| El segundo
elemento es de naturaleza polémica: el obstáculo y la
transgresión. No en balde se ha comparado al amor con la guerra:
entre los amores famosos de la mitología griega, rica en escándalos
eróticos, están los amores de Venus y Marte.
El diálogo entre el obstáculo
y el deseo se presenta en todos los amores y asume siempre la forma de un
combate. Desde la dama de los trovadores, encarnación de la lejanía
-geográfica, social o espiritual- el amor ha sido continua y
simultáneamente interdicción e infracción, impedimento y
contravención.
Todas las parejas, lo mismo las de los poemas y novelas
que las del teatro y del cine, se enfrentan a esta o
aquella con suerte desigual, a menudo
trágica, la violan. En el pasado el obstáculo fue sobre todo de
orden social.
El amor nació en Occidente, en
las cortes feudales, en una sociedad acentuadamente jerárquica. La
potencia subversiva de la pasión amorosa se revela en el 'amor cortés',
que es una doble violación del código feudal: la dama debe ser casada y su
enamorado, el trovador, de un rango inferior: A finales del siglo XVII
español, lo mismo en España que en las capitales de los virreinatos de
México y Perú, aparece una curiosa costumbre erótica que es la simétrica
contrapartida del 'amor cortés', llamada los 'galanteos de palacio'. Al
establecerse la corte en Madrid, las familias de la nobleza enviaban a sus
hijas como damas de la reina. Las jóvenes vivían en el palacio real y
participaban en los festejos y ceremonias palaciegas. Así, se anudaban
relaciones eróticas entre estas damas jóvenes y los cortesanos.
Sólo que
estos últimos en general eran casados, de modo que los amoríos eran
ilegítimos y temporales. Para las damas jóvenes, los 'galanteos de
palacio' fueron una suerte de escuela de iniciación amorosa, no muy
alejada de la 'cortesía' del amor medieval. [Véase Sor Juana Inés de la
Cruz o Las trampas de la fe (páginas 133 a 138 de la edición de Seix
Barral)]
Con el paso del tiempo las
prohibiciones derivadas del rango y de las rivalidades de clanes se han
atenuado, aunque sin desaparecer completamente. Es impensable, por
ejemplo, que la enemistad entre dos familias, como la de los Capuleto y
los Montesco, impida en una ciudad moderna los amores de dos jóvenes.
Pero
hay ahora otras prohibiciones no menos rígidas y crueles; además, muchas
de las antiguas se han fortalecido. La interdicción fundada en la raza
sigue vigente, no en la legislación sino en las costumbres y en la
mentalidad popular.
El moro Otelo encontraría que, en materia de
relaciones sexuales entre gente de diferente raza, las opiniones
mayoritarias en Nueva York, Londres o París no son menos sino más
intolerables que las de Venecia en el siglo XVI. Al lado de la barrera de
la sangre, el obstáculo social y el económico. Aunque hoy la distancia
entre ricos y pobres, burgueses y proletarios no mantiene la forma rígida
y tajante que dividía al caballero del siervo o al cortesano del plebeyo,
los obstáculos fundados en la clase social y en el dinero determinan
aún las relaciones sexuales.
Distancia entre la realidad y la
legislación: esas diferencias no figuran en los códigos sino en las
costumbres. La vida de todos los días, para no hablar de las novelas ni de
las películas, abunda en historias de amor cuyo nudo es una interdicción
social por motivos de clase o de raza.
Otra prohibición que todavía
no ha desaparecido del todo es la relativa a las pasiones
homosexuales, sean masculinas o femeninas. Esta clase de relación fue
condenada por las Iglesias y durante mucho tiempo se la llamó el 'pecado
nefando'. Hoy nuestras sociedades -hablo de las grandes ciudades- son
bastante más tolerantes que hace algunos años; sin embargo, el anatema aún
persiste en muchos medios.
No hay que olvidar que hace apenas un siglo
causó la desgracia de Oscar
Wilde. Nuestra literatura generalmente ha esquivado este tema: era
demasiado peligroso. O lo ha disfrazado: todos sabemos, por ejemplo, que
Albertina, Gilberta y las otras 'jeunes filles en fleur' eran en realidad
muchachos.
Gide tuvo mucha entereza al publicar Corydon; la novela
de E.M Foster, Maurice, por voluntad del autor apareció después de
su muerte. Algunos poetas modernos fueron más atrevidos y entre ellos
destaca un español: Luis
Cernuda. Hay que pensar en los años, el mundo y la lengua en que
publicó Cernuda sus poemas para apreciar su denuedo.
En el pasado las prohibiciones
más rigurosas y temidas eran las de las Iglesias. Todavía lo siguen
siendo, aunque en las sociedades modernas, predominantemente seculares,
son menos escuchadas. Las iglesias han perdido gran parte de su poder
temporal.
La ganancia ha sido relativa:
el siglo XX ha perfeccionado
los odios religiosos al convertirlos en pasiones ideológicas. Los Estados totalitarios no sólo
substituyeron a las inquisiciones
eclesiásticas sino que sus tribunales fueron más despiadados y
obtusos.
Una de las conquistas de la modernidad democrática ha sido
substraer del control del Estado a la vida privada, vista como un dominio
sagrado de las personas; los totalitarios dieron un paso atrás y se
atrevieron a legislar sobre el amor. Los nazis prohibieron a los germanos
las relaciones sexuales con gente que no fuese aria. Además, concibieron
proyectos eugenésicos destinados a perfeccionar y purificar la
'raza alemana', como si se tratase de caballos o de perros. Por fortuna no
tuvieron tiempo para llevarlos a cabo [yo lo dudo
seriamente].
Los comunistas no fueron menos
intolerantes; su obsesión no fue la pureza racial sino la ideológica.
Todavía vive en la memoria pública el recuerdo de las humillaciones y
bajezas que debían soportar los ciudadanos de esas naciones para casarse
con personas del 'mundo libre'.
Una de las grandes novelas de amor de
nuestra época -El doctor Zhivago, la novela de Boris Pasternak-
relata la historia de dos amantes separados por los odios de las facciones
ideológicas durante la guerra civil que sucedió a la toma del poder por los
bolcheviques. La política es la gran enemiga del
amor.
Pero los amantes siempre encuentran un instante para escapar
de las tenazas de la ideología. Ese instante es diminuto e inmenso, dura
lo que dura un parpadeo y es largo como un siglo. Los poetas provenzales y
los románticos del siglo XIX, si hubiesen podido leerlas, habrían aprobado
con una sonrisa las páginas en que Pasternak describe el delirio de los
amantes, perdidos en una cabaña de la estepa, mientras los hombres se
degüellan por abstracciones.
El poeta ruso compara esas caricias y esas
frases entrecortadas con los diálogos sobre el amor de los antiguos
filósofos. No exageró: para los amantes el cuerpo piensa y el alma se
toca, es palpable.
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