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Juan Rodolfo Wilcock
nace en Buenos Aires, el 17 de abril de 1919, de padre inglés, Charles
Leonard Wilcock, y de Ida Romegialli, argentina, de origen italiano y
suizo.
Cursa estudios
regulares y se inscribe en la Facultad de Ingeniería Civil de la
Universidad de Buenos Aire s.
En marzo de 1940, su
primer libro de poesía, Libro de poemas y canciones, obtiene el
Premio Martín Fierro de la Sociedad Argentina de Escritores, y luego, en
marzo de 1941, obtiene también el Premio Municipal.
Entre 1941 y 1942
comienza su amistad con Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis
Borges.
"Estos tres nombres y
estas tres personas -escribirá Wilcock, años después, hacia 1967- fueron
la constelación y la trinidad de cuya gravitación extraje, especialmente,
esa leve tendencia, que puede advertirse en mi vida y en mis obras, a
elevarme, aunque sea modestamente, por encima de mi gris, humano nivel
original. Borges representaba el genio total, ocioso e indolente, Bioy
Casares la inteligencia activa, Silvina Ocampo era, entre ambos, la Sibila
y la Maga, que les recordaba con cada uno de sus movimientos y con cada
una de sus palabras la extrañeza y lo misterioso del universo. Yo,
espectador inconsciente de este espectáculo, quedé deslumbrado para
siempre, y guardo el recuerdo indescriptible que podría guardar,
precisamente, quien ha conocido la felicidad mística de ver y oír el juego
de luces y de sonidos que constituye una determinada trinidad
divina".
Desde 1942 hasta 1944
dirige, junto a Ana María Chouhy Aguirre, la revista literaria Verde
Memoria, y luego, desde 1945 hasta 1947, la revista
Disco.
A comienzos de 1943 se
recibe de Ingeniero Civil, e ingresa como ingeniero en los Ferrocarriles
del Estado. Participa en la reconstrucción de la vía Trasandina y en la
construcción de la línea ferroviaria San Rafael-Malargüe. Renuncia hacia
mediados de 1944.
En 1945 publica, por
su propia cuenta, dos libros de poesía: Ensayos de poesía lírica y
Persecución de las musas menores.
En 1946 publica
Paseo Sentimental, que obtiene la Faja de Honor de la Sociedad
Argentina de Escritores.
Hacia el final de 1946
publica Los hermosos días.
En 1951 emprende un
largo viaje por Europa en compañía de Silvina Ocampo y de Bioy Casares, y
visita Italia por primera vez.
En 1953 se edita su
sexto libro de poesía, Sexto.
Entre 1953 y 1954
reside en Londres, donde trabaja como traductor en la Oficina Central de
Informaciones, y como crítico literario, musical y artístico en el
Servicio Latinoamericano de la BBC. Regresa a Buenos Aires.
En 1955 se traslada a
Roma, donde enseña literatura francesa e inglesa y colabora en la edición
argentina del Osservatore Romano, el periódico del
Vaticano.
Ha sido crítico
literario de La Prensa, de Buenos Aires, y ha colaborado en casi
todas las revistas literarias hispanoamericanas importantes. Ha traducido
al español más de treinta libros del inglés, del francés, del italiano y
del alemán.
En junio de 1957,
Wilcock regresa a Italia y se establece en Roma. Publica artículos varios,
ensayos, cuentos, poemas, en la revista Tempo Presente, y más tarde
en el semanario Il Mondo, de Mario Pannunzio. En este primer
período traba amistad, además de Nicola Chiaromonte, con Elsa Morante, con
Alberto Moravia, con Ennio Flaiano, con Elémire Zolla, con Roberto
Calasso, con Ginevra Bompiani y con Luciano Foà.
Posteriormente también
escribirá para el periódico La Nazione de Florencia, para el
semanario L’Espresso, y para los diarios romanos La Voce
Repubblicana, Il Messagero, Il Tempo, y para diversas
revistas literarias.
"Creo que si debiera
ayudar a que alguien entienda qué soy o quién soy como escritor -escribirá
Wilcock acerca de sí mismo, en respuesta a una entrevista-, señalaría dos
puntos fundamentales para mí: soy un poeta, pertenezco a la cultura
europea. Como poeta en prosa, desciendo por vías nada complicadas de
Flaubert, que generó a Joyce y a Kafka, que nos generaron a nosotros (todo
esto debe entenderse alegóricamente, porque esas personas representan
épocas, maneras de pensar). ‘Flaubert fue el primero en consagrarse a la
creación de una obra puramente estética en prosa’, escribió Borges; y el
propio Flaubert escribió: ‘Las combinaciones de la métrica se han agotado;
no así las de la prosa’". Como escritor europeo, elegí el italiano para
expresarme porque es la lengua que más se parece al latín (acaso el
español se partezca más, pero el público de lengua española es apenas el
espectro de un fantasma). En un tiempo en toda Europa se hablaba latín,
hoy se hablan dialectos del latín: la pasiflora en inglés se llama
passion-flower, para mí las dos son la misma palabra. Por lo tanto
la lengua tiene una importancia relativa; lo que importa es no caer en el
folclore, que es intransferible. Para mí el inglés es casi demasiado
folclórico, actualmente; qué decir entonces del inglés de Estados Unidos,
cuando levanta vuelo por su cuenta y se achata en ciento veinticinco
palabras. Es como si a un jugador de ajedrez le dijeran: "Aquí se juega a
nuestra manera, con un solo caballo y sin torres". Beckett, tal vez no lo
advierta, pero escribe casi en latín; su poema Sans, del ‘70, va
más atrás en el tiempo, parece sumerio, más aún, pictográfico".
En 1975, Wilcock pide
la ciudadanía italiana. Con decreto del Jefe de Estado, le es concedida
post mortem el 4 de abril de 1979.
Wilcock muere el 16 de
marzo de 1978, en su casa de campo, en el Municipio de Lubriano, en la
provincia de Viterbo, en el Alto Lazio. Fue sepultado en Roma, en el
cementerio junto a la Pirámide de Gaius Cestius.
Roberto Calasso, con
el estilo límpido y vivaz que siempre lo ha caracterizado, traza un
retrato de Wilcock muy eficaz y sugestivo. Es oportuno citarlo:
"Como epílogo a sus
Obras completas, Borges ha redactado la entrada Borges de
una Enciclopedia Sudamericana del 2074, que comienza así: ‘Autor y
autodidacta...’ Juan Rodolfo Wilcock, huésped singular de Italia, de su
lengua, de su literatura, desaparecido recientemente, era quizá nuestro
único escritor de quien hubiera podido esperarse una entrada de
enciclopedia imaginaria sobre sí mismo igualmente deliciosa. Pero toda
imitación, en este caso, sería vana: a nosotros sólo nos queda recordar,
con añoranza, como Wilcock hizo su aparición en este país, que se comportó
con él un poco como la Italia fascista con el gran grabador Escher: si
Escher supo vivir durante años sin lograr que nadie lo nombrara, Wilcock
consiguió durante años no ser incluido en las tablas de cotización de
nuestros mesurados críticos literarios.
Había llegado a la
Roma de los años cincuenta como un escritor argentino, afín a Borges y a
su amistoso conspirador, junto con Adolfo Bioy Casares y con Silvina
Ocampo: pero por un lado todo esto era poco conocido entonces, y por el
otro se lo fabulaba muy vagamente. Por eso la percepción más inmediata, e
inevitable, de Wilcock fue otra: la de su estilo. La total ausencia de
conformismo intelectual, "la aristocrática embriaguez de contrariar", que
con frecuencia sentía, y grandiosamente, la ironía agazapada detrás de
cada sílaba, la intolerancia ante toda "frase de circunstancia" del
espíritu -todo esto fue advertido de inmediato, y a menudo con cierto
desconcierto temeroso. Pero esas características adquirían su verdadero
sentido y sabor sólo cuando se iba más allá, hasta donde -creo- solo pocos
amigos se han aventurado: hasta esa excéntrica y sólida sabiduría, hasta
esa admirable autosuficiencia que yacían en el fondo de Wilcock. "Amaba a
Wittgenstein, la poesía y la lectura del Scientific American "
(así, quizá, hubiera podido describirlo Marcel Schwob): y estos tres
elementos bastaban para procurarle felicidad. Sabía, como pocos,
prescindir de los demás y del mundo. Cuando comenzó a escribir en
italiano, logró transmitir enseguida a la lengua ese sello que era el de
sus gestos, el modo en que se manifestaba su persona. Así, su italiano es
como un islote tropical, poblado por una vegetación antigua y frondosa,
atrapado en la corriente de un río contaminado por desperdicios
industriales, que atraviesa una árida y pérfida campiña. Muy pocos, hasta
ahora, han intentado poner un pie sobre ese islote. Y no hay que descartar
que, como ya ocurrió otras veces, la fama de Wilcock se refleje en Italia
desde afuera, por ejemplo desde Francia, donde comienza a ser mucho más
leído y valorado que tantos escritores ilustres que aquí inundan los
escaparates.
Wilcock sabía mezclar
felizmente su manera de escribir y su manera de vivir: en el Mondo
de Pannunzio, durante cierto período, reemplazó a Chiaromonte como crítico
teatral, e ir al teatro lo aburría profundamente. Por eso, durante algunas
semanas, comentó espectáculos inexistentes, con sobria precisión: y así
nació la figura del director catalán Llorenç Riber, autor de extrañas y
fulgurantes puestas en escena, que tenían lugar, de tanto en tanto, en
Tánger, Oxford, Latina. Su obra más memorable fue una puesta en escena de
las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, cuya trama Wilcock
refirió minuciosamente. Siempre en el Mondo, Wilcock firmó durante
años artículos tanto con su nombre como con el de Matteo Campanari. Y, en
los artículos firmados Wilcock, a menudo atacaba las ideas de Matteo
Campanari, que respondía combativamente. Pero, además de estas invenciones
más secretas, Wilcock ha escrito de todo y de diferentes maneras: es más
fácil enumerar aquello sobre lo que no ha escrito o que no
ha intentado escribir, que hacer lo opuesto. De la traducción (magistral)
del comienzo del Finnegans Wake a la del teatro de Marlowe, de las
crónicas científicas (imaginarias o no) a las literarias, de las
reflexiones aforísticas a las más salvajes construcciones fantásticas (que
eran, en cierto modo, su realidad cotidiana), de las notas enciclopedias a
los poemas.
Sí, porque después de
haber publicado numerosos libros de poesía en Argentina Wilcock también logró cambiar de piel en esto -y se convirtió en un poeta
italiano. Son versos que esperan aún ser descubiertos, y los pondría entre
los pocos escritos en Italia en estos últimos años que recordaremos con
felicidad. Además porque desde ellos, desde su cadencia, desde la elección
intensamente refinada, y por eso poco detectable, del léxico, nos habla
directamente esa serenidad, esa libertad de movimientos del espíritu, ese
estilo de vida que no se podía no amar en Wilcock:
"Vivir es atravesar el mundo
con la ayuda de puentes de humo;
cuando uno está del otro lado
no
importa que los puentes se derrumben.
Para llegar a alguna parte
hay que apearse del vehículo,
y
una vez apeados da lo mismo
comprobar que era un
espejismo".
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