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The Cóndor and
The Cows: A South americana travel diary Christopher
Isherwood Randon House, Nueva York, 1948, 217 págs.
"Bogotá es una ciudad opaca
tan sólo en los suburbios, pues el centro se muestra lleno de personalidad
y contrastes. En ninguna parte he visto tantas librerías. Y es que Bogotá
tiene fama por su cultura. Se dice—según lo registra John Gunther— que
hasta los limpiabotas citaban [Marcel Proust]. Bogotá es una ciudad
conversadora. Mientras uno transita por la calle, ha de eludir tropezar
con parejas o corrillos enfrascados en animada charla. Igualmente, los
cafés y los salones de té rebosan de contertulios, cada uno provisto de su
respectivo periódico, para comentarlo o simplemente para agitarlo en el
aire". Christopher Isherwood, quien abandonó su patria -Gran
Bretaña-para radicarse en California, murió hace poco. Su aguda capacidad
de observación lo hizo famoso. Lo que relatara acerca de Berlín de
preludios del nazismo es ampliamente conocido, sobre todo gracias a
Cabaret, la película de Bob Fosse protagonizada por Liza Minnelli.
En cambio, muy pocos conocen los comentarios sobre Colombia y Argentina
que incluyó en El Cóndor y las Vacas, uno de los libros de
Isherwood de menos éxito y mayormente olvidados. Tal como aclara el
propio autor en el prefacio, "aunque el sentido del título sea evidente,
acaso valga la pena explicar que el Cóndor es el emblema de los Andes y
sus montañosas repúblicas, mientras las vacas representan las pampas, que
producen vacas, o más específicamente -sin ánimo de ofender- representan a
la Argentina". El único viaje del escritor británico —estadounidense
por nacionalización— a Suramérica, comenzó el 20 de septiembre de 1947 y
terminó el 27 de marzo de 1948, cuando zarpó el buque francés que lo llevó
a El Havre. De esos seis meses que permaneció en América del Sur, sólo
estuvo seis semanas en Colombia y cinco en Argentina. Viajó en compañía
del fotógrafo estadounidense William Caskey, de 26 años, Isherwood, a la
edad de 43 años, llegaba provisto de las experiencias que le habían dejado
dos decenios de viajes por Europa, Norteamérica y Asia. Contaba con
contactos en las capitales, así como con fácil acceso a los círculos
literarios y periodísticos de las ciudades que visitaría: Cartagena,
Bogotá, Popayán, Quito, Lima, La Paz. Al final de la travesía marítima
desde Nueva York, la primera relación con una persona nativa de Colombia
ocurre en el vestíbulo del hotel Caribe, de Cartagena: una elegante
señorita —que, por cierto, había viajado en el mismo barco que Isherwood—
se le acerca para proponerle la compra de dólares al precio del mercado
negro. Los incidentes vividos con la aduana y los guías de turismo —"a los
turistas los embarcan con fechas, estadísticas e información histórica
inexactas y palabras mal pronunciadas"— provocaron la "furia asesina" del
escritor. Para completar la experiencia típica de todo individuo que se
aventura por el tercer mundo desde que, hace añares, —o hace marras—, los
europeos lo descubrieron, un taxista lo extorsionó y el primer día, en el
hotel, desapareció del balcón del cuarto su pantalón de baño. Cartagena
"empieza a vivir de noche. Como polillas, bajo e resplandor de los
faroles, con la ropa blanca y vaporosa, aparecen sus habitantes, animados
e insustanciales. Criatura de distinta zona, siento el clima pegajoso y
denso. Ellos en cambio, se adaptan físicamente y mentalmente a este clima
cálido y húmedo, que se ha convertido en parte de la naturaleza [de los
cartageneros]". A fin de tomar un barco que remontará el río Magdalena,
viaja en taxi a Barranquilla, donde se aloja en el hotel del Prado. En la
mesa contigua a la de los viajeros, cena el doctor Jorge Eliécer Gaitán,
"uno de los más prominentes líderes políticos de
Colombia;" un amigo que
había hecho durante la navegación desde Estados Unidos calificaba a Gaitán
de "demagogo peligroso que se refiere siempre a su sangre
indígena". Isherwood vio a Gaitán
"fornido, tirando a ser de baja
estatura, acusadamente moreno, sagazmente atento, amable pero frío. Capaz,
en el momento oportuno, de lanzar gritos de guerra y gesticular con
apasionamiento, en reposo se torna tan impasible como un cocodrilo. No es
un hombre con el cual sea dable trabar amistad, pero sí alguien en quién
confiar temporalmente, cuando hay necesidad de que te saquen de una
situación sórdida, por ejemplo de una acusación de estupro".
Al resumir, semanas después,
sus impresiones acerca de Bogotá, agregó pinceladas al retrato de
Gaitán.
Aclarando que sus fuentes provienen de opositores al partido de gobierno,
el conservador, escribe: "Pregunté a un liberal colombiano: —¿Qué
piensa de Gaitán? Algunos me han dicho que es comunista ¿Es cierto?— No,
no es cierto. Gaitán no tiene un línea política. Es un oportunista. Sus
modelos son Mussolini y Perón. Quiere crear un partido de obreros
siguiendo el modelo peronista. Probablemente sea elegido presidente, pero
nunbca podrá anular nuestros otros partidos políticos. Los colombianos no
lo toleraríamos. Colombia es una país esencialmente democrático...". Muy pronto empezó a distinguir los rasgos sutiles que
forman el modelo de vida que identifica a la América Latino tropical.
Camino al puerto, se detiene en la casa de una persona a la que acaba de
conocer. "Fue una de esas pausas que tan acertadamente saben hacer los
latinos y que los tensos anglosajones consideran apenas un pérdida de
tiempo, cuando en realidad tienen gran valor psicológico, porque rompen la
tensión de la partida y desmienten el mito de la urgencia. Más que el
comienzo, parecía el final de un viaje. Disponíamos, en suma, de todo el
tiempo [...] A los veinte minutos continúa su rumbo el David Arango,
embarcación fluvial semejante a los buques de vapor que en la época de
Mark Twain surcaban las aguas del Misisipí, y que tiene el aire de un
vetusto hotel de mala fama". Durante el viaje, Isherwood conoce a un
antioqueño. Ya un negociante yanqui le había comentado que "Medellín
constituía, a la perfección, un pequeño Chicago". Por su parte, el guía
del escritor había calificado a la capital de Antioquia como "Manchester
de Colombia, pero con malos servicios públicos".
"En todo caso —dice
Isherwood— hemos decidido que no queremos ir a Medellín". En cuanto a los
atractivos de Bogotá, una antioqueña le previene: "Es un cueva de ladrones
y asaltantes. Nunca salga solo de noche. No descuide la maleta ni un
instante". Sin embargo, llegaron sanos y salvos al hotel, en el centro
de Bogotá. "La carrera séptima, donde se halla situado el hotel [Astor]
[...], es un lugar sin personalidad, que no va más allá del exhibicionismo
superficial norteamericano: luces de neón, avisos estadounidenses con
títulos en español, cinematógrafos donde se proyectan películas de Hollywood, bares decorados al estilo de Nueva York, grandes almacenes
repletos de artificios, modas y remedios norteamericanos". No tardó
Isherwood en adentrarse en la vida literaria de la Atenas Suramericana. Su
cicerone fue el profesor de Inglés Howard Rochester, jamaiquino casado
con colombiana. "Todos concuerdan en que Rochester es el guía ideal para
los extranjeros en el medio cultural bogotano. Conoce a casi todos los
pintores, escritores y compositores de la ciudad [...] La primera persona
que nos presentó Rochester fue Edgardo Salazar Santacoloma, ensayista y
periodista político, de unos treinta años de edad, quien, no obstante su
palidez cadavérica, es buen mozo y de porte juvenil. Usa anteojos oscuros
y ríe espasmódicamente". Salazar, llevó a Isherwood a uno de los
típicos cafés bogotanos de ese tiempo, donde se realizaba una de las
habituales tertulias, "verdaderas sesiones de
‘sentémons-a-discutir-hasta-agotar-todos-los-temas’ y que constituyen una
gran atracción de la vida literaria colombiana [...] Empezaron con
Shakespeare y llegaron al piedracelismo". Formaban parte del grupo de
contertulios el poeta León de Greiff, su hermano Otto —el musicólogo— y
Eduardo Zalamea Borda. "León es alto, barbudo y bohemio. Me lo imagino
como figura dominante entre los artistas reunidos en un café de París,
recitando sus versos con voz potente y sonora". "Zalamea ha escrito una
novela: Cuatro años a bordo de mí mismo. Hasta ahora sólo he
leído el prólogo, aunque Zalamea lo tachó con el lapicero antes de darme
el libro. Encuentro simpático a Zalamea. Es vigoroso y vivaz; de ninguna
manera "artístico" o refinado. Trata insistentemente de inducirme a
formular comentarios políticos e indiscretos, pero me cuido, por temor a
que los publique. Encuentra la literatura de Estados Unidos profundamente
pesimista, lo cual atribuye a los efectos deprimentes del capitalismo
sobre el arte. Sin embargo, no llega a conclusiones análogas con relación
a la obra de Sartre y Camus, ambos enormemente admirados aquí. Ello no es
de extrañar, puesto que en Colombia la cultura francesa se toma como paradigma
primordial para juzgar todo lo artístico. Sospecho que los
colombianos, lo mismo que los franceses, piensan que a los estadounidenses
les iría mejor si se dedicaran a escribir relatos policíacos y a fabricar
automóviles. "Ayer me llevó [Zalamea] a las oficinas de El Espectador.
El director (Luis Cano) me causó fuerte impresión. Es una de esas personas
cuya integridad resulta tan diáfana que uno se siente conmovido y turbado,
y quisiera salvaguardarla. Me preguntó sobre mi filiación política. Le
respondí que era liberal, y aunque ello no dejaba de ser más o menos
cierto, me sentí como un hipócrita ante su gran complacencia. ‘Esperamos
que muera siendo liberal’, me dijo, tocándome suavemente el hombro". A
Isherwood le sorprendió la generosidad de los autores colombianos. "una
recomendación a los escritores que tengan en mente viajar a estas tierras:
antes de salir de casa, pongan en la maleta por lo menos tres docenas de
ejemplares de sus libros. Y si hace demasiado bulto o su transporte
resulta muy costoso, tomen un poema, un cuento, un artículo —no importa
qué— y háganlo imprimir. De lo contrario, se sentirán tan avergonzados como
yo. Los autores insisten en regalarme sus libros, dedicados y
autografiados, y yo no tengo con qué corresponderles". La visita al
salto de Tequendama impresionó vivamente a Isherwood. Cayó en manos de un
guarda muy folklórico, quien le explicó que las esposas o manillas servían
para discutir a los que intentaban suicidarse. "Arturo [un amigo de
Isherwood] le preguntó si siempre sabia quiénes, entre la multitud de
visitantes, tenían la intención de matarse. ‘Casi siempre — contesto el
policía—. Y cuando no yo, mi perro sí’. Debe ser uno de los empleados más
desagradables del mundo". "Tanto de nacionales como de extranjeros,
hemos sido objeto de caudalosa hospitalidad. Como muestra de gratitud, he
tratado de cumplir una tarea cultural, así sea mínima consistente en la
presentación de un acto en el Instituto Colombo-Británico. La reunión
comenzó mal, a causa de mi nerviosismo, pero terminó cálidamente, gracias
a los numerosos cócteles. Zalamea me dijo que tenía ‘los ojos de la verdad
absoluta’, y nos abrazamos repetidamente, ante la sorpresa de Rochester,
quien al parecer había decidido que yo pertenecía al tipo del británico
frígido". Argentina brindó a Isherwood la oportunidad de retomar su
marcada tendencia orientalista. Dos veces visitó la misión de Remakrishna
en Bella Vista. "Un monje hindú entre tres mil sacerdotes
católicos".
Acerca de Swami Vijoyananda, de viaje por ese tiempo, comenta: "Debe ser
extraordinariamente alegre, valiente y enérgico. En sus fotos observó esa
expresión un tanto cómica que a menudo he visto en los rostros de
los monjes de la orden Remakrishna. Los hindúes no se hallan constreñidos
por ese lamentable concepto occidental de que los temas serios deben
tomarse seriamente; no confunden risa con ligereza. El propio genio
espiritual de Remakrishna se expresó con humor; no con agudezas ni juegos
de palabras, sino con auténtica y desaforada bufonería, puerilidades y
extravagancias dignas de los hermanos Marx. Lo máximo que logran la
mayoría de los cristianos es animarse. Los hindúes gritan y bailan y se
revuelcan en el suelo. Por supuesto, es cuestión de gustos: tales
travesuras no son para todos. En Occidente, esa clase de diversiones
constituye la quintaesencia de la espiritualidad. Resulta enteramente
subversiva, desenfrenada, sin conciencia de sí, indecorosa, contagiosa y
capaz de mover montañas. Constituye uno de los aspectos más puros y bellos
del amor . Estas reflexiones dicen más acerca de la personalidad de
Isherwood que acerca de la Argentina. Sin embargo, sus inquietudes frente
a las estructuras sociopolíticas de ese país merecen, más adelante, una
consideración especial. "Siento tener que recordar a Bogotá rodeada de
una atmósfera de tristeza. Lo cual de ninguna manera se relaciona con
nuestros anfitriones no con nuestras experiencias, sino sobre todo con el
clima. Todos nos dicen que, para venir aquí, escogimos la peor época del
año. Ha llovido casi todos los días. En sí misma, la ciudad es bastante
sombría. Raras son las casas pintadas con exhuberancia, y los habitantes
tienden a vestirse con sobrios trajes oscuros. Además, la altura lo afecta
a uno con desagradables variaciones del ánimo: por las mañanas me he
sentido tenso, nervioso, intranquilo; por las tardes, perezoso, exhausto y
triste". De Bogotá, Isherwood viajó a Cali en autoferro. De nuevo el
doctor Gaitán se le cruzó en el camino. En el hotel Alférez Real, donde se
alojó, se ofrecía por la noche un gran banquete en honor del político.
Para observar, el escritor se instaló en un balcón. "Cuando acciona,
Gaitán es íntegramente un penalista. A medida que habla, resulta fácil imaginarlo
defendiendo un cliente. La voz pausada, cuyo volumen aumenta
deliberadamente; los gestos reducidos a lo esencial, lo cual indica una
vasta reserva de argumentos y un desdén cortés ante la presentación del
fiscal. Una y otra vez, durante el discurso, algunos partidarios gritan el
nombre de Gaitán, y este se vuelve hacia ellos extendiendo la mano en
ademán disuasivo, como queriendo decir: "¡Gracias, gracias!, pero ello
no hace falta y me avergüenza. Mis adversarios van a pensar que ustedes
están pagados"."Esta es una población muy atractiva". Por fin Isherwood, en Popayán, encontraba un ambiente donde se
sentía a gusto. "Es, con mucho, el lugar más agradable que hasta el
momento hemos visitado. Las calles son anchas y limpias, con relativamente
poco tránsito. Se escucha con la misma frecuencia el trote de una caballo
que la bocina de un automóvil. Casi todas las iglesias son antiguas pero a
muchas se las ha echado a perder con agregados y refacciones modernas
carentes de buen gusto, estatuaria barata, láminas religiosas comerciales,
mármol de imitación, nubes y querubines de cartón. Sólo mediante una total
depuración, recobrarían estos edificios su belleza". Isherwood visitó
la casa de Guillermo Valencia, fallecido hacía cuatro años. "Es difícil
imaginar a alguien escribiendo poesía aquí. Tal vez el lugar haya sido
remodelado estúpidamente después de su muerte [la de Valencia. El estudio
tiene un sello más personal, a pesar de los bustos de Beethoven, Goeth y
Wagner. Hay un retrato de D’Annunzio, a quien Valencia admiraba
especialmente, y una litografía, nauseabunda de los ángeles llevando a las
almas de los cristianos martirizados en el circo romano. La obra de
Valencia es solemne y melódica, un poco a la manera de Robert Bridges". La visita a Colombia terminó como comenzó: con engorrosos
trámites ante los funcionarios de aduana, primero en Pasto y después en
Ipiales. Resumiendo su experiencia suramericana, Isherwood dice: "Mi
impresión más honda es que hemos estado viajando por un imperio en la
etapa de su disolución. Las nuevas repúblicas no son todavía
verdaderamente libres ni auténticamente integradas. Todavía no han llegado
a ser naciones". Como conclusión de sus indagaciones políticas,
Isherwood cita la opinión de un observador extranjero "La moraleja es que,
en una guerra, los países de América del Sur deben colocarse siempre del
lado opuesto al de los Estados Unidos. Si ganan los enemigos, le irá muy
bien. Si, por el contrario, ganan los Estados Unidos, éstos perdonarán a
los suramericanos y les prestarán toda la plata que quieran, sólo para
hacerlos sentirse avergonzados. Seguramente recibirán mucho más que los
aliados". Se refiere a las islas Malvinas y a la actitud que respecto a
ellas se observaba en Buenos Aires: "Hay informes de que allí se han
descubierto yacimientos de uranio. Por el momento, parece dudoso que Perón
quiera verdaderamente las Malvinas, y menos aún la Antártida. Simplemente,
busca suscitar sentimientos nacionalistas, al mismo tiempo que trata de
ganarse sin mucho esfuerzo el apoyo de Chile. Me parece que tal situación
no inquieta a los británicos. Posiblemente saben que Washington quiere que
se queden en las Falklands y que los ayudará si fuere necesario. Han
enviado [los ingleses un navío de la visita ala zona, para mostrar la
bandera, pero hasta el momento la visita no ha producido ningún incidente
sino más bien cierto grado de confraternización. En una de las islas
menores, en la cual tres pescadores de ballenas argentinos habitaban una
cabaña, el comandante británico presentó su protesta formal y los invitó a
cenar. En otra isla, marineros británicos y argentinos jugaron un partido
de fútbol. Tan sólo aquí, en Buenos Aires, se reacciona con energía". Isherwood opina que si las naciones sudamericanas
"se
sintieran libres e integradas serían menores las suspicacias entre ellas.
Lo más natural consistiría en que formaran una estrecha federación. Sin
embargo, les aterra llegar a encontrarse de nuevo sometidas a una
autoridad central". Prevé el futuro lleno de dificultades:
"las
perspectivas inmediatas son aterradoras. Decenios de perturbaciones.
Regímenes militares. Violencia permanente, interrumpida sólo por pausas de
agotamiento. Poder de las masas. Intervención extranjera, tal vez, con
imposición, en ocasiones, de una disciplina antipopular. Y más
revoluciones, más sangre... ¿O soy demasiado pesimista?".
"La
peste de casi todos los estados sudamericanos son sus respectivos ejércitos;
o mejor dicho: sus generales. La función de todo ejército debe ser
defender el país que lo sustenta y no interponerse en la actividad
política interna. Empero, aquí sucede comúnmente lo contrario.
Los oficiales del estado mayor casi nunca se distinguen en el campo
de batalla, pero sí ejercen un decisivo y bastante irresponsable
poder político. Suben y bajan presidentes, aplastan manifestaciones
populares, se dividen en fracciones y pelean entre sí como barones
feudales. En el mejor de los casos, son unos parásitos y una carga
onerosa. Va a ser difícil deshacerse de ellos. Una vez se adueñan
del mando, son como la policía secreta:
sobreviven a las revoluciones y a los cambios de gobierno. Y la
mayoría de ellos son ineptos para desempeñar cualquier función útil".
"Es tierra
de violencia
-escribe, refiriéndose a toda América del Sur—
¡Cuánta energía malgastada en la destrucción! ¡Cuánta apatía
en el momento en que se precisa reparar o construir algo! ¡Cuánto
desánimo y cuánto fatalismo ante la pobreza y la enfermedad! ¡Cuántos
rictus de desesperanza, cuántos encogimientos de hombros y cuántas
sonrisas de cinismo!
".
Ciertamente, una
nueva raza y una nueva cultura —concluye—
Acaso un género
de sensibilidad enteramente diferente, un original acercamiento a la
vida, expresado en otros términos, en otro lenguaje. Ella seguirá
su curso clamoroso y violento a través de los malos momentos que le
ofrece el porvenir".
De ahí en adelante, Isherwood dio la espalda a Latinoamérica,
nunca más la visitó nunca más aludió a ella. Paso a paso, su
vida cambió de rumbo. Buscó diluir su yo, sin renunciar por ello a
su personalidad, a fin de encontrar temas que nutrieran su
creatividad. Al referirse a la admiración de Victoria Ocampo por
Thomas Edward Lawrence (el de Arabia), decía: "No
estoy seguro de que me guste Lawrence. Pero, en cierto sentido,
estoy más cerca de él de lo que pudiera estarlo [Victoria Ocampol.
Forma parte del lío en que me encuentro. Lo que a él me ata son
sus defectos: su inestabilidad, su masoquismo, su insano orgullo de
invertido. Como —antes de él— Shelley y Baudelaire, padeció en
sí mismo las neurosis de toda una época. Yo pertenezco a esa época.
Jamás, de ahora en adelante, podré escaparme de Lawrence".
La carrera literaria de Isherwood, así como su celebridad, tienen
su punto de partida en los relatos que escribió sobre Berlín,
cuando vivía allí con Wystan Hugh Anden, en década del treinta.
"Todo lo que escribo es fundamentalmente autobiográficos",
dijo Isherwood a los 62 años. Sus experiencias personales sirvieron
de base a la pieza de teatro que, adaptada por John Van Druten con
el tItulo I am a camera, ganó el premio del círculo
de críticos de Nueva York al mejor drama musical en 1966-1967. Como
ha señalado un crítico, Isherwood, sin sujetarse a los mecanismos
de una cámara fotográfica buscó los ángulos de su visión
particular y logró el enfoque personal que quería.
"Mi afición
al cine es innata",
Y, a la postre, fue gracias al cine como su nombre se hizo conocido.
Millones de personas han admirado la película Cabaret y
tararean las canciones que la voz de Liza Minelli tomó inolvidables.
Isherwood se destaca por su capacidad de observación
"silenciosamente salvaje, con un rostro sin expresión, sin
emoción", según: el crítico W. J. Turner, quien agrega:
"Tal vez Isherwood no sea un gran escritor, pero por lo menos
es un verdadero escritor y no un petulante aburrido".
La lista de sus obras, larga y variada, principia en 1928 con Todos
los conspiradores Hijo de un oficial de las reales fuerzas
armadas, nació en el condado de Cheshire, en 1904, bajo el signo de
Virgo. Producto de la época posvictoriana, estudió en una selecta
escuela privada y en la Universidad de Cambridge. Tras una
interrupción de dos años, durante los cuales trabajó como
secretario del violinista André Mangeot y de la sociedad musical
que éste dirigía, en 1927 reanudó estudios, esta vez de medicina,
en la Universidad de Londres. Sin embargo, en 1928 los abandonó
definitivamente par iniciar su carrera de trotamundos que lo llevó
lejos del hogar y de la formación tradicional.
De 1929 a 1934 vivió en Europa, tras lo cual viajó con Auden a
China en 1939 aterrizó en California, donde se convirtió en
vedantista, como discípulo del Swami Prabhavenanda. Su forma de
vida, que había llegado a una total ruptura con la tradición de su
familia, se fundaba en tres pilares: la homosexualidad, la
espiritualidad y la incesante búsqueda de su propia expresión como
escritor.
Hizo traducciones, y en colaboración con Swami publicó, en 1944,
una versión al inglés del Bhagavad-Gita., y posteriormente,
en 1947, Los diarios íntimos de Charles Baudelaire.
Trabajó como guionista cinematográfico. Su primer empleo en
Hollywood fue con la Metro Goldwyn Mayer en 1940.
Hasta su reciente fallecimiento, se mantuvo activo en tareas
relacionadas con las letras, actividad renovada constantemente por
sus viajes, tanto terrenos como espirituales. Por ello uno de los
personajes de su mejor novela, Alla lejos, de visita, dice al
propio autor: "Realmente eres turista, hasta los huesos".
Sus observaciones acerca de América del Sur, escritas hace más de
treinta años, son reveladoras, divertidas, interesantes. La visión
de un forastero perspicaz ayuda siempre a esclarecer aspectos de uno
mismo.
ED SHAW |