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Raúl Gómez Jattin nació hace una década para la poesía
pero en ese corto lapso escribió versos memorables que lo ubican entre los
mejores autores del parnaso colombiano. Nadie como él le había cantado al
Sinú, la tierra de sus primeros años, ni al mango, ni a la madre, ni a la
nostalgia de los viejos caminos, ni a la tragedia de ser un ángel
habitando en el cuerpo del demonio. "Le dio tal calor y tal vitalidad a
nuestra esmirriado poesía, que leerlo era palmotear de júbilo y solazamos
en el calor dichoso de su música", dijo de él Juan Gustavo Cobo Borda.
El poeta mayor de Córdoba escribió pocos libros:
Poemas, Retratos, Tríptico cereteano, Amanecer en el Vall del Sinú, Hijos
del tiempo, El esplendor de la mariposa y la antología de su obra en
Poetas de España y América editada por Colcultura. Pero su poesía
pasará a la historia de la lírica colombiana por la frescura de su
lenguaje y por la espontaneidad y libertad formales utilizadas, aparte del
desgarramiento humano al cual aluden sus versos y que de suyo la ameritan
con suficiencia. Gómez Jattin fue bucólico, intimista, conceptual y
coloquial en su poesía; sus temas predilectos fueron el desamor, la
nostalgia y la desesperanza, tratados con palabras limpias y elementales
que alcanzan la belleza por conjunción.
Nada pudieron hacer sus amigos, esa "legión de ángeles"
que lo ayudaba, para evitar que su "dios blanco, bellísimo, de alas
doradas" lo llevara a disfrutar con él los placeres del Olimpo, al lado de
los personajes que admiró y a los cuales les cantó en sus libros. Cansado
de vivir en ese, su "cuerpo inmundo" que su "alma no resistía", el bardo
de Cereté se marchó buscando en la luz de uno faroles, la ruta hacia la
eternidad. Ahora vendrán todos los críticos, intelectuales, periodistas,
escritores y directores culturales de Colombia a decir que fue grande,
sublime, original, tierno y feroz al tiempo, que sabía de Eurípides más
que nadie en el mundo. Y se lamentarán por el vestido del poeta, por la
mirada feroz del poeta, y por los arrebatos de locura del poeta. Pero
pocos dirán que su poesía y su locura tuvieron su origen en el desamor y
que en ese cieno que fue su vida germinó la poesía más vital y hermosa de
Colombia, porque la vida es así, contradictoria, igual que este país que
lo parió a él como catarsis, igual que todo lo que existe en el mundo de
la materia.
Gómez Jattin presintió la muerte en su poesía. ("Siento
que la muerte me ama y me busca para llevarme a su inframundo'..."Siento
escalofríos de ti, hermana muerte"). Pero no fue el loco el que buscó en
las farolas del bus la luz de la eternidad, fue el cuerdo transitorio
"cansado de vivir en ese cuerpo inmundo". Y tal vez cansado de escribir
poesía, que es canto a la vida, en el país que más la ultraja y que más
culto le rinde a la muerte cada día. O tal vez desesperado porque los
terapéuticos y prolongados períodos de lucidez no le servían sino para
hacer consciente su tragedia y para escribir versos "reposados y
tranquilos" que no eran los suyos. O tal vez - y esta es la hipótesis que
más me gusta - porque en algún lugar del Universo, un ángel con unas alas
plateadas necesitó un bardo para amenizar la fiesta de los dioses y lo vio
en su telescopio caminando en una noche solitaria por las calles de
Cartagena de Indias, y se lo llevó en espíritu para disfrutar de su
poesía. Y allí está ahora. Mejor acompañado. Totalmenfe feliz, como nunca
pudo serlo en este mundo. Unas veces al lado de Calíope, de Erato, y de
las demás Musas, leyéndoles sus poemas; otras, libando el néctar de
Amaltea con los poetas amigos, o bañándose desnudo en la fuente Castalia,
y en otras, por las tardes, cabalgando en los radiantes corceles de Apolo
por las tierras de Ceres y contemplando sus bosques, sus cañadas y sus
huertos.
Sobra decir que el cuerpo que enterraron en Cereté no fue
más que eso: un cuerpo enfermo, inferior al genio del alma que lo usó por
algún tiempo.
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