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Durante el III Festival de Poesía en
Medellín (Junio de 1993), escuchamos por primera vez a Raúl Gómez
Jattin. Este fue de chanclas coloradas y sin libro alguno a su
propio recital, lo acompañaban Javier Sologuren, Juan Manuel Roca, y
otro poeta del que ahora no nos acordamos. El público --que adoraba
a Raúl-- abarrotaba el céntrico auditorio. Llegado su turno, y
después de dar muchas puyas a Roca, advirtió que no podía leer sin
espejuelos; de aquella sala tipo anfiteatro fueron descendiendo,
entonces, anteojos de diferentes formas y colores. Con el
abracadabra de sus pesadas manos Raúl fue probándose cada uno;
desdeñó inmediatamente el primero, unos cristales de marco grueso y
de aspecto muy intelectual; lo mismo hizo con el segundo y con el
tercero, discretos lentes de empleado, de disciplinado y tímido
ganapán; finalmente, eligió unos de formato más bien estrecho, pero
que quedaban flameándole de modo muy vivo en cada cien. Con estos
leyó, mejor dicho, este poeta de casi dos metros de alto y de
supersticiosos lentes de gatúbela, quizo empezar a cantar, preguntó
sobre las preferencias del público que en ese preciso momento ya lo
observaba atónito. -"¿Qué canción de Joan Manuel Serrat querrían
escuchar primero?", y ahí mismo empezó a tararear la primera cuando
poco a poco todo el mundo advirtió --antes nosotros-- que no tenía
entre sus manos texto alguno para leer. Seguidamente preguntó, ya
habían pasado algunos desconcertantes minutos, si había alguien
entre la concurrencia que tuviera un libro suyo. Silencio, risas,
mayor perplejidad todavía. Por último, desde el fondo del auditorio,
fue descendiendo a tumbos un único ejemplar que llegó con éxito
hasta su mesa.
"Me dejaste en el momento en que más te necesitaba", leyó, o
creemos que leyó, y con esto se instaló en la sala una incontenible
gravitación que lo tenía a él como eje, exclusivamente a él..
"Despreciable y peligroso/ Eso han hecho de mí la poesía y el amor",
fueron otros versos ahora inolvidables. Sin embargo, todavía muy
poco se conoce la poesía de Raúl Gómez Jattin (desaparecido
trágicamente en 1997), apenas se ha difundido fuera de Colombia, y
mucho menos se la ha estudiado. Extraordinario poeta celebrativo,
con su Machado, Vallejo, Borges, Whitman, Paz y Lorca bajo el brazo,
pero de catadura muy propia, su obra posee la frescura y vitalidad
sólo comparable a la de otro de sus contemporáneos, el peruano Luis
Hernández Camarero (Lima, 1941-1977). En ambos poetas, tan
inteligentes y no menos cultivados, lo primero de lo primero es el
gozo, esa ave rara hoy en día y a la que supo convocar siempre, por
ejemplo, nuestro maestro Rubén Darío. Marginales y centrales a su
modo --y tan latinoamericanos-- a sus obras no las coactó la
racionalidad política, ni tampoco la cobijaron bajo oportunista
teoría literaria alguna; fieles siempre a su corazón, entendieron la
poesía ante todo como dignidad --propia y ajena-- que es, a la
larga, la que nos pone a la altura de aquel chimpancé que aspira
arrobado una pequeña flor del iluminado jardín (foto en la National
Geographic en Washington).
"El putas", algunos en Colombia denominan así a nuestro poeta;
nombre cariñoso que no lo define por entero, pero que quizá ayuda a
entendernos, sobre todo si nos circunscribimos a aquellos poemas que
más fácilmente (de facilismo, de comodidad) lo identifican; por
ejemplo, el famosísimo:
Te quiero burrita Porque no
hablas ni te quejas ni pides plata ni lloras ni me
quitas un lugar en la hamaca ni te enterneces ni suspiras
cuando me vengo ni te frunces ni me agarrras Te
quiero ahí sola como yo sin pretender estar
conmigo compartiendo tu crica con mis amigos sin hacerme
quedar mal con ellos y sin pedirme un beso".
Sin embargo, Raúl Gómez
Jattin, cuenta con un repertorio más
vasto que el aludido, aunque igualmente concentrado (los suyos no
son más de un centenar de poemas). A la vertiente, digamos,
narcisista --al antes y después de la juventud y la belleza-- que
ilustran también otros textos admirables:
En este cuerpo en el cual la vida
ya anochece vivo yo Vientre blando y cabeza calva Pocos
dientes Y yo adentro como un condenado Estoy adentro y
estoy enamorado y estoy viejo
(De
lo que soy)
Sucede una poesía histórica, recreación o diálogo que entabla el
poeta con algunos personajes universales de la historia o de la
fábula, Hijos del tiempo es el libro al que nos referimos:
No volverá a ver la Alhambra en su
esplendor ... Tantos siglos construyendo pueblos y
ciudades irrigando llanuras cultivando frutales enseñando
la Alquimia y el Algebra la Poética, la Astronomía y la
Música Y todo se ha perdido en unos cuantos años En unas
pocas batallas todo se esfumó como un espejismo en medio del
Sahara
(El rey moro)
En el mismo año de 1993, cuando lo conocimos en Medellín, tuvimos
la oportunidad de revisar --acompañando a la pintora Bibiana Vélez
Cobo, persona excepcional y entrañable amiga del poeta de Cereté--
lo que sería, no estamos seguros, su último libro de poemas,
Esplendor de la mariposa; edición reducidísima de la que escribimos
una reseña para un periódico de Barranquilla y detectamos, nos
entristeció comprobarlo, cierta pérdida de rigor en la estructura de
sus textos, ciertos versos de menos o de más, cierto exceso de lugar
común en sus imágenes, pero jamás la ausencia, y esto harto nos
alegraba, de auténtica poesía. Era el ramalazo lúcido --luz o
sabiduría-- en medio de su tenaz adicción. De modo análogo a lo que
señala Angel Rama respecto al maestro, en el Prólogo a su edición de
la poesía de Rubén Darío para la Biblioteca Ayacucho, el estilo, el
vocabulario, los temas, la estética de Raúl Gómez Jattin podrá pasar
de moda, pero su poesía y la pregunta por su poesía --y por la
persona de Raúl-- tendrán vigencia permanente.
Volviendo a la anécdota. Luego de leernos tres o cuatro poemas, y
todavía mientras su voz de ángel crecido en las calles --entre
gritos y puñetazos-- resonaba en la platea, el poeta se despojó
solemnemente de sus gafas celestes y las colocó abiertas sobre la
mesa. De un momento a otro, sus espaldas alcanzaban ya la puerta más
cercana mientras los otros poetas aún estaban en sus lugares
respectivos y el público continuaba como hipnotizado, embebido.
Mas,
repentinamente hubo alguien que reaccionó, y después otro y otro,
hasta que el reclamo, aunque cortés, se hizo general y unánime. ¡El
libro, el libro!, comenzaron a vociferar en toda la sala. El poeta
giró una sola vez la cabeza, efectivamente, entre sus manos enormes
sostenía un pequeño y trajinado volumen, y antes de abandonar
definitivamente el lugar respondió al coro: "Si yo lo escribí".
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