1919 - 1978

 

Poemas 


 

Los hermosos días

 

I


Como la luz desciende por un revuelo de hojas
traslúcidas - te quiero - sobre el aire celeste,
sólo en mis manos queda, oh juventud, oh estrellas,
un recuerdo más suave que el árbol más brillante.

Todo es tan claro y mi amor cruza por la primavera
desde las fuentes del día hasta el cielo tan grande,
y caído en el pasto soy feliz y te quiero
y soy el único amante entre miles de flores azules.

Mi espíritu se muere pero alcanza a llevarte
como un pequeño pájaro que dentro de una nube
la llenara de luces y colores diversos,
hasta que de pronto todo fuera como el origen del mundo.

II


Oh que fuera este instante la eternidad inmutable,
siempre, siempre ante mí tu cuerpo tan hermoso,
como lejanas músicas que ascienden exaltadas
entre luces movientes e irisados vapores.

Quiero inclinar mi frente, y besarte las manos
mientras detrás de tus ojos pasa un jardín increíble,
un lugar voluptuoso por donde el pensamiento
se sumerge en las aguas dulcísimas y en un sueño.

Y acercarme a tus labios, y conocer la muerte,
un espacio de ángeles, el olvido.

III


Estas ramas que un día pondrán sobre mis ojos,
cuando hayan muerto y guarden tan sólo tu hermosura,
tu imagen junto al río como el sol llegara
antaño para siempre,
oh por qué este silencio mientras crecen al cielo
lejos de mí, tan lejos como tu misma voz!

Van cayendo en el día las horas como flores
que el verano llevara de la mano al olvido;
y en un barco tranquilo
va mi vida llorando muy silenciosamente
a través de los árboles que el tiempo abandonó.
Tú que estás en la sombra, ven, ven a mi labio ardiente!

IV


Entro en un bosque cuando ya es de noche,
pero sin encontrarte, y estoy muy triste,
y las gentes con sus grandes forros de piel me arañan
mientras pienso: Para qué, para qué seguir despierto?

Los días son accidentes que te ocultan y giran,
oh laurel y amor mío, las horas se confunden;
una vez te besaba las manos en el crepúsculo
y mis ideas caían como cuando llega la muerte.

Yo quisiera que todos se murieran en el mundo
y sólo tú cruzaras por las colinas verdes,
por las colinas de árboles donde aparecerías
para llegar sonriendo a buscarme, en silencio.

V


Yo quiero compararte tan sólo con el viento
que vuela por el aire y que alegra las hojas,
y diré que mi espíritu por el viento se extiende
mientras tus gestos abren diversos torrentes de luz.

Es el mismo sonido con que el sol atraviesa
suavemente las nubes y las esferas azules
tu nombre, y es el nombre que yo doy al silencio
nocturno, mientras giran las estrellas del cielo
con pasos majestuosos.

VI


Ver que el tiempo es tan sólo este momento inmóvil
donde nunca han de unirse nuestras manos tan tiernas,
donde está el universo descendiendo desde tu belleza,
mientras se extienden las plantas salvajes sobre el pasado.

Ver alzarse el amor por la claridad de la noche
y el firmamento pálido y profundo como un lago;
oh la luz de la luna sobre tus bellas manos
en los grandes jardines con figuras de mármol
pensativas, por donde ya nunca he de pasar!

Escuchar desde lejos cómo cae la fuente
sobre el agua que nunca nos volverá a reflejar;
la fuente que a través de estos años tranquilos
atraviesa los ecos de voces de otros tiempos,
para seguir surgiendo en el aire entre estrellas.

Oh noche, deja ahora que mi espíritu vuelva
para siempre a la gloria luminosa del amor!  

 


Temas

 

I


Ves sol, girando, lo mudable; ves
inmutables los polos de tu esfera
y todo lo demás llegar a un término;
viste las Romas sucesivas, México,
las muertes de Antinoo y Gengis Kan,
y en su tumba la falsa Helena egipcia;
antes de haber historia viste a Andrómeda
ubicarse en el cielo, y la paloma
en los húmedos cedros de Ararat;
viste todas las cosas, viste el Alef.
Y yo te veo a ti; yo también duro,
soy el espíritu y contemplo en calma
tus días y tus noches rotatorios
que dependen de mí; tranquilos árboles
nos separan; yo pienso, y tú consientes
que en una quinta de Mariano Acosta
un inmortal afirme: Tengo tiempo.

II


Cuántas veces he visto un árbol seco
erguido en el crepúsculo imitar
la fronda de los árboles vivientes.
Tristes, ignoran el verano glauco
y gradualmente los destruye el viento.

III


Este silencio que de mí depende
también depende de infinitos seres;
hay diez mil mundos superpuestos donde
miro un árbol y un campo de altos cardos,
y una hoja que vuela ante mis ojos
puede matar a un hombre, destruir
un verso milenario, ser un sueño;
diez mil dioses contemplan ese campo
y no se ven, y no ven más que un mundo.

IV


Como esas rocas donde hay tierra escasa,
y el sol quema en verano la modesta
hierba que el equinoccio ha suscitado,
donde las alas secas del insecto
no son mordidas por el ave ausente,
es la mente del hombre hasta ese día
en que el amor con una gracia azul
desconocida y rosa en él se posa.

V


Nunca un poema inscribirá la forma
de un árbol admirable, ni las clases
de hojas, ni el diseño de las nubes
cuando son blancas sobre el cielo terso.
Nunca un poema inscribirá el relato
de nuestra unión de amor. Mas por el hálito
de ese primer encuentro, y de esos días
capitales del mapa de mi historia,
por el fervor siguiente y los tumultos
que conjuraban la paterna insidia,
por las transformaciones del afecto
y por las músicas que oímos juntos,
no olvides sus detalles minuciosos.
Yo los recordaré toda la vida.  

 


Si este instante fuera la eternidad

Si este instante fuera la eternidad inmutable, 
siempre, siempre delante de mí tu cuerpo así bello, 

como lejanas músicas que suben exaltadas
¡entre luces irisadas y vapores irisados!
Quiero bajar la frente y besarte las manos
mientras tras de tus ojos pasa un jardín increíble,
un lugar voluptuoso dónde el pensamiento
se hunde en las aguas dulces y en un sueño.
Y acercarme a tus labios, y conocer la muerte,
un espacio de ángeles, el olvido.

 


Como quiera que sea, este mundo es por tí.

Como quiera que sea, este mundo es por ti.
Me he preguntado muchas veces 
de que sirvió, y no sirvió de nada, 
pero ahora gracias a ti vuelve útil. 
Echa la cuenta de la mercancía abandonada 
de Dios y la coges, la han hecho por ti 
milenios de hombres que no te conocieron 
pero qué trataron de prefigurar 
en templos y tumbas de roca y bibliotecas 
un estupor como lo que derramas 
cuando sonríes y haces parar el tiempo 
y todos enmudecen secuestrados 
y te levantas y dices, " yo me acuesto." 
Duermes, al despertar estará allí tu legado: 
una ciudad que fue muy famosa, 
un río sucio cantado por los poetas, 
el cine dónde han matado Giulio Cesare; 
y alrededor valles, montañas, mares, océanos, 
y capitales y continentes y selvas, 
y pirámides y versos y adoradores 
de tu forma externa o aquella interna
y para arriba el cielo y el sol y las estrellas y la luna 
y sobre la tierra las bestias obedientes 
a ti que por fin vienes a justificar 
su extraordinaria variedad. 
Es todo tuyo y no acaba nunca.
 


 

En tí pienso de noche

En ti pienso de noche, alma querida;
cierro los ojos en la sombra y siento
el constelado y fabuloso viento
del éter que me arrastra en su caída;

el éter sideral donde impelida
te uniste a mi arbitrario movimiento,
alma de tan virtuoso sentimiento,
y en todo instante de piedad vestida.

Pienso: el premio de haberte conocido
es por algo que aún no he cometido
y que un gran dios aguarda con orgullo;

un dios que remunera de antemano
al permitir que sea un mero humano
eternamente, eternamente tuyo.  

 


Iban por el jardín

Iban por el jardín, y él discernía
en la fosforescencia circunstante
los sentimientos de su acompañante;
iban por la avenida más sombría

bajo el vapor azul que descendía
desde el ramaje azul de la fluctuante
noche húmeda de enero sofocante
que un relámpago lejos encendía.

No sumaban treinta años, y el instinto
les dió a entender que era mejor sentarse
sobre el declive de un cantero oscuro.

Y se tocaron, y en el laberinto
entraron que no puede devanarse
de la repetición y de lo impuro.  

 

 

 

 A la vida

Como en la culta voz de las mejores
palabras describiendo el Universo,
hay un placer tan alto y tan diverso,
oh vida, entre tus rápidos colores,

que en un tiempo infinito soñadores
quisiéramos mirar este disperso
delirio que repites como un verso
llenándonos los ojos de esplendores.

Qué honor maravilloso es el moviente
principado del traje que despliegas,
qué paisaje imperial es tu Presente!

Nunca te habré de agradecer bastante
que de unas tierras húmedas y ciegas
me hayas hecho tan vivo y tan amante


 

Nunca la voz de un ángel

Nunca la voz de un ángel imitará tu voz
ni entre follajes trémulos repetirá mis versos,
y jamás en idénticos, cíclicos universos
volveremos a amarnos con este amor atroz.

Bajo extraños crepúsculos los otoños rosados
verán caer las hojas sobre las hojas muertas;
no nos verán pasar por las plazas desiertas:
como Corinto y Tebas seremos olvidados.

No quedará ni un signo de nuestra permanencia,
una carta, un anillo con nuestras iniciales;
nadie sabrá en las diáfanas noches equinocciales
que te amé y que me amaste con tanta vehemencia.  


 

El elegido

 

Oh soledad, aléjate un momento,
no muestres esos íntimos horrores;
día tras día he visto tus favores,
y sé lo que es un diario sufrimiento.

Oh, noche, no prodigues tu tormento,
como si te gustaran mis dolores,
y no tuvieras víctimas mejores
para arruinarlas en un fuego lento.

Ya sé que soy el único elegido,
que nadie más que yo domina el llanto,
que nadie lo comprende y lo usa tanto;

pero ya he visto el fondo, estoy vencido,
y no hace falta herir de esa manera
cuando queréis que un réprobo se muera.  

 


El espejo

Dios mío, no me lleves nunca al cielo,
con tus enjambres de ángeles callados,
y el olvido que viertes en los prados
sobre los pobres muertos sin consuelo.

Oh déjame extasiado junto al suelo,
que no quiero olvidarme entre olvidados
de sus labios calientes y apretados,
del color amarillo de su pelo.

Sólo sé del pasado y del futuro
unas frases leídas en la niebla
sobre un espejo de cristal oscuro,

pero es algo tan claro y delicado
como un rostro que brilla en la tiniebla,
y de ese rostro vivo enamorado.  


El enamorado

 

Con mis brazos fervientes y extendidos
sobre la noche llena de sonidos,
como un árbol inmenso en la penumbra
que un rayo azul y repentino alumbra,
como la sorda majestad del mar,
como alguien que se quiere suicidar
llamándote en el vórtice del viento,
soy de mi propio amor el monumento.
¡Oh ráfagas, oh fuentes, oh ciudad,
cómo agradezco la felicidad!
¡Cómo agradezco que una sola rosa
perfumando la noche voluptuosa
forme en los labios de un enamorado
la imagen de otro labio apasionado,
y que en el aire un resplandor sombrío
convirtiendo en estrellas el rocío
otorgue a la tiniebla vacilante
el brillo de los ojos de su amante!

Aquí en el césped, frente al infinito,
envuelto entre relámpagos, repito
la misma frase al universo entero:
"Nadie ha querido como yo te quiero.
Oh sí, nadie está próximo a la esencia
de nuestra espiritual correspondencia;
sé que en tus ojos nadie se miró,
que en su profundidad sólo estoy yo
adorándote en medio de estas ramas,
sé que nosotros sobre un mundo en llamas
nos miraremos con la misma calma
de los que no son nada más que un alma;
y sé que en nuestro amor transfigurados,
más allá de los bosques inviolados
y más allá del mar que se ilumina
con nuestra doble irradiación divina
tendremos una historia más preciosa
que este mismo jardín, y que esta rosa
sobre mi labio ardiente deshojada;
sé que sin ti la vida ya no es nada".  


El mundo

Qué puro y delicado eres, oh mundo,
con paisajes nocturnos y alboradas,
con días y con tardes reposadas,
austero, y lleno de un ardor fecundo.

 

Qué indiferente, qué amplio y qué profundo;
con qué rigor acoges las miradas,
e ignoras las palabras pronunciadas
por un labio que cambia en un segundo.

Nada dirán que pueda conmoverte,
nada puede hacer daño a las estrellas,
cansadas de mirar la misma muerte

que el hombre activa y sin querer alienta,
malgastando sus fuegos en querellas
y llevando una vida turbulenta.


El triunfo del tiempo

El aire se llenó de hojas desiertas;
un vaho penetrante y conocido
vuelve más hondo y mórbido el sonido
del viento que desciende de las huertas,
el ruido de estos pasos apagados
en los viejos senderos mal cuidados.

Esta es la última vez, la última vez,
preciados laberintos de una quinta,
que ocultareis nuestra pasión extinta
con ramas de eucalipto y de ciprés;
no lloraré en otro lugar: prometo
que mi dolor será vuestro secreto.

Luego dividiremos nuestras almas;
pero hoy, que todavía están reunidas,
discurramos por estas avenidas
oscuras en las sombras de las palmas;
antes de separarnos como extraños,
hablemos de este triunfo de los años.

Antes de ser dos almas solitarias
que guardan una flor desvanecida
en el libro inconcluso de su vida,
y que en las lentas tardes sedentarias
aspiran un perfume que no existe
sobre su texto oscuramente triste.
Hablemos de esos días custodiados
por las estatuas de las galerías
y las primeras lilas; de esos días
con firmamentos aterciopelados
donde yo extático e inmortal veía
tu rostro semejante a la armonía.

¡Cómo me conmovía tu belleza
que hoy enciende el crepúsculo rosado!
¡Oh amor, mi amor, por qué habrás clausurado
mis ojos con un sello de tristeza
para que nunca vuelva a contemplarte,
ciego en la luz, frenético de amarte!

¿Por qué no se enlazaron nuestros pasos
como esas huellas dobles en la arena
que el pie de los amantes encadena
con imborrables, permanentes trazos;
por qué no fuimos en un mundo breve
lo único que nunca se conmueve?

No pasearemos más por las veredas
desiertas en la noche y perfumadas,
no se unirán las sombras alargadas
de nuestras manos en las alamedas
que un oscuro temblor estremecía.
¡Oh amor, qué hiriente es la melancolía!

El mundo pudo ser tan diferente
si me hubieras amado. Nunca más
en un jardín te reconocerás,
ni en el agua ondulada de una fuente;
no admirarás los días desiguales,
ni el rastro de la lluvia en los cristales.

Y yo no alzaré más la cara al cielo;
no podré contemplarlo, si no me amas;
inútilmente se unirán las ramas
y moverán sus sombras sobre el suelo.
No existirán sus sombras vacilantes
cuando tú estés besando a otros amantes.

Ves, la tarde me ofrece sus colores
para aureolar la imagen que me queda
de tu rostro a través de la arboleda;
así te evocaré junto a esas flores,
y así, donde te he amado tiernamente,
persistirás en tu esplendor presente.

Pero esta mano, al sol más luminosa
que el vírido follaje transparente,
nunca más sentirá lo que ahora siente
junto a la tuya; no, ni en una rosa
de pétalos abiertos, ni en un río
que fluye lentamente en el estío.


Y nunca más mis labios entreabiertos
ante las ruinas de mi adoración,
sabrán reproducir otra versión
de esos atardeceres inexpertos,
de esas conversaciones frente a un piano
en las noches tranquilas de verano.

La luna morirá y renacerá
tantas veces en vano ante mi puerta,
y una terraza encontrará desierta
donde tu nombre sin embargo está,
entre la hiedra, en un lugar oscuro,
escrito con un lápiz sobre el muro.

Sí, los amores no son nunca eternos,
son breves como vínculos mortales;
pero nosotros, tan espirituales,
debimos como el fénix desprendernos
de lo perecedero y renacer
con el mismo fervor y el mismo ser.

De los hombres el paso inmemorable
no dejará una huella que los vientos
no consigan borrar; sus movimientos
son la trama del aire inapresable;
no quedarán sus diarios pormenores,
sus retratos, sus voces, sus temores.

Apenas de esa furia soñolienta
donde ruedan los reinos y el honor,
a veces queda el rostro del amor
como un fantasma sobre la tormenta,
que nada material mueve ni apura
porque está hecho de algo que perdura.

Pero tú, que entre rayos irisados
me muestras tu belleza primordial,
no quisiste mirar ese cristal
donde alguien nos vería reflejados
sobre todas las ruinas de los hombres
uniendo en una cinta nuestros nombres.

Tú rechazaste la inmortalidad;
siempre serás, junto a esa balaustrada
la inspiración que pasa innominada
entre mis versos a la eternidad;
y en los ciclos del tiempo ignorarán
quién fuiste, las personas que vendrán.

Sólo yo que contemplo tu hermosura
en esta tarde rosa feneciente,
y que así me arrodillo, de repente,
como un antiguo amante en su escultura,
como Tristán cuando miraba el mar,
sólo yo podré verte sin cambiar.

Ven; ya se ha puesto el sol entre esas casas,
y la humedad desciende lentamente;
ven a evocar nuestra pasión ausente,
los diálogos pausados en las plazas,
la sombra de las hojas en tu cara.
Como si nada aún nos separara.  


 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO