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La primera nota característica del amor es la
exclusividad. en estas páginas me he referido a ella varias veces y
he procurado demostrar que es la línea que traza la frontera entre el amor
y el territorio más vasto del erotismo.
Este último es social y
aparece en todos los lugares y en todas las épocas. No hay sociedad sin
ritos y prácticas eróticas, desde los más inocuos a los más sangrientos.
El erotismo es la dimensión humana de la sexualidad, aquello que la
imaginación añade a la naturaleza.
Un ejemplo: la copulación frente a
frente, en la que los dos participantes se miran a los ojos, es una
invención humana y no es practicada por ninguno de los otros mamíferos. El amor es individual o, más exactamente,
interpersonal:
queremos únicamente a una persona y le pedimos a esa persona que nos
quiera con el mismo afecto exclusivo.
La exclusividad requiere la
reciprocidad, el acuerdo del otro, su voluntad. Así pues, el amor único
colinda con otro de los elementos constitutivos: la libertad. Nueva
prueba de lo que señalé más arriba: ninguno de los elementos primordiales
tiene vida autónoma; cada uno está en relación con los otros, cada uno
los determina y es determinado por ellos.
Dentro de esa movilidad, cada
elemento es invariable. En el caso del amor único es una condición
absoluta: sin ella no hay amor. Pero no solamente con ella: es
necesario que concurran, en mayor o menor grado, los otros elementos. El deseo de exclusividad puede ser mero afán de
posesión. Ésta fue la pasión analizada con tanta sutileza por Marcel
Proust.
El verdadero amor consiste precisamente en la
transformación del apetito de posesión en entrega. Por esto pide reciprocidad y así trastorna radicalmente la vieja relación entre
dominio y servidumbre. El amor único es el fundamento de los otros
componentes: todos reposan en él; asimismo, es el eje y todos giran en
torno suyo.
La exigencia de exclusividad es un gran misterio:
¿por qué amamos a esta persona y no a otra? Nadie ha podido
esclarecer este enigma, salvo con otros enigmas, como el mito de los
andróginos de El Banquete. El amor único es una de las
facetas de otro gran misterio: la persona humana.
Entre el
amor único y la promiscuidad hay una serie de gradaciones y matices. Sin
embargo, la exclusividad es la exigencia ideal y sin ella no hay
amor. ¿Pero la infidelidad no es el pan de cada día de las
parejas?
Sí lo es y esto prueba que Ibn
Hazm, Guinezelli, Shakespeare
y el mismo Stendhal no se equivocaron: el amor es una pasión que todos
o casi todos veneran pero que pocos, muy pocos, viven realmente.
Admito, claro, que en esto como en todo hay grados y matices. 
La
infidelidad puede ser consentida o no, frecuente u ocasional. La primera,
la consentida, si es practicada solamente por una de las partes, ocasiona
a la otra graves sufrimientos y penosas humillaciones: su amor no
tiene reciprocidad. El infiel es insensible o cruel y en ambos casos incapaz de amar realmente.
Si la infidelidad es por
mutuo acuerdo y practicada por las dos partes -costumbre más y más
frecuente- hay una baja de tensión pasional; la pareja no se siente con
fuerza para cumplir con lo que la pasión pide y decide relativizar su
relación. ¿Es amor?
Más bien es complicidad erótica. Muchos dicen que en
estos casos la pasión se transforma en amistad amorosa. Montaigne habría
protestado inmediatamente: la amistad es un afecto tan exclusivo o más que
el amor.
El permiso para cometer infidelidades es un arreglo, o más bien,
una resignación. El amor es riguroso y, como el libertinaje, aunque en
dirección opuesta, es un ascetismo. Sade vio con clarividencia que el
libertino aspìra a la insensibilidad y de ahí que vea al otro como un objeto: el enamorado busca la fusión y de ahí
que transforme al objeto en sujeto.
En cuanto a la infidelidad ocasional:
también es una falta, una debilidad. Puede y debe
perdonarse porque somos seres imperfectos y todo lo que hacemos está
marcado por el estigma de nuestra imperfección original. ¿Y si
amamos a dos personas al mismo tiempo? Se trata siempre de un conflicto
pasajero; con frecuencia se presenta en el momento de tránsito de un amor
a otro.
La elección, que es la prueba del amor, resuelve invariablemente,
a veces con crueldad, el conflicto. Me parece que todos estos ejemplos
bastan para mostrar que el amor único, aunque pocas veces se realice
íntegramente, es la condición del
amor.
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