Allen
Ginsberg en La Habana
Este
texto de Jose Mario narra la visita del poeta Allen
Ginsberg
a
La Habana
a principios de los años 1960.
Conocí
a Allen Ginsberg en 1965: nos disponíamos a publicar una revista que se
llamaría Resumen Literario El Puente I, en uno de cuyos números se
incluiría “Aullido”.
El
traductor, David Bigelman, trataba de hacer contacto con Ginsberg,
mediante unos estudiantes norteamericanos, que estuvieron en Cuba y decían
conocerle. Después supimos
por la prensa que
la Casa
de las Américas le invitaba a formar parte del jurado de poesía de ese año.
La tarde que se anunció su llegada, la pasaba con unos amigos en
la Unión
de Escritores.
A
las diez de la noche y cuando cerraron
la Unión
, salimos un grupo, mandamos a dos por una botella de bebida mientras los
otros esperábamos. Al poco
rato aparecieron los que fueron por la botella, con un hombre de barbas,
gafas y principio de calvicie, envuelto en un sarape mexicano: se trataba
de Allen Ginsberg.
Le
vieron caminando frente al Habana Libre con su aire de profeta e intuyendo
era el poeta de que tanto hablábamos lo invitaron a tomar con nosotros.
Se mostró de inmediato jovial.
Nos preguntó que con qué podía quitarse unas ladillas que le habían
pegado en México. Entre
bromas y risas le llevamos a una farmacia de turno donde le indicamos
comprar un pote de ungüento de soldado.
De allí nos fuimos al Club Atelier.
Un
joven matrimonio del grupo comenzó a hacerle preguntas sobre los beatniks
y la actitud que mantenían en la actualidad.
Ginsberg se mostró interesado cuando le hablamos de que dirigíamos
una editorial y comenzaríamos la publicación de una revista con un poema
suyo.
El
tema de
la Revolución
cubana, los jóvenes y la cultura salió a relucir inmediatamente.
Las preguntas giraron en torno a la libertad sexual.
En esos días se sucedían en
La Habana
las depuraciones de las Escuelas de Artes y la persecución contra los
homosexuales tomaba un carácter inquisitorio y siniestro.
Ginsberg insistió: el joven matrimonio le explicaba los detalles.
La botella de bebida se cayó en lo animado de la conversación.
Salimos a la calle.
Manolo
y yo nos adelantamos con él por el Vedado.
Nos dijo que se hospedaba en el Hotel Riviera.
Manolo estaba traduciendo unos fragmentos de “Kaddish” y otros
poemas. Ginsberg nos habló de
su poesía y la diferencia que existía entre ella, la de Ferlinghetti y
otros beatniks. Según él, su
poesía a ese respecto era como el verso de
la Oda
de Lorca a Whitman “tu barba llena de mariposas”.
Insistió
en que él veía las mariposas en la barba como Lorca y otros sólo la
barba. Le dejamos en la
esquina del hotel y quedamos en verle al otro día por la tarde, para
confrontar las traducciones.
Eran
cerca de las siete cuando entramos al hotel.
El ascensorista se negó a subirnos y nos mandó a la carpeta.
Le explicamos al empleado de la carpeta que veníamos a ver al
poeta norteamericano para confrontar unas traducciones.
Nos dijo que estaba prohibido subir.
Le
hicimos llamar a Ginsberg. Éste
bajó y nos hizo subir a su habitación, mostrándose molesto por la
actitud que tuvieron con nosotros. Después
de un rato de conversación en que le expliqué en qué consisten las
Ediciones El Puente y los jóvenes poetas y escritores que publicamos en
ellas, le enseñé los libros. Se
refiere Ginsberg a que un joven estudiante de las Escuelas de Artes le
visitó esa mañana, leyéndole unos poemas y explicándole las
persecuciones y depuraciones que se sucedían en dicha escuela (más tarde
nos enteramos que ese joven fue detenido por la policía a la salida del
hotel).
Leíamos
algunos poemas. Ginsberg quería
que los poemas que estaba traduciendo Manolo fueron adaptados a la
realidad cubana, vertiéndolos al lenguaje de ese momento.
Me explicó cómo algunas palabras usadas sólo por los beatniks
habían tomado un carácter popular. Le
hablé del recital que dimos en un club (El Gato Tuerto) con compositores
e interpretes populares y el efecto que esto causó, y cómo pensábamos
realizar el otro. Me dijo que
si él aún estaba en
La Habana
podría participar.
Si
existían persecuciones en Cuba por la manera de vestir, etc., ¿cómo era
que a él lo invitaban? ¿Qué
era el “feeling” y los “enfermitos”?
En unas horas Ginsberg logró informarse de muchas cosas y no
cesaba de confrontarlas. En
esto subieron del periódico Hoy. Venían
a hacerle una entrevista. Manuel
Díaz Martínez se sentó. Nosotros
estábamos sin zapatos y recostados cómodamente en ambas camas.
“Sr.
Ginsberg”, dijo muy serio pasado un rato de asombro, “¿Qué le diría
usted al encontrarse a Fidel Castro?”
Ginsberg le respondió que si no había otra cosa que ver en
La Habana
que a Castro, pero, en fin, si él lo viera le diría que no continuase
fusilando. Que en vez de
fusilar, castigase a los condenados a ser ascensoristas del Hotel Riviera.
Que no persiguiese más a los enfermitos, pues estos representaban
el caudal de sensibilidad del pueblo cubano, y permitiese la venta libre
de mariguana, pues los médicos habían probado que era menos dañina que
el alcohol. Y que no
persiguiese a los homosexuales, porque, como le dijo su amigo el poeta
Voznisenski, el comunismo era una cosa del corazón y él creía que el
homosexualismo también, pues cuando dos hombres se acostaban contribuían
a la paz y a la solidaridad, por lo que no era incompatible con el
comunismo.
Prosiguió
Martínez: “¿Qué haría
usted si ganase el premio Nóbel?” “Comprar
un quintal de marihuana”, respondió Allen, “y lo que sobre donarlo
para el cine independiente de New York.”
El
periodista desistió de hacer más preguntas y continuó tomando notas en
su libreta mientras conversábamos. Un
momento antes de que se retirase, Ginsberg le dijo:
“¿Me asegura que su periódico publicará todo lo que he
dicho?” “¡Cómo no!
En Cuba hay una libertad total”, respondió.
“¿Cómo se llama el director de su periódico?”, siguió Allen.
“Blas Roca”, contestó Martínez.
“Bueno, pues si no se publica yo voy a ir a hablar con Blas Roca
y convencerlo de que se publique”, prosiguió Ginsberg.
El
periodista salió y nos estuvimos riendo.
Allen bajó acompañándonos hasta fuera del hotel.
Por
la mañana leí en el periódico El Mundo un artículo de Ángel Augier
celebrando la llegada del rebelde beatnik a
La Habana. Ginsberg
se convertía en acontecimiento. Nos
vimos por la tarde y entre chistes y botellas de cerveza, Ginsberg hizo en
la cafetería de
la UNEAC
varias fotos de los carteles del recital y de nosotros.
Le traje unos collares de Santería y encantado se colgó al cuello
a Changó, Ochún, Yemayá y Elegguá.
Me
preguntaba por el significado que tenían los colores de las cuentas.
Nos enseñó el Corno donde aparecía un poema suyo y lo
copió dedicándoselo a un muchacho de la mesa.
Me decía si esos collares no lo usaban solamente las mujeres.
Le expliqué que cada uno representaba un dios africano y lo mismo
los usaban los hombres que las mujeres.
Le
prometí un libro que habíamos publicados: Poesía Yoruba.
Manolo y yo pedimos un papel en
la Unión
que hiciera constar que él estaba trabajando en unas traducciones de
poemas de Ginsberg, para que lo dejaran subir al hotel sin complicaciones.
Nos despedimos. Ginsberg
y Manolo siguieron para el Riviera.
Al
día siguiente, por la tarde, supe que Manolo había sido detenido a la
salida del hotel: le llevaron a
la Estación
de Policía y le ficharon como delincuente juvenil (por tratarse de un
menor de edad, entregándolo esa madrugada a su madre con un papel de
acusación que decía: “Por andar con extranjeros”.
Avisado
Ginsberg, fue a hablar con el poeta Nicolás Guillén.
Vi a Ginsberg más tarde y estaba confuso.
Guillén le había dicho que se trataba de un error (a pesar de que
Manolo mostró a la policía el papel de autorización para las
traducciones). Decidimos tomar
precauciones.
Nos
veíamos en sitios como
la UNEAC
o en mi casa. Tomaríamos
siempre un taxi y luego otro. Ginsberg
deseaba seguir reuniéndose y hablando con nosotros.
Sartre le había “pedido un trabajo” sobre su estancia en Cuba
y tendría entera libertad para decir la verdad de lo que pasase o le
ocurriese. También temía
escribir algo que nos perjudicara. Quería
saber más.
Según
él, un documento sobre Cuba que no fuese específicamente humano, sería
tergiversado políticamente. Nos
habló de hacer una antología de después de
la Revolución
para llevársela a Ferlinghetti, con destino a su editorial.
Quería que nos pusiésemos a trabajar en esto lo más seriamente
posible y cuanto antes, pues al quedar constituido el jurado de
la Casa
de las Américas él tendría bastante trabajo leyendo los manuscritos.
Esa
noche se daba un recital de los cantantes de feeling en el Amadeo
Roldán en honor de los jurados de Casa de las Américas.
Ginsberg leía una y otra vez la acusación “por andar con
extranjeros”, como si no pudiera creerlo.
Hizo varias fotos del documento.
Manolo
y yo fuimos al Amadeo Roldán. Sacamos
nuestras entradas. Ginsberg
estaba hablando con algunos intelectuales del jurado de Casa de las Américas.
Se acercó a nosotros y nos dijo que nos invitaba a sentarnos con
ellos. Después de terminado
el recital, nos despedimos. Allen
se fue en un coche del ICAP.
Manolo
y yo subíamos por la acera de El Carmelo hacia Línea.
De un coche salió un hombre vestido de oscuro: “Están
detenidos”, nos dijo. Tenía
la mano dentro del bolsillo como si nos estuviera encañonando.
Nos metieron en un coche perseguidora con cuatro policías y nos
condujeron a una estación. El
hombre nos subió, dio su nombre y nos condujo por la izquierda a otro
compartimiento, presentándonos ante otro hombre que estaba vestido de
civil también. “Aquí están”,
le dijo. ¿Estos son, eh?”,
le respondió, e hizo un gesto como diciendo “que esperen afuera”, y
siguió mirando unos papeles.
Cerca
de nosotros había un escándalo y una discusión.
Tres de los muchachos que mandaron a sentarse cerca de nosotros los
conocíamos: nos dijeron que estaban dando un recital de poesía en el
Habana Libre y al formarse una reyerta entre dos que estaban allí,
tuvieron que venir a declarar, pero se irían dentro de unos momentos.
Les expliqué nuestro caso en una fracción de segundos, les di el
teléfono del hotel de Allen, el de
la UNEAC
y el de varios amigos para que avisaran inmediatamente que nos encontrábamos
detenidos injustificadamente. Un
hombre los mandó irse. No había
pasado media hora cuando apareció el administrador de
la UNEAC.
Ginsberg
lo sabía ya y estaba tratando de localizar a Haydée Santamaría o su
secretario, al mismo tiempo que hablaba con varios intelectuales en el
hotel. Al administrador de
la UNEAC
lo dejaron llegar hasta nosotros después de identificarse.
Le dije cómo fuimos detenidos.
Discutió, bajo, un rato con los policías.
Volvió y nos dijo que nos soltarían enseguida.
Se fue. “Es un
error”, nos dijeron. No
obstante, levantaron un acta. “Por
rutina”, según ellos. Allen
seguía en el hotel hablando con otros intelectuales, para redactar un
documento de protesta si no nos soltaban.
Nos
reunimos a la mañana siguiente, tratando de explicarnos a nosotros mismos
si se trataba del comienzo. Existía
la desconfianza de que se tratase de una cosa premeditada y no de un
error. Los chismes en torno a
la estancia de Allen con nosotros tomaban auge.
Me pidieron entonces que dejara de verle.
Pensé que la personalidad de Allen estaba por encima de toda
mojigatería.
Por
la tarde fuimos a oír discos de Bob Dylan y otros que no se conocían en
Cuba. Allen me explicaba su
casi sistema poético a base de notas recopiladas en un cuaderno: ahí lo
iba apuntando todo, copiando lo concerniente a cuanto lograba
impresionarle y sus propias impresiones, hechos y sentimientos; después
lo transfería todo al poema como materia poética, lo transformaba
mediante la técnica que dicha materia exigiese.
De notas así nacieron largos poemas como “Kaddish” y
“Aullido”.
Apuntaba
de esa forma todo lo que le sucedía desde su llegada a Cuba.
Leyó unos poemas de William Carlos William (que había sido su
maestro), explicándomelos minuciosamente, así como unos poemas de Ezra
Pound, y cuando intenté decir “La canción de Amor de Alfred Prufrock”,
manifestó que la poesía de Elliot había envejecido.
“Los poetas supuestamente revolucionarios caen en el error de
narrar la realidad tal y como la ven, negando así cualquier otra
posibilidad: por eso son los negadores mismos de la realidad.”
Me
habló de los libros presentados en
la Casa
de las Américas. Y se refirió
al original de un libro mío, según el cual yo caía en el error
contrario: “Muy
subjetivo”, me dijo. “La
cuestión es mezclar las dos cosas.”
Repitió que él consideraba, sin embargo, su poesía como poesía
naturalista. Tenía un nuevo
concepto del naturalismo. Por
la noche nos reunimos con Lisandro Otero, Marcia Leiseca, Edmundo Desnoes
y María Rosa, por deseos expresos de estos, los cuales querían enterarse
de lo que realmente ocurría en torno a nosotros.
Conocí
por azar al muchacho de las Escuelas de Arte que visitó a Ginsberg.
Me contó con detalles cómo fue la detención y los
interrogatorios a que le sometieron. Eran
policías secretos del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos).
Lo amenazaron para que no volviese a ver a Allen.
Le dejaron irse, pues conservaba todavía el carnet de militante de
la Juventud Comunista.
(En realidad había sido
expulsado de la misma por no haber estado de acuerdo con las depuraciones
de dicha escuela.)
Fue
a ver a Ginsberg por curiosidad y admiración.
Intentaban que los integrantes del jurado de
la Casa
de las Américas no tuviesen contacto con jóvenes que no se considerasen
de confianza, para que no pudieran enterarse de las cosas que sucedían en
esos momentos: persecuciones, depuraciones, detenciones absurdas y
vejaciones. Con los viejos
intelectuales acomodados no había problemas y mucho menos con los jóvenes
―o que se decían jóvenes―
que pactaban con aquella situación.
Estos
podían hablar cuanto quisieran. Incluso
dar fiestas en sus casas para demostrar a dichos intelectuales la libertad
existente en Cuba. Así se dio
el caso de un conocido capitán del Ejército, que facilitó mariguana a
Ginsberg.
Otros
jóvenes lograron hablar con Allen. Le
esperaron a la puerta de
la Unión
un día que estábamos en la cafetería y le llevaron a un sitio que
desconozco. Parece que esta
confrontación lo decepcionó aún más sobre lo que pasaba en Cuba.
Le llevamos una tarde por
La Habana.
Él mismo nos fue conduciendo
hacia la parte del Parque de
la Fraternidad. Se
sentó en la esquina que hace
la Sears
y nos pidió que lo dejáramos un rato.
Cuando volvimos estaba triste.
―Hace unos diez años me senté en este mismo sitio y escribí
un poema: hoy no me ha salido nada―, nos dijo.
Después le llevé al Bar Cabañas, mostrándole por donde había
entrado Fidel.
Ginsberg
iba por las librerías y preguntaba por nuestros libros.
Se mostraba ensombrecido por la propaganda antinorteamericana:
“―Hasta en los libros para niños―”, repetía.
Llevaba dos pequeños címbalos traídos de su viaje a
la India
(con Salvador Dalí) y cantaba en cualquier parte, acompañándose con
ellos, una canción hindú que me copió en un pequeño block (la misma
que le oí en el documental Son and Daughter).
“Es un ejercicio para el estómago”, y cantaba en las guaguas,
en la calle, en las recepciones.
Hubo
una recepción de bienvenida en
la Unión
de Escritores al jurado de
la Casa
de las Américas. Fuimos
invitados. La secretaria de
Hayde Santamaría nos acercó a ésta, para que hablásemos con ella Allen,
Manolo y yo. La señora
Santamaría nos dijo que después de haber hablado con el capitán
Abrantes, éste le comunicó que nuestra detención se debía posiblemente
a un error. Hicieron muchas
fotos y una salió al otro día en el periódico El Mundo.
Comencé
a notar que mi apartamento continuaba vigilado por la policía.
Ginsberg había dicho que pensaba, después de terminado el
concurso, quedarse en Cuba, tratar de alquilar un coche e ir por toda
la Isla
para escribir un libro. Visitó
varias veces mi apartamento.
La Casa
de las Américas s lo llevó con todo el jurado a Santiago de Cuba.
Le preparábamos una comida en casa de unas amigas para cuando
volviese. Fijamos un día para
la comida.
Esa
mañana pasé por
la Unión
de Escritores y supe que había sido expulsado: la policía lo sacó del
hotel y lo metió en un avión rumbo a Praga.
El escándalo del día consistía en diversos comentarios sobre la
actitud de Ginsberg en Santiago de Cuba y ciertas declaraciones relativas
al “Che” Guevara y Raúl Castro.
Días
después recibíamos una carta desde un hotel de Praga.
La carta era de Allen Ginsberg, el cual atestiguaba que nosotros
nunca lo molestamos y citaba como testigos de sus palabras a los
intelectuales reunidos en el evento de
la Casa
de las Américas de ese año y a la propia Hayde Santamaría: también
aclaraba que el día del suceso del “Amadeo Roldán”, él nos había
invitado a acompañarlo como muchas otras veces.
Dando todos los detalles posibles, Ginsberg trataba de anticiparse
con esa carta a cualquier hecho que pudiera realizarse contra nosotros.
Las precauciones de Allen fueron justificadas: pasados unos días
recibimos una citación, por la cual íbamos a ser sometidos a un juicio.
Mi
apartamento era vigilado día y noche.
Temí lo peor. Empezó
a decirse que el libro de Manuel Ballagas “Con temor”, era un
libro contrarrevolucionario. Fui
a la imprenta y me encontré con la sorpresa de que el libro no aparecía.
Una persona de
la UNEAC
me llamó para decirme que estaban tratando de cerrar las ediciones.
Específicamente Onelio Jorge Cardoso y Fayad Jamís.
Uno de estos se apoderó del libro de Manolo y se lo entregó a un
comandante, quien a su vez se lo hizo llegar a Fidel Castro como prueba de
Ediciones El Puente corrompía a los jóvenes.
Pensé que la cosa no tenía razón de llegar a tanto y lo tomé
como un chisme o intriga.
Llamé
a la secretaria de
la Sra. Santamaría
y le dije lo del juicio. Me
contestó que se trataba de un trámite rutinario y que no temiera, que
todo estaba arreglado. Teníamos
un recital (el segundo). Empezaron
a poner obstáculos. Recibí
llamadas telefónicas y amenazas que callé para que la gente no temiera
ir al recital. Así se dio en
una atmósfera de tensión e incertidumbre.
Otros libros fueron sustraídos de las imprentas.
Pasaron los días y los títulos planificados no aparecieron.
Tomé
toda clase de precauciones, en caso de que ocurriera algo en el juicio.
Vi un abogado y me dijo que delito en sí no existía.
(Se nos acusaba de “parecer homosexuales” y “andar con
extranjeros”.) Lo que estaría
haciendo la policía era tratar de hallar alguna prueba en mi apartamento.
¿Prueba de qué? Se
tradujo la carta de Ginsberg. Personalmente
hablé con varias personas que pudieron ayudarme.
La única solución era esperar.
Fui
a ver a Fernández Retamar, a quien me encontré antes en
la UNEAC
acabado de llegar de Praga. Me
dijo (con su ambivalencia y temor habitual) haber visto a Ginsberg y el éxito
de éste en
la Universidad
de San Carlos, de donde lo sacaron en hombros.
Contó Retamar que a su regreso a Cuba, coincidió en el mismo avión
con el “Che” que regresaba de África y éste, enterado de la forma en
que expulsaron a Ginsberg, mostró su desagrado.
Retamar se manifestaba comprensivo en cuanto a la actitud de
Ginsberg, su personalidad y la impresión que esto debió causar en
nosotros. Tuve la sensación
de que tal vez yo exageraba mis temores.
El
día del juicio no aparecieron acusadores.
El juez, con una sonrisita, nos declaró absueltos.
Una
noche conversaba con unos amigos en 23 y O.
Se acercó un conocido de
la Universidad.
―¿No te has enterado?
―, me dijo. ―¿De
qué? ―, le contesté. ―Fidel
Castro acaba de nombrarlos a ustedes en
la Universidad
―. ―¿A mí?
―, le dije. Fidel, por
lo visto, estaba en lo que iba a ser
la Escuela
de Filosofía y un grupo de alumnos comandados por Jesús Díaz empezó a
hablar de la cultura. Fidel se
refirió a Carpentier, a
la Casa
de las Américas y al ICAIC, después a
la Unión
de Escritores, expresándose despectivamente respecto a Guillén.
Uno de los presentes le gritó:
―Fidel ¿y El Puente? ―.
“El Puente lo vuelo yo”, dijo agitando un manuscrito que tenía
en la mano, y prosiguió hablando. (El
manuscrito del libro era el de Manolo, al decir de Rodríguez Rivera, que
manifestó haber estado presente.)
Después
de esto, Nicolás Guillén me citó, comunicándome que en vista de lo
ocurrido
la UNEAC
no se responsabilizaba con las ediciones.
De esa forma se nos negaba el derecho a imprimir y ser
distribuidos. Cuando por la
tarde fui a buscar
la Segunda Novísima
de Poesía Cubana, que se terminaba de imprimir, se negaron a
entregarme ejemplares.
En
estos días, bajo la acusación de homosexuales, se negaba el derecho a
dirigir grupos de teatro a los directores más importantes de Cuba.
Inclusive a Vicente Revueltas (director de “Teatro Estudio”,
que siempre preconizaba un teatro social).
Las persecuciones a escritores y artistas, mezclada con problemas
morales, tomaba un carácter alucinante: actores, jóvenes poetas y
compositores eran detenidos continuamente.
El Carmelo de Calzada, sitio de tertulia y reunión, se convirtió
en un lugar peligroso.
Puesto
que la policía me seguía y vigilaba mi apartamento, cerré éste y me
fui a vivir a casa de mis padres, con la decisión de hacer los contactos
necesarios para conseguir los dólares de mi pasaje y marchar al
extranjero.
En
La Gaceta
, aprovechando todas las circunstancias en torno a nosotros, Jesús Díaz
atacó a las ediciones diciendo que aunque era la primera manifestación
generacional que se producía dentro de la revolución, tratábase de
gente “disoluta y negativa” (palabras más que peligrosas en Cuba).
A
la noche siguiente yo tenía una cita con un joven amigo, para revisar
unos cuentos suyos. Cuando
llegaba a la esquina de O y 19, dos hombres armados me detuvieron.
Me llevaron con tres más a una estación de policía.
Fui sometido esa noche a tres interrogatorios.
El primero consistió en preguntas sobre varios intelectuales y sus
posiciones, así como la clase de amistad que yo tenía con algunos de
ellos y a quiénes deseaba denunciar.
El segundo (viendo que no conseguían nada) estuvo lleno de
insultos hacia mí, los intelectuales y
la Unión
de Escritores calificando a todos los artistas de degenerados.
El tercero fue hecho en un cuarto muy reducido, frente a un oficial
que se encontraba detrás de un pequeño buró.
El
oficial parecía que acababa de llegar.
Se refirió antes que nada a Allen Ginsberg.
(Encendió una bombilla; me pareció que la conversación estaba
siendo grabada.) Pretendía
que afirmara que yo era homosexual. Todo
esto en el tono más amable, mientras hacía preguntas indirectas sobre
figuras conocidas.
Me
dijo que él iba a ayudarme y no me pasaría nada, que denunciara a quien
quisiese, que aunque yo nunca me hubiera acostado con un hombre eso no tenía
que ver, pues yo podía ser homosexual y no saberlo, que si yo lo
declaraba ellos iban a hacer todo por curarme, que yo era un muchacho muy
inteligente que había publicado libros y ellos sólo querían que yo no
fuera un mal ejemplo para la juventud.
El
asunto era que yo dijese sí simplemente.
El interrogatorio seguía en un tono totalmente amistoso.
Como me negué, me hizo salir.
Llamaron a los padres del muchacho que detuvieron conmigo.
Llegó la madre. El
padre, que era médico, se encontraba efectuando una operación.
Intentaban convencerlos de que me hicieran una acusación por
corrupción de menores. Cuando
la madre se sentó a mi lado en espera de que volviesen a llamarla, me lo
dijo; también me dijo que no me preocupara, pues ellos eran una familia
incapaz de acusaciones de esa índole.
Cerca de las doce del día y cuando llegó el padre, un oficial me
mandó marchar.
No
pasó una semana y me hicieron la primera llamada del Servicio Militar:
después se sucedieron cerca de cuatro llamadas consecutivas.
En la última fui interrogado por seis hombres.
Me hicieron caminar de un lado a otro y me insultaron.
Me dijeron que no les importaba que yo fuese escritor, ni que
hubiese estudiado en
la Universidad
: que ellos se limpiaban los c... con eso; que todos los escritores eran
unos maricones y ellos iban a acabar con
la UNEAC
y todos los sitios como esos; que yo me había dejado corromper y ellos
iban a hacer de mí un hombre, sin poemitas ni nada de esa porquería; que
la literatura era una cosa de flojos y afeminados que no podía permitir
la revolución.
La
única pregunta que les hice fue que cuál era el nivel de escolaridad de
todos ellos. Se indignaron de
una forma increíble y me mandaron a la estación de policía de mi bario.
Me sentía cansado y deprimido.
Me esperaban. Me dieron
una planilla para que la firmase. La
planilla, además de los datos convencionales, contaba con un solo añadido:
el que yo tenía pasaporte. El
policía me la dio a firmar, mientras la sostenía para que yo no pudiese
dar vuelta a la hoja. Firmé
bajo los datos. Cuando la
retiró noté que estaba escrita por detrás a bolígrafo y con muy mala
letra: ―Ya perteneces al Ejército―, fueron las palabras del
policía.
El
16 de junio, y no teniendo prueba alguna contra mí por la que pudiera ser
juzgado por tribunal alguno, se me llamó con el pretexto del servicio
militar y se me condujo a un campo de trabajos forzados en Camagüey.
Miles de personas corrieron la misma suerte por esa época, por lo
que no me considero el único que recibiera torturas físicas y morales,
así como toda clase de vejaciones. Ni
me considero el único testigo. Allí
conocí desde universitarios, infelices y delincuentes, hasta sacerdotes.
Incomunicado
durante tres meses, se intentó acusarme de agente de
la CIA. De
mis cartas se hicieron duplicados para el Ministerio del Interior,
mientras se me amenazaba con el asesinato de mis sobrinos, de uno, tres y
cinco años. En realidad no
tenía nada que confesar ni de qué arrepentirme.
Un día se dijo en el Campo que habían sido tantas las quejas y
los comentarios de lo que ocurría en esos lugares, que Fidel Castro había
hablado en un discurso de ellos. Las
alambradas fueron bajadas, las ametralladoras de las puertas y el número
de soldados reducidos, se prohibió pegarnos y someternos a castigos.
Días después, cuando las apariencias fueron cambiadas, se permitió
a nuestros familiares ir a vernos como si allí no hubiera ocurrido nada.
Un
mes después se nos permitía ir a
La Habana
con un pase. El 3 de octubre
me dejaron salir. El 4 por la
noche se presentaron unos oficiales en mi casa, con el pretexto de hablar
conmigo. Como no me
encontraba, quedaron con mi familia en volver a la mañana siguiente.
Por la mañana quienes se presentaron en casa fueron tres hombres
vestidos de civil, los cuales entraron hasta mi habitación haciéndome
vestir a punta de pistola. Me
montaron en un coche del Ministerio del Interior.
Tenía gripe, con 39 grados de fiebre.
No obstante fui conducido a una celda, sin explicaciones de ninguna
índole.
Cuando
mi madre se acercó a la estación de policía llorando para saber lo que
pasaba, fue amenazada por la policía de la puerta, que la obligó a que
se mantuviera a más de cincuenta metros.
Al anochecer se me condujo a la prisión militar de
La Cabaña
, donde según la policía sería juzgado militarmente.
Al tercer día de encontrarme en las condiciones más abominables y
creyéndome que iba a quedarme ciego por la oscuridad del lugar, conseguí
un pedazo de papel con el que alguien se había limpiado y con un
insignificante trozo de lápiz redacté una carta al fiscal de
La Cabaña. La
carta la entregó compadecido el jefe de patio.
Apenas
media hora más tarde me hicieron comparecer ante la dirección.
El joven oficial jefe tenía la carta en la mano cuando me hicieron
entrar. Al verme pelado al
rape, con el traje de preso raído y con fiebre, me dio la espalda.
Luego se sentó. Después
de escucharme atentamente mandó que me sacaran a una celda amplia y
limpia donde dormir, y que se me permitiese todos los días salir a los
jardines de la cárcel y limpiarlos, así como botar la basura (esto me
permitiría ver el sol que era lo que yo pedía).
Durante
los días que estuve allí ese fue mi trabajo.
Nunca me dijeron una palabra. Me
estaba prohibido hacer preguntas o dirigirme a los militares si ellos no
me hablaban primero. Una mañana,
inesperadamente y conforme me hicieron entrar en aquel lugar, me sacaron.
Me permitían estar 10 días en
La Habana
, después de los cuales debía volver a un nuevo Campo.
Las maquinaciones parecieron topar su límite.
Cumplidos
los 27 años podría abandonar el país.
Con amigos en el extranjero y mediante una familia se consiguieron
los dólares de mi pasaje. Con
la transferencia bancaria de los dólares me concedieron la libertad.
En febrero de 1968 logré salir de Cuba.
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