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Los
hermosos días
I
Como la luz
desciende por un revuelo de hojas traslúcidas - te quiero - sobre el
aire celeste, sólo en mis manos queda, oh juventud, oh estrellas, un
recuerdo más suave que el árbol más brillante.
Todo es tan
claro y mi amor cruza por la primavera desde las fuentes del día hasta
el cielo tan grande, y caído en el pasto soy feliz y te quiero y soy
el único amante entre miles de flores azules.
Mi espíritu se
muere pero alcanza a llevarte como un pequeño pájaro que dentro de una
nube la llenara de luces y colores diversos, hasta que de pronto
todo fuera como el origen del mundo.
II
Oh que
fuera este instante la eternidad inmutable, siempre, siempre ante mí tu
cuerpo tan hermoso, como lejanas músicas que ascienden
exaltadas entre luces movientes e irisados vapores.
Quiero inclinar
mi frente, y besarte las manos mientras detrás de tus ojos pasa un
jardín increíble, un lugar voluptuoso por donde el pensamiento se
sumerge en las aguas dulcísimas y en un sueño.
Y acercarme a
tus labios, y conocer la muerte, un espacio de ángeles, el
olvido.
III
Estas ramas
que un día pondrán sobre mis ojos, cuando hayan muerto y guarden tan
sólo tu hermosura, tu imagen junto al río como el sol llegara antaño
para siempre, oh por qué este silencio mientras crecen al
cielo lejos de mí, tan lejos como tu misma voz!
Van cayendo en
el día las horas como flores que el verano llevara de la mano al
olvido; y en un barco tranquilo va mi vida llorando muy
silenciosamente a través de los árboles que el tiempo abandonó. Tú
que estás en la sombra, ven, ven a mi labio ardiente!
IV
Entro en un
bosque cuando ya es de noche, pero sin encontrarte, y estoy muy
triste, y las gentes con sus grandes forros de piel me
arañan mientras pienso: Para qué, para qué seguir despierto?
Los días son
accidentes que te ocultan y giran, oh laurel y amor mío, las horas se
confunden; una vez te besaba las manos en el crepúsculo y mis ideas
caían como cuando llega la muerte.
Yo quisiera que
todos se murieran en el mundo y sólo tú cruzaras por las colinas
verdes, por las colinas de árboles donde aparecerías para llegar
sonriendo a buscarme, en silencio.
V
Yo quiero
compararte tan sólo con el viento que vuela por el aire y que alegra
las hojas, y diré que mi espíritu por el viento se extiende mientras
tus gestos abren diversos torrentes de luz.
Es el mismo
sonido con que el sol atraviesa suavemente las nubes y las esferas
azules tu nombre, y es el nombre que yo doy al silencio nocturno,
mientras giran las estrellas del cielo con pasos
majestuosos.
VI
Ver que el
tiempo es tan sólo este momento inmóvil donde nunca han de unirse
nuestras manos tan tiernas, donde está el universo descendiendo desde
tu belleza, mientras se extienden las plantas salvajes sobre el
pasado.
Ver alzarse el
amor por la claridad de la noche y el firmamento pálido y profundo como
un lago; oh la luz de la luna sobre tus bellas manos en los grandes
jardines con figuras de mármol pensativas, por donde ya nunca he de
pasar!
Escuchar desde
lejos cómo cae la fuente sobre el agua que nunca nos volverá a
reflejar; la fuente que a través de estos años tranquilos atraviesa
los ecos de voces de otros tiempos, para seguir surgiendo en el aire
entre estrellas.
Oh noche, deja
ahora que mi espíritu vuelva para siempre a la gloria luminosa del
amor!
Temas
I
Ves sol, girando, lo
mudable; ves inmutables los polos de tu esfera y todo lo demás
llegar a un término; viste las Romas sucesivas, México, las
muertes de Antinoo y Gengis Kan, y en su tumba la falsa Helena egipcia; antes
de haber historia viste a Andrómeda ubicarse en el cielo, y la paloma en
los húmedos cedros de Ararat; viste todas las cosas, viste el Alef. Y
yo te veo a ti; yo también duro, soy el espíritu y contemplo en calma tus
días y tus noches rotatorios que dependen de mí; tranquilos árboles nos
separan; yo pienso, y tú consientes que en una quinta de Mariano
Acosta un inmortal afirme: Tengo tiempo.
II
Cuántas
veces he visto un árbol seco erguido en el crepúsculo imitar la
fronda de los árboles vivientes. Tristes, ignoran el verano glauco y
gradualmente los destruye el viento.
III
Este
silencio que de mí depende también depende de infinitos seres; hay
diez mil mundos superpuestos donde miro un árbol y un campo de altos
cardos, y una hoja que vuela ante mis ojos puede matar a un hombre,
destruir un verso milenario, ser un sueño; diez mil dioses
contemplan ese campo y no se ven, y no ven más que un
mundo.
IV
Como esas
rocas donde hay tierra escasa, y el sol quema en verano la
modesta hierba que el equinoccio ha suscitado, donde las alas secas
del insecto no son mordidas por el ave ausente, es la mente del
hombre hasta ese día en que el amor con una gracia azul desconocida
y rosa en él se posa.
V
Nunca un poema inscribirá la forma de un árbol
admirable, ni las clases de hojas, ni el diseño de las nubes cuando
son blancas sobre el cielo terso. Nunca un poema inscribirá el
relato de nuestra unión de amor. Mas por el hálito de ese primer
encuentro, y de esos días capitales del mapa de mi historia, por el
fervor siguiente y los tumultos que conjuraban la paterna
insidia, por las transformaciones del afecto y por las músicas que
oímos juntos, no olvides sus detalles minuciosos. Yo los recordaré
toda la vida.
Si este instante fuera
la eternidad
Si este instante fuera la eternidad inmutable,
siempre, siempre delante de mí tu cuerpo así bello,
como lejanas músicas que suben exaltadas
¡entre luces irisadas y vapores irisados!
Quiero bajar la frente y besarte las manos
mientras tras de tus ojos pasa un jardín increíble,
un lugar voluptuoso dónde el pensamiento
se hunde en las aguas dulces y en un sueño.
Y acercarme a tus labios, y conocer la muerte,
un espacio de ángeles, el olvido.
Como
quiera que sea, este mundo es por tí.
Como quiera que sea, este mundo es por ti.
Me he preguntado muchas veces
de que sirvió, y no sirvió de nada,
pero ahora gracias a ti vuelve útil.
Echa la cuenta de la mercancía abandonada
de Dios y la coges, la han hecho por ti
milenios de hombres que no te conocieron
pero qué trataron de prefigurar
en templos y tumbas de roca y bibliotecas
un estupor como lo que derramas
cuando sonríes y haces parar el tiempo
y todos enmudecen secuestrados
y te levantas y dices, " yo me acuesto."
Duermes, al despertar estará allí tu legado:
una ciudad que fue muy famosa,
un río sucio cantado por los poetas,
el cine dónde han matado Giulio Cesare;
y alrededor valles, montañas, mares, océanos,
y capitales y continentes y selvas,
y pirámides y versos y adoradores
de tu forma externa o aquella interna
y para arriba el cielo y el sol y las estrellas y la luna
y sobre la tierra las bestias obedientes
a ti que por fin vienes a justificar
su extraordinaria variedad.
Es todo tuyo y no acaba nunca.
En tí pienso de
noche
En
ti pienso de noche, alma querida; cierro los ojos en la sombra y
siento el constelado y fabuloso viento del éter que me arrastra en
su caída;
el éter sideral
donde impelida te uniste a mi arbitrario movimiento, alma de tan
virtuoso sentimiento, y en todo instante de piedad vestida.
Pienso: el
premio de haberte conocido es por algo que aún no he cometido y que
un gran dios aguarda con orgullo;
un dios que remunera de antemano al permitir que sea un
mero humano eternamente, eternamente tuyo.
Iban por el jardín
Iban
por el jardín, y él discernía en la fosforescencia circunstante los
sentimientos de su acompañante; iban por la avenida más
sombría
bajo el vapor
azul que descendía desde el ramaje azul de la fluctuante noche
húmeda de enero sofocante que un relámpago lejos encendía.
No sumaban
treinta años, y el instinto les dió a entender que era mejor
sentarse sobre el declive de un cantero oscuro.
Y se tocaron, y en el laberinto entraron que no puede
devanarse de la repetición y de lo impuro.
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A la
vida
Como en la culta voz de
las mejores
palabras describiendo el Universo,
hay un placer tan alto y tan diverso,
oh vida, entre tus rápidos colores,
que en un tiempo infinito
soñadores
quisiéramos mirar este disperso
delirio que repites como un verso
llenándonos los ojos de esplendores.
Qué honor maravilloso es
el moviente
principado del traje que despliegas,
qué paisaje imperial es tu Presente!
Nunca te habré de
agradecer bastante
que de unas tierras húmedas y ciegas
me hayas hecho tan vivo y tan amante
Nunca la voz de un
ángel
Nunca la voz de un ángel imitará tu voz ni entre follajes
trémulos repetirá mis versos, y jamás en idénticos, cíclicos
universos volveremos a amarnos con este amor atroz.
Bajo extraños crepúsculos los otoños rosados verán caer las hojas sobre las hojas
muertas; no nos verán pasar por las plazas desiertas: como Corinto y
Tebas seremos olvidados.
No quedará ni un signo de nuestra permanencia, una carta,
un anillo con nuestras iniciales; nadie sabrá en las diáfanas noches
equinocciales que te amé y que me amaste con tanta
vehemencia.
El
elegido Oh soledad, aléjate un
momento, no muestres esos íntimos horrores; día tras día he visto
tus favores, y sé lo que es un diario sufrimiento.
Oh, noche, no
prodigues tu tormento, como si te gustaran mis dolores, y no
tuvieras víctimas mejores para arruinarlas en un fuego
lento.
Ya sé que soy
el único elegido, que nadie más que yo domina el llanto, que nadie
lo comprende y lo usa tanto;
pero ya he
visto el fondo, estoy vencido, y no hace falta herir de esa
manera cuando queréis que un réprobo se muera.
El espejo
Dios mío, no me lleves
nunca al cielo, con tus enjambres de ángeles callados, y el olvido
que viertes en los prados sobre los pobres muertos sin
consuelo.
Oh déjame
extasiado junto al suelo, que no quiero olvidarme entre olvidados de
sus labios calientes y apretados, del color amarillo de su
pelo.
Sólo sé del
pasado y del futuro unas frases leídas en la niebla sobre un espejo
de cristal oscuro,
pero es algo
tan claro y delicado como un rostro que brilla en la tiniebla, y de
ese rostro vivo enamorado.
El enamorado
Con mis brazos
fervientes y extendidos sobre la noche llena de sonidos, como un
árbol inmenso en la penumbra que un rayo azul y repentino
alumbra, como la sorda majestad del mar, como alguien que se quiere
suicidar llamándote en el vórtice del viento, soy de mi propio amor
el monumento. ¡Oh ráfagas, oh fuentes, oh ciudad, cómo agradezco la
felicidad! ¡Cómo agradezco que una sola rosa perfumando la noche
voluptuosa forme en los labios de un enamorado la imagen de otro
labio apasionado, y que en el aire un resplandor
sombrío convirtiendo en estrellas el rocío otorgue a la tiniebla
vacilante el brillo de los ojos de su amante!
Aquí en el
césped, frente al infinito, envuelto entre relámpagos, repito la
misma frase al universo entero: "Nadie ha querido como yo te
quiero. Oh sí, nadie está próximo a la esencia de nuestra espiritual
correspondencia; sé que en tus ojos nadie se miró, que en su
profundidad sólo estoy yo adorándote en medio de estas ramas, sé que
nosotros sobre un mundo en llamas nos miraremos con la misma
calma de los que no son nada más que un alma; y sé que en nuestro
amor transfigurados, más allá de los bosques inviolados y más allá
del mar que se ilumina con nuestra doble irradiación
divina tendremos una historia más preciosa que este mismo jardín, y
que esta rosa sobre mi labio ardiente deshojada; sé que sin ti la
vida ya no es nada".
El mundo
Qué puro y delicado eres, oh mundo, con paisajes
nocturnos y alboradas, con días y con tardes reposadas, austero, y
lleno de un ardor fecundo.
Qué indiferente, qué
amplio y qué profundo; con qué rigor acoges las miradas, e ignoras
las palabras pronunciadas por un labio que cambia en un
segundo.
Nada dirán que
pueda conmoverte, nada puede hacer daño a las estrellas, cansadas de
mirar la misma muerte
que el hombre
activa y sin querer alienta, malgastando sus fuegos en querellas y
llevando una vida turbulenta.
El triunfo del
tiempo
El aire
se llenó de hojas desiertas; un vaho penetrante y conocido vuelve
más hondo y mórbido el sonido del viento que desciende de las
huertas, el ruido de estos pasos apagados en los viejos senderos mal
cuidados.
Esta es la
última vez, la última vez, preciados laberintos de una quinta, que
ocultareis nuestra pasión extinta con ramas de eucalipto y de
ciprés; no lloraré en otro lugar: prometo que mi dolor será vuestro
secreto.
Luego
dividiremos nuestras almas; pero hoy, que todavía están
reunidas, discurramos por estas avenidas oscuras en las sombras de
las palmas; antes de separarnos como extraños, hablemos de este
triunfo de los años.
Antes de ser
dos almas solitarias que guardan una flor desvanecida en el libro
inconcluso de su vida, y que en las lentas tardes
sedentarias aspiran un perfume que no existe sobre su texto
oscuramente triste. Hablemos de esos días custodiados por las
estatuas de las galerías y las primeras lilas; de esos días con
firmamentos aterciopelados donde yo extático e inmortal veía tu
rostro semejante a la armonía.
¡Cómo me
conmovía tu belleza que hoy enciende el crepúsculo rosado! ¡Oh amor,
mi amor, por qué habrás clausurado mis ojos con un sello de
tristeza para que nunca vuelva a contemplarte, ciego en la luz,
frenético de amarte!
¿Por qué no se
enlazaron nuestros pasos como esas huellas dobles en la arena que el
pie de los amantes encadena con imborrables, permanentes trazos; por
qué no fuimos en un mundo breve lo único que nunca se
conmueve?
No pasearemos
más por las veredas desiertas en la noche y perfumadas, no se unirán
las sombras alargadas de nuestras manos en las alamedas que un
oscuro temblor estremecía. ¡Oh amor, qué hiriente es la
melancolía!
El mundo pudo
ser tan diferente si me hubieras amado. Nunca más en un jardín te
reconocerás, ni en el agua ondulada de una fuente; no admirarás los
días desiguales, ni el rastro de la lluvia en los cristales.
Y yo no alzaré
más la cara al cielo; no podré contemplarlo, si no me
amas; inútilmente se unirán las ramas y moverán sus sombras sobre el
suelo. No existirán sus sombras vacilantes cuando tú estés besando a
otros amantes.
Ves, la tarde
me ofrece sus colores para aureolar la imagen que me queda de tu
rostro a través de la arboleda; así te evocaré junto a esas
flores, y así, donde te he amado tiernamente, persistirás en tu
esplendor presente.
Pero esta mano,
al sol más luminosa que el vírido follaje transparente, nunca más
sentirá lo que ahora siente junto a la tuya; no, ni en una rosa de
pétalos abiertos, ni en un río que fluye lentamente en el
estío.
Y nunca más
mis labios entreabiertos ante las ruinas de mi adoración, sabrán
reproducir otra versión de esos atardeceres inexpertos, de esas
conversaciones frente a un piano en las noches tranquilas de
verano.
La luna morirá
y renacerá tantas veces en vano ante mi puerta, y una terraza
encontrará desierta donde tu nombre sin embargo está, entre la
hiedra, en un lugar oscuro, escrito con un lápiz sobre el
muro.
Sí, los amores
no son nunca eternos, son breves como vínculos mortales; pero
nosotros, tan espirituales, debimos como el fénix desprendernos de
lo perecedero y renacer con el mismo fervor y el mismo ser.
De los hombres
el paso inmemorable no dejará una huella que los vientos no consigan
borrar; sus movimientos son la trama del aire inapresable; no
quedarán sus diarios pormenores, sus retratos, sus voces, sus
temores.
Apenas de esa
furia soñolienta donde ruedan los reinos y el honor, a veces queda
el rostro del amor como un fantasma sobre la tormenta, que nada
material mueve ni apura porque está hecho de algo que
perdura.
Pero tú, que
entre rayos irisados me muestras tu belleza primordial, no quisiste
mirar ese cristal donde alguien nos vería reflejados sobre todas las
ruinas de los hombres uniendo en una cinta nuestros nombres.
Tú rechazaste
la inmortalidad; siempre serás, junto a esa balaustrada la
inspiración que pasa innominada entre mis versos a la eternidad; y
en los ciclos del tiempo ignorarán quién fuiste, las personas que
vendrán.
Sólo yo que
contemplo tu hermosura en esta tarde rosa feneciente, y que así me
arrodillo, de repente, como un antiguo amante en su escultura, como
Tristán cuando miraba el mar, sólo yo podré verte sin
cambiar.
Ven; ya se ha puesto el sol entre esas casas, y la
humedad desciende lentamente; ven a evocar nuestra pasión
ausente, los diálogos pausados en las plazas, la sombra de las hojas
en tu cara. Como si nada aún nos separara.

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