1912  -  1991

 

 

El testamento poético de Edmond Jabès

por Antonio Lucas


Se publica el broche a los textos reflexivos de uno de los autores más relevantes del siglo XX - «Tras Auschwitz era difícil hacer poesía, pero había que seguir, aunque fuera una escritura distinta, herida»: El testamento poético de Edmond Jabès

 «La página blanca es un silencio impuesto. Sobre un fondo de silencio se escribe el texto». Tal pudo ser el lema del poeta y pensador Edmond Jabès (El Cairo, 1912-París, 1991) para acometer el grueso de su obra, considerada como una de las más intensas de la segunda mitad del siglo XX.

La reflexión sobre la ausencia, sobre la errancia y el desierto y, además, el nexo entre hebraísmo y escritura fueron los temas medulares que atravesaron sus libros y centraron su vida. Una existencia en la que pesó el exilio, al que se vio forzado en 1956 año que fijó su residencia definitiva en París, alentado por amigos como Max Jacob y René Char y su origen de judío egipcio, aunque siempre reivindicó su judaísmo como «de integración más que de fe; ni practico ni creo». Quizá por ello se declaró firmemente antisionista. La suya es la historia de una vida hecha de pequeñas historias.

El exilio abrió una experiencia nueva en su obra. «Tanto en los aspectos formales como por la presencia de una pregunta permanente sobre el lenguaje y sobre el drama de Auschwitz. Después de Auschwitz fue muy difícil escribir poesía, pero había que seguir, aunque fuera una poesía distinta, herida», decía Jabès.

Tardó en conocerse su trabajo en España hasta 1977 no apareció traducido Transparencia en el tiempo , pero desde entonces su palabra hechicera fue estimulada por un conspicuo grupo de lectores: José Miguel Ullán y José Ángel Valente, entre otros. Es más, fue Valente el impulsor de su última visita a España en 1989 y de que Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, que ha publicado Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, salga ahora a la luz.

Vibrante y original

«José Ángel estaba fascinado con este libro. Y no sólo por el texto vibrante que contiene, también por el originalísimo título del volumen. Es más, en sus últimos años él mismo pensó en traducirlo», explicó ayer a EL MUNDO Coral Valente, viuda del poeta. La enfermedad y los proyectos del autor de La memoria y los signos no lo permitieron.

Pero sí estuvo en todo momento atento a que el libro fuese volcado al español, como han hecho ahora Cristina González de Uriarte y Maryse Privat, en una versión revisada por el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de la Laguna, que dirige el también poeta Andrés Sánchez Robayna. «Se puede decir que este libro supone el testamento de Jabès. Son unos textos de importancia vital en el grueso de su obra. Supone el remate, el final de sus escritos reflexivos. Aquí vuelve a aparecer esa enorme reflexión sobre el judaísmo entendido como metáfora del ser humano por cuanto tiene de dolor y sufrimiento. Un extranjero con... tiene todos los grandes valores de la lírica de este creador, que despertó la atención de filósofos como Blanchot o Derrida», explica Sánchez Robayna.

Hacer de toda su escritura una única palabra fue una de las obsesiones más apremiantes de Jabès: «Todos los míos son un sólo libro. Una aventura que se hace y rehace conmigo mismo», escribió. Una voluntad mallarmeana por hallar el resumen de lo dicho y lo por decir. Algo que buscó con su ciclo titulado Libro de las preguntas.

Y bajo esa idea de totalidad, sobre las brasas de su concepción de Dios, que también centra los textos de Un extranjero con... «Dios es la ausencia, el vacío pletórico» , se encierra otro de los aspectos que fortalecen la poesía de Jabès: su confianza en la irreverencia poética: «La poesía tiene un papel político muy importante, pero no hablo de una poesía política, que detesto, sino de un papel interior, subversivo como un murmullo, porque cuando uno habla en voz baja va al fondo de sí mismo y molesta a las personas que quieren imponer las cosas a gritos», comentaba.

Esa delicadeza de río tiene su poesía, esa misma corriente interior, que cierra su ciclo único con el destello más vibrante del pensamiento del poeta: Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato.

El Mundo . (Madrid, Domingo, 16 de junio de 2002)

 

 

La transparencia escrita

Traducción de Esther Seligson

 

Donde no hay riesgo
no puede haber escritura.

La escritura es un camino que no tiene fin; un trayecto siempre por hacerse, por andarse. No es posible decir dónde y cuándo –o cómo– termina.

En Edmond Jabès (El Cairo, 1912), exiliado en París desde 1957 donde murió (enero de 1991), la escritura, entre signos de una interrogación permanente, se extiende como el recorrido en un laberinto de cristal desprovisto de muros y diseño.

Sin un punto de partida, o uno de llegada, su escritura traza su propio camino, a la manera como traza el viento surcos sobre las arenas del desierto; o el dedo de la/del enamorad@ repasando en el rostro de la/del amante cada mínimo rasgo.

Escritura como expulsión de, y retorno a, el Libro. Y no que implique connotaciones de paraíso perdido o recobrado, sino un itinerario similar, digamos, al que llevaría una caravana en el desierto cuando se ve sorprendida por una tormenta y pierde el sentido de su ubicación: "Errar en la extensión infinita del verbo".

El desierto y la página en blanco son dos espacios clave en la escritura de Jabès: el perceptible silencio; el indeleble vocablo. El desierto: símbolo del único lugar donde puede ser escuchada y recibida la Palabra. La página en blanco: lugar único donde esa Palabra puede ser leída.

Es obvia la asociación judaica de este binomio dado que, según la Biblia, Dios se manifestó en ese espacio, consagrando a sus escuchas como interlocutores privilegiados de un diálogo que aún está vigente a lo largo de la Historia en forma de una perenne serie de preguntas que, no es que no tengan respuesta, sino que constituyen la esencia misma de la interrogante sobre la condición humana, condición nómada, exiliada, errando tras la huella de su semejanza divina.Edmond Jabès en París. Dibujo de Anatoli Kaplan

"Ser es interrogarse", dice Edmond Jabès, sin reposo ni respuesta porque "errante es la palabra de Dios", y porque "Dios es la elección del judío y el judío es la elección de Dios". No existe otro interlocutor, ni forma de diálogo distinta a la mantenida por ambos desde su encuentro. No se trata, sin embargo, de un asunto de identidad racial pues "la identidad es, a fin de cuentas, lo que uno escoge ser". Por ello "judío" implica para Jabès un proceso de estar siendo; primero, frente a sí mismo en un perpetuo cuestionamiento de aquellos valores con los que el hombre solapa su conformismo, su terror al libre albedrío y su falta de responsabilidad ante su prójimo.

Después, pero simultáneo, aparece el diálogo con esa "metáfora del vacío" llamada Dios. Dialogar es poner en tela de juicio lo que se cree saber para instaurar un nuevo espacio

donde los interlocutores – vírgenes de palabras, si es que esa inocencia fuese factible – instaurasen, igual, un nuevo lenguaje para una nueva conver(sa)ción.

Dentro de la ortodoxia, Jabès sería considerado o ateo o laico. Es, de cierto, un humanista cuyos rabinos, aunque imaginarios, se inscriben dentro de la Tradición, tanto de la exégesis talmúdica como de la mística de la Kabalá y el Hasidismo. "Los rabinos son, por esencia, los intérpretes privilegiados del libro", de ahí que cualquiera pueda ser un rabino, siempre y cuando acepte esa constante confrontación con todas sus seguridades a la manera como se confronta el talmudista con el Texto, el escritor con la Palabra, el lector con el Libro.

La realidad no nos basta, y vivir es ir escribiendo la propia existencia. "Siempre soñé con un libro que reprodujera el proceso de la vida". Jabès no concibe la escritura más que como un medio de entablar un compromiso con el Otro, ese prójimo –mi semejante hecho a imagen y semejanza divina– encarnado ya desde los profetas bíblicos en el extranjero, el huérfano, la viuda, la víctima de la opresión (política, social, moral, religiosa), el exiliado. Y ese compromiso es un diálogo que apela a la hospitalidad: deber sagrado por excelencia que implica fraternidad y esperanza.

Así, la escritura jabesiana sondea, a tientas casi, los vericuetos de ese laberinto –silencioso y sonoro– que es la propia vida, el libro, y a cuya salida, y únicamente entonces, es posible empezar a hablar, a entablar un diálogo con un interlocutor que puede ser, simultáneo, Dios y/o el lector. "No hay verdadero silencio si no es compartido" expresa Cesare Pavese en sus Diálogos con Leucó; y es justo a partir de ese silencio primigenio, de la asunción de nuestra insoslayable soledad –esa soledad que María Zambrano define como "conquista metafísica"– que la Palabra surge para expresar la bondad fundamental de la Creación: "Y vio Dios que era bueno".

Porque Jabès, como muchos otros escritores y filósofos contemporáneos del Holocausto que plantearon la imposibilidad de seguir pensando de igual manera los valores en que hasta entonces se sustentó "el concepto del hombre", y no obstante Auschwitz, cree en la capacidad hospitalaria, bondadosa, anhelante de justicia y misericordia del ser humano fraterno que acepta a su semejante tal cual es en su diferencia soberana y libre, por el mero hecho de tener acceso a la palabra y, con ella, al diálogo, invencible arma contra el mayor de todos los males: la indiferencia.

Y dado que nuestra posibilidad de dialogar parte del silencio y de la soledad, el encuentro con ese Otro que será mi interlocutor estará punteado por blancos, paréntesis, guiones, comillas, cursivas, ese mundo de acotaciones que caracterizan a la página jabesiana donde la escritura corre pidiéndole al lector que lleve un lápiz en mano para trazar los renglones mientras va leyendo.

Me reconfortaría que mis libros suscitaran una cierta inquietud. No creo que sean ilegibles. No pienso que sean oscuros. Se vuelven ilegibles si uno busca en ellos certezas...

Si quisiera un lector ideal, pensaría en aquel que, a través de mis libros, asumiera sus propias contradicciones, su propio vértigo, y que aprendiera, poco a poco, a no tener miedo...

 


 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO