TRAVESÍA DE LA LITERATURA INGLESA

CHRISTOPHER ISHERWOOD:
DIARIO DE LOS AÑOS
DE LA GUERRA (1939-1944) (2)

La Garbo había sido convocada al picnic con promesas falsas. Se le había dicho que se trataba de algo muy tranquilo, y que sólo iban a asistir los Huxley y Krishnamurti. Garbo estaba ansiosa por conocer a Kirshnamurti. Se inclinaba naturalmente hacia los profetas, auténticos o no. Salka dijo que ella era muy infeliz, que andaba inquieta y asustada. Quería que le contaran el secreto de la eterna juventud y el sentido de la vida, pero rápidamente, en una sola lección, antes que su atención de mariposa volara nuevamente hacia otras partes. Eso explica a Stokoski, y las dietas del doctor Hauser.

Hicimos el picnic hasta arriba del cañón, en un pedregoso lecho de río, donde termina el camino. Era un lugar hermoso, con precipicios forestales sobre nuestras cabezas, una escena no diferente a la de los Alpes menores. Ella y Krishnamurti se sentaron juntos, pero no platicaron mucho. Creo que ambos estaban algo intimidados.

Krishnamurti era un hombre bajo, frágil, pálido, con un mentón pequeño y ojos bastante irritados, en cuyo rostro sólo quedaban débiles rastros de la extraordinaria belleza que debió haber tenido de muchacho. Era modesto y tranquilo, y nunca platicaba de filosofía ni de religión con personas comunes y corrientes. Parecía muy aficionado a los animales y se sentía muy cómodo entre los niños. Gerald [Heard] se quejaba de que se irritaba violentamente por naderías —como tomar un tren— y que entonces mostraba pocos signos de tranquilidad interior. Ciertamente no me impresionó tanto como Prabhavananda, pero tenía una especie de sencilla dignidad muy agradable. Y —no había modo de eludir esto— había hecho lo que ningún hombre vivo de hoy ha realizado: se había negado a convertirse en un dios.

Después del lunch, la mayor parte del grupo vagó un poco por el cañón, hasta el sitio donde los guardabosques habían levantado una alambrada, del otro lado del río, con letreros que prohibían el paso. (Creo que la razón era que se estaba construyendo una presa, para controlar las crecidas anuales del río Los Angeles). Alguien dijo que eso parecía una barricada en torno a un campo de concentración. Anita Loos [la autora de Los caballeros las prefieren rubias] propuso que hiciéramos un hoyo bajo la cerca, como refugiados que escapan. Era una broma bastante siniestra, y nos reíamos forzadamente, mientras algunos escarbaban con las manos o con piedras. Recuerdo que Bertrand Russell le explicaba a Aldous algún tópico filosófico, mientras escarbaba, con el aire de un papá que se une al juego para divertir a los niños. Sólo que en este caso él era al mismo tiempo el papá y el niño.

En pocos minutos ya estaba listo un hoyo grande y estrecho. La mayoría de nosotros se metió y reptó bajo la alambrada. Fue chistoso ver cómo, una vez hecho esto, la gente volvió a ser adulta, y se dispersó a pasear en grupos de dos o de tres, hablando de la guerra. No sé por qué se tomaron todo este trabajo, pues no le concedían atención alguna al paisaje. Especialmente Berthold —el citadino nato—, quien parecía andar paseando por la Quinta Avenida.

Me retrasé hasta la cola de la procesión, pues quería platicar con la Garbo. Me había tomado varias cervezas en el lunch y andaba algo desvergonzado. En cuanto empezamos a caminar, dijo la Garbo: "En tanto estemos de este lado de la cerca, pretendamos que somos otros personajes, completamente diferentes". "¿Sabes?" —anuncié solemnemente—, "en verdad me gustaría que tú no fueras la Garbo. Me caes bien. Creo que podríamos haber sido grandes amigos". En este punto, la Garbo emitió una risa burlesca, tipo Mata Hari: "¡Pero somos amigos! Tú eres mi querido hermanito. Todos ustedes son mis hermanitos queridos". "¡Oh, cállate", exclamé, enormemente adulado.

Supongo que todo mundo que conoce a la Garbo sueña con salvarla —ya sea de sí misma, o de la Metro-Goldywn Mayer, o de algún amigo o amante—. Y ella siempre elude a todo mundo con sólo montar una escena. Esto es lo que la ha hecho un personaje universal. Es la mujer en cuya vida todos queremos interferir.

Precisamente cuando habíamos terminado nuestro paseo y regresábamos a la alambrada, nos encontramos con un guardabosques que estaba cortando leña. Apenas si podía creer en mi suerte. ¡Qué situación! Desde luego, el guardabosques iba a reconocer a la Garbo de inmediato. Ella evidentemente pensó lo mismo, pues bajó la gran ala de su sombrero de paja para cubrirse parte del rostro. Yo estaba lleno, ancho, de galantería. Cuando nos preguntó qué demonios estábamos haciendo ahí y apuntó nuestros nombres, me puse en frente de ella y juré que se trataba de la Señorita Smith de Ocean Park, o quizás de la Señora Isherwood —y le di mi propia dirección para que me mandara la multa—. Pensé que esto iba a impresionarla de veras.

El guardabosques nos volvió a mirar, ahora con cierta simpatía, y dijo: "¿Saben lo que estoy haciendo aquí?"

"No", contesté. (Esto sonó como una manera de endulzar nuestra invasión de propiedad reservada.)

"Estoy matando dos pájaros de un tiro. Este terreno ha de ser limpiado, de modo que estoy haciendo algo de leña para mi cabaña".

Seguimos nuestro camino. Berthold, quien no tenía sombrero de paja, ni era el querido hermanito de nadie, se topó con otro guardabosques, y fue fichado, con severos regaños por andar fumando en una zona que puede incendiarse. Y más tarde, recibió la notificación de su multa.

Enero 20, 1940. ¿Tengo miedo de ser bombardeado? Todo mundo tiene ese miedo. Pero dentro de lo razonable. Sé que, desde luego, no me iría de Los Angeles si los japoneses fueran a atacar mañana. No, no es eso... Si le tengo miedo a algo, es a la atmósfera de la guerra, al poder que les da a las cosas que odio —los periódicos, los políticos, los puritanos, los guías scout, las solteronas de edad mediana y sin pizca de piedad—. Le tengo miedo al modo en que podría comportarme si estuviera expuesto a tal atmósfera. La oposición, en cuanto deber, me confunde. Creo que me vería reducido a un mono chillón, enfurecido, que responde al odio de esa gente con gritos de odio.

Julio 12, 1940. Un cable de mamá dice que ayer enterraron al tío Henry. Muchas veces me pregunté cuándo iba a ocurrir —y siempre medio supe que cuando ocurriera, cuando Marple [la propiedad del tío en Inglaterra] y todo el dinero pasaran a mis manos, sería demasiado tarde—. Y ya es demasiado tarde —no sólo a causa de la guerra, sino porque el absurdo sueño juvenil de riquezas se ha acabado para siempre—. Es demasiado tarde para invitar a mis amigos a un banquete, para quemar los tapices flamencos y los lechos isabelinos, para convertir la mansión en un burdel. Le escribí a mamá hace varias semanas para decirle que Richard [su hermano menor] ha de heredarlo todo, la mansión y el dinero. Son suyos, y no míos, por derecho, ya que ama la propiedad y está dispuesto a habitarla. Hoy lo confirmé por cable.

Julio 14, 1940. Oración para escritores:

Oh fuerza de mi inspiración, enséñame a extender a todo ser vivo el interés fascinado, no-sentimental, amoroso, que siento por los personajes que creo. Que llegue yo a identificarme con toda la humanidad, como me identifico con estas personas imaginarias. Que el arte se vuelva mi vida; y mi vida, un arte. Líbrame del snobismo y del Premio Pulitzer. Enséñame a practicar el verdadero anonimato. Ayúdame a perdonar a mis agentes y a mis editores. Hazme atento con mis críticos, y paciente con mis admiradores. Pues tuyas son la concepción y la ejecución. Amén.

Enero 2, 1941. Cuando "la paz" regrese, ojalá no me vuelva a olvidar de que el sufrimiento siempre está con nosotros. Esta guerra no es algo excepcional. Durante los más felices periodos de mi vida, hubo gente asesinada, hambrienta y agonizante. Cuando te veas envuelto personalmente, no seas provinciano y exclames: "Esto es extraordinario!". Tal tipo de conversación está bien para los periodistas y negociantes que aprecian más el bombardeo de Londres que el de Chungking, porque en Londres los bienes raíces cuentan con seguros más altos.

Marzo 21, 1942. [Isherwood está realizando trabajo social en beneficio de los emigrados de la guerra, a quienes enseña inglés y costumbres de los Estados Unidos. Un grupo de emigrados y los trabajadores voluntarios conviven en la misma casa, regida por los cuáqueros.] Hace dos días, Pete [José Martínez] y yo nos cambiamos a la gran recámara de arriba, para que ocupara nuestro cuarto un nuevo inquilino, que llegaría hoy, el señor Jacoby —un bibliófilo panzón que fue abogado de distrito en Berlín—. Ayer me metí a la cama con gripe, y aquí me quedaré al menos hasta mañana. Nunca la he pasado tan bien como enfermo en mi vida. Pete se pasa prácticamente todo el día conmigo. Se disfraza con las cobijas y anda payaseando por aquí y por allá, o canta canciones mexicanas, o nos contamos cuentos el uno al otro. Ayer subió a verme Caroline [otra trabajadora social voluntaria, cuáquera]: no sabía qué hacer con nosotros, particularmente conmigo, porque había desaparecido completamente mi personalidad de hombre laborioso. Yo no podía contener la risa, las bromas. En un rincón del cuarto hay una pequeña reproducción a colores de La última cena de Leonardo.

Caroline, que es bastante miope, preguntó qué cosa era eso. "Ah, eso —contesté—; es sólo una fiestecita de año nuevo, que hice para unos cuantos amigos de negocios". Caroline se acercó para examinarla. Se escandalizó bastante, pero trató de que no se le notara.

Abril 22, 1941. Ayer se fue Pete. Va a pasar una temporada con su amigo Wilson, en Washington, como para cambiar de aires. (Espécimen de la conversación de Wilson: "¡Hombre, quedé tan humillado que no supe si cagar o volverme ciego!".) Haverford [donde estaba el centro cuáquero de ayuda a emigrados] se ve muy aburrido y vacío. Extraño terriblemente a Pete, pero a la vez, curiosamente, es un alivio que se haya ido. Ahora puedo volver al espeso tedio cuáquero que odio, pero en el que de modo extraño me siento a gusto. A menudo detesto a los cuáqueros y a los judíos por ser tan pesados, y cautos, y por vivir siempre a lo seguro; pero los entiendo porque, en el fondo, yo también soy pesado y cauto. Soy una cauta tía viejita que, en el fondo de su corazón, detesta ser alborotada y desarreglada por sus sobrinos vivaces y ruidosos, como Pete y Denny. Esa es la verdad.

Abril 28, 1941. ¡Cuánto les gusta teorizar [a los emigrados judío-alemanes]! Recuerdo que, el invierno pasado, estábamos viendo un partido de futbol en el campus de Haverford, con el señor Caro y el señor Seidemann. Nos pusimos a discutir sobre Shakespeare. Yo afirmaba que el Shakespeare inglés y el Shakespeare alemán son dos escritores completamente diferentes. El Shakespeare alemán es un filósofo, y el inglés no. Caro y Seidemann protestaron con energía. Nos absorbimos tanto en la discusión, que cuando un espectador que acababa de llegar nos preguntó el marcador, no teníamos la menor idea. Se quedó mirándonos como si estuviéramos locos.

Junio 17, 1942. Ayer envié la forma 47 a la junta de reclutamiento [como residente, Isherwood tenía ciertas obligaciones militares en los Estados Unidos], solicitando la clasificación 4-E como objetor de conciencia. Cuando escribes tales cosas en el papel, para consumo oficial, suenan terriblemente beatas y falsas —porque te estás presentando a ti mismo como un ser humano estrictamente lógico y racional, con "principios", una "filosofía de la vida", etcétera—. Mientras que yo, personalmente, soy más como un caballo que de repente se para y dice: "No. Esto está yendo demasiado lejos. De ese estanque no voy a beber". Tengo mis razones, desde luego, y una filosofía. Y puedo explicarlas —con bastante lucidez, si es necesario—. Pero qué secas y frías pueden ser si el factor personal no está detrás de ellas: la simple ecuación que ninguna junta de reclutamiento podrá jamás entender. Heinz [el amante alemán de Isherwood, reclutado a fuerzas por los nazis] está en el ejército nazi. Yo no voy a matar a Heinz. En consecuencia, no tengo derecho a matar a nadie.

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO