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La memoria y la mano
Siempre esta imagen de la mano y la frente, del escrito rendido al
pensamiento.
Como el pájaro en el nido, mi cabeza está en mi mano. Quedaría por
celebrar al árbol, si el desierto no lo fuera todo.
Inmortales para la muerte. La arena es nuestra insensata parte de la
herencia.
Que pudiera esta mano donde el espíritu se ha acurrucado estar llena
de semillas.
Mañana es otro término.
¿Sabías que nuestras uñas fueron antaño lágrimas? Rascamos los muros
con nuestro llanto endurecido como nuestros corazones-niños.
No puede haber salvamento cuando la sangre ha ahogado el mundo. Sólo
disponemos de nuestros brazos para alcanzar, a nado, a la muerte.
(Más allá de los mares, encima de las crestas, minúsculos planetas no
identificados manos unidas, redondas manos plenas escapadas a la
gravedad)
Cuando la memoria nos sea devuelta, ¿conocerá finalmente el amor su
edad?
Felicidad de un viejo secreto compartido. Al universo se aferra
aún la esperanza del primer vocablo; a la mano, la página arrugada.
Sólo hay tiempo para el despertar.
Traducción: Esther Seligson
Preguntas a la
luz
Exterior es el
límite. Interior, lo ilimitado.
Para preparar mejor al hombre a
morir del hombre, ¿creó Dios el tiempo? Para dejar a Dios el tiempo de
morir de Dios, ¿concibió la eternidad el hombre?
El instante muerde
en la duración, nunca sobre la eternidad, que es duración
incontrolable.
¿Y si el ayer –oh noche clavada, todo mi pasado- se
rehusara a abdicar? No hay palabra que no esté, desde ya, envuelta de
porvenir. El dolor, la desgracia, acceden, ellos también, a la
mañana.
Uno se pregunta en la noche; pero movida por una
comprensible necesidad de mirar y, para nosotros, de mirarnos en ella, la
pregunta está siempre vuelta hacia la luz.
La luz de la pregunta
nunca es sino la pregunta a la luz.
Hay que haber llorado mucho
para apreciar una sonrisa: arco-labios. Arco-iris.
-No puedo
conocer a otro sino a través de mí. ¿Pero quién soy? -¿El fuego conoce
el fuego? -¿El bosque conoce el bosque? Es a la madera que consume
que el fuego le debe el ser fuego; como el bosque, al fuego que lo
reduce a las cenizas, le debe el haber dejado de ser un
bosque.
De
"El libro de las preguntas" (Traducción: Juan Cristóbal Mac Lean)
La selección de textos
que a continuación se presenta se ha tomado de los siguientes libros
(aún no traducidos al castellano), en orden cronológico de publicación,
todos editados por Gallimard:
Le livre des
ressemblances, 1976. Le soupçon. Le désert, 1978. L’ineffaçable.
L’inaperçu, 1980. Le parcours, 1985. Le livre du partage, 1987. Un
étranger avec, sous le bras, un livre de petit format, 1989. Le livre de
l’hospitalité, 1991. Le livre du dialogue, 1994.
Es equivocarse radicalmente
asimilar cualquier parte de El libro de las preguntas a una teoría de la
escritura.
Si alguna teoría hubiese,
nació de un cuestionamiento que concierne al hombre antes que a las
palabras; al hombre en el instante en que se escribe a sí mismo, cuando se
convierte en vocablo. La inquietud, la angustia, son la base: tête à tête
consigo mismo, confrontación y lucha que en el libro se transforman en
confrontación y combate de la palabra con la palabra que surge, y que se
tolera y se impugna porque, de pronto, ha ocupado nuestro lugar, mientras
que lo importante es saber qué ha pasado con uno mismo, en qué universo se
anda, a qué ritmo y en qué vía; a través de qué vida o qué muerte que uno
se ha apropiado.
Y de qué tachadura ha sido
uno víctima.
Todo ocurre en nosotros
dentro de un cierto orden, y con nosotros se desbarata. El libro no es
sino la imagen de esto que sucede, a menos de que sea lo contrario.
Pensar, escribir, es hacerse
semejante. La escritura, el pensamiento, son sólo aproximaciones sutiles a
la semejanza, juegos de aproximaciones; fuegos combinatorios en lucha con
su vacío, frente al objeto.
Pensar al otro es perpetuar
la semejanza.
No existe semejante
impensado.
El tiempo marca la
semejanza. La eternidad la borra.
El fuego juega su semejanza
en el fuego.
En el principio era el verbo
que se quería semejante.
De esa manera Dios enfrentó
Sus semejanzas en la Palabra, y, el hombre, las propias, en Dios.
Toda creación es
cumplimiento de semejanzas; el acto merced al cual ella corre el riesgo de
afirmarse.
Lo que creamos se nos
parece. La creación del hombre por Dios sólo podía pasar –como se
atraviesan los mares– a través de la semejanza.
Decir que Dios nos hizo a su
imagen, es la confirmación: una deducción lógica...
"El Libro es la ilógica
ausencia de toda existencia escrita; la prueba de Dios",
decía. También decía:
"Lo que te parece ilógico sólo es, a menudo, providencial acceso a la
lógica divina: una puerta donde no hay puerta."
Dios es el grito del vocablo
blanco que nuestras letras trazan para el ojo.
El grito de Dios es el grito
de toda ausencia.
(Dios imita a Dios para
el hombre que lo imita.)
Mi desierto es espejo divino
pulverizado.
El horizonte es siempre el
vacío de un rostro.
Dios es una palabra sin
fin.
El primero y el último libro
tienen en común el imprescriptible silencio.
Toda página escrita es nudo
desanudado de silencio.
El abismo es
silencioso.
El vacío es espera de
vocablo.
Todo lector es el elegido de
un libro.
(Tú te asemejas a quien
se asemeja a ti durante el tiempo de una semejanza. No hay imagen
eterna.
La eternidad de Dios es
ausencia de imagen.)
"Tendrías que habituarte a
mirar las palabras como ojos que te miran", había anotado Reb Assayas.
("Nuestros labios conocen
Tu libro, Señor, escribía Reb Somekh; ¿pero qué mano fraterna vendrá a dar
vuelta a las páginas del nuestro? Vivimos a la sombra de esa
mano.")
Frente al hombre está el
hombre. Frente a Dios no hay nada.
("Me inclino a pensar que
nuestra nada y la de Dios no tienen la misma amplitud. Una envuelve a la
otra. Bajo esta óptica concibo", escribía Reb Hamouna.
Y para ilustrarlo
agregaba: "Imagino al día engullendo a la noche, luego a la noche
engullendo al día. Nunca seremos otra cosa que nada en la nada, círculo
dentro del círculo.")
¿Y si el círculo más pequeño
fuera Dios? Escribir sería, entonces, hacer entrar a Dios en el tiempo
parcialmente explorado de nuestros límites.
Nunca es la respuesta, sino
la pregunta, la que incendia el edificio.
Soy hombre de escritura. El
texto es mi silencio y mi grito. Mi pensamiento avanza soportado por el
vocablo, movido por el ritmo de lo escrito. Ahí donde pierde el aliento,
me derrumbo.
La experiencia del desierto
fue, para mí, predominante. Entre el cielo y la arena, entre el Todo y la
Nada, la pregunta es quemante. Arde y no se consume. Arde por sí misma en
el vacío. La experiencia del desierto es también la escucha, la extrema
escucha. No solamente se oye lo que en ninguna otra parte se oiría, el
verdadero silencio cruel y doloroso, porque incluso pareciera reprocharle
al corazón sus latidos; sino, igual, cuando por ejemplo está uno acostado
sobre la arena y sucede que, de pronto, un ruido insólito nos intriga; un
ruido como el de un paso humano o de un animal, más cercano a cada ins-tante, o que se aleja o parece alejarse, que sigue de largo. Después
de un buen momento, si uno se encuentra en esa dirección, surge del
horizonte el hombre o el animal que nuestro oído nos había anunciado. El
nómada ya habrá identificado a esa "cosa viviente" antes de verla;
inmediatamente después de que el oído la haya percibido. Porque el
desierto es su lugar natural.
Yo he tratado, como el
nómada a su desierto, de circunscribir el territorio de blancura de la
página; de convertirlo en mi verdadero lugar; como, por su parte, el judío
que desde hace milenios ha hecho el suyo del desierto de su libro; un
desierto donde la palabra, profana o sagrada, humana o divina, ha
encontrado el silencio para hacerse vocablo; es decir, palabra silenciosa
de Dios y última palabra del hombre.
El desierto es algo más que
una práctica de silencio y de escucha. Es una apertura eterna. La apertura
de toda escritura, ésa que el escritor tiene por función preservar.
Apertura de toda
apertura.
"No digas nunca que has
llegado; porque, en cualquier parte, no eres más que un viajero en
tránsito."
Reb
Lami
Todos los caminos parten del
cuerpo y nos conducen a él. El cuerpo es el camino.
La muerte es el enemigo del
camino.
Habiendo agotado todos los
caminos, Dios no tiene cuerpo.
El sol inunda el universo de
luz. En ninguna parte encontrarás rastro del círculo; incluso, aquí, un
punto carecería de objeto.
Blancura del texto.
No hay rostro que no
responda al deseo de una mano. No hay mano que no esté obsesionada por el
rostro.
"Yo nací en el libro. Crecí
en el libro. Moriré en el libro. No he conocido otras moradas, otros
caminos, otros paisajes ni otro cielo", decía.
Y agregaba: "Nunca he
levantado los ojos del libro." ¿Acaso no escribió Reb Saadia: "Nací con
el libro como se nace con la sombra. Durante la noche mi libro y yo somos
uno y el mismo"?
Leo y releo el libro que voy
a escribir.
El Nombre de Dios es blanco;
el del Mesías, "de una blancura aproximante", decía.
"El Mesías se presentará.
Las letras de su nombre serán de un blanco visible", decía también.
Tenía un poco de arena en
cada mano: "De un lado, las preguntas; del otro, las respuestas. Ambas
tienen el mismo peso de polvo", decía también.
"Al crear, creas el origen
donde te abismas", escribía Reb Sanua.
No existe nombre que no sea
un desierto. No hay desierto que no haya sido, antaño, un nombre.
No busques leer el desierto.
Encontrarás ahí todos los libros enterrados bajo el polvo de sus
palabras.
Tú percibes lo que, contigo,
se borra. No puedes aprehender lo que dura más que tú.
A quien enseña la certeza,
no le reproches el método sino la afirmación.
Toda palabra tiene como
destino una palabra.
"Aprender a mirar las palabras como el mar, pues él es, para ellas, el
primer vocablo; igual como Adam es, para nosotros, el primer hombre",
escribía Reb Siami.
A la edad que un judío
declara tener, hay que agregarle cinco mil años.
"La cuestión no está en si
Dios existe o no –confesaba Reb Yasri ante su escandalizado
auditorio. "Si yo creo que Dios existe, eso no prueba Su
existencia. "Si no creo que exista, ello tampoco prueba su
inexistencia. "Si hemos podido imaginar a Dios es porque somos capaces
de concebirlo y de abismarnos en nuestra invención. "Dios permanece más
allá, fortalecido en Su misterio y protegido por Su secreto." Y
agregaba: "Misterio y secreto son sólo distancia vertigi- nosa entre una
palabra tolerada, y un vocablo inaceptable."
...esta diáfana pared que,
en la palabra, separa la parte del silencio por decir de aquella que,
apenas dicha, el silencio recupera."
El poeta encuentra; el sabio
redescubre. "Todo descubrimiento no es sino paciente conquista del
olvido", decía Reb Rafat.
Las palabras son distraídas.
A menudo nos abandonan en el camino. Con razón o sin ella, Reb
Souassi deducía que la muerte no era sino una grosera distracción de la
vida que, ¡ay!, nos resulta fatal.
La indiscreción de la página
choca con la reserva infinita del libro.
"Dos justos no mantienen,
necesariamente, el mismo lenguaje."
"Hay fuegos que
no es posible apagar porque la eternidad los atiza. "No te acerques
demasiado a lo invisible. Su quemadura es, a veces, mortal", escribió Reb
Nadler. El exilio es también una elección.
–¿Cuál es tu
bien? –La transparencia. "Nunca dos obras transparentes se
asemejarán entre sí –decía. Y sin embargo, ¿a qué se parece una gota de
agua si no es a otra gota de agua?"
El desierto es
universo de transparencia.
"¿Quién te
sostiene?", preguntaba Reb Asri a Reb Dabban. "El vacío",
le respondió éste. Y agregó: "¿Acaso no sostiene al universo?"
La rosa de la
muerte tiene un perfume de eternidad consumada. "La palabra de
Dios está en la del hombre. "La palabra del hombre, en el silencio de
Dios", decía también.
Como el diálogo,
el libro tiene sus niveles de aproximación. Así, escribir sería escalar
los grados de nuestras carencias. La palabra está en la cúspide.
El corazón del
diálogo está pleno de los latidos de la pregunta.
–Vine para
interrogarte –dijo el discípulo. –No esperes de mí ninguna enseñanza
–respondió el maestro. Hemos recibido la misma herencia: nuestra humilde
sabiduría. –¿He de irme tan pronto? –dijo el discípulo. –Paciencia.
Trataré de ayudarte de la mejor manera. Te enseñaré, poco a poco, a
desaprender. Ésa es la virtud del diálogo –respondió el maestro. "Desde
la ventana miro, con las gaviotas, volar el mar. "De aquí partiré un
día. No llevaré conmigo la imagen de la tierra, sino la visión de la
infinita herida celeste", había escrito."
La palabra,
decía, como la ola, revienta sobre la playa, pero siempre es sólo un poco
de espuma lo que desciframos".
Contrariamente al
pájaro, el libro muere con las alas des- plegadas. La palabra debe su
fuerza, menos a la certeza que ella marca, al articularse, que a la
carencia, al abismo, a la incertidumbre de su decir.
(–¿A partir de
qué momento podemos declarar que hemos entablado un diálogo? –Quizá en
el momento crucial en que el universo ya no es nada.)
Nunca seremos
dueños de los horizontes.
("La
diferencia entre nosotros, decía, es la siguiente: Tú crees firmemente en
una verdad reconocida, mientras que la que a mí me fascina, nunca se ha
preocupado por ser reconocida.")
Transparentes son
los muros del tiempo.
–¿Qué es un
extrajero? –Aquel que te hace creer que estás en tu casa.
(La escritura es
violencia en sus esfuerzos por transigir con el vacío. Ahí radica su
desesperación. La réplica de Caín: "¿Acaso soy el guardián de mi
hermano?", podría traducirse como, "¿soy acaso la palabra de mi hermano?
¿No tengo derecho a expresarme yo también?" Abrazar la palabra del otro
es, de cierta manera, renunciar a la propia. Violencia contra
violencia. El verbo es generador de conflictos. Es la expresión
agresiva de nuestra condición finita.)
No es la verdad
lo que importa, sino el uso que se hace de ella.
"Dios no es
nuestra verdad. Su verdad no nos atañe, pero ella es, no obstante, el
modelo incuestionable de nuestras verdades perturbadas y, a veces, la
coartada", había escrito también.
Encontrar la
formulación y el tono justo: más que un arte de escribir, un arte de vivir
y de morir.
Una verdad no se
distingue de otra verdad más que por la diferencia de destino.
La semejanza del
judío con el judío se debe, probablemente, al hecho de que siempre fue
mantenido aparte por aquellos que a duras penas lo toleraban. Aunque no
hay que confundir semejanza y solidaridad; para el judío, esta solidaridad
ejemplar es confesión de semejanza.
Resistir la
tentación de redondearse, de convertirse en perla para un collar.
Integrarse, en cambio, a cada guijarro del camino. Partir.
En el comienzo
había un punto, y ese punto ocultaba un jardín. Motivados por su
pasado, los judíos, en su práctica coti-diana del Texto, se dieron cuenta
de que cada palabra tenía raíces propias. Hicieron, de la consonante, el
tronco, y de la vocal, la rama nutricia. Igual como Dios había hecho, de
un punto brillante, el astro del día, y, de un mundo deslumbrado, el astro
de la noche. El libro tomó el lugar del árbol. En adelante el mundo
podía leer al mundo y crecer aún.
Nuestras vías son
diversas, innombrables. Y, no obstante, sólo son dos: la que conduce hacia
el Todo que es la Nada, y la que lleva a la Nada que es el Todo. Una es
polvo; la otra, humo.
La parte humana
de la escritura es la parte conocida; la parte divina, la
desconocida.
El libro está en
la semilla. La semilla es vocablo. El vocablo está en el
libro. La lectura del libro quizá no sea sino lectura de granos
germinados.
No le pidas a
Dios que barra a tu puerta. No fue Él quien inventó la escoba.
Escuchar a Dios
en Su escritura me parece ser la lección del judaísmo.
Para el judío,
mirar hacia atrás es ver el futuro antes de haberlo vivido.
A donde el judío va, el
ghetto lo sigue. Nuestras cadenas están en nosotros
mismos. Están escritas.
Lo que está por
abrirse, una vez abierto, abre. En esta apertura, en esta serie de
aperturas, me inscribo.
La verdad de Dios
está en el silencio. Volvernos silenciosos con la esperanza de
fundirnos en esa verdad. Pero sólo podemos tomar conciencia de ella a
través de la palabra. ¡Ay! Mas la palabra siempre nos está alejando del
objetivo.
¿Quién escribirá
jamás la errancia? –Ella se escribe con nosotros. Errante, yo soy su
escritura.
"Y tú
escribirás mi libro falsificándolo, y esa falsificación será el tormento
que te agitará en extremo.
"Mi libro
falsificado inspirará otro, y éste, otro, y así hasta el fin de los
tiempos; pues larga será tu descendencia.
"Oh, hijo y
nieto del pecado de escribir, la mentira será vuestra respiración, y la
verdad, vuestro silencio."
Así habría
podido hablarle Dios a Moisés.
Y Moisés
habría podido responder: "¿Por qué, Señor, condenar a Tus creaturas a
mentir?"
Y Dios hubiera
podido agregar:
"Para que cada
uno de vuestros libros sea vuestra verdad y que frente a la Mía, esa
verdad indigna se hunda y, por sí misma, se haga polvo.
"Ahí radica Mi
gloria."
Dios es nombrado
en lo más secreto de su ausencia.
Imagen del vacío
anterior al vacío. ¿Sabía Eva que al morder la manzana era su alma lo
que devoraba?
Eva y Adan amaron
de antemano, en su fragilidad, a su futura descendencia, a través de la
infancia que ellos mismos nunca tuvieron; pues Dios ya los había
abandonado a su suerte con el fin de ser también Él abandonado por ellos.
Pues su libertad –oh, soledad herida– deriva innegablemente de este
doble abandono. Pero dos preguntas subsisten. Al crear al hombre,
¿sabía Dios que nunca llegaría a ser de él un hombre puesto que es a éste
a quien le corresponde llegar a serlo por sí mismo?
¿La debilidad de
Eva se le reveló a Dios, más tarde, como una lección, y a Adam como la
prueba esencial sobre una cierta conciencia de existir, sobre la
aceptación de la vida y de la muerte?
Más que al
sentido, apégate al silencio que ha modelado a la palabra. Aprenderás
más sobre ella y sobre ti cuando ambos sean, únicamente, escuchas.
"Si se me
preguntara cuál, de entre todos los misterios, es el que permanece por
siempre impenetrable, yo respondería sin dudar: la evidencia",
había anotado.
Hermanas siamesas
separadas por la cabeza: el pensamiento y la poesía.
Como el
pensamiento para el pensamiento, o como el amor para el amor, la poesía
sólo puede ser salvada por la poesía. Respiramos como leemos. Al
mismo ritmo.
No hay que
confundir claridad de la lengua y claridad del texto. Una brilla al
exterior; la otra, al interior. Ondulantes fronteras.
"¿Qué es lo que
te pertenece? –Casi nada, e incluso ese casi está de más. "...de
más como el vaso de agua que se le tiende a quien no tiene sed", había
escrito.
No dejes a las
palabras agriarse. Tienen la misma longevidad que el vino.
Mis límites son
mi libertad.
Si se te
ocurriera evocar mi relación con el judaísmo, no digas el judaísmo, sino
ese judaísmo.
Entre tu noche y
mi noche está el obstinado infinito de una noche incondicional.
...este mundo
tiene un rostro: el nuestro.
El mar no tiene
más confidente que el mar, ni más testigos que el cielo. Sólo hay un
infinito único.
Cuando la ceniza
se hace libro póstumo, las palabras renacen de sus primeros
sonidos.
"Un sabio ciego,
un sabio mudo y un sabio sordo formarían juntos tres sabios baldados si no
fuera porque, en realidad, se trata del mismo sabio: ciego frente a Dios;
mudo frente al texto; sordo a las seducciones de nuestras frívolas
palabras", había dicho.
¡Separación de
las aguas! Nuestros límites son internos.
Un solo vocablo
basta para designar al universo –decía– pero, ¿a cuántas palabras nos hace
falta recurrir para entreabrirlo?"
El extranjero te
permite ser tú mismo al hacer de ti un extranjero.
"La singularidad
es subversiva."
–Mi pregunta no
es "¿quién eres?", sino "¿qué me aportas?" –Lo que yo te aporto es lo
que soy –le fue respondido.
No le preguntes
al extranjero su lugar de nacimiento; sino su lugar de destino.
Invisible
Auschwitz en su horror visible. Nada hay que ver que no haya sido visto
ya. Serenidad del mal.
"Qué infeliz ha
de sentirse Dios al haber cometido tantos errores. "Sus lágrimas son
ahora las mías", escribía un sabio. "El hombre –le respondieron– llora
por Dios que ya no tiene más lágrimas desde que, con cada una de ellas, Él
hizo una estrella. "El dolor es un cielo constelado. Toda la noche está
en nosotros."
Sólo podemos
comunicarnos a través de la palabra, pero, ésta, al expresarnos
parcialmente, vuelve imperfecta nuestra relación tanto con Dios como con
el prójimo. "Dios nos observa, dicen. Sin duda porque ha renunciado a
escucharnos. "Dios ha muerto de soledad reservando a Su creatura una
suerte similar", decía. Y agregaba: "¿Es Dios quien fracasó en Su
ambición de ser el Verbo, o es el verbo el que, al no haber logrado ser
Dios, se resignó a transigir con la Nada?"
La estrella
siempre estará separada de la estrella. Lo que las acerca es únicamente su
voluntad de brillar juntas.
"Una mirada basta
para rayar lo invisible, como raya la punta de un diamante la superficie
pulida del vidrio", decía un sabio.
"Así como fuiste
hecho y deshecho, haz y deshaz al mundo", escribía un sabio. "Lo
desconocido nos subleva, lo desconocido nos tritura, lo desconocido nos da
forma. "Piensa. Apégate a tu pensamiento como a una mujer de la cual
estuvieses locamente enamorado. "No hay pensamiento sin deseo."
El santo está
solo. El sabio tiene la edad de su soledad.
La pregunta es
ésta: ¿En qué soy responsable por otro? Y, primeramente, ¿acaso lo
soy?
Palabras de Caín
a Dios: ¿Soy responsable por mi hermano? Yo las leo así: ¿Soy responsable,
yo, propietario de una tie- rra que he cultivado con el sudor de mi
frente, del nómada Abel que ha escogido la errancia y la renuncia a los
bienes terrestres?
¿Y si el "¿acaso
soy responsable por mi hermano?" de Caín no tuviera otro objetivo que el
de atraer la atención de Dios hacia el eterno conflicto entre morada y
nomadismo? ¿Puedo ser responsable por la elección del otro? Puedo, en
todo caso, aceptarlo y abstenerme de juzgarlo, pero de ninguna manera
puedo renunciar a mi propia elección. El don de Caín a Dios es don de
riqueza: el de Abel, es don de pobreza. "Te ofrezco, con esta parte del
fruto de mi trabajo, todo lo que soy", pudo muy bien haberle dicho Caín a
Dios; y Abel: "Señor, acepta en Ti la Nada que soy". Entre el Todo y la
Nada, está la brutal escisión de un asesinato.
En el principio
estaba el libro en su blanco principio. Como las sabemos fatales, a menudo
callamos las palabras que hacen daño. Así, toda confesión de
sufrimiento es palabra silenciada. Escribir, escribir ese
silencio. No existen palabras para el adiós.
No escribimos más
que la blancura donde se inscribe nuestro destino.
"Tú no puedes ver
a Dios –decía ese sabio–, pero Dios te ve con tus ojos."
Tantos adioses en
cada adiós. Tantas cenizas para cubrir un poco de ceniza.
Inútil es el
libro cuando la palabra es desesperanzada.
"El sabio
–decía–, es aquel que ha recorrido todos los grados de la tolerancia y
descubierto que la fraternidad tiene una mirada y la hospitalidad, una
mano."
"No merezco la
hospitalidad que te debo. "Acéptala. Así sabré que me has perdonado",
decía un sabio.
Él decía:
"Accesible indefinidamente a lo que se le presenta, la hospitalidad no
puede pensarse sino en función de lo que ofrece.
"La
responsabilidad aliena. La hospitalidad, aligera. "Acoger a otro por
su sola presencia, en nombre de su propia existencia, únicamente por lo
que representa. "Por lo que es."
"Serás siempre el
huésped de mi alma, incluso si ignoro quién eres", decía.
"Un texto
destinado a un periódico –decía un sabio–, es un texto al cual, de común
acuerdo, se le ha otorgado un día de vida."
"Tenemos derecho
de preguntarle al que habla en nombre de qué habla. Igual, quien nos
cuestiona, está en su derecho de esperar nuestra respuesta."
"La solidaridad
en la desgracia –decía– no es, quizá, sino la tentativa común de
fertilizar un suelo árido."
Que tu memoria
sea mi morada.
La noción de
hospitalidad le es extraña a Dios. Eva no lo ignoraba. Y puso a Dios a
prueba. Dios cayó en la trampa y, devuelto a Sí mismo, se hundió en Su
ausencia. "De sus dos creaturas rebeldes Dios exigía obediencia y
sumisión. "La respuesta de Eva y Adam fue sin duda: "¿Acaso no
estamos, aquí en nuestra casa? "Ustedes están aquí, en casa de Dios,
habrá sido probablemente la respuesta del Señor. "¿No tendremos nunca
nuestro lugar propio? "¿Nunca seremos libres en nuestra casa? "Yo
soy vuestra libertad, como Soy vuestro lugar, fue, a lo que parece, la
respuesta del Dueño del mundo. "Eva y Adan se dedicaron entonces a
soñar con un universo a su medida. Era de noche. "Levantaron los ojos y
descubrieron el cielo. Y, en el cielo constelado, una estrella cercana que
Adan llamó la estrella de la fuga. "Su estrella." Así es el relato
que, una vez, hizo un sabio a sus discípulos.
¿Tienes poder
para prolongar la vida? –le preguntó un sabio a otro sabio. Tengo poder
para prolongar la esperanza –le respondió.
La disponibilidad
total desemboca en la hospitalidad.
Inconmensurable
es la hospitalidad del libro.
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