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José Mario, enfant terrible de la poesía cubana
(Apuntes para una Biobibliografía)
por Felipe Lázaro
"Un hombre es la lista de sus cosas hechas"
Goethe
En 1960 irrumpieron en el panorama literario cubano dos de las voces líricas más sobresalientes de la nueva generación, José Mario e Isel Rivero, con la publicación de sus respectivos poemarios El Grito y La marcha de los hurones
1. Precisamente, con esas primeras entregas poéticas, ambos se convirtieron en precursores de los novísimos, y en un precedente de lo que sería más tarde la disímil tendencia estética de los
"puentistas".
Además, esos libros los situaron, junto a otros nombres, entre los poetas más destacados de esa primera promoción de la Revolución. Si bien, Isel se marchó ese mismo año al exilio, donde publicó toda su obra posterior, y José Mario continuó en la Isla con su ascendente leyenda de enfant terrible de la poesía cubana hasta su destierro en 1968.
La precocidad de un poeta-editor: EL PUENTE
Aunque residió desde temprana edad en la
capital cubana, José Mario nació el 16 de marzo de 1940 en Güira de Melena, donde realizó sus estudios primarios y secundarios. Consagrado desde muy joven no sólo como poeta, sino como editor y autor de teatro infantil, comenzó sus estudios universitarios de Filosofía y Letras y de Derecho en la Universidad de La Habana en 1959, carreras que abandonó en 1962. Por esos años, había ingresado también en el Seminario de Dramaturgia de esa alta casa de estudios, realizando paralelamente estudios de Francés en la Alianza Francesa.
Sin embargo, su renombre quizá se deba a que fundó y dirigió las Ediciones El Puente (1961-1965), conjuntamente con Ana María
Simo. Casa editora que reunió en su fondo las más diversas y diferentes voces juveniles que surgían en la literatura cubana de los años sesenta y que, en ese entonces, no tenían acceso a las editoriales estatales (aunque algunos publicaron en éstas con posterioridad), lo que constituyó un espacio plural para esa nueva generación literaria.
El mal llamado grupo El Puente (que en realidad nunca existió como tal y que tomó su nombre de ese sello editorial), se nutrió precisamente de esos jóvenes escritores sin pasado literario ni político, convirtiéndose en el primer movimiento cultural independiente de los años iniciales de la Revolución. En esos cinco años de intensa labor editorial se llegaron a publicar 38 libros de autores cubanos en las Ediciones El Puente: José Mario, Nancy Morejón, Belkis Cuza Malé, Miguel
Barnet, Mercedes Cortázar, Gerardo Fulleda León, Ana Justina, Manuel Granados, Georgina Herrera, Santiago Ruiz, Silvia Barros, Joaquín G. Santana, Ana Garbinski (poesía); Nicolás
Dorr, J.R. Brene y José Milián (teatro); Evora Tamayo, Mariano Rodríguez Herrera, Ada
Abdo, Jesús Abascal, Angel Luis Fernández Guerra, Antonio Alvarez y Guillermo Cuevas Carrión (cuentos), además del poemario Consejeros del Lobo del poeta peruano Rodolfo Hinostroza, y la célebre antología Novísima Poesía Cubana
2, de Reinaldo Felipe (Reinaldo García Ramos) y de Ana María Simo (que también publicaron como
³puentistas², libros de poesía y de cuentos, respectivamente) y que incluía, entre otros, a dos poetas ya exiliadas, como Isel Rivero y Mercedes Cortázar.
A los veintidós años, con cinco poemarios publicados, José Mario, a petición de Nicolás Guillén, ingresó en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba
(UNEAC), donde obtuvo diversos premios entre 1962 y 1965. Durante esos años, colaboró también en las revistas literarias La Gaceta de Cuba y Unión, realizando sonados recitales de poesía en El Gato Tuerto, y participando en altercados de todo tipo, que alimentaron esa leyenda de poeta bohemio y bebedor, que le acompañó por el resto de sus días.
Detenciones y presidio
Desde 1964 fue detenido e interrogado innumerables veces
3, sobre todo tras la visita de Allen Ginsberg a La Habana (1965), ocasión en que se le acusó y juzgó por
"frecuentar extranjeros".
Aunque fue absuelto de este cargo, la consecuencia inmediata fue la clausura de las Ediciones El Puente, que frustró la publicación de varios libros programados, pero sobre todo la antología Segunda Novísima Poesía Cubana (secuestrada literalmente de la imprenta), que incluía a los poetas Lilliam Moro, Lina de Feria, Guillermo Rodríguez Rivera, Pío E. Serrano, Pedro Pérez
Sarduy, Gerardo Fulleda León, entre otros. En 1966, con el pretexto del Servicio Militar Obligatorio
(SMO), José Mario fue reclutado e internado en un campo de concentración en Camagüey en las tristemente célebres Unidades Militares para la Ayuda a la Producción
(UMAP), cumpliendo posteriormente presidio político en la Fortaleza de La Cabaña.
El duro oficio del exilio
Marginado y proscrito desde 1966 a 1968, con siete poemarios y un libro de teatro infantil publicados en Cuba, José Mario marchó al exilio a la edad de veintiocho años, radicándose definitivamente en Madrid, tras un itinerario brevísimo con escalas en Praga y París. Ya en su destierro español, refundó Ediciones El Puente con la publicación del poemario Lenguaje de Mudos de Delfín Prats y creando una nueva casa editora La Gota de Agua, con títulos, como: Provocaciones (1973) de Heberto Padilla, Aguila de hierro (1980) y El banquete (1981) de Isel Rivero; además editó y dirigió 50 números de la revista Resumen Literario El Puente (1979-1981), con la colaboración de poetas, escritores y artistas plásticos cubanos del exilio. En los años ochenta realizó en Madrid diversos recitales individuales y colectivos, como el
"Experimento poético musical".
No obstante, el José Mario que se instaló en Madrid como exiliado, no era el mismo que en sus rocambolescos años habaneros. Llegó traumatizado y destrozado por las múltiples detenciones, por su paso por la
UMAP, por el presidio y por las persecuciones, que muchas veces no se debieron a sus ideas políticas, sino a su condición de homosexual.
Se sentía no sólo despojado de su empresa y de su apartamento de La Habana, sino sobre todo de sus señas de identidad. Si bien reanudó su actividad editorial, casi de forma artesanal, jamás logró una cierta estabilidad económica y ni siquiera se lo propuso.
En realidad, siempre fue más un editor cultural que comercial. Situación personal que quizá estuvo marcada por una tendencia autodestructiva, iniciada en el exilio, cruel secuela de sus sufrimientos en la Isla y de la traumática ruptura que significó su atormentado destierro, destruyéndole la vida para siempre.
Comparando la etapa cubana de su vida con la de su transtierro español, se pueden observar fuertes contrastes: de 1961 a 1965, José Mario consiguió dos logros importantes, primero, afianzar las Ediciones El Puente en La Habana revolucionaria, precisamente en los años del establecimiento del socialismo en Cuba, cuando casi todas las empresas privadas estaban siendo expropiadas incluidas las imprentas y, segundo, mantener su editorial como entidad autónoma e independiente durante esos cinco años de fervoroso estatalismo, a pesar de ciertas maniobras para integrar su casa editora a la
UNEAC.
Esos años cubanos (que vivió frenéticamente, totalmente entregado a sus actividades culturales, desarrollando una intensa vida literaria como poeta, además de promotor de otros autores, aunque también, como bohemio al fin, participando en la dolce
vita, con un tren de vida poco usual para aquella época) se diferencian notablemente de su precaria situación de exiliado, con todo tipo de necesidades económicas.
Sobrevivencia que pudo solventar gracias a la constante ayuda de sus amigos más solidarios. También fueron de vital importancia para él, las dos becas Cintas (1972 - 1974) otorgadas en Nueva
York, las que le permitieron no sólo viajar a la Gran Manzana, a Lisboa o volver a París, sino también comprar su memorable buhardilla de la madrileña calle San Cosme y San Damián, donde su amigo Waldo Balart le halló muerto.
Y aunque la diosa fortuna no le sonrió en su etapa española, José Mario sí desarrolló una inestimable labor lírica, publicando su poemario más relevante No hablemos de la desesperación (1970 y 1983) y la antología poética El Grito y otros poemas (2000) homenaje al cuarenta aniversario de la publicación de su primer libro de poesía en Cuba, que representan sus dos obras más destacables.
Cubano de corazón y apátrida en papeles
La imposición burocrática más injusta que sufrió el autor de El Grito a su llegada a la España franquista, como le sucedió a muchos otros exiliados, fue que lo declarasen
"apátrida", situación legal que mantuvo hasta su muerte con total resignación y con cierto orgullo. Y cuando pudo jurídicamente cambiar esa condición por la de refugiado político cubano, nunca le interesó lo más mínimo hacer ningún tipo de trámites
4. Quizá las razones de esta dejadez puedan encontrarse en su carácter constantemente rebelde, en su actitud contestataria y libertaria.
Ante esta absurda realidad, para alguien que amaba su patria como el que más, siempre repetía una frase de
Heidegger: "La apatricidad será destino universal".
Pero ese José Mario totalmente contradictorio, cubanísimo y apátrida, exiliado político y sexual a la vez, podía ser angelical y diabólico, tierno e implacable, lenguaraz y comedido.
Su en ocasiones lengua viperina alcanzaba por igual a sus amigos o mecenas, y ni qué decir de sus posibles enemigos... Sin embargo, poseía una memoria deslumbrante y una cultura cosmopolita, cultivada en sus juveniles lecturas de los clásicos españoles, pero sobre todo su devoción por
Proust, Camoens, Salvatore Quasimodo o Juan Ramón Jiménez. En cuanto a la literatura cubana, además de los fundacionales Heredia, Martí y Casal, sus preferidos autores contemporáneos siempre fueron: Lezama Lima, Virgilio Piñera, Emilio
Ballagas, Mariano Brull o Eugenio Florit. También hay que resaltar su especial agradecimiento y admiración por Nicolás Guillén, y su gran empatía con la obra de Reinaldo Arenas, a quien conoció y consideraba como uno de los grandes escritores cubanos.
Finalmente, el 24 de octubre de 2002 mi siempre entrañable y muy querido amigo, con quien compartí varios proyectos literarios, bohemia y tragos, pero sobre todo nuestro amor por Cuba, fallecía de muerte natural en su destierro de Madrid, dejándonos un legado de quince libros publicados y tres inéditos. Sus restos mortales descansan en el madrileño cementerio de
Carabanchel, con una sencilla lápida sobre su tumba:
José Mario Rodríguez Pérez
Poeta
La Habana, 1940 - Madrid, 2002.
Aunque su intensa trayectoria vital siempre estuvo salpicada de sexo y alcohol, o teñida de desesperanza y de cierta fascinación por la autodestrucción, también en ella se plasmó la visión trascendente del poeta con sus reflexiones sobre la soledad y la muerte, sobre la esencia de todo poder y la ansiada libertad.
Asimismo, su pasión por la poesía y su amor a Cuba fueron una constante en su atribulada vida, consagrada casi totalmente a su quehacer literario. En realidad, fue una víctima más de las transformaciones revolucionarias de su país, de los incesantes cambios ideológicos, de la persecución implacable de toda diferencia y de la represión de todas las voces plurales que no encajaron en un sistema totalitario que aniquiló la más mínima disidencia. Lo que queda plasmado en este lacerante epitafio emanado de sus propios versos:
"Llegaste en una época donde un mundo empezaba a
/ consumirse /
y habían cosas esperando junto al fuego:/
La palabra Revolución ardía".
Apéndice (Bibliografía de José
Mario)
Lo que jamás pudieron imaginarse los burócratas de turno de los años sesenta que se regodearon escribiendo oficialmente la muerte anunciada de las Ediciones El Puente, negando incluso a su fundador hasta su condición de poeta, y coadyuvaron a condenar al ostracismo o directamente a prisión a muchos de los ³puentistas² (léase al propio José Mario, Ana María
Simo, René Ariza o Manolito Ballagas), es la bibliografía que este imprescindible poeta y escritor cubano logró reunir, que por sí sola certifica la importancia y vigencia de su obra literaria.
Libros:
Poesía: El Grito (1960), La Conquista (1961), De la espera y el silencio (1961), Clamor Agudo (1962), A través (1962), La torcida raíz de tanto daño (1963), Muerte de amor por la soledad (1965), No hablemos de la desesperación (1970 y 1983), Falso T (1978), Dharma (1979), Oración a San Lázaro. Babalú-Ayé, Príncipe de Betania (1980), 13 poemas (1988) y la antología poética El Grito y otros poemas. (2000). Teatro: 15 obras para niños (1961 y 1963), teatro infantil producto de su trabajo para el Consejo Nacional de Cultura de Cuba. Ensayo: Ideas sobre Cuba y su futuro / El microcosmos de Miami (1979). Dejó inéditos: Swami y otros cuentos, la novela La Contrapartida y el libro de ensayos Crónica, crítica y Revolución cubana.
Antologías:
Novísima Poesía Cubana (1962), Antología de la casi novísima poesía cubana (1970),La última poesía cubana (1973), Homenaje a Angel Cuadra (1981), Homenaje a Juan Ramón Jiménez (1981), Homenaje a Luis de Camoens (1981), Poesía Cubana Contemporánea (1986), Poetas Cubanos en España (1988), Poesía Cubana: La Isla Entera (1995), Antología de la poesía cubana (2002), Poemas cubanos del siglo XX (2002) y Al pie de la memoria. Antología de poetas cubanos muertos en el exilio (1959-2002) (2003).
Colaboraciones en publicaciones periódicas:
La Gaceta de Cuba y Unión (La Habana), Mundo Nuevo (París), Norte, Fiesta Brava (México), Exilio,
Mariel, Vanguardia, La Nueva Sangre, Noticias de Arte(Nueva York), El Gato Tuerto (San Francisco), Poema Convidado (Colorado, EE.UU.), Norte
(Amsterdam), Poesía 70 (Granada), Himilce (Jaén), Laberintos (Bilbao), Gemma (León), Poesía Española, La Burbuja, Doña Berta, Taller Prometeo de Poesía Nueva, La Prensa del Caribe y Revista Hispano Cubana (Madrid).
1
Estos poemarios fueron publicados por la Central de Trabajadores Cubanos-Revolucionaria
(CTC-R)
2 En la antología Novísima Poesía Cubana, publicada en 1962, aparecen: Francisco Díaz
Triana, Georgina Herrera, Joaquín G. Santana, José Mario, Ana Justina, Isel Rivero, Miguel
Barnet, Mercedes Cortazár, Belkis Cuza Malé, Santiago Ruiz, Nancy Morejón y Reinaldo Felipe.
3
De esa época aún se cuenta, en los círculos literarios habaneros, la anécdota de una de sus primeras detenciones: una vez en la comisaría el oficial de turno le pide su filiación y, José Mario, ni corto ni perezoso, se soltó la melena que llevaba en forma de rabo de caballo y comenzó a cantar una típica guaracha:
"Yo no tengo madre, yo no tengo padre, yo no tengo a nadie que me quiera a mí", mientras bailaba y gesticulaba ante la atónita mirada del policía.
4
Durante el franquismo, todo extranjero indocumentado o que no tuviese su pasaporte de origen vigente era declarado ³apátrida² por las autoridades competentes. Esto permaneció así hasta la transición democrática, cuando el Estado español firmó el Convenio de Viena para el Status del Refugiado Político en 1979. Desde entonces, se admite la nacionalidad de origen, sin necesidad de actualizar el pasaporte, bien para obtener la condición de refugiado político o para la residencia española. Pero José Mario nunca tramitó el cambio de esos papeles ni le interesó nacionalizarse en España, aunque su padre era español, y por eso pasó el resto de sus días con la condición de apátrida que le adjudicaron tras su llegada a España en
1968.
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