Conversación con José Mario
e Isel Rivero en Madrid
por Reinaldo García
Ramos
García Ramos - ¿Cómo y cuándo
surgió la idea de las Ediciones El Puente?
José Mario - En
1961, un día en que René Ariza y yo íbamos en una guagua por La
Habana,
sentados en la parte de atrás y asfixiados del calor, empezamos a
hablar de la necesidad de crear una editorial. Queríamos algo que se
moviera, por donde pudiera pasar mucha gente. Empezamos a buscar nombres
para ese proyecto y pensamos en "Rueda", la imagen de una rueda contenida
dentro de un cuadrado, pero ya existía una editorial con ese nombre. Y en
una de ésas se nos ocurrió que si cortábamos esa rueda por la mitad,
quedaba un puente, lo que quedaba entre la rueda del centro y el borde del
cuadrado, formaba un puente. ¿Y qué cosa mejor que un puente para dejar
pasar a mucha gente? Sobre esa idea, el sello del Puente fue diseñado
entonces por José Manuel Villa; y años después fue recreado por Gilberto
Seguí, quien diseñó los últimos libros de las Ediciones.
GR - Y esa gente que ustedes
querían que pasaran por el puente, ¿quiénes eran?
JM - Sobre todo la gente
joven, la gente nueva. Queríamos encontrar talentos nuevos con obras de
calidad dentro de la cultura cubana; eso es lo que más nos
interesaba.
GR - ¿Y esa gente nueva no
hallaba acogida en las estructuras que habían surgido en el
país?
JM - Esas estructuras, por el
contrario, estaban cerrando el acceso a la gente joven. Todo el mundo
sabía que Lunes de Revolución, el suplemento cultural del periódico
Revolución, órgano del gobierno, era un círculo cerrado, controlado por
Guillermo Cabrera Infante, el director de ese suplemento. Cuando
Isel Rivero y yo publicamos nuestros primeros libros en 1960, La marcha
de los hurones y El grito, Virgilio Piñera fue el único que
hizo una reseña y la publicó en Lunes. Pero eso fue casi un
milagro, porque en Lunes no se reflejaban las actividades de nadie
que no perteneciera al círculo de Guillermo, no se comentaban libros de
escritores jóvenes. El grito y La marcha de los
hurones constituyeron el primer intento de hacer ese puente con los
jóvenes del que hablábamos.
IR - Lo que queríamos era
remover un poco las aguas. Yo había escrito dos cartas a
Lunes, criticándoles esa actitud y reprochándoles que se
hubieran cerrado a los jóvenes. Si la revolución era tan abierta como se
decía, un fenómeno que se suponía que abría puertas y creaba nuevas
posibilidades, ¿cómo esa gente se había auto-otorgado la prerrogativa de
ser los únicos que publicaban? José Mario y yo nos entendimos
perfectamente al conocernos, porque ambos estábamos furiosos por lo que
estaba pasando.
JM - Y ante esa
situación, como Isel estaba ya en vías de irse del país, yo llevé los dos
manuscritos a la imprenta de la Confederación de Trabajadores de Cuba
Revolucionaria (CTCR) y ellos aceptaron publicarlos.
GR - Muchas gentes me
han preguntado, a mí como miembro del Puente, por qué al principio no
usábamos los apellidos. Isel firmó La marcha... sin el "Rivero"; yo
publiqué Acta sin el "García Ramos", y tú nunca has usado el
"Rodríguez". Yo no sé por qué pasó eso.
JM - Fue una cosa muy
simpática. El que nos dio esa idea fue Pablo Armando Fernández, que en la
Bodeguita del Medio un día nos dijo que nosotros, Isel y yo, éramos "los
hijos de nadie". Y entonces yo le dije que, como éramos los hijos de
nadie, íbamos a renunciar a nuestros apellidos.
IR - Y además era un signo de
rebeldía, de romper con las ataduras tradicionales.
GR - ¿Y ustedes trabajaban
cuando eso, tenían sueldos? ¿Cómo se financió todo eso?
IR - Yo trabajaba en el Teatro
Nacional. Hicimos un primer pago, pero ya no nos quedaba más plata; lo que
yo tenía lo destiné a preparar el viaje. Después del ataque de Bayo en
Camagüey, que dijo que todos los homosexuales éramos unos pervertidos y
que no teníamos cabida en la revolución, decidí abandonar el país cuanto
antes. El dinero que nos faltaba para la publicación de los dos libros me
lo dio Mirta Aguirre.
GR - ¿Cómo fue eso del ataque
de Bayo?
IR - Fue en el verano de
1960, durante el Encuentro Nacional de Poetas que había organizado
Rolando Escardó y que se celebró en Camagüey. Escardó estaba preocupado
porque, según decía,
los medios oficiales sólo estaban dando cabida a poetas de La
Habana y Oriente y no estaban prestando atención a las demás provincias.
Él, como buen camagüeyano, quiso celebrar ese encuentro en su propia
provincia. En la clausura del Encuentro, al que asistieron personas
muy prestigiosas, como Loló Soldevilla, Nicolás Guillén y hasta bailarines
del Ballet Nacional de Cuba, salió este energúmeno, el coronel
Alberto Bayo, de origen español, obviamente frustrado por lo que había
pasado aquí en España con la República, y lanzó una invectiva contra los
homosexuales en la que afirmó que éramos una "mala semilla" y que iba a
pervertir la revolución. En aquel momento, todos los bailarines de Alicia
Alonso salieron corriendo a preparar sus maletas. Bayo era un
representante destacado del gobierno, y había que tomar en serio sus
palabras. Esa noche vimos grandes carteles que habían escrito a mano,
colgados en la entrada de una especie de campamento donde nos habíamos
alojado, que decían: "¡Maricones, tortilleras, fuera!" Lo primero
que yo hice cuando regresé a La Habana fue informar de todo eso a Mirta
Aguirre, con la que yo trabajaba, y recuerdo que Mirta se puso furiosa. Me
mandó de nuevo a Camagüey a buscar los carteles que yo había visto y le
pude conseguir dos o tres que estaban todavía allí, tirados por el suelo,
y se los le traje de vuelta.
JM - Y los únicos que se
pararon en el Encuentro y hablaron en defensa de los homosexuales
fueron Loló Soldevilla y Nicolás Guillén. Especialmente Loló, que se
indignó y habló con mucha valentía.
GR - ¿Y cuál fue la actitud de
Escardó ante eso?
JM - No, ya Escardó estaba
muerto; se había matado en un accidente de carretera, poco antes de esos
hechos. Pero Escardó era un hombre que, a pesar de ser revolucionario
militante, era también un individuo muy sensible y estaba ya criticando
abiertamente ciertas cosas en público.
GR - Bueno, volvamos al tema
de las Ediciones y el año 61. ¿Cómo se integró el grupo de
escritores que luego publicarían en El Puente?
JM - Conocí a muchos de
ellos en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional, que
impartían Mirta Aguirre e Isabel Monal. Llegué al Seminario de casualidad;
yo no había escrito teatro nunca antes. Por esos días escribí mi primera
obra de teatro para niños y se la mostré a Nora Badías, que trabajaba en
el Consejo Nacional de Cultura, y Nora enseguida decidió comprármela para
ese organismo y dársela a los grupos de teatro infantil que se estaban
creando en todo el país. Y así fue que comencé a escribir teatro para
niños; ella me iba comprando las obras a medida que yo las escribía. Poco
después, ella misma me ofreció empleo fijo en el Consejo y yo acepté. Fue
por esos días que pasé al seminario, el cual estaba dirigido por Isabel
Monal, más conocida entre los alumnos como Isabel "Manual", porque hablaba
como si fuera el manual de marxismo de Konstantinov, aquel libro rojo
horroroso con que los soviéticos querían adoctrinar a todos los cubanos.
Afortunadamente, la que controlaba en realidad todo eso era Mirta Aguirre,
una persona de mucho más nivel, profesora excelente, y yo entré en el
Seminario gracias a Mirta. Las clases se daban en lo que iba a ser la Sala
Covarrubias del Teatro Nacional, en la Plaza de la Revolución. Allí conocí
a Gerardo Fulleda León, a Santiaguito Ruiz, a Eugenio Hernández. A Ana
María la conocí un poco después, en la Biblioteca Nacional, donde nosotros
nos reuníamos casi todos los días para hablar de teatro y de
literatura.
IR - Pero hay que recordar que
quien quería llevar a las masas y a los campesinos el teatro que esta
gente escribía fue Fermín Borges, quien fue también la primera víctima del
ataque contra los homosexuales. Fue eliminado por Isabel Monal.
JM - Fermín era amigo
personal de Fidel Castro; tenía muchas ideas sobre lo que debía ser un
teatro popular y había escrito dos obras que se pusieron al principio de
la revolución en la tintorería del Hotel Nacional, donde él trabajaba; la
presentación estuvo a cargo de Jorge Mañach. Y Castro quería ponerlo al
frente del nuevo Teatro Nacional, pero la "Manual" lo
eliminó.
GR - Yo quisiera
determinar si esa sensación de cerrazón, de que se estaban cerrando los
espacios para la libre expresión, ya se sentía en el
Seminario.
JM - No, en el Seminario
no. En el Seminario nadie nos presionaba para nada, teníamos mucha
libertad para escribir lo que quisiéramos. Pero, claro, las obras que eran
bienvenidas eran las que trataban el tema de la revolución. Todas las
obras mías de teatro para niños trataban temas relacionados con la
revolución y los desajustes sociales; aunque lo hacen mediante símbolos o
alegorías que resultaban atractivas para los niños. En muchos casos, los
personajes son caricaturas de personas que existían en realidad; era un
modo de aludir a ciertas cosas sin nombrarlas directamente. Muchas de esas
obras mías, como El rey desnudo, tuvieron un éxito enorme; y yo
empecé a recibir dinero por ellas y de ahí empecé a sacar ciertas sumas
para pagar los libros que se iban publicando en El Puente. Varios
de los autores, como Santiaguito Ruiz, no tenían dinero para costear la
publicación de sus libros, y yo los pude ayudar. Los libros del Puente se
pagaban con dinero de los autores o con dinero mío; nunca el gobierno nos
dio un centavo. Era un proyecto totalmente
independiente.
GR - De modo que las
cuestiones relacionadas con el teatro tenían mucha importancia y
provocaban intensos debates, ¿no fue así?
IR - En esos años el teatro se
discutía mucho, a veces demasiado: cuando fueron a montar
Fuenteovejuna, una actriz, creo que fue Julia Astoviza, dijo que
esa obra no se debía montar, porque era reaccionaria. Y tuvieron que
llamar a Mirta Aguirre para que "explicara" por qué la obra no era
contrarrevolucionaria. O sea, que sí existía dentro del teatro una
tendencia terrible, un deseo de dominar e imponer puntos de vista, y el
mejor modo de imponer esos puntos de vista era darles el carácter
exclusivo de "revolucionarios". Mirta trataba de contener un poco las
fuerzas más dañinas, pero su tarea no era fácil.
JM - Mirta siempre
respetaba mucho la calidad literaria; logró que pusieran Nuestro
pueblito, de Thornton Wilder, una obra maravillosa, pero hubo gente
que también se le opuso. Luego empezó la discusión sobre la obra que se
seleccionaría para inaugurar el Teatro Nacional. Mirta quería que se
hiciera con un texto escrito por uno de los alumnos del Seminario, formado
por ella, y su preferido era Santiaguito Ruiz, pero eso se lo echaron
abajo. Había mucha lucha por ocupar posiciones y echar a los que podían
destacarse por méritos propios. Ya se empezaba a ver de cerca lo que iba a
venir después.
GR - José, cuando yo te conocí
en el año 1962, recuerdo que me dijiste: "Tenemos que apresurarnos a
publicar ahora mismo, porque nadie nos puede asegurar que podremos hacerlo
mañana". Aparte de la actitud de Lunes, ¿qué otras cosas te
hicieron pensar de ese modo?
JM - Con la creación de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se vio que el gobierno
aspiraba a controlar a los escritores y a los artistas como si fueran un
gremio más; se sentía que la labor creativa estaba siendo vigilada. En el
verano del '62, Roberto Fernández Retamar, que por entonces era Secretario
de la UNEAC, nos llamó a los que dirigíamos El Puente, porque nos
quería, como se dice, hacer la cama. Querían envolvernos en todo eso de
las Brigadas Hermanos Saiz como un modo de neutralizarnos. Yo entré
en la Unión en esos meses, pero no por Retamar, sino por invitación de
Guillén. La actitud de éste era distinta; quería honestamente que las
Ediciones funcionaran y cooperó con nuestro trabajo. Tanto él como
Mirta Aguirre estaban muy interesados en que las Ediciones
siguieran existiendo; veían en nosotros la continuidad de la cultura
cubana, y buscaban que el proceso político no interrumpiera esa
continuidad. En cambio, Alejo Carpentier, que por entonces dirigía la
Editorial Nacional, quería también que continuásemos, pero sólo si
él podía controlar el contenido de los libros. Cuando en 1964 nacionalizan
la Imprenta Arquimbau, donde se hacían los libros de las Ediciones,
tuvimos que recurrir a la Editorial Nacional y a la UNEAC para
seguir subsistiendo. Los libros se empezaron a imprimir bajo el patrocinio
de la UNEAC, pero en las imprentas de la Editorial Nacional, y para
conseguir papel teníamos que tener el visto bueno de Carpentier; él no
quería comprometerse y posiblemente accedió a ayudarnos por las presiones
de Guillén y de Mirta. Yo le dije a Alejo al principio que las
Ediciones tenían que seguir existiendo, porque íbamos a publicar
una nueva traducción de Marcel Proust, y como él era tan afrancesado, esa
idea le gustó. Imagino que luego se dio cuenta de que todo era un engaño;
él era un viejo camaján, que se las sabía todas. Con Guillén fue distinto;
yo le cogí un gran aprecio a Nicolás.
GR - O sea, ¿tú crees que
pudiste engañar a Carpentier?
JM - Yo creo más bien que él
se dejó "engañar", porque había gente más arriba que lo estaban
presionando; gente como Herminio Almendros, que estaba a favor de las
Ediciones y que siempre defendió mucho a la gente joven; o gente
como Félix Ayón, que tenían muchas conexiones.
IR - En 1965, cuando ya yo
estaba en Europa, pedí una cita con Alejo, que entonces trabajaba en la
embajada de Cuba en París, y lo confronté. Fui a verlo y le dije que los
cubanos del exterior estábamos muy preocupados por lo que estaba pasando
en Cuba en el terreno de la cultura. Le conté todo el drama, lo que estaba
ocurriendo con José Mario tras el cierre de las Ediciones, las
persecuciones contra Silvia Barros, contra Ana María Simo, y él me lo negó
todo. Le respondí: "¿Cómo usted me lo puede negar, si yo tengo cartas de
esas personas en que me hablan del peligro que corren?" Me respondió que
todo eso eran malas informaciones. Pensé que a lo mejor había micrófonos
en la habitación y que él no podía hablar libremente, pero en ningún
momento me hizo ningún gesto ni me dio a entender que nuestro diálogo
estaba siendo grabado. En ningún momento reconoció que en Cuba hubiese
ningún problema de libertad de expresión ni de represión.
GR - Al cabo de los años, al
ver todos los libros publicados por El Puente, llama la atención el
hecho de que había muchos autores negros, muchos autores homosexuales,
muchos autores de extracción humilde, que provenían de sectores de menos
ingresos, cuando del otro lado, del lado oficial, los que estaban
publicando eran mayormente autores blancos, con carreras universitarias,
heterosexuales, etc. ¿Eso obedeció a una decisión explícita o a una
actitud consciente de la dirección de las Ediciones?
JM - Eso llamó mucho la
atención a Nicolás Guillén. Se fijó que en El Puente había
muchos escritores negros, como Nancy Morejón, Ana Justina Cabrera, Gerardo
Fulleda León, Eugenio Hernández, Georgina Herrera, Rogelio Martínez
Furé,
Pedro Pérez Sarduy y otros. Yo creo que eso ocurrió un poco por
casualidad. Nos reuníamos en la Biblioteca Nacional, y detrás de
ese edificio tú te acuerdas de que estaban algunos de los barrios más
pobres; mucha gente que iba a esas reuniones venía de los "solares", tenía
muy pocos recursos económicos. Eran barrios en que había muchos negros.
Ana Justina y Eugenio vivían por allí muy cerca, detrás de la Biblioteca.
Pero eran gentes que estaban escribiendo mucho y que no podían publicar en
los órganos o instituciones que existían. El único que había podido
publicar en Lunes era Fulleda León; una vez le habían publicado una obrita
corta, pero él había quedado inconforme, no se sentía identificado con esa
gente.
GR - Se ha dicho que Allen
Ginsberg le dio una nalgada a Haidé Santamaría, ¿es cierto ese
cuento?
JM - Bueno, sí, él
le dio una nalgada; ¡tremenda nalgada que le dio! Yo estaba presente. Fue
en una recepción en la Casa de las Américas, como parte de las
ceremonias del Premio Casa de 1965. Allí estábamos un grupo de
jóvenes bebiendo con Ginsberg, y ella se metió en el medio y empezó a
interrumpir y Ginsberg perdió la paciencia. Haydée no dijo nada más y se
fue. Pero en cuestión de horas expulsaron a Ginsberg de Cuba, y a mí la
policía empezó a hostigarme. Me pusieron en la "lista
negra".
GR - Entonces, ¿cómo ocurrió
el cierre de las Ediciones, qué es lo que recuerdas de
aquello?
JM - El difunto Jesús
Díaz, que entonces era profesor del Departamento de Filosofía de la
Universidad de La Habana, ya había empezado a formular ataques contra las
Ediciones El Puente. En ese Departamento, hay que aclarar, se
reunían los intelectuales que el gobierno consideraba marxistas "puros";
allí también estaba Isabel "Manual", y tenían mucho poder, pues
controlaban la revista Pensamiento Crítico, que era como el órgano
del marxismo fidelista. Además, Díaz ya había empezado a agrupar a los
jóvenes escritores que luego crearían El Caimán Barbudo,
publicación que él dirigió y que empezó a propagar la poesía
conversacional como única opción para los jóvenes revolucionarios. Pero
El Caimán surgió en 1966. Un año antes, tras el incidente de
Ginsberg, Fidel Castro fue una noche a la Plaza Cadenas de la Universidad,
cosa que solía hacer, y se puso a conversar con los estudiantes que allí
estaban. Alguien le preguntó qué medidas había que tomar contra El
Puente, y él anunció que al Puente había que "volarlo". Algunos
aseguran que Jesús Díaz se encontraba en el grupo de estudiantes que
conversó esa noche allí con él.
GR - ¿Qué pasó después de que
las Ediciones se clausuraron? ¿Cómo fue tu vida en Cuba hasta
que saliste del país?
JM - Al perder la protección
de la UNEAC y de Guillén, la policía me empezó a vigilar y a arrestarme
con cualquier pretexto; me decían que yo y toda la gente de la Unión
éramos unos "degenerados". Me soltaban y me volvían a detener; me
tenían la casa vigilada.
GR - ¿Tú en ese momento tenías
intenciones de irte de Cuba?
JM - No, yo quería
quedarme en Cuba. Me quería quedar, porque ése es mi país, porque creía
que todos los extremistas iban a ser derrotados. Al cabo de los meses, me
llamaron para el Servicio Militar Obligatorio, y cuando ya estaba en el
lugar al que me habían citado me di cuenta de que en realidad me habían
reclutado para las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), a
las que el gobierno mandaba a los desafectos, a los Testigos de Jehová, a
todo el que no hubiera entrado por el aro. Eran como campos de
concentración; había miles de gente. A mí me trataron de joder, todo lo
que pudieron. Los militares trataban a los reclutas como bestias; a los
Testigos de Jehová los enterraban en la tierra hasta el cuello para
castigarlos y los dejaban toda una noche allí, para que los mosquitos
acabaran con ellos. A mí me subieron encima de un coche y permanecer bajo
los mosquitos; nos forzaban a aplaudir todo aquello, en la mejor tradición
fascista. Cuando en La Habana y en la Unión se enteraron de que yo estaba
en las UMAP, varias personas bien relacionadas con el gobierno empezaron a
hacer gestiones extraoficiales para sacarme; entre ellas, Herminio
Almendros, y también Marcia Leiseca, que trabajaba con Haidé Santamaría en
la Casa de las Américas. Gracias a eso, pero sobre todo a las incesantes
gestiones que hizo mi madre, me soltaron al cabo de unos nueve meses.
Después de eso fue que decidí abandonar el país.
GR - ¿Cómo fue tu llegada a
España? ¿Quién te recibió?
JM - Cuando yo llegué a
España, Isel estaba viviendo aquí y ella me recibió y me alojó en su casa
durante un tiempo.
GR - ¿Y ya venías con la idea
de continuar con las Ediciones aquí en el exilio?
JM - Yo venía con
la idea de publicar en España el poemario de Delfín Prats, Lenguaje de
mudos, que había recibido el Premio David de Poesía en 1968 y
fue impreso en Cuba, pero fue retirado enseguida de la circulación, porque
las autoridades lo consideraron peligroso para los jóvenes o algo así.
Eran los años del movimiento hippie en La Habana, las "recogidas" de
Coppelia, etc. Yo publiqué el libro de Delfín en Madrid con el sello de
las Ediciones El Puente y también publiqué enseguida un libro mío,
No hablemos de la desesperación. Después, en 1970, empecé con La
Gota de Agua, que aquí en España tuvo mucho éxito. Se publicaron,
entre otras obras, el libro Provocaciones, de Heberto Padilla, y
El banquete, de Isel Rivero, un poemario excelente. Y también seguí
con una idea que yo había tenido en Cuba, la de sacar una revista de los
jóvenes, con el título de Resumen Literario El Puente. De
éste salieron 31 números; en uno de ellos le hicimos un homenaje a Carilda
Oliver Labra, que vivía en Cuba, pero no había recibido aún ningún
reconocimiento del gobierno. La idea del Resumen yo la tenía desde
Cuba; recuerdo que en el primer número, que estaba listo para imprimir
cuando las Ediciones se clausuraron, había un texto inédito de
Henry Miller, nada menos.
IR - Hay que decir
también que en esos años los españoles, a pesar del franquismo y todo lo
demás, estaban muy receptivos a lo que podíamos decir nosotros, los
supuestos "contrarrevolucionarios" que salíamos huyendo de Cuba; había
mucha curiosidad, una actitud que después fue desapareciendo. Yo di
varias lecturas cuando ya estaba terminando de escribir El banquete
y noté la gran atención que el poema despertaba en todos, no sólo en los
intelectuales.
JM - Sí, después se volvieron
castristas, y nos rechazaron violentamente. Empezó el miedo de los
intelectuales europeos a atacar al gobierno cubano. José Hierro dijo en
televisión que El banquete había sido el mejor libro de poesía que
se había publicado ese año, 1981; y después, cuando supo que Isel se había
quedado a vivir fuera de Cuba, se quedó callado, no volvió a hablar de
ella.
IR - La única en España que
fue siempre leal a todo lo que nosotros representábamos fue la poeta
Gloria Fuertes.
GR - Cuando la Editorial
Betania preparó hace dos años la nueva edición de El grito en
el 40º aniversario de la aparición de esa obra, añadió al volumen una
especie de recopilación de tu obra poética, pero no incluyó ninguno de los
libros publicados en Cuba, ¿por qué?
JM - Lo que pasó fue que no
encontramos ejemplares de los libros publicados en Cuba. El único
que
teníamos de esa etapa fue El grito. No, no es que yo
considere que los libros publicados en Cuba antes de 1968 sean menores ni
nada de eso; esas obras tienen para mí un gran valor testimonial. De la
espera y el silencio es un libro que yo valoro mucho; técnicamente
está muy logrado. Cuando salí de Cuba yo traje conmigo la colección
completa de los libros publicados por El Puente, pero aquí en
España, con los años, las mudanzas y otras calamidades, esa colección se
perdió. El único que sobrevivió fue El grito, y Felipe Lázaro
impulsó la idea de sacar esa nueva edición hace dos años, por el
aniversario.
GR - ¿Y toda esta actividad
que tú realizas en España la logras desplegar con tus propios recursos,
no? ¿Recibiste algún tipo de ayuda monetaria de alguna
institución?
JM - No había mucha gente que
ayudara. Yo no tenía trabajo; le pedía dinero a todo el mundo para seguir
con los proyectos, pero no recibí mucho apoyo. Están Víctor Batista y
Roberto Cazorla, que me ayudaron en lo que pudieron. No había una
comunidad cubana muy establecida que estuviera dispuesta a respaldar esas
actividades. Lo que me guiaba era mi tenacidad, y mi obsesión por seguir
abriendo canales para que las gentes se expresaran.
GR - Y ahora, ¿estás
escribiendo?
JM - Ahora lo que quiero
es seguir la novela mía sobre las UMAP, La contrapartida, que trata
sobre la unidad militar en la que yo estuve. Es una novela que no se
termina nunca. No le veo salida; la empecé a escribir desde que salí,
publiqué dos capítulos en Mundo Nuevo y Víctor Batista me publicó
un capítulo en la revista Exilio, pero ahora no le veo salida. Tal
vez lo que pasa es que yo quiero escribir otro tipo de novela, una novela
creativa, y esta tiene un material testimonial, que requiere otra
óptica.
GR - Si alguien te preguntara
qué es lo que más te ha aportado España, ¿qué responderías?
JM - El exilio en España me ha
estimulado la facultad de seguir siendo individualista y de sobrevivir a
toda costa, y más nada. Aquí no se puede contar con nadie.
GR - Hay una antología que
salió en Cuba en 1999, Las palabras son islas, que se presenta como
un panorama de la poesía cubana del siglo XX, incluye a poetas que viven
en Cuba y en el exilio, y estuvo a cargo de Jorge Luis Arcos. El
autor en su prólogo señala que no pudo incluir a todos los poetas que él
hubiera querido y pone una lista de los autores que no están representados
pero que, según él, "no deben ser pasados por alto de ningún modo en un
estudio del proceso poético cubano". Entre los numerosos autores
incluidos en esa lista estás tú. Desde tu punto de vista, ¿cuál tu estimas
que ha sido tu principal aporte a ese "proceso" de que habla
Arcos?
JM - En mi obra lo que he
buscado siempre es la sinceridad. Todos nosotros en el grupo de El
Puente lo único que buscábamos era la libertad que nos faltaba, la
libertad para expresarnos; no teníamos prejuicios de ningún tipo. Allí se
publicaba todo lo que llegaba a nuestras manos y que tuviera calidad. Todo
el mundo estaba incluido. Queríamos salvar nuestra individualidad, frente
a aquello que estaba absorbiéndolo todo. En mi poesía lo que se expresa
más que nada es ese deseo permanente de libertad.
Madrid,
4 de octubre de 2002