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Sólo a un ángel despiadado se le ocurre llevar un caballo de mar en las
manos. Un caballo. Una maravilla.
Si un hombre lleva un caballo de mar al atardecer, es que los dioses se
han quedado dormidos. Puede ocurrir lo inesperado. Si uno ve a un caballo
a las seis de la tarde en Cartagena de Indias, corre el riesgo de volverse
un niño. Los dioses también son imbéciles. Y la magia así al alcance de la
mano, nos puede volver bobos.
No sé qué sentí cuando vi el caballo diminuto y disecado
asomándose en las manos de Raúl Gómez Jattin. Los hombres estamos hechos
con un barro huidizo y breve. Sólo a los niños y a los poetas de verdad,
les seduce el diablo. El cielo es como un disco rayado. Aburrido y
repetitivo. El infierno es siempre una novedad. Interesante. Que lo digan
los niños. Es que el diablo tiene una flauta y una música finísima. Quien
oye esa música, ya no podrá ser el mismo. Raúl iba por la calle mostrando
su caballo de mar a las muchachas que salían del colegio. Cuando pasé y lo
saludé, él me dijo: "Guarda ese caballo de mar. Es para ti". Pero me
pregunté cómo podía desprenderse de ese caballo que era él mismo. Sólo a
un ángel endemoniado se le ocurre dejar tirado por la calle su caballo.
Sólo a Raúl que tiene ojos de caballos. ¿Jamás viste sus ojos que
atravesaban el aire? Una vez me dijo que los niños autistas eran unos
verdaderos poetas. De su soledad que emerge del cascaron de los silencios,
flota el mundo. Ellos viven en la pura metáfora.
Había visto esos ojos por primera vez, muy cerca del río
Sinú que era ya una serpiente lenta y dormida. Una serpiente de aguas
sucias y de olvido. Yo era casi un niño. Cruzaba por la avenida y me di
con el cuerpo gigantesco de Raúl Gómez Jattin en Montería. Un hombre de
casi dos metros de altura, con la esbeltez de un árabe de cabellera
dorada. Creí que era un vikingo en tierra. Me dijo que me había visto en
una galería. Me invitó a comer helados. Tenía una carcajada de caballo en
una cristalería. Tuvimos que irnos de allí porque todo el mundo nos
atravesaba con la mirada. Nos fuimos. ¿,Adónde? A la orilla del río.
Estaban mojadas las orillas. Nos subimos a una ceiba a conversar. Me habló
del teatro, su fascinación de siempre. Del teatro griego, de Shakespeare,
de Ibsen, de la comedia de Aristófanes, de García Lorca. De un escritor
fabuloso que había muerto recientemente - Alvaro Cepeda Samudio - que el
adoraba y al que había llevado a escena un cuento que parecía escrito por
él mismo: Las muñecas que hace Juana no tienen ojos. Nos
volveríamos a ver. No supe cuándo. Pero años después, toque a su puerta en
Cereté, en la calle Cartagenita, donde había transcurrido su infancia de
pájaros y algodones y nubes lentas sobre el río. La mamá me advirtió:
"Raúl esta loco". ¿Donde está? - le pregunté -. "En el cuarto del final".
Entré. En el cuarto bailoteaba la hamaca. Le dije: 'Soy yo". Estaba
barbado, con los ojos amarillos de tanto ver aquella puerta sobre un
patio, bajo las aspas del abanico. Me dijo: "Acompáñame a la cocina". Bajo
la nube de humo, la mujer que paloteaba la olla de la sopa, fue
sorprendida por la sentencia de Raúl: "Niña, échale un vasito de agua a
esa sopa, porque ha venido un amigo".
Me enseñó el patio inmenso que había sido barrido por una
mujer. El patio cuyas hojas amarillas y secas era lo mejor que recordaba.
Pero ya el patio no parece sino un playón de abandonados. El patio que él
cruzaba descalzo a recoger los mangos de la tarde. Esos mangos dulces y
genuinos como su corazón de ángel, como su corazón de bestia Esos mangos
caídos como su corazón sobre la soledad del universo. Una noche, enjaulado
en su propio tormento, decidió echarle fuego a sus recuerdos.
Había vislumbrado a Dios, desde su propio infierno:
Claro, de un blancor finísimo y con las alas doradas, con la misma lucidez
visionaria con que se vio convertido en un solo verso. Con la misma pasión
con que intuyó que el infierno y el cielo estaban en las líneas de sus
manos. Que la divinidad era como una flor en la tormenta. Un loco inmenso
que le dio gracias a Dios por hacerlo niño. Una metáfora dolorosa y
luminosa de lo que tiene de esplendor la caída. ¿Un retrato de ese animal
de espejismos que es el hombre?
Lo vi otra vez en las treguas de la locura, y me condujo
a la pequeña habitación de la Medialuna, en donde dormía sobre una hamaca
bajo las aspas de un abanico que parecía alcanzarle las orejas. Saco de
una muda de ropa, un manojo de poemas en manuscrito, y los leyó. Eran sus
poemas sobre el diablo. Siempre le había fascinado la imagen de ese diablo
que tenía el poder de aparecerse cuando menos lo esperaban, que era capaz
de seducir con su música, como el filo de una cuchilla. De ese diablo
ángel que pervive en cada hombre. De ese ángel perverso que habita su
poesía. Porque la belleza es demoníaca. Como esa piedra lanzada al
estanque que borra la sombra del pájaro. No hay belleza que no se sostenga
con sus propias vísceras.
Otro día me dijo que el monólogo interior estaba
culminado por Franz Kafka. El que monologaba frente a las murallas, como
escuchando al esclavo aniquilado debajo de la piedra, decía que quien
intentara reiniciar un monólogo tenía que vérselas con Kafka.
Iba descalzo por las calles, con el cabello pintado de
amarillo y una licra oscura. Y un vasito de café que había puesto sobre la
gotera de un aire acondicionado, esperando la última gota para bebérsela.
Antes de que la noche llegara, había intuido como podía ser la última
franja de luz sobre las piedras. Se había imaginado ser eso, un solo
verso, al lado de Lola Jattin, su mamá, y se había recordado navegando en
su vientre, muy temprano. cuando ella se peinaba frente al espejo, y por
la ventana entraba el viento de la ciénaga.
Alto, desdentado, hizo círculos de agua en la piel de la
tierra.
Llevaba en una mano, como un talismán, su caballo, su
caballito de mar amarillo y de ojos misteriosos, que había empezado a
volar en el aire.
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