señor
por una obligación que comenzaba con el nacimiento mismo y cuya
manifestación simbólica era el homenaje de pleitesía. La relación de
soberanía y dependencia era recíproca y natural; quiero decir, no era el
objeto de un convenio explícito y en el que interviniese la voluntad, sino
la consecuencia de una doble fatalidad: la del nacimiento y la de la ley
del suelo donde nacía. 
En cambio, la relación amorosa se funda en una
ficción: el código de cortesía. Al copiar la relación entre el señor y
el vasallo, el enamorado transforma la fatalidad de la sangre y el suelo
en libre elección: el enamorado escoge voluntariamente a su señora y, al
escogerla, elige también su servidumbre. El código del amor cortés
contiene, además, otra transgresión de la moral señorial: la dama de alta
alcurnia olvida, voluntariamente, su rango y cede su
soberanía.
El amor ha sido y es la gran
subversión de Occidente. Como en el erotismo, el agente de la
transformación es la imaginación. Sólo que, en el caso del amor, el
cambio se despliega en relación contraria: no niega al otro ni lo reduce a
la sombra sino que es negación de la propia soberanía.
Esta
autonegación tiene una contrapartida: la aceptación del otro. Al
revés de lo que ocurre en el dominio del libertinaje, las imágenes
encarnan: el otro, la otra, no es una sombra sino una realidad carnal y
espiritual. Puedo tocarla pero también hablar con ella. y puedo
oírla -y más: beberme sus palabras. Otra vez la transubstanciación:
el cuerpo se vuelve voz, sentido; el alma es corporal. Todo amor es
eucaristía.
El afán constante de todos los
enamorados y el tema de nuestros grandes poetas y novelistas ha sido
siempre el mismo: la búsqueda del reconocimiento de la persona
querida.
Reconocimiento en el sentido de confesar, como dice el
diccionario, la dependencia, subordinación o vasallaje en que se está
respecto de otro. La paradoja reside en que ese reconocimiento es voluntario: es un acto libre. Reconocimiento, asimismo, en el sentido
de confesar que estamos ante un misterio palpable y carnal: una
persona..
El reconocimiento aspira a la
reciprocidad pero es
independiente de ella. Es una apuesta que nadie
está seguro de ganar porque es una apuesta que depende de la libertad del
otro. El origen de la relación de vasallaje es la obligación
natural y recíproca del señor y del feudatario; el del amor es la
búsqueda de la reciprocidad libremente otorgada.
La paradoja del amor
único reside en el misterio de la persona que,
sin saber nunca exactamente la razón, se siente invenciblemente atraída
por otra persona, con exclusión de las demás. La paradoja de la
servidumbre reposa sobre otro misterio: la transformación del objeto
erótico en persona lo convierte inmediatamente en sujeto dueño de
albedrío.
El objeto que deseo se vuelve sujeto que me desea o que me
rechaza. La cesión de la soberanía personal y la aceptación voluntaria de
la servidumbre entrañan un verdadero cambio de naturaleza: por el puente
del mutuo deseo el objeto se transforma en sujeto deseante y el sujeto en
objeto deseado.
Se representa al amor en forma de un nudo; hay que añadir
que ese nudo está hecho de dos libertades
enlazadas.
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