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Agrimensor Bene Nio
[Texto completo]
Es notable la cantidad de
partes y de órganos que puede perder una persona y aun así seguir
incólume, o casi. Como una estatua antigua, con apenas cincuenta y
cinco años de edad el agrimensor Bene Nio ya ha perdido las piernas
y los brazos, buena parte de la pelvis, el hombro derecho, además le
falta casi toda la mitad izquierda de la cabeza y también el ojo y
la oreja derechos, y por eso ya no ve ni oye; le ha desaparecido la
nariz, y la lengua -o lo que queda de ella- está parcialmente al
descubierto y se le ha endurecido de modo tal que no se entiende
bien lo que dice. Vive sentado, si puede decirse así, en una especie
de silla de ruedas que parece más bien un carrito para hacer las
compras, y dentro de este carrito, embutido y atado para evitar que
se caiga, está el agrimensor Nio. Manos solícitas lo llevan de un
lado al otro, oídos todavía sanos escuchan sus órdenes y las
interpretan; porque el agrimensor, afecto desde siempre a las tareas
del campo y a los nuevos métodos de avanzada, es hombre de una
actividad envidiable. Es dueño de una serie de cañadas, montes y
barrancos en el Alto Lazio, terreno arcilloso y friable que el
agrimensor Nio se ha propuesto sanear con numerosos proyectos que le
ocupan todo su tiempo. Antes que nada, el proyecto de irrigación,
que se nutre de dos grandes manantiales permanentes existentes en la
propiedad y que en pocos años promete transformar esos desiertos en
una tierra prometida. Luego, el proyecto de forestación que, con la
ayuda de la Dirección Forestal, transformará en pocos decenios esa
tierra prometida en un jardín colgante. Mientras tanto el agrimensor
Nio está haciendo cercar todo con sólidos postes de cemento y con
una red de dos metros de alto, para después meter dentro toda clase
de animales y de aves exóticas, y transformar ese jardín colgante en
un Edén. El proyecto de riego prevé una hermosa piscina olímpica
para uso particular del agrimensor (o de lo que queda de él), ya que
el agua de los manantiales es más que abundante. Después construirá,
en los puntos más panorámicos, media docena de pabellones de caza o
de descanso, comunicados entre sí por cómodos senderos asfaltados;
todos contarán con luz, teléfono y demás servicios indispensables
para la vida moderna. El agrimensor Nio piensa terminar este paraíso
en apenas veinte o treinta años, luego de lo cual espera vivir allí:
después de todo aún es joven.
Capitán Luiso Ferrauto [Cuento. Texto completo]
Una vez al año, en primavera, el capitán
Luiso Ferrauto cambia de piel; de la piel vieja emerge lustroso y
rosado como un recién nacido, pero al cabo de unas horas la piel
nueva recobra su color normal, que es aceitunado, y también el pelo,
que se ha desprendido junto con la piel del cráneo, vuelve a crecer
rápidamente, como corresponde a un oficial de la Seguridad Pública.
Su mujer, unida a él por un amor inusitado en estos tiempos, suele
guardar estas pieles usadas de su marido y rellenarlas de goma
espuma color carne, para hacer así un muñeco bastante presentable,
bien cosido y armado, con su uniforme puesto. Ya tiene unos quince,
en el garaje: todos oficiales de policía, tan parecidos a su marido
que da gusto verlos a todos juntos, tan dignos, tan rectos, tan
inalcanzables por la corrupción. La señora hizo instalar un equipo
estéreo en el garaje y cuando el capitán está de servicio fuera de
casa, la mujer baja para hacerles escuchar a sus ex maridos las
mejores páginas de la lírica mundial. Absortos, como embelesados,
los quince policías escuchan inmóviles la muerte de Desdémona, el
merecido asesinato de Scarpia, la disputa fatal entre Carmen y Don
José, delitos todos que exigen el arresto inmediato del culpable,
hechos de sangre y de violencia como tantas veces han visto a lo
largo de su carrera. Puesto que los muñecos de piel policíaca son
producidos a razón de uno por año y cada uno es de edad más avanzada
que el anterior, presentan esta insólita característica: que el más
joven de los quince es el más viejo de los quince.
El ángel [Cuento. Texto
completo]
El ángel Elzevar está
desocupado, lo único que sabe hacer es llevar mensajes pero ya no
hay más mensajes que llevar, y entonces el ángel da vueltas
revisando en la basura del gran basurero municipal en busca de
restos de comida y sobras de fruta: algo tiene que comer. De noche,
hizo la prueba de recorrer la orilla del río en calidad de
prostituto todo servicio, y de hecho sabe hacer muchas cosas y su
condición angélica lo exime de cualquier escrúpulo moral; pero la
mayoría de las veces el encuentro termina mal, por ejemplo cuando el
cliente, antes o después, descubre que Elzevar no tiene sexo: por lo
que parece, en ciertas ocupaciones el sexo es particularmente
requerido, e incluso indispensable. Para aplacar al desilusionado
cliente, Elzevar le muestra un poco cómo vuela, primero a la
derecha, después a la izquierda, después le pasa sobre la cabeza y
le desordena los cabellos como una brisa ligera; pero los clientes
de la orilla del río exigen algo más concreto que una normal
exhibición de levitación; uno le mordió el tobillo en pleno vuelo,
otro calvo con peluca lo llamó sodomita y un tercero lo denunció a
la policía, basándose en un artículo del Código Penal que prohíbe
exaltar la seducción y otros dos artículos del Código de Navegación
Aérea relativos al vuelo urbano sin documentos. Después de lo cual
Elzevar tuvo que mudarse a otro recodo del río, peligrosamente
frecuentado por familias y pescadores con cañas, incluso de noche.
Estos inconvenientes, natural consecuencia de
su desocupación temporaria, no pueden realmente preocupar a un
ángel. Para comenzar los ángeles son inmortales, y son pocos los
mortales que pueden decir lo mismo. En cuanto a la falta de
mensajes, un día u otro tendrá que terminar. Nuevos emisores se
están alistando, y los potenciales receptores por cierto no
escasean. Ya en el pasado le sucedió estar sin trabajo por períodos
más o menos largos, sin hacer nada. Basura de comer nunca le ha
faltado; es verdad que la prostitución angélica ya no es lo que era
, pero de cualquier forma, hasta que esté listo el nuevo mensaje,
hay que seguir en contacto con los hombres. Mientras tanto Elzevar
siempre puede encontrar trabajo en un circo, en tanto
lamentablemente muchas cosas cambiaron desde que existe la
televisión. Si el Gran Silencio durase mucho, otros caminos
interesantes y poco recorridos se le abren: por ejemplo el cine
underground, la aplicación de antiparasitarios, la manutención de
computadoras, la limpieza de ascensores y los desfiles masculinos de
moda..
Giocoso Spelli [Cuento. Texto
completo]
El teólogo y profesor de historia de las
religiones Giocoso Spelli es casi con seguridad un monstruo, o en
todo caso tiene algo de monstruoso. Para empezar camina en cuatro
patas, y esto ya es insólito en un teólogo; es tan ancho que no
todas las puertas admiten su paso, y en un automóvil, si alguna vez
consiguiera introducirse en uno, no sabría de todos modos dónde
poner las alas. Por culpa de los cuernos ningún sombrero le queda
bien, y cuando ruge hace temblar el edificio. Es un verdadero
experto en todo lo referente a los manuscritos del Mar Muerto, y ha
escrito dos libros autorizadísimos sobre la cándida comunidad de
Khirbert Qumran. Pero tiene las patas de atrás demasiado cortas, y
cuando camina lleva las manos enfundadas en dos guantes enormes o,
mejor dicho, borceguíes para manos. Hay quien Sostiene que le salen
llamas de la boca, pero ésa debe ser una imagen literaria; o quizá
alguien ha tomado por fuego la saliva rojiza que le sale
continuamente de las fauces. Lo cierto es que pesa 375 kilos, y su
volumen es adecuado a su peso. Las alas, entonces, no le sirven de
nada, pesa demasiado para volar, y pueden considerarse un capricho
teologal: son rígidas y lustrosas, rectas hacia arriba como las de
un toro alado, pero mucho más voluminosas. Los cuernos son macizos y
ambos apuntan hacia arriba y hacia adelante, como un baldaquino
suspendido sobre los ojos. Fue él quien aclaró definitivamente la
total independencia del cristianismo con respecto a la religión de
los Esenios, como resulta del análisis de los textos supérstites, y
por tanto la absoluta originalidad de Jesús y de sus teorías. Cuando
duerme, su respiración emite un silbido que se oye hasta en la
plaza. Su novia le dijo a una amiga que en la cama se comporta como
la Bestia del Apocalipsis.
Graziella Link [Cuento. Texto
completo]
Al lado de Graziella Link una
cerda parecería flaca, un elefantito esbelto, una pelota no lo
suficientemente redonda; pero ella se maquilla con tanto estilo que
logra parecer lo que en el fondo, muy en el fondo, bajo quintales de
grasa, es: una mujer. Y ¿por qué no? también en la superficie, y
¿por qué no?, una mujer hermosa. Sea como fuere está siempre alegre;
las canciones más estúpidas afloran continuamente a sus labios, sus
ojitos destellan, su risa musical repiquetea ante las situaciones
más fúnebres, más luctuosas. Actúa, más por placer que por dinero,
en el teatro de variedades. Como no puede caminar, sólo mantenerse
en equilibrio sobre dos piecitos desproporcionadamente pequeños,
cuatro jóvenes la llevan en vilo hasta el escenario; ella saluda
dándose tres golpecitos con un abanico sobre el pecho circular, y
canta. Risueña gorjea, contenida desvaría, radiante se exalta:
¡Cu-cú, cu-cú mi amor eres
tú, pícaro Barbazul, cu-cú, cu-cú!
Desde que se quedó completamente calva usa
una peluca refulgente; vista desde la platea, su cabeza asoma sobre
su cuerpo como un sol que se pone tras una montaña, o más bien como
una aurora. De ella emana tanto calor que las lamparitas del
escenario se derriten. Al final el público siempre le pide un
strip-tease, y ella lo hace: con premeditación, lleva un vestido
adecuado, le basta dar un tironcito a un bretel y todo cae. Los
aullidos aclaman la redondez emergente, el calor de ese cuerpo
anaranjado como un sol de verano provoca desmayos en los
espectadores de las primeras filas, los custodios del pudor no
tienen nada de qué quejarse, porque nada puede haber de impúdico en
una esfera, en una naranja, por más desnuda que esté. Ella, mientras
tanto, sin dejar de sonreír y de tirar besos, con brevísimos
movimientos de los pies, comienza a girar y trina:
De la comunión de los santos sólo a
San Pedro venero: ya me vieron por delante ahora véanme
el trasero.
El hecho es que de espaldas emite aun más
calor que de frente, a tal punto que los jóvenes que la asisten en
escena deben acudir con una sábana mojada y envolverla rápidamente,
por temor cuanto menos a un incendio. Graziella Link se deja
envolver y trasladar fuera del escenario, y a lo lejos todavía
resuenan sus gorjeos dementes, sus escalas idiotas, sus coplas
imbéciles. En ella vence la redondez, triunfa la gordura; sin
embargo dicen que prefiere los cortejantes minúsculos.
N
Ilio Collio [Cuento. Texto completo]
El asistente social Ilio Collio se encuentra
enormemente impedido en el ejercicio de sus funciones de asistente
social porque de las tetillas le sale una especie de aceite espeso,
como de máquina, que normalmente le corre hasta los pies, y eso lo
vuelve muy escurridizo, además de ser una fuente inagotable de
manchas grasientas de las más desagradables e incluso peligrosas, ya
que pueden prenderse fuego con relativa facilidad. Su cuerpo es tan
resbaladizo que ya casi no puede caminar y cada vez que levanta un
pie termina tendido a lo largo del pavimento, y así, boca abajo, se
esfuerza por desplazarse aunque sólo sea con las manos, pero todo a
lo que se aferra se le resbala, y a duras penas consigue arrastrarse
con los codos algunos metros más. Su trabajo es resolver los
problemas tanto de los individuos como de las familias, dar
consejos, ofrecer consuelo, explicar, remediar, alentar; pero ¿cómo
se hace para ofrecer consuelo, etcétera, en esas condiciones de
deslizamiento permanente? Ha intentado caminar con gruesas botas de
goma, pero es lo mismo, el aceite de las tetillas rebasa de las
botas y volvemos al punto de partida; también ha probado,
inútilmente, un tipo de corpiño impermeable para adolescentes. A
pesar de ello debe -es su obligación- ayudar al prójimo. Apenas se cierra la puerta de un
departamento, entre sus paredes comienzan a fermentar los problemas
personales como una horda de perros y de gatos encerrados juntos;
desde la calle se oyen los gritos, los llamados desesperados, los
alaridos de las víctimas indefensas aplastadas por la aplanadora de
una vida demasiado compleja para sus modestos intelectos. Y en el
vestíbulo de la planta baja, Ilio Collio, reclamado desde lejos por
sus virtudes asistenciales, tendido en el piso en medio del charco
de aceite de sus inagotables tetillas, busca en vano abrirse paso
con ligeras contracciones del abdomen, como hacen los gusanos:
“¡Ya voy, ya voy!” se lo oye gritar, y cuando
por fin llega a la escalera, resbala en los primeros peldaños y cae
de nuevo hacia atrás; ya ensució todo el vestíbulo sin haber ayudado
a nadie. Pobre Ilio Collio, se ha impuesto una tarea
imposible.
Los amantes [Cuento. Texto
completo]
Harux y Harix han decidido no
levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse
el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo
mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está
todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena
interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber
si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas
familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se
levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda
desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta,
cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros
místicamente entrelazados.
La primera semana se alimentaron de
galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se
terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados
por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes,
entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el
uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor,
como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan.
Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de
ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero
su amor está más allá de las convenciones.
HORRIDUM SOMNIUM
¡Cuántas noches de insomnio pasadas En la fría
blancura del lecho, Ya abrevado de angustia infinita, Ya
sumido en amargos recuerdos, Perturbando la lóbrega
calma Difundida en mi espíritu enfermo, Como errantes
luciérnagas verdes Del jardín en los lirios abiertos, Ha
venido a posarse en mi alma Áureo enjambre de sacros
ensueños! Cual penetran los rayos de la luna, por la escala
sonora del viento, En el hosco negror del sepulcro Donde yace
amarillo esqueleto, Tal desciende la dicha celeste, En las
alas de fúlgidos sueños, Hasta el fondo glacial de mi
alma Cripta negra en que duerme el deseo.
Así he visto
llegar a mis ojos En la fría tiniebla entreabiertos, Desde
lóbregos mares de sombra Alumbrados por rojos destellos, A las
castas bellezas marmóreas Que, ceñidos de joyas los
cuerpos.
Y una flor elevada en las manos, Colorea entre
eriales roqueños El divino Moreau; a las frías Hermosuras de
estériles senos Qué, cual flores del mal, han caído De la vida
el oscuro sendero; Emperlados de sangre los pechos Y
encendidos los ojos diabólicos Por la fiebre de extraños
deseos; A María, la virgen hebrea, Con sus tocas brillantes de
duelo Y su manto de estrellas de oro (Y su nimbo de estrellas
de oro) Centelleando en sus largos cabellos; A la mística
Eloa, cruzadas Ambas manos encima del pecho Y tornados los
húmedos ojos Hacia el cálido horro del Infierno; Y a
Eleonora,
la pálida novia, Que, ahuyentando la sombra del
cuervo, Cicatriza mis rojas heridas Con el frío mortal de sus
besos. Más un día -¡oh, Rembrandt!, no ha trazado Tu pincel
otro cuadro mas negro - Agrupados en ronda dantesca De la
fiebre los rojos espectros, Al rumo de canciones
malditas Arrojaron mi lánguido cuerpo En el fondo del fétido
foso Donde airados croajaban los cuervos. Como eleva la púdica
virgen Al dejar los umbrales del templo, La mantilla de negros
encajes Que cubría su rostro risueño, Así entonces el astro
nocturno, Los celajes opacos rompiendo, Ostentaba su disco de
plata En el negro azulado de cielo.
Y, al fulgor que
esparcía en el aire, Yo sentí deshacerse mis miembros, Entre
chorros de sangre violácea, sobre capas humeantes de cieno, En
viscoso licor amarillo Que goteaban mis lívidos
huesos.
Alrededor de mis fríos despojos, En el aire,
zumbaban insectos Que, ensanchando los húmedos vientres Por la
sangre absorbida de mi cuerpo, Ya ascendían por rápido
impulso Ya embriagados caían al suelo. De mi cráneo, que un
globo formaba Descendían al rostro deforme, Saboreando el
licor purulento, Largas sierpes de piel solferina Que llegaban
al borde del pecho Donde un cuervo de pico acerado (Donde un curvo
de garras punzantes) Implacable roíame el
sexo. (Implacable roía mis huesos.) Junto al foso, espectrales
mendigos Sumergidos los pies en el cieno Y rasgados las ropas
mugrientas, Contemplaban el largo tormento Mientras grupos de
impuras mujeres, En unión de aterrados mancebos, Retorcían los
cuerpos lascivos Exhalando alaridos siniestros(....) Muchos
días, llenando mi alma De pavor y de frío y de miedo, He
mirado este fúnebre cuadro Resurgir a mis ojos abiertos, Y al
pensar que no pude en la vida Realizar mis felices
anhelos, Con los ojos preñados de lágrimas Y el horror de la
muerte en el pecho Ante el Dios de mi infancia pregunto: -Del
enjambre incesante de ensueños Que persiguen mi alma
sombría De la noche en frío silencio, ¿Será el ensueño
pasado el que logre palpar mi deseo En la triste jornada
terrestre? ¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?
EL ARTE
Cuando la vida, como fardo inmenso, Pesa sobre el espíritu
cansado Y ante el último Dios flota quemado El postrer grano
de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso, De todo amargo fruto
envenenado Y el hastío, con rostro enmascarado, Nos sale al
paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura Que la mezquina realidad
desdeña, Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche obscura, Asilo busca en la
musgosa peña Que inunda el mar azul de olas plateadas.
TRISTISSIMA
NOX
Noche de soledad. Rumor confuso hacer el viento surgir de
la arboleda, donde su red de transparente seda grisácea araña
entre las hojas puso.
Del horizonte hasta el confín difuso la onda marina
sollozando rueda y, con su forma insólita, remeda tritón
cansado ante el cerebro iluso.
Mientras del sueño baja el firme amparo todo yace dormido
en la penumbra, sólo mi pensamiento vela en calma,
como la llama de escondido faro que con sus rayos fúlgidos
alumbra el vacío profundo de mi alma.
NEUROSIS
Noemí, la pálida pecadora de los cabellos color de
aurora y las pupilas de verde mar, entre cojines de raso
lila, con el espíritu de Dalila, deshoja el cáliz de un
azahar.
Arde a sus plantas la chimenea donde la leña
chisporrotea lanzando en torno seco rumor y alza tiene su tapa
el piano en que vagaba su blanca mano cual mariposa de flor en
flor.
Un biombo rojo de seda china abra sus hojas en una
esquina con grullas de oro volando en cruz, y en curva mesa de
fina laca ardiente lámpara se destaca de la que surge rosada
luz.
Blanco abanico y azul sombrilla, con unos guantes del
canapé, mientras en taza de porcelana, hecha con tintes de la
mañana, humea el alma verde del té.
¿Pero qué piensa la hermosa dama? ¿Es que su príncipe ya
no la ama como en los días de amor feliz, o que en los cofres
del gabinete, ya no conserva ningún billete de los que obtuvo
por un desliz?
FLOR DE CIENO
Yo soy como una choza
solitaria que el viento huracanado desmorona y en cuyas piedras
húmedas entona hosco búho su endecha funeraria.
Por fuera sólo
es urna cineraria sin inscripción, ni fecha, ni corona; mas dentro,
donde el cieno se amontona, abre sus hojas fresca
pasionaria.
Huyen los hombres al oír el canto del búho que en la
atmósfera se pierde, y, sin que sepan reprimir su espanto,
no
ven que, como planta siempre verde, entre el negro raudal de mi
amargura guarda mi corazón su esencia pura.
LA AGONÍA DE PETRONIO
Tendido en
la bañera de alabastro donde serpea el purpurino rastro de la sangre
que corre de sus venas, yace Petronio, el bardo decadente, mostrando
coronada la ancha frente de rosas, terebintos y
azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan, sus jóvenes
discípulos dialogan o recitan sus dáctilos de oro, y al ver que
aquéllos en tropel se alejan ante el maestro ensangrentado
dejan caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos
vaporosos y tendidos los cuerpos voluptuosos en la muelle extensión
de los triclinios, alrededor, sombrías y livianas, agrúpanse las
bellas cortesanas que habitan del imperio en los dominios.
Desde
el baño fragante en que aún respira, el bardo pensativo las
admira, fija en la más hermosa la mirada y le demanda, con arrullo
tierno, la postrimera copa de falerno por sus marmóreas manos
escanciada.
Apurando el licor hasta las heces, enciende las
mortales palideces que oscurecían su viril semblante, y volviendo
los ojos inflamados a sus fieles discípulos amados háblales triste
en el postrer instante,
hasta que heló su voz mortal
gemido, amarilleó su rostro consumido, frío sudor humedeció su
frente, amoratáronse sus labios rojos, densa nube empañó sus claros
ojos, el pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el
mustio nardo, dobló su cuello el moribundo bardo, libre por siempre
de mortales penas aspirando en su lánguida postura del agua
perfumada la frescura y el olor de la sangre de sus venas.
BLANCO Y NEGRO
I
Sonrisas de las vírgenes difuntas En, ataúd de blanco
terciopelo Recamado de oro; manos juntas Que os eleváis hacia
el azul del cielo Como lirios de carne; tocas blancas De
pálidas novicias absorbidas Risas de niños rubios;
despedidas
Que envían los ancianos moribundos A los seres queridos;
arreboles De los finos celajes errabundos Por las ondas del
éter; tornasoles Que ostentan en sus alas las palomas Al volar
hacia el sol; verdes palmeras De les desiertos africanos;
gomas Árabes en que duermen las quimeras;
Miradas de los pálidos dementes Entre las flores del
jardín; crespones Con que se ocultan sus nevadas frentes Las
huérfanas; enjambres de ilusiones Color de rosa que en su seno
encierra El alma que no hirió la desventura;
Arrebatadme al punto de la tierra, Que estoy enfermo y
solo y fatigado Y deseo volar hacia la altura, Porque allí
debe estar lo que yo he amado.
II
Oso hambriento que vas por las montañas Alfombradas de
témpanos de hielo, Ansioso de saciarte en las entrañas Del
viajador; relámpago del cielo Que amenazas la vida del
proscrito En medio de la mar; hidra de Lerna Armada de
cabezas; infinito Furor del dios que en líquida
caverna
Un día habrá de devorarnos; hachas Que segasteis los
cuellos sonrosados De las princesas inocentes; rachas De
vientos tempestuosos; afilados Colmillos de las hienas
escondidas En las malezas; tenebrosos cuervos Cernidos en los
aires; homicidas Balas que herís a los dormidos ciervos Al
borde de las fuertes pesadillas Que pobláis el espíritu de
espanto;
Fiebre que empalideces las mejillas Y el cabello
blanqueas; desencanto Profunda de mi alma, despojada Para
siempre de humanas ambiciones;
Despedazad mi ser atormentado Que cayó de las célicas
regiones Y devolvedme al seno de la nada... ¿Tampoco estará
allí lo que yo he amado?
EL PUERTO
Un puerto es un asilo
encantador para un alma fatigada de las luchas de la vida. La amplitud del
cielo, la arquitectura movible de las nubes, las coloraciones cambiantes de la
mar; el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente propio para
divertir los ojos sin nunca cansarlos. Las formas salientes de los navíos, de
aparejo complicado, a los cuales las olas imprimen oscilaciones armoniosas,
sirven para entretener en el alma el gusto del ritmo y de la belleza. Y
después, sobre todo, hay una especie de placer misterioso y aristocrático,
para el que no tiene curiosidad ni ambición, en contemplar acostado en el
mirador o de codos sobre el muelle, los movimientos de los que parten y de los
que vuelven, de los que tienen todavía la fuerza de querer, el deseo de viajar
o de enriquecerse.
La Habana Elegante, 27
de Marzo de 1887.
A UNA HORA DE
LA MADRUGADA
¡Al fin, solo! no se oye más
que el ruido de algunos coches detenidos y derrengados. Durante algunas horas,
poseeré el silencio, ya que no reposo. La tiranía de la faz humana ha
desaparecido y no sufriré más que por mí mismo.
Ya me está permitido descansar
en un baño de tinieblas. Daré primero una doble vuelta a la cerradura; porque
me parece que esa doble vuelta de llave aumentará mi soledad y fortificará las
barricadas que me separan actualmente del mundo.
¡Horrible vida! ¡Horrible
ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto muchos literatos, de los cuales
uno me ha preguntado si podía ir a Rusia por tierra (tomaba sin duda a Rusia
por una isla); haber disputado generosamente con el director de una revista, que
a cada objeción respondía: "Este es el partido de las gentes
honradas", lo cual implica que los demás diarios están redactados por
bribones; haber saludado a veinte personas, de las cuales quince me son
desconocidas; haber subido para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa
de una bailarina que me suplicó que le dibujase un traje de Venustre; haber
hecho la corte a un director de teatro, que me dijo despidiéndome:
"Haréis bien en dirigiros a X...; es el más pesado, el más tonto y el más
célebre de mis autores; con el podríais quizás alcanzar alguna cosa.
Vedlo y después nos veremos": haberme preciado ( ¿Por qué? ) de muchas
acciones villanas que nunca he cometido y haber negado cobardemente algunas
acciones que he cometido con goce, delito de fanfarronada, crimen de respeto
humano; haber rehusado a un amigo un servicio fácil y dado una recomendación
escrita a un perfecto bellaco; ¿falta algo más?
Descontento de todos y hasta de
mí mismo, quisiera redimirme y enorgullecerme un poco en el silencio y la
soledad de la noche. Almas de los que he amado, almas de los que he cantado,
fortificadme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los miasmas corruptores del
mundo y vos, ¡Señor mi Dios! Concederme la gracia de producir algunos buenos
versos que me prueben a mí mismo que no soy el ultimo de los hombres, que no
soy inferior a los que desprecio.
La Habana Elegante, 3
de abril de 1887.
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