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El
país de Juan Rodolfo Wilcock
A
veinticinco años de la muerte del gran escritor, el talentoso fotógrafo
Pepe Fernández, uno de los personajes más extraordinarios del ambiente
franco-argentino en París, traza en esta entrevista un retrato notable
del autor de Paseo sentimental y El ingeniero. Cuenta la
amistad que lo unió a él y recuerda el clima de camaradería juvenil del
grupo que ambos integraban con Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y María
Elena Walsh. Además, se reproducen cartas del poeta a su amigo.
Por
Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION - París, 2003
10 de abril de 1954. "Sos la persona que más envidio en todo menos en las
facultades intelectuales y no obstante te empeñás en contarme sucesos y más
sucesos que más envidia me inspiran, hasta el punto de que por culpa de tus
cartas que serán recopiladas como las Tentaciones de San Antonio he decidido
volverme a Buenos Aires por lo menos para ir a ver unas películas viejas muy
entretenidas o simplemente para ver lo que hacen los demás. Por desgracia no
puede ser mañana, pero alguna vez pronto será porque yo sé que cuando tengo
ganas de hacer algo que depende de mi persistencia soy muy persistente. Te
recomiendo que no insistas en la ridiculez de querer venir a Europa, no sé a
qué, salvo a ganar dinero, pero no hay que ser tan mercenario, y apreciar en
cambio los progresos de su propia patria." La carta está firmada: J.
Johnny, o Juan Rodolfo Wilcock, se la mandaba desde Londres a su joven
amigo José María Fernández, universalmente conocido como Pepe desde que María
Elena Walsh le dedicó la "Zamba para Pepe" cuando, en 1963, y desoyendo a
Wilcock, el pianista y fotógrafo cometió nomás la ridiculez de instalarse en
París.
Cuando yo misma llegué a esa ciudad en 1978, Pepe Fernández se
había convertido en un personaje tan mítico de la vida argentino-parisiense que
cumplí con el obligado ritual de llamarlo. Si algo no esperaba, era que ese mito
del éxodo cultural me contestara en el teléfono como ahogando un sollozo :
"¡Alicia! ¡No sabés cómo estás de unida a mi vida!" Mi silencio perplejo lo
movió a agregar: "Cerrá los ojos y pensá en quién fue tu profesor de piano
cuando vos tenías cinco años". Cerré los ojos y vi, al final del corredor del
edificio de departamentos donde pasé mi infancia, en el barrio de Flores, a un
muchacho muy alto que me esperaba de pie ante la puerta. "Era yo -rió Pepe,
entre cuyas virtudes se cuentan sin asomo de duda las facultades intelectuales
negadas por su amigo para divertirse a sus expensas, pero no precisamente la
elevada estatura-. Yo tenía quince años y me moría de miedo porque fuiste mi
primera alumnita." Tiempo después me enteré de que, por ese mismo corredor de la
casa de la calle Ramón Falcón, habría podido tropezarme con esa otra leyenda
llamada Wilcock.
Corría el año 1944. El poeta tenía entonces veintiséis
años. Había conocido a Pepe y a su hermana Nela en la puerta del Colón. Se había
invitado él mismo a comer a casa de los padres de sus jóvenes amigos, no sin
prevenirles: "Si hay un solo objeto de mal gusto en su casa no los veo más". Al
entrar había ido directamente a la cocina y, destapando una olla, había
declarado: "No me gusta". "En la esquina hay un restaurant -había contestado la
madre de Pepe-. Vaya a comer allí y vuelva a tomar el café con nosotros." Fue
suficiente para que se estableciera entre este artista refinado -huérfano de
padre y madre, que vivía en la calle Montes de Oca con su abuela suiza y su tío
inglés- y este grupo familiar, capaz de comprenderlo gracias a su sentido del
humor, una amistad basada en la risa. Los recuerdos de Pepe incluyen infinitas,
infantiles, nerviosas, quizás desesperadas carcajadas, la mayor parte de las
cuales estallaba en el puerto, cuando alguien perpetuaba esa costumbre de irse,
tan argentina.
La mujer misteriosa
Wilcock se convirtió
en el maestro del jovencito ávido de lecturas y de música. Para ese momento el
poeta había publicado ya Libro de poemas y canciones , Ensayos de
poesía lírica y Persecución de las musas menores . Además había
fundado dos revistas literarias mensuales, Verde memoria y Disco .
La mitología, hasta ese entonces desconocida para Pepe que no imaginaba volverse
él mismo un ser mitológico, poblaba muchos de los poemas de Wilcock: "Verte como
Artemisa en la espesura/ de Latmos contemplaba la hermosura/ de su amante
dormido, o a tu lado/ igual que Prometeo encadenado/ permanecer hasta que un
nuevo dios/ me devuelva el sonido de tu voz".
La fotografía que Pepe
Fernández conserva preciosamente en su departamento de la rue Dufour muestra a
un hombre de rasgos delicados y expresión secreta. En efecto, Wilcock no
consideraba necesario detallar su historia; relatar, por ejemplo, que había
estudiado en Suiza junto a ese joven rey de Siam que terminó por suicidarse, o
que se había recibido de ingeniero con medalla de oro. En cambio de sus amigos
hablaba mucho: de Borges, de Bioy Casares y de Silvina Ocampo, con los que se
encontraba cada noche. Al cabo de cierto tiempo, el quinceañero Pepe fue
introducido en el círculo mágico. "Johnny había traducido La trágica historia
del Doctor Fausto de Christopher Marlowe, que el director del Teatro del
Pueblo, Leónidas Barletta, ponía en escena -me dijo-. Fuimos a un ensayo con
Silvina, Borges y Bioy Casares. Silvina estaba envuelta en un abrigo de piel de
tigre con el gran cuello levantado. Tenía unos cuarenta y cinco años y me miraba
sonriendo apenas, intimidada. Ojos azules, verdes, pardos..." ¿La exquisita
poeta a la que en ese entonces se llamaba "la mujer más misteriosa de Buenos
Aires", intimidada ante un chico? Sí, teniendo en cuenta la agudeza del chico, y
su propia timidez. Años más tarde, en Inglaterra, Silvina, que hablaba un inglés
perfecto, tenía dificultades en hacerse entender porque la voz le temblaba.
La amistad entre Wilcock y el chico dio los mejores frutos. El poeta le
dedicó a Pepe algunos poemas como "La espera sentimental" ("ya sé que no
vendrás, y vanamente/ te espero en la inclemencia del relente"). Años después,
en uno de sus regresos a Buenos Aires, Pepe Fernández fotografió el banco de la
Plaza Flores donde el amigo ya muerto lo había esperado creyendo equivocadamente
que no vendría. "Suerte que llegué tarde -me confió sonriendo-, porque gracias a
mi demora nació el poema."
La mudanza de la familia de Pepe a una casa
más grande en Ramos Mejía, con magnolias, palos borrachos y eucaliptus, permitió
que los domingos se reuniera un grupo de jóvenes artistas y escritores, como
María Elena Walsh, Héctor Bianciotti, Ernesto Schoo, Alberto Greco, Sara Reboul,
Roberto Sulés, Horacio Verbitsky, en torno a un Wilcock tiránico que, dice Pepe,
"rara vez les dirigía la palabra pero que brillaba como un astro por su talento,
su fama, su insolencia". Wilcock necesitaba verlos pero también necesitaba lo
contrario. Como dirá en un poema, "suavemente/ no quiero ver a nadie". Para
lograr el absoluto de la suavidad se compró un terreno en campo abierto, pasando
Mariano Acosta, donde plantó papas y lentejas. La propiedad incluía una casita
de madera y techo de cinc, que carecía de baño, de cocina y de electricidad y a
la que Wilcock bautizó "La sombra". Su vecino, que vivía a cien metros, iba aún
más lejos en su busca de lo umbrío: se había excavado bajo tierra una cueva cuya
entrada estaba disimulada con ramas secas. Era un austríaco que no hablaba
español. Wilcock y Pepe lo encontraron muy simpático. Años más tarde, en París,
Pepe se preguntó si el vecino encuevado no habría sido un refugiado nazi:
alguien que necesitaba ásperamente no ver a nadie.
Gracias al actor
Roberto Aulés, Pepe conoció en esos años a la actriz Nené Pugliese, mujer
redonda y de estruendosas carcajadas con la que de inmediato hicieron migas y a
la que presentó a Wilcock. Nené cayó bajo la fascinación del poeta y se
convirtió en su amiga, su compañera, su víctima risueña. Tiempo más tarde, en
esa misma carta ya citada, Wilcock le escribe a Pepe: "Como sabrás, Elsa (por
Elsa Secreto, otro miembro del grupo) trabaja de buzo en el mar Tirreno al sur
de Italia rescatando los restos de dos aviones ingleses Comet de pasajeros a
chorro caídos hace poco al agua... y por su parte Nené esquila. No sé
exactamente dónde esquila pero algo tiene que ver con los rebaños del Vaticano.
[...] Su suerte no sé por qué me da risa". Ella, dice Pepe, también se reía
mucho con Wilcock diciendo que era un ángel. Un ángel al que en "La sombra",
mientras él traducía a Kafka, a Evelyn Waugh, a Ben Jonson, a Dino Buzzatti, a
T. S. Eliot, ella le cocinaba sobre un brasero al aire libre, amparada bajo un
paraguas en caso de lluvia.
En 1951, Wilcock viajó a Europa con Silvina
y Bioy. "Llevaba un enorme y pesado abrigo de cuero que en los viajes en auto
colocaba a su lado y al que llamaban `El tercer hombre´, por el filme de Carol
Reed", cuenta Pepe. Supongo que lo contaban tercero descontando a Silvina. En
realidad la imagen que evoca la historia es la de un doble de Wilcock, suerte de
versión sobretodo de aquella cueva del vecino.
Dos años después,
Londres. En el puerto, una mujer sola miraba desde lejos el alboroto de amigos
que habían ido en alegre montón a despedir a Wilcock. Era Silvina. Pepe la trajo
de la mano para presentarla a los otros. Ella temblaba. Cuando el barco partió,
Silvina le dijo : "No me dejes sola, ahora que Wilcock se fue".
Meses
después los que partían eran Nené con Elsa Secreto y Alfredo Novelli. "Parecían
gitanos -dice Pepe-, con sus exhaustas valijas recuperadas entre parientes y
amigos y sus canastas por donde se escapaba el mango de alguna cacerola, porque
Johnny había escrito que no tenía bastantes y eran más baratas en Buenos Aires."
Esta vez a Silvina no le costó ningún esfuerzo acaparar al solitario Pepe : "Con
ella vivíamos para reírnos, igual que con él". A veces lo hacía llamar de
urgencia a lo de la fotógrafa Grete Stern que vivía cerca de lo de Pepe en Ramos
Mejía (los lectores de cierta edad recordarán que conseguir teléfono podía
llevar años). El mensaje era : "Que Pepe venga rápido porque pasó algo muy
grave". Cuando el muchacho llegaba con la lengua afuera, Silvina explicaba la
gravedad de la situación con su voz temblorosa : "No te veo desde ayer, y sin
vos ni Johnny la vida no tiene sentido". En 1954 la "mujer misteriosa" le
anunció a Pepe que viajaba a París con su marido. Poco después, en ese teatro
Colón donde siempre sucedían para Pepe las cosas más extraordinarias, Bioy le
tendió un sobre de parte de ella: "Para que te compres el pasaje".
Pepe
llegó a París el 5 de agosto. Lo esperaban María Elena Walsh y Leda Valladares,
que habían formado su célebre dúo Leda y María, Cortázar, Lalo Schiffrin.
Wilcock, que odiaba las sorpresas, no estaba al tanto de su llegada. El
reencuentro se produjo en Aldington, un pueblito del ducado de Kent. "Nos va a
matar -repetía Silvina-, es muy corriente en Inglaterra". Efectivamente, Wilcock
llegó y saludó con su aire normal, pero al rato llamó a Pepe. Tenía una toalla
mojada en las manos. "Decile a Silvina que le voy a pegar con esto." "Ella
lloraba de risa y de miedo -recuerda Pepe-. Quería preparar las valijas y salir
corriendo por las pacíficas colinas inglesas." La decisión de Pepe estaba
tomada: se quedaría en París. Mientras Wilcock regresaba a Buenos Aires con una
Nené Pugliese algo menos risueña después de su temporada londinense, Pepe vivió
en París lo suficiente como para captar lo inadecuado de aquella frase de
Wilcock: "¿A qué venir a París, a ganar dinero?" Con el pintor Carlos Courau
compartieron el hambre, las inevitables carcajadas y la hierba de un parque en
Niza con el cielo por techo, antes de resolver, al borde de la anemia, el
regreso al redil.
Nuevo desencuentro, esta vez Wilcock estaba dispuesto
a abandonar la Argentina de una vez por todas. Lo habían echado de un colegio
por antiperonista. Tenía que trabajar sin descanso para ganar algún dinero. Su
abuela había muerto. Pepe lo visitó mucho esos últimos tiempos en su casa de
Montes de Oca, mientras Wilcock preparaba su viaje a Italia, ahora definitivo,
dejando a un lado los libros que había traducido, con dedicatorias admirativas
de Eliot, de Graham Greene. "Le pregunté por qué los abandonaba y me contestó:
`Vos siempre con tu alma de linyera. Llevátelos si querés´. No me hizo gracia,
me enojé y no me los llevé. ¡Cómo lo lamento ahora! También retiró todos sus
libros de las librerías porque quería que se olvidaran de él."
El
gato parlante
Fue después de la partida de Wilcock cuando Nené
enfermó. Cáncer. "Veía en sus alucinaciones un enorme pájaro negro que la
amenazaba. Silvina pasaba largos momentos, de noche, sola, frente a la clínica,
mirando la ventana de Nené." La risueña actriz que lo había abandonado todo por
su amistad hacia Wilcock murió en marzo de 1963. "Mi madre había muerto en 1961
-dice Pepe-, y mi padre, sin poder consolarse de su ausencia, se suicidó
arrojándose bajo un tren."
13 de abril de 1963, a bordo del "Louis
Lumiére", Pepe Fernández emigra definitivamente a París. Durante años las
noticias de Wilcock le llegan desde lejos. Pero sabe que, en Italia, su amigo se
ha convertido en un personaje sorprendente. Escribe en italiano. Ha adoptado a
un chico, Livio Bacchi Wilcock. Ha estrenado una obra de teatro, Brasil ,
en el Festival de Spoleto. Una princesa ha dado para él una recepción en su
palacio, y Wilcock ha llegado con su gato en brazos diciéndole al lacayo que no
puede quedarse porque no tiene con quién dejar al animal. Cosa que se comprende
porque ese gato se las trae. En sus memorias, Un gran porvenir detrás de mí
, Vittorio Gassman cuenta que cierta vez Gigi Proietti fue a Velletri a
visitar a Wilcock en su casa vacía, casi sin muebles y "llena de pequeños
misterios". Wilcock era el traductor de Ricardo III de Shakespeare puesto
en escena por Luca Ronconi. Proietti quería hablarle de una traducción del
Fausto de Marlowe.
"Wilcock exponía sus ideas con una voz calma
-escribe Gassman-, cuando un gato cruzó la habitación diciendo claramente: `Me
voy porque ustedes me aburren´. El escritor continuó hablando
imperturbablemente. Al cabo de un instante, Gigi no pudo más y preguntó,
estupefacto: `Pero... acabo de ver pasar un gato, ¿no ?´ `Sí, sí, es mi gato.´
`Me imaginaba pero, ¿habla?´ Y Wilcock, secamente: `Sí, pero no siempre. Así que
como decíamos, Fausto...´"
Amigo de Elsa Morante, de Alberto Moravia, de
Pasolini, traductor al italiano de Marlowe, de Flaubert, de Beckett, de Joyce,
de Borges, el Wilcock del largo período italiano fue también el más prolífico y
el más extraño en su obra personal: casi veinte libros como Il Caos o
Fatti inquietanti , sobre los que su excelente traductora al francés,
Silvia Baron Supervielle, dice en su prefacio a la versión francesa de Los
hermosos días : "El amor todavía está presente, pero como una suerte de
recuerdo obsesivo, unido a una perversión que nada permitía prever. [...]
Crueldad y soledad. El lenguaje se ha vuelto barroco, mordaz, ácido [...].
Reflexionando sobre la mutación del lenguaje de ese escritor mágico y singular,
nos preguntamos sobre su causa profunda. ¿Es el sufrimiento, contenido en el
momento de un paisaje? ¿El paso de la juventud a la madurez? ¿O simplemente el
cambio de género literario, de lengua, de atmósfera, de amistades, y tal vez de
lecturas?"
La cueva del poeta
Toda emigración implica una
muerte parcial y un renacimiento consecutivo, aunque esto último no siempre,
sólo a veces. Pero nunca el fenómeno se ha producido de modo tan radical como
con Wilcock. El poeta capaz de decir "Tal vez, cuando caiga el tiempo,/ muerto,
junto a un estanque, con los ojos vacíos,/ volveré aquí, a sentirte en mi
rostro,/ a entrar en un país de hojas y de nubes/ donde las horas se extienden
en el suelo y se olvidan/ de sí mismas", ese poeta murió durante la última y
siempre risueña despedida en el puerto de Buenos Aires. Su decisión de retirar
sus libros de las librerías para que lo olvidaran era completamente auténtica.
Si aplicamos a sus poemas de esa época el método estructuralista (rastrear la
palabra que se repite más), encontraremos la respuesta buscada en una palabra
que más tarde se convirtió en una de las claves dramáticas de nuestro país : la
palabra desaparecido . El poeta que vivió en la Argentina tenía una voz
transparente, que ondulaba, que parecía flotar, pero que expresaba el deseo de
desaparecer. El que se fue daba la sensación de haberse metido para siempre en
la cueva de su vecino, de haberse puesto para siempre el enorme y pesado abrigo
de cuero al que sus bromistas amigos llamaban el Tercer Hombre: un desconocido
recubierto de pies a cabeza por una curiosa armadura que lo revelaba ocultándolo
o viceversa. ¿Cómo podemos saber quién fue el verdadero?
También Pepe
Fernández se convirtió en el otro, y también, como Wilcock, en un otro exitoso
con otras cosas que decir, ya no en la música sino en la fotografía.
Exposiciones y publicaciones en los sitios y editoriales más prestigiosos del
mundo entero, colaboraciones con el cine y la televisión, y esa foto de Borges
que habrá de quedar en la memoria de otros siglos: Borges, que también supo ser
el otro, de pie sobre un mosaico en forma de estrella, alzando la cabeza hacia
la cámara que lo apunta desde arriba, como pescado in fraganti en medio de un
rezo.
Pepe perdió los rastros de Wilcock durante muchos años. "Un día de
marzo de 1978 me llamó un amigo desde Buenos Aires diciéndome brutalmente que
Johnny había muerto de un síncope en su casa de los campos de Lubriano, solo."
Todavía muchos años después, en 1991, en Buenos Aires, Pepe quiso ver a Silvina.
Ella tenía noventa años y vivía sentada en su sillón sin reconocer a nadie. Bioy
Casares se opuso a que la viera : "Prefiero que guardes el recuerdo de nuestra
Silvina de antes". La casualidad quiso que Pepe se alojara en la casa de
Guillermo Vilas, separada de la de Silvina por un jardín. "Desde la terraza yo
miraba sus ventanas sabiendo que Silvina estaba allí." Del mismo modo, ella
había mirado desde la calle las ventanas de Nené Pugliese. Silvina murió dos
años después y Marta, su hija, algo más tarde, atropellada por un auto.
Tristezas naturales relacionadas con la violencia de vivir. Y también
tristezas a las que llamaría más antinaturales, relacionadas con la violencia de
partir. "¿No es una desgracia, querido Pepe, que uno no pueda vivir en su propio
país ? -preguntaba Wilcock en una carta fechada en Roma, 1955-. Yo estuve allí
últimamente y te aseguro que no se puede. Como dice Joyce, al país no podemos
cambiarlo, por lo tanto cambiemos la conversación." Tristezas de la lejanía, del
exilio, tan incomunicables como reales para el que las experimenta. "Hace unos
días escuché `Volver´ cantado por Carlos Gardel -concluye Pepe-. ¿Pero volver
adónde? ¿Y desde dónde?" Y estalla en una de esas tremendas carcajadas que
cubren, pero que también protegen, y que acaso sirvan de país.
Cartas a Pepe, de J. R. W.
Londres, 11
de mayo de 1954
Querido Pepe: Te recuerdo que el amor, aun un leve
balbuceo como el que me relatás, es un fenómeno patológico psíquico consecuencia
de ciertas convenciones de nuestra civilización occidental, agravado por errores
de la educación y complejos adquiridos a muy baja edad. El amor y la ropa
pertenecen al mismo tipo de convención antihigiénica, una fuente de
enfermedades. En ambos sentidos nombrados mi concepción de lo natural y sano te
retorcería de risa, sobre todo si la vieras puesta en práctica. Cuando empecé
esta carta estaba muy melancólico pero al pensar en lo que podríamos reírnos
juntos me alegré un poco.
Con vos todo me parecería tan ridículo que estaría
sumamente contento. (...) Transcribo una frase tuya para que te diviertas : "He
encontrado a alguien que ha sido como un fogonazo". El progreso en ese sentido
consiste en encontrar sucesivamente personas como disparos, como cañonazos, como
cartuchos de nitroglicerina, como torpedos, como bombas atómicas y, por fin -y
eso ya es aniquilación- como bombas de hidrógeno. O tal vez sea una mera
cuestión de luminosidad, pasar a las lámparas de magnesio, a las descargas de 2
millones de volts, para llegar -también aniquiladoramente- al núcleo mismo de
una estrella en desintegración.
Todo es posible en el cine.
Roma, 15 de mayo de 1955
¿No es una desgracia querido
Pepe que uno no pueda vivir en su propio país ? (...) Quizás no sepas que todos
los días ponen curas presos, todos los jefes de la Acción Católica, los
católicos hacen manifestaciones grandiosas contra el peronismo con mujeres y
criaturas para que la policía no les tire encima, el peronismo por su parte
suspendió la instrucción religiosa en las escuelas y va a separar la Iglesia del
Estado. (...) Antes de unos meses va a pasar algo, puede surgir una nueva
religión, o tal vez consigan, ¿cuándo?, extraer al bicho. (...) Roma es como
para ser joven o rico; yo que no lo soy me aburro un poco. Cada vez me es más
evidente que la continencia produce el anquilosamiento del espíritu, y no a la
inversa como enseñan en el catecismo. No estoy triste, ¿de adónde se te ocurre
que puedo estar triste? Practico el mal humor, pero no la melancolía .
. )
Rubén Dario
(carta a Enrique H. Miyares )
Publicado
en la ed. impresa: Suplemento Cultura / Domingo
29 de junio de 2003
Los que lo amaron, que me amen; los que lo envidiaron, que me odien;
porque puedo alardear de que Julián del Casal yace en dos tumbas: en la de
mármol que encierra sus despojos, y en mi corazón, que gurada la esencia
sutil de su alma pura, sus más recónditos secretos, como en urna
sagrada.
Enrique Hernández
Miyares.
Gutierrez Nájera es
también como una estatua de mármol rosado; José Asunción Silva lo es
como de mármol negro: Julián del Casal se todo albura. Nájera es amor;
Silva el dolor: Casal el la pureza ( ... )
La entrada de Casal en
nuestra vida fue algo así como la entrada de un ancho rayo de luna en una
estancia desierta que estuviese, en sus cuatro paredes, revestida de
espejos. Aquellos espejos, desnudos en su vida silenciosa, recibieron el
beso azul de aquella aparición; pero sólo uno, el más hondo y pulido de
todos, captó, entero, el fulgor de aquella luz. Vino el bardo a nuestra
casa traído de la mano por el mismo padre que cuidaba nuestros corazones
con un celo angustiado y expectante. Vino el bardo a nuestra casa con las
turquesas de sus ojos errantes bañadas de ese brillo que parece plata del
rocío, y que es sólo de un llanto no vertido, pero que está en reposo en
la hondas cisternas del alma; vino con esa luz de perla y nardo , que no
llega a ser luz, sin más bien sudario que arropa dulcemente a los tristes.
Vino, repito, con las turquesas líquidas de sus ojos serenos, y el mármol
se su frente circuido por una corona hirsuta de oro muerto, y con su
continente de dios que va pisando la tierra sin amor, como quien va en el
fondo de una ausencia.
Algunas fotos del siglo XIX
son veladas, deslustradas, opalescentes; indican, como frente a un espejo,
el hábito de la depresión. Existe una de Casal todavía inédita, situada según parece entre las dos últimas crisis de su enfermedad, el mismo año
en que muere. Cierto demonismo rebosa los bordes, el rostro se abre: su
laxitud es la fiebre. Algo inclinado, la mandíbula es más descendida, con
la mirada fija en un ángulo ausente. La pupila izquierda está llena de luz
y tiesa, como rezagada ante los efectos de la cámara. El maxilar superior y
los arcos superciliares son duros, prognáticos; la nariz apenas se ve..A
mí me recuerda aquellas caras de un muestrario que Fernando Ortiz presentó
para una revista de Medicina Legal, de Turin, que seguía la línea de
Lombroso. Homicidas cubanos de fines de siglo (...) Según se mire, será el
clásico erotómano con sus colgajos, a la manera del psiquiatra de
Clarembault, o un poeta con sus rótulos demasiado erosionados por el
afecto, desafiando la general pobreza.
Pedro Marqués de
Armas
Si preguntamos por qué
recuperar a Casal escuchamos su réplica a la sentencia de Enrique José
Varona. Con sus trajes y sus habitaciones, con sus páginas -no llamó a un
poema ¿Páginas de vida?-- y sus paseos dentro de la ciudad, con su espejar
frente a los otros marcando la memoria lo mismo que un emblema, demostró
que entre nosotros puede no solamente hacerse poesía, puede también vivirse
( este es el verbo adecuado, este posesivo ) como poeta. Ambicionó, como
nosotros, que todo fuera signo erguido.
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