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Comparaciones transculturales
Es interesante notar que en algunas sociedades no existe un papel
"homosexual", aunque puede haber mucho comportamiento homosexual. De hecho, a
menos que tal comportamiento sea individualizado y clasificado como especial, no
puede convertirse en un asunto ni para el individuo ni para la sociedad. Por
ejemplo, sabemos de diversas sociedades "primitivas", como los Siwans en Africa,
los Aranda en Australia y los Keraki en Nueva Guinea, donde prácticamente todos
los hombres incurren tanto en relaciones heterosexuales como en homosexuales.
Obviamente, en estas sociedades no se puede distinguir entre heterosexuales y
homosexuales, ni siquiera como asunto de fórmula conciliatoria terminológica.
Incluso podría, desde luego, aplicarse la escala de clasificación de Kinsey,
pero, por lo menos para los hombres, mostraría solo grados variables de
comportamiento bisexual (categorías 1-5). Sencillamente no habría nada que
registrar en los extremos heterosexual y homosexual de la escala (categorías 0 y
6).
Hay alguna razón para creer que incluso en nuestras propias civilizaciones
occidentales las distinciones no siempre han sido tan agudas como lo son hoy. En
la Grecia antigua, por ejemplo, el comportamiento homosexual se aceptó
ampliamente como una parte normal de la actividad sexual de un hombre, y nunca
fue considerado un obstáculo para el matrimonio o la paternidad. La misma
palabra "homosexualidad" fue desconocida. En cambio, las personas hablaron de
pederastia (literalmente, amor hacia los niños, de pais: niño, o
aquí más en el sentido de adolescente varón, y eran: amar) que se cultivó
como una costumbre socialmente beneficiosa y loable. Sin embargo, ni del amante
mayor (llamado "el inspirador") ni del amado más joven (llamado "el oyente") se
asumía que fueran incapaces de tener relaciones con mujeres. En resumen, el
término moderno "homosexual" apenas haría justicia a los griegos antiguos. Si
una clasificación moderna tuviera que ser usada en absoluto, el bisexual parece
ser más exacto que cualquier otro.
Incluso en la Europa medieval, donde los actos homosexuales fueron condenados
como pecaminosos, no necesariamente fueron vistos como manifestaciones de una
"condición homosexual". Cuando las personas fueron castigadas por "sodomía" (por
la ciudad bíblica de Sodoma) o "buggery" (por una secta herética en Bulgaria),
siempre se asumió que fueron capaces de tener un comportamiento heterosexual
"adecuado". También tenemos que recordar que el castigo se aplicó sólo a unos
pocos actos muy específicos, como las relaciones anales y orales. Otras
expresiones del amor y la sensibilidad entre los hombres no atrajeron ninguna
atención especial.
Fue sólo en la Edad Moderna que las personas que incurrieron en
comportamientos sexuales entre miembros del mismo sexo empezaron a ser
consideradas como fundamentalmente diferentes de todos los demás. Del mismo
modo, el hombre y la mujer promedio llegaron ser vistos como incapaces de
respuestas eróticas hacia miembros de su propio sexo. Tales respuestas podrían
ser sólo el resultado de una condición anormal congénita. Los psiquiatras
empezaron a preocuparse con esta supuesta condición, y se refirieron a ella por
medio de diversos nombres exóticos hasta que, hacia el final del siglo XIX, fue
inventado el nuevo término "homosexualidad". Este término (así como su antónimo
"heterosexualidad") con el tiempo encontró aceptación amplia y por lo tanto
entró en todos los idiomas europeos. (La palabra "homosexuality" fue introducida
a regañadientes al inglés en 1897 por Havelock Ellis porque se había vuelto
popular en el continente como Homosexualität [alemán] y
homosexualité [francés]).
Un lector moderno que no conoce nada acerca del origen y la historia de estas
palabras tiene la probabilidad de entender mal los fenómenos que estas quieren
describir. Hoy, hablamos muy fácilmente de homosexualidad y heterosexualidad, y
todos parecen saber de inmediato lo que queremos decir. Sin embargo, haríamos
bien en darnos cuenta que, desde el mismo comienzo, estas categorías mutuamente
excluyentes simplificaron demasiado y prejuzgaron el tema. De hecho, podrían
haberse originado sólo en una cultura represiva donde la amplia gama de
capacidades sexuales humanas ya no se acepta. Cualquier cultura que traza una
línea divisoria entre homosexuales y heterosexuales, traiciona de ese modo un
criterio bastante peculiar y muy estrecho de la naturaleza humana. Es un
criterio que ha vuelto ciego el carácter gradual de las diferencias humanas, a
las sombras y matices del comportamiento humano, en resumen, a la variedad
natural de vida.
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