TRAVESÍA DE LA LITERATURA INGLESA

Después de un largo periodo berlinés, Christopher Isherwood — el antivanguardista y el amante de un estilo llano, casi desprovisto de atributos — emigró a California. Llegó ahí en enero de 1939, cuando ya se presentía la guerra. Ofrecemos una selección del primer volumen de sus diarios, aquella que narra el periodo en el que Isherwood se integró a la vida cultural en Estados Unidos.

CHRISTOPHER ISHERWOOD:
DIARIO DE LOS AÑOS
DE LA GUERRA (1939-1944)

Christopher Isherwood (1904-1986), el gran narrador inglés de "la generación de Auden", tuvo dos épocas, claramente discernibles en su obra y en su biografía: la berlinesa y la californiana.

A finales de los años veinte y buena parte de los años treinta, residió en Berlín y cantó en libros como El señor Norris cambia de trenes (o Lo último del señor Norris) y Adiós a Berlín (traducido al castellano por Jaime Gil de Biedma, y popularizado mundialmente por la película Cabaret), esa época libérrima y terrible, ese frenesí vital de vísperas de apocalipsis, ese mundo instantáneo poblado por antihéroes vitalísimos de la preguerra en Alemania.

Isherwood transformó la prosa inglesa, en opinión de Cyrill Connolly, al abandonar el estilo mandarín y narrar sencillamente, con un tono casi coloquial, racional y claro, siempre irónico, los secretos de la vida cotidiana, lejos de las altas pretensiones intelectuales o estetizantes tanto de los mandarines como de los vanguardistas, tan lejos de Bloomsbury como del Café Voltaire.

En esos años, como sus amigos Auden y Spender, se acercó al socialismo, a la lucha antipuritana inspirada en Freud, al antiimperialismo y al teatro satírico de propaganda social. Ensayó incluso, con Auden, el reportaje de guerra, con un libro sobre China.

Todo ello parecía terminado en 1939, al borde de la guerra. Desilusionados del socialismo (los escándalos de Stalin, pero también de la izquierda en España y en Alemania); un tanto irónicos ahora ante las posibilidades liberadoras del sexo antipuritano, disgustados con la irreformable Inglaterra, Auden e Isherwood se exiliaron voluntariamente en los Estados Unidos, en pos de un nuevo comienzo para sus vidas.

Ambos buscaron una nueva filosofía de la vida, que encontraron en la religión (Auden volvió al cristianismo oficial anglicano; Isherwood encontró la revelación del yoga o Vedanta), y eligieron ya no representar nada, ya no hacer "grupo" ni política literaria, sino obras solitarias radicalmente personales.

Mientras Auden se consolidaba como el mayor poeta inglés posterior a Eliot, Isherwood continuó su obra de narrador llano, sincero, casi coloquial, irónico, con libros que fundaron y culminaron la contracultura norteamericana: Prater Violet (Violetas del Prater), Down There on a Visit (traducido al español como Andanzas), A Single Man (Un hombre soltero), Christopher and his Kind (Christopher y los suyos), en lo que respecta a la literatura que abiertamente enfoca vidas homosexuales; y diversas traducciones de textos hindús (Baghabad-Gita), divulgaciones del yoga (Vedanta for the Western World, Ramakrishna and his Disciples) y relatos de esa opción espiritual (My Guru and his disciple).

Su pacifismo beligerante, su hinduísmo y sus relatos limpios y profundos sobre vidas amorosas fuera del orden, se convirtieron en la inspiración para nuevas generaciones, desde los años cincuenta (los beatniks, los hippies, los opositores a la guerra de Vietnam, los autores y artistas de la contracultura en los años sesenta y setenta). Sus nuevos camaradas literarios —ya no "el grupo de Auden"— fueron Aldous Huxley, Tennessee Williams, Gore Vidal, Paul Bowles, David Hockney, pero a quienes ya sólo trataba a distancia, desde su retiro en Santa Monica. Susan Sontag tomó de su novela The World in the Evening (El mundo al atardecer) toda su teoría sobre "el camp".

Graham Greene celebró la "inevitable legibilidad" de la prosa de Isherwood; otros, la transparencia, exactitud y profundidad de sus relatos, que siempre se cuentan entre los mayores de la narrativa en inglés de este siglo. Además de perfectos y entrañables, son obras de búsqueda moral: historias que buscan mejorar la vida. Hay algo de Krishnamurti, de Cristo y de Angelus Silesius en sus cuentos de aventureros sexuales, traficantes, prostitutas, drogadictos, hombres solos, freaks emotivos.

Esta faceta religiosa de Isherwood queda profusamente registrada en sus Diaries. Volume One: 1939-1960, Ed. K. Bucknell, Harper Collins, Nueva York, 1996. Son el registro muy reflexivo de una trayectoria espiritual, en el que no está ausente el magnífico narrador. En estos diarios reconocemos material que posteriormente usó el autor en novelas y libros autobiográficos, pero también se encuentran muchas sorpresas minuciosas, la dificultad de remontar una vida personal auténtica en algunos de los periodos más difíciles de este siglo y viñetas alegres de quien supo ver el mundo con una sonrisa entrañable e irónica, y pretendió inventar menos que ver con claridad: "soy una cámara", se definió alguna vez en cuanto escritor.

En esta primera entrega de los diarios, vemos notas sobre los años de la guerra. Isherwood se ganaba la vida como guionista de Hollywood (ninguno de sus guiones fue respetado, sino estropeado por otros guionistas, como la Diana de Poitiers, estelarizada por Pedro Armendáriz), y se ocupaba de buscar un orden yogui a la conciencia occidental que esa guerra había resquebrajado; colaboraba voluntariamente en causas pacifistas —la ayuda a emigrados y refugiados— y hacía nuevos amigos, ahora ya al filo de sus cuarenta años, en el variadísimo mundo de California.

Me he ocupado ampliamente de la obra de Isherwood en Sentido contrario. Ensayos de literatura moderna (Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1993).

Marzo 18, 1939. Dos meses desde que partimos de Inglaterra. Y aquí estamos, todavía en el Hotel George Washington. ¿Qué ha pasado?

Este tiempo en Nueva York ha sido para mí un periodo malo, estéril. Prácticamente no he hecho nada. Pienso cada día: ya tengo que ocuparme en algo, ya tengo que ponerme a trabajar. ¿Pero en qué? Mi dinero —incluyendo el anticipo que conseguí de Cerf— se está agotando rápidamente. Wystan [Auden] todavía tiene varios miles de dólares, y luego un prospecto de trabajo como profesor. Yo no tengo prospectos. Ni siquiera sé qué tipo de trabajo quiero. Todo mi instinto se opone a dar clases, o conferencias, y a explotar mi reputación de cualquier modo. Me gustaría algún tipo de ocupación regular y humilde. Pude conocer Berlín porque estaba haciendo algo funcional —la ocupación natural de un extranjero pobre—, enseñar su propia lengua. Si no hago aquí algo semejante, nunca podré conocer los Estados Unidos. Nunca seré parte de esta ciudad.

Entre tanto, como tantas veces antes, estoy hipnotizado por mis propios miedos. Al leer sobre el golpe de Hitler en Checoslovaquia y sobre sus planes contra Rumania, siento: ¿y a final de cuentas, qué caso tiene? En una semana, o en un mes, acabará todo. Wystan está decidido a regresar a Inglaterra si estalla la guerra —y yo iré con él, supongo—. Si yo estuviera solo a lo mejor no iría. Lejos de tener miedo, estoy completamente desilusionado con el tipo de guerra que va a ser. Simplemente otra lucha por el mercado mundial. Pero todos están ahí —todos mis amigos— y el impulso de unirme a ellos es muy fuerte.

El propio Wystan atraviesa una fase curiosa. Está tan enérgico como yo perezoso. Toma benzedrina regularmente, en pequeñas dosis, seguidas, por las noches, de seconal. Dice que "la vida química" resuelve todos sus problemas. Escribe mucho —poemas, artículos, reseñas—, hace discursos, asiste a reuniones y cenas, anda de platicador brillante. Es un poco como si hubiésemos trocado lugares. Wystan dice, sin embargo, que odia todo esto. Pero no quiere regresar a Inglaterra porque ahí sería el centro de una publicidad aún más intensa.

Hay mucho de majestad, pero nada de gracia en esta ciudad —este enorme esqueleto funcional, esta capital fortaleza, esta jungla de la competencia absolutamente libre—. Cada calle es parcialmente una barriada. Donde terminan los bancos y los edificios de ladrillo, empiezan las viviendas miserables con sus oxidadas escaleras de emergencia y su muchedumbre de chamacos beisbolistas. Más allá, tierra adentro, está el desierto de barracas y lotes de desechos. Este país está insanamente sucio.

Mayo, 1939. Llegamos al atardecer al centro de Los Angeles —quizás la ciudad más fea del mundo—. Era una tarde de sábado y las calles hormigueaban de borrachos. Vimos a tres marineros que metían a fuerzas a una chica en una casa, como si fueran a comérsela viva. Desde el hotel telefoneé a Chris Wood. Me contestó: "¡Qué maravilla oír una afeminada voz británica!".

Si Gerald [Heard, el filósofo] no hubiese estado tan interesado en el yoga y tan opuesto al cristianismo, nunca habría podido influirme tanto como lo hizo. Mis prejuicios eran en gran medida semánticos. Yo solamente podía acercarme al tema de la religión mística con la ayuda de un vocabulario completamente nuevo. Y el sánscrito lo proporcionó. Ahí había un montón de palabras exactas, antisépticas, no contaminadas por su asociación con los sermones de los obispos, las conferencias de los maestros de escuela, los discursos de los políticos. Tener que desandar todos los viejos caminos, recoger las viejas frases y limpiarlas, despojándolas de sus asociaciones sucias —tal tarea habría sido demasiado repulsiva para un principiante—. Pero ya no era necesario. Cada idea podía ser trasvasada, reformulada en un nuevo lenguaje.Y la reformulación era lo que yo más necesitaba —como una disciplina mental, incluso como una coartada, pues me era embarazoso admitir ante mí mismo que había sido tan intolerante.

Siempre había considerado la filosofía Vedanta, o yoga, como la más extrema charlatanería de los tratantes de misterios. (Como la vasta mayoría de los críticos externos, identificaba el yoga con hatha yoga, e imaginaba que consistía completamente en posturas complicadas y ejercicios de respiración.) Ahora se revelaba como un sistema filosófico preciso, práctico, claramente formulado —el único que yo había llegado a comprender—. Ahí había una especie de álgebra metafísica, en cuyos términos cualquier experiencia religiosa, de San Francisco a Charles Kingsley, podía ser expresada adecuada y tersamente.

Junio, 1939. Nunca me gustó el lugar [la casa en Sycamore Trail], desde el principio. Era extrañamente siniestro. Quizás hay más casas embrujadas en Los Angeles que en cualquier otra ciudad del mundo. Están embrujadas por los miedos de sus habitantes anteriores. Huelen a divorcio, contratos rotos, politiquerías cinematográficas, deudas pesadas, falsa amistad, adulterio, extravagancia, whisky y mentiras. Cada clóset esconde el pobre fantasmita de alguna reputación nacida muerta. "¡Fuera! —susurra—. Regresen por donde vinieron. Aquí no hay sitio para ustedes. Yo fui vano y ambicioso. Me adularon. Fracasé. Ustedes fracasarán. Váyanse".

Noviembre, 1939. El mayor evento social del otoño fue un día de campo de puras estrellas, organizado por los [Aldous] Huxley en el cañón Tujunga. Había cerca de treinta invitados: Aldous, María, su doctor con la familia, Bertrand Russell, su mujer Peter y dos o tres hijastros, Krishnamurti, Rajagopal y su esposa Rosalind, Anita Loos con amigos, Salka Viertel, Berthold y la Garbo.

Ya había conocido a la Garbo en casa de los Viertel, pero sólo habíamos estado juntos unos cuantos minutos. Ella estaba llena de secretos qué discutir con Salka, su mejor confidente. Traía el famoso sombrero de paja, de jardinera, pantalones amplios, y un pequeño parche entre las cejas, para impedir la formación de arrugas. Andaba un poco traviesa, lo que nos confundía un tanto, y su falta de maquillaje y general desaliño estaban obviamente calculados. De cualquier modo, me gustó y me sentí muy a gusto en su compañía. Se trepó a la higuera del jardín de los Viertel y cortó para mí unos higos especialmente maduros. Recuerdo que se refirió a ciertos tratos de negocios con el estudio cinematográfico, y dijo que uno siempre decía hacerse pasar por un niñito en el momento de discutir con la oficina principal. Ella tenía su propio tipo de astucia de niña chiquita.

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO