CHRISTOPHER ISHERWOOD:
DIARIO DE LOS AÑOS
DE LA GUERRA (1939-1944) (3)

 

Junio 28, 1942. Wystan se está quedando en la casa de Caroline Newton en Daylesford. Hoy dio una lectura de poesía para un gran grupo de damas ricas. Ninguna entendió una palabra, pero las impresionó mucho. Se impresionaron con el desaliño y la brusquedad de Wystan. Nunca está más desaliñado que cuando se pone su mejor traje. Leyó en voz alta con un tono aburrido e indiferente, checando repetidamente cuántas páginas más tenía que leer.

Septiembre 29, 1942. Fui a la peluquería. Siempre que he estado un tiempo fuera de la ciudad, Hollywood Bulevard me afecta con una depresión de las más violentas. Las botellas de Brillantina Wildroot y Tónico para el cabello Wildroot parecen ya no poder seguir sosteniendo ni un momento más sus pretensiones patéticas. "Sabemos que no somos el mejor tónico —emiten tristemente—. Sabemos que en realidad no podemos impedir que tu cabello se siga cayendo. Sabemos que en realidad no importa nada andar bien arreglado, ni atraer a las chicas, ni obtener el título, ni vender tu personalidad. Sabemos que vas a envejecer y a morir, y que otros nacerán, y que nuevos tónicos nos reemplazarán, con nuevos slogans con viejas mentiras en la etiqueta". Entonces desaparecieron. Y la peluquería, llena de azulejos, con el letrero MOVIE-LAND resaltado en letras de oro en un arco, sobre los lavabos, era como un trágico museo del anquilosado glamur veinteañero. Y el lascivo cliente cincuentón, con un preciso bigote militar, que le contaba chistes cochinos al peluquero y flirteaba con la manicurista desapareció, detrás de su sonrisa alerta y socarrona. La manicurista se miró en el espejo con entusiasmo: ya no era una chica completamente fresca. Su voz se oyó desgastada cuando le platicaba al cliente sobre su perro. ¿Y qué edad tenía el perro? "¡Oh, diez años, es viejo!". Esta gente, y la muchedumbre en la calle, y la chatarra en los aparadores, y los anuncios de películas, y la publicidad que te recomienda hacerte sabio, listo, relajado, sano, bronceado, emocionado, rico —y los periódicos con los japoneses en el cielo y Stalingrado que aún no cae—; todo esto, en silencio o en voz alta, gritaba su desesperación porque la "vida" de la revista Life está más muerta que la muerte, y no hay nada —ni esperanza, ni comodidad, ni refugio en ninguna parte—, sino en la impensable, insondable, horrible inmensidad de Dios.

Octubre 20, 1942. Denny salió del hospital y se ha alojado en el Hotel Beverly Hills. Decidió que necesita un poco de lujo para ayudarse a convalecer. Hoy fui a verlo y nadé en la alberca del hotel, que está afiliada a los servicios de apoyo para los soldados en licencia, y permite a ciertas horas la entrada gratuita a los reclutas. Había un joven marinero muy borracho, nos dijo que estaba de licencia y que iba a ver a su gente en Alabama. Chiflaba como máquina de vapor, desentonado, y se aventaba de chapuzón a la alberca, mojando a todo mundo de la cabeza a los pies. Creía tener una cita con una estrella de cine llamada Ellen, o tal vez Helen, no estaba seguro; así que le preguntaba a cada chica que pasaba: "Hey, guapa, ¿cómo te llamas?". Una morena de apariencia engreída, que debió haber sido sensual en los años veinte, sufría mucho al mirarlo: estaba leyendo el libro de Vivekanda sobre el raja yoga. Denny afirmaba que ella era un personaje de una novela de Scott Fitzgerald, desaparecida durante una fiesta salvaje, que se había quedado dormida durante veinte años. Se acababa de despertar y pensaba que todo esto era un sueño horrible. Finalmente, el chico de Alabama, que hasta entonces había sido tolerado con sonrisas indulgentes, escandalizó a todo mundo al gritarle a una viejita, tullida a causa de la artritis: "¡Hey, guapa! ¡Vente para acá! ¡El agua está rica!".

Agosto 18, 1943. Ayer por la tarde, como estaba aburrido, me vi haciendo lo que menos hubiera esperado: buscando a Tennessee Williams. Lo encontré, después de algunos tanteos, en una pensión escuálida llamada The Palisades, en el otro extremo de la ciudad. Escribía a máquina un argumento cinematográfico, con un kepí de yate, en medio de un desorden de vacías tazas de café, sábanas amontonadas y periódicos viejos. No pareció asombrado de verme. De hecho, tenía el aspecto de un sabio meditativo a cuya humilde cabaña finalmente regresa el trotamundos. Pretendió, divirtiéndose discretamente en secreto, como si fuera la cosa más natural en el mundo, que me tocaba un día de vacaciones del monasterio [donde Isherwood se preparaba para ser monje yogui]. Cenamos en el embarcadero; yo tomé muchas cervezas y hablé de sexo toda la tarde. Tennessee es la criatura más relajada que se pueda imaginar: trabaja hasta que se cansa, come cuando tiene apetito, duerme cuando se le antoja. El autoglide se descompuso hace tiempo, de modo que Tennessee dejó de pagar; el contratista lo está demandando, y a él le vale gorro. También tiene un pleito con la Metro. Es probable que no se quede mucho tiempo.

Septiembre 20, 1943. Cena con los Brecht. Hablamos de la adaptación de La duquesa de Malfi [la obra de John Webster], que Brecht ha hecho para Elizabeth Bergner. Además de algunos arreglos ingeniosos y de unos cortes, el objeto de Brecht ha sido darle a Ferdinand un motivo más fuerte para perseguir a la duquesa. Brecht dice que debe estar enamorado de ella. Para sostener esto, ha escrito una docena de versos en alemán, que quiere se traduzcan al inglés isabelino. Así que pone en funcionamiento todo su encanto, para galantearme como posible colaborador.

Hasta que llegó Berthold [Viertel, el director de cine]. Entonces, fatalmente, entramos en el tema del Vedanta, y Brecht estalló. Para él, es puro fascismo y tontería supersticiosa. La señora Brecht se le unió —como muchacha del Ejército de Salvación— para hacerme arrepentir y que recordara mi deber como escritor revolucionario. Berthold [Viertel] se puso de mi lado —o más bien, pidió disculpas por mi desviación y trató de sugerir que era sólo temporal; que, de hecho, yo podía ser considerado como un espía en el terreno enemigo—. Con que sólo —después de dos o tres años— escribiera un libro "exhibiendo" de una vez por todas el misticismo, mi retiro habría valido la pena. Todo esto fue bastante divertido, hasta que me soltaron y la agarraron contra [Aldous] Huxley [quien a su vez andaba en busca de filosofías orientales]. Brecht dijo que era un verkauft —que se había vendido—. Me enojé tanto que estuve a punto de pararme e irme a la casa en el acto. Y me fui muy poco después.

Brecht es obviamente sincero, a su modo. Pero, humanamente, no tiene más derecho en criticar a Aldous del que yo tengo en criticar al Swami [su gurú]. El es tan consumado individualista como yo, y mucho más oportunista. Le pregunté qué haría si a un comité soviético local de campesinos no le gustaran sus escritos, y me contestó que los convencería para que les gustaran. En otras palabras, Brecht acepta la voluntad de la mayoría en tanto que sea la suya propia. Creo que es extremadamente hábil y realista de su parte alinearse con los comunistas: es probable que ganen en Alemania, y él quedará en la cima. Lo que objeto es su pretensión de ser más honesto que un hombre como Aldous, y su convicción de que todo aquel que no está de acuerdo con él está recibiendo un salario de los patrones capitalistas.

Septiembre 22, 1943. Tomé prestado el coche de Denny y recorrí Long Beach —la tenebrosa ruta por Manchester Avenue, tierra adentro, donde la ciudad nunca termina—. La nueva casa de Pete en la Cuarta Avenida Este es una pequeña construcción de madera, con un gran porche, mosquiteros de alambre ya oxidados, el emblema de la Cruz Roja y la estrella del Servicio Militar en las ventanas —como mil otras—. Estaba ahí toda la familia: el canoso padre, de bella apariencia, que apenas hablaba una palabra de inglés, y que me saludó con un ademán; la madre pequeña, de ojos muy negros, algo trágica, con su hijo mayor ya muerto y ahora temerosa por el más joven; las tres hijas, Dolores, Carmen y la más chica, con su bonita naricilla, cuyo nombre olvido. Las tres eran encantadoras, pero destacaban poco junto a su vivaz hermanito prodigio, con sus ojos y dientes luminosos, su vigoroso cabello de corte militar, y su figura compacta y poderosa (ha subido de peso), en su tosco uniforme de soldado y sus botas. Comimos tacos, y Pete sacó una botella de tequila que bebimos bajo la mirada vacilante, no muy condescendiente, de la madre. Y no porque la familia realmente desapruebe cualquier cosa que haga Pete. Sus anécdotas de fiestas en Nueva York, sus fotografías de ballet [José Martínez era un exitoso bailarín de ballet], sus imitaciones de amigos y enemigos —todo era aceptado con gratitud, sin crítica, casi como Sagrada Escritura—. Carmen (apodada Butch) ha recibido una proposición de matrimonio grabada en un disco, de parte de un sargento extraordinariamente guapo a quien sólo ha visto una vez. El sargento mandó otro disco a los padres, pidiendo la mano de Carmen. Lo escuchamos, entre muchas carcajadas. Luego Pete y sus hermanas cantaron canciones mexicanas, en sus alegres tonos que rompen el corazón. Me pidieron que leyera poesía, en una antología popular; lo que hice —el tequila empezaba a obrar su efecto— con audaz libertad de expresión. La madre y el padre oyeron "Juventud y Arte", de Browning, con el mayor placer, sin entender una sola palabra. Parecía perfectamente natural que yo estuviera ahí bebiendo, y fumando un cigarrillo tras otro. (Es un extraordinario hecho psicológico, que he comprobado varias veces, que un exfumador pueda fumar cuando está borracho, sin revivir la adicción a la nicotina.) Me sentí como una diferente versión de mí mismo —el Christopher de Pete—, que no había sido sacada del clóset durante mucho tiempo, pero que siempre había estado ahí, esperando que la llamaran. Toda la leyenda, el culto de Pete, que Lincoln [Kirstein, el fundador del New York City Ballet] ha establecido, hizo del cuarto una especie de santuario, con el propio Pete sentado en el piso, de piernas cruzadas, como una deidad menor pero auténtica.

Septiembre 27, 1943. Anoche llevé a la terminal y despedí a Pete. Tomamos antes unos tragos en un bar. Pete dijo: "Siempre querrás ser diferente, Chris —hagas lo que hagas—. Quieres combatir a todo mundo. Quieres sacarte el alma y contemplarla". Cree que ya nunca volverá a bailar. Tiene treinta y un años. Toda la vida que amó ha transcurrido ya. Nos dijimos adiós en la barrera de la estación y desapareció, todavía entero, todavía tan maravilloso como siempre, rumbo al futuro gris, para convertirse en una pequeña parte de este tristísimo embrollo militar.

Octubre 2, 1943. Letrero de hotel: Hotel Cosmos: no vacancy.

Julio 30, 1944. Escribir un nuevo tipo de flujo de la conciencia [stream of consciousness]. Como una fuga. Ciertos motivos mentales recurren en intervalos regulares: Inglaterra, Dentista, Dios, X, Dinero, Guerra, Novela, Inglaterra, Dentista, Dios, etcétera. Sobre este modelo suenan los pensamientos más conscientes y fugitivos, los pensamientos conectados con los externos estímulos inmediatos. Quizás todo el asunto tendrá que ser escrito en compases, como música. Quisiera mostrar el pensamiento como sentimiento, el sentimiento como pensamiento, pues ambos son inseparables. Siento una punzada en las coyunturas y pienso en Inglaterra. Inglaterra es la punzada, la punzada es el pensamiento. La aspereza del estuco en la pared son los granos en la cara. La dureza del acero en tu mano es el impuesto sobre la renta. La amargura del café hervido es la angustia respecto al dinero. La mayor parte del tiempo, la gente no irrumpe en mi conciencia como entidades completas, ni siquiera como imágenes completas. Hay momentos en que un amigo sólo es aprehendido como un par de piernas arqueadas, o un seso, o algo que está preparando la cena. En otros momentos, la gente y las cosas del mundo exterior llegan a foco mucho más agudamente, y nos exigen toda la atención. Los personajes, para ser subjetivamente realista, deben emerger así, y retroceder de nuevo. Pero, ¿cómo hacerlo?

Agosto 29, 1943. Creo que su hermano Wolfgang debe haberle dicho algo sobre Ivar Avenue [el monasterio yogui], pues Gottfried Reinhardt estuvo rondando el tema, un poco provocador, un poco vacilante: "Háblame de Krishnamurti —me pidió—. ¿Ha leído a Voltaire? Quiero saber cómo le responde a Voltaire".

Traducción y nota de José Joaquín Blanco

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO