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ANUNCIO POR PALABRAS
Rubén: chico viril, para parejas con ganas de
gozar; diez mil la hora. También para bisex sano y
discreto. Abstenerse drogatas e indecisos.
Escueto era el mensaje. Terminaba con un
seiscientos seis de nueve cifras: un número feliz que estaba impreso,
difuso y familiar, en mi querencia.
Quedamos en su casa. No tenía el brillo de los
ojos con que antaño abrasara mi piel, tal si una esquirla de
lumbre se encendiera hasta los huesos.
Su gesto era taimado y se ocultaba en un look
inquietante y pandillero: la cabeza rapada, voz adusta, uniforme a
lo Reich y carnes densas.
No pareció extrañarle mi visita: Yo me llamo
Rubén. -Y yo soy Nadja. Pues ya sabes el precio: diez mil pelas
por un sesenta y nueve y un buen griego.
No supe contener mi desatino y, a pesar de que el
páncreas me temblaba, hicimos el amor hasta extenuarnos, o yo sentí
mi cuerpo a la deriva.
Las cosas son así... Ahora vete -dijo
dándome un beso en la mejilla-. Podemos, no obstante, hablar mañana;
tal vez aún quede un algo que decirnos.
CONFESIÓN
Quisiera confesarme abiertamente ahora que
anochecen tus labios ateridos en un vaso de whisky y de brown
sugar. Contarte, por ejemplo, que aún siento el calor entre las
piernas, de tu semen rotundo: uva dulce de Onán para mis días
de fiebre y ansiedad. Si tú me escuchas o si aún vale un verbo
la franqueza, te hablaré sin dolor, para decirte que fuiste para
mí lo más sagrado.
Es verdad que una tarde entre los tilos Del parque
Enrique Gil -¿por qué negarlo?-, sentí mi doncellez arrepentida y
mandé asesinarla por tres veces.
Empeñó mi palabra para jurarte, al fin, que tus
deseos eran para mi sed ríos de lluvia, o no hubo otro hombre igual
dándome gozo.
No es venganza si explico que sé que te lo hacías
con mi hermano; o no hay razón alguna de tu esperma que mi tacto
cabal no certifique.
Cosas sin importancia, si se asume que todo en
esta vida es relativo; o el libro del amor es más hermoso si uno
sabe leerlo en varias lenguas.
Hace frío. Tu cuerpo huele a luz flagelada y
sal antigua. Cierra el confesonario con seis llaves, y abriguémonos
bien; la noche es larga.
EL CHULO
No era un muchacho de esos que trabajan
colgados de un andamio, con sus monos abiertos hasta el pubis y el
sexo a reventar. No era tampoco un chicarrón vestido de uniforme ni
un chavalote al uso: con su culo musculoso y gentil. Yo no
sabría decir qué me sedujo de aquel hombre o por qué sigo atada a
su codicia. Tal vez fue la dureza de sus ojos, o esa forma especial
de dar las gracias tras cobrar su estipendio.
DESTRUCCIÓN DE NEBUR
Como si nada hubiese muerto todavía Pedro A.
González Moreno
Como si nada hubiese muerto todavía o la palabra
aún tuviera el peso de la ley de las almas pudorosas, que saben de
lealtad y abnegaciones.
Como si esta mañana las palomas que pastan en mi
sien, ya de regreso de los cálidos bosques de Tunicia, dibujaran tu
nombre en los arroyos de mi sangre cautiva; por mi sangre, he
visto zurear los pentagramas.
La música de ayer, las melodías de tus ojos de
arrope sosegado; el timbal de tu cuerpo en su gemido antes de
darse, libre, a la contienda.
La flauta de tus labios suplicante, el oboe
encendido de tu sexo: y el susurro también: el arpa antigua de mis
manos rezando a todas horas.
Dios del fuego invernal, yo te nombraba dios, que
quiere decir pasión ardiente: temblor, gozo, dolor, herida,
llama, solar donde volver para habitarse. Volvía yo a la casa en
aquel tiempo de arándanos en flor y miel tranquila, con los odres
henchidos de presagios y el ánfora a quebrar de la ternura.
Mis bienes eran pocos ciertamente, o nada a
comparar con los almudes ahítos de tus labios, generosos: tierras
de pan traer y blanco trigo.
Pero yo era feliz o me bastaba esa frase perfecta
que decías: soy dichoso contigo, para serlo, o amor es agradar la
luz del otro.
Después, no sé por qué, fueron cayendo, tras los
soles de abril, las nieves frías; y a la nieve siguió la niebla
negra, y hubo plagas, y aludes, y huracanes.
Quizás fuera la niebla. Pero, en junio,
enfermaron de golpe los castaños, y no quedó en el valle ni un
negrillo, ni reventó la vid, ni hubo cerezas.
Tristeaba el silencio en mis rastrojos pidiendo a
Dios razón de su indolencia. Y en tu pecho mordían las serpientes
del mal de desamor toda bonanza.
Por tus hermanas supe -tiempo al tiempo, cual
solías repetir a los quince años-, que tenías negocios
importantes o cambiabas de coche alegremente.
Cuando te vi, Nebur, tras los deshielos, no eras
más que un rescoldo de ti mismo,
los restos recobrados de un
naufragio de un bello galeón repleto de oro.
Seguías siendo aún gentil y astuto, con un aire
naïf; pero aquel brillo de azogue en las pupilas delataba tanta
desolación que, incluso el nombre, no parecía igual. Tú no lo
sabes, pero a veces te amé con tal vehemencia que diera el corazón
por destruirte. O pequé contra ti hasta humillarme, o no supe
encontrar la luz precisa.
Sin embargo, ya ves, hoy las palomas
redibujan acordes por mi sangre y pastan en mi sien, como si fuera
posible la esperanza todavía.
REENCUENTRO
Me seguía a menudo hasta el colegio en un BMW
color blanco. Su aspecto era de hippy: pelo suelto, un escorpión
tatuado en una nalga y un pearcing de oro fino vigilando, a modo de
aureola, su prepucio.
Lo hicimos una vez y fue tan bello que aún siento
placer al recordarlo; o el sexo se humedece y me estremezco si
digo que le di lo más profundo.
No quise verlo más. (Como presente llevo puesto en
la vulva su zarcillo). Tampoco él insistió. Niña -me dijo-, soy
mayor para ti y obraré en causa.
Lo odié asesinamente por cobarde, por
dejarse vencer sin dar batalla. Pero ayer, otra vez, lo eché de menos,
y todo volvió a ser maravilloso.
CITA APLAZADA
Le gustaba exhibir su poderío, esplender su
hermosura por la casa y mostrar el paquete a las vecinas, sutilmente
detrás de los cristales.
Yo lo oía gritar cuando metía un gol el Real
Madrid. Zidane e Hierro fueron aquel otoño contraseña de duendes en
mis manos. Una noche que jugaba en Montjuic el Barcelona, subió
a preguntarme por un libro de Violeta Rangel. -Por favor, pasa.
Hablamos largamente de poesía: de Moya y de
Gahete. (¡Gol del Barça!) Joder qué bien la mide el
brasileño. Perdóneme -añadió- te estoy cansando.
-No importa -sonreí-. Yo soy
merengue (aunque hay algún culé que está que mata). Entonces
-concluyó- sé generosa; después veremos juntos el
partido.
SIEMPRE LLEGAN LAS ROSAS
Porque me entrego al mundo con llana devoción, sin
darme tiempo para orar a los ángeles castrados o zaherir a los
dioses de la niebla.
Porque soy como soy, aunque haya sido lo que
nunca sería si no fueras el reloj de mi sangre, el meridiano y el
propio mapa mundi de mi cuerpo: que no es tierra ni es mar sino latido
o pura alegoría de la llama, u hostia a compartir. Aunque te
niegues a creer que en mi pecho los chacales han hallado botín, o
que es estepa de olvido la ceniza en los rescoldos, y que no hay
salvación en la derrota.
Aunque ya la templanza me traicione en su azogue y
me asesine lentamente el dolor, o la locura se haya vuelto a aliar
con tu recuerdo.
Aunque sueñe tu pubis ardiendo como un sol entre
mis muslos, o crezca todavía tu aroma por mi piel desparramado.
Aunque haya tenido que matarte para tenerte, en
fin, eternamente y sea un epitafio mi vida, que se escribe en cinco
letras; aún siento el fervor, el fuego altivo de esas ganas de
amar, tal si a destajo.
Cierto que tengo el alma corrompida de lunas
navajeras y hojarasca; pero odio el rencor cuanto amo el vicio, y
pago con ternura lo que debo.
O el corazón me dicta en su destreza que,
pues me doy al mundo sin ambages,
hallaré en la esperanza mi
camino. Las rosas siempre llegan, tras la nieve
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JUEGO DE NIÑOS
¡Aires de libertad! Hubo a menudo días en gris
marengo, interminables noches de ensoñación que amanecían urdidas
de barrotes. En la cárcel del sexo a medio abrir, las muchachillas
aldeanas pintábamos sombreros y tulipanes rojos como falos de
fuego abrasador. Con cierta astucia los chicos adulaban nuestro
empeño: Te doy un chupa-chups si me dibujas una almeja carmín en el
ombligo.
En casa nos prohibían seriamente comer pipas con
sal o golosinas, de ahí que convinimos, previo pacto, el no comentar
nada a los colegas.
Las cosas eran duras por entonces, y el mínimo
desliz era motivo para no ir al cine una semana o estudiar alemán
todo el verano.
La libertad -decían- no es un peso: es regalo de
luz para uno mismo. Y un regalo no llega ociosamente; quien guste
del deber será más libre.
Libertad, para qué -había leído yo en alguna
parte-. Y sonreía, pues todo en nuestra regla era pecado, o diera
un panamá por un merengue.
El riesgo no era grave, si guardaba Miguel
nuestro secreto. Y yo creía firmemente en la ley de la prudencia:
era un chico sagaz y agradecido.
El riesgo no era grave. Así que dije:
¿dónde quieres la almeja? -Aquí debajo. Pero come primero el
chupa-chups con ganas, -concluyó jubiloso-. Lo mereces.
TRÁNSITO AL DESENCANTO
A veces me gustaba darme al vicio: dejarme
flagelar ligeramente e implorarle a mi novio de rodillas que me
atase con fuerza y sazonara, con su lluvia amarilla, los racimos
agraces de mi sed. Me apetecía también, de cuando en cuando, el
beso negro; y con cierta frecuencia el fetichismo: (morder su
Calvin Klein bien empapado de flujo seminal y droga dura). O pinzar
con su hebilla mis pezones, o infligirme la cera sobre el clítoris.
A veces me gustaba seccionarme en dos medias
naranjas de tristeza, y ofrecerme a Nebur virginalmente e inmolarme
en su fuego de caricias.
A veces, Dios lo sabe, en la miseria pedí un
jarro de amor como limosna. Y sólo hallé lascivia y me di entera
con ganas de morir en unos brazos.
Inútil dejación. Aquel chiquillo al que yo puse
nombre de poeta -ávido mercader de soledades- mermó mi corazón hasta
negarlo.
Lo amé en mi grandeza y mis ruinas o di por
él mi sangre en cien subastas. Pero, aunque ahora vuelva a darme al
vicio, Nebur no beberá más por mi boca.
ACTO DE FE
Si piensas que ha caído en las garras del miedo,
te equivocas. Puedo seguir amando aunque me duelan los huesos de
llorar. Aunque se pudran mi boca y los jacintos de mis labios,
voy a seguir creyendo en la alegría de un nuevo amanecer en
cualquier parte.
Te equivocas si estimas que fuiste mi guardián de
horas inciertas: el amante atrevido o el astro de mis noches de
penumbra.
Te engaña el corazón cuando pretendes hacerte
perdonar tus arrebatos, cuando vas por la vida de buen tío y hablas
del amor vacíamente.
Podría, si quisiera, traerte el mar entero hasta
tus ojos, e inventarme jardines en mis manos para darte el cobijo
que me niegas.
Podría rescatarte de ti mismo, romper como
un cristal tu escaparate; pero quiero soñar. Hoy necesito soñar
que aún te quiero, pese a todo.
NEBUR
En la escuela jugábamos las chicas a darnos el
placer de buscar novio (Los días eran largos y tediosa la vida en
aquel pueblo de mi infancia).
Cuando sea mayor -contaba Carmen-, me iré a la
ciudad con mis padrinos. -Y yo seré azafata de congresos Pues yo
-decía Mabel-, seré enfermera.
La pasiva refleja... -Ángela, dime ¿qué función
tiene el se cuando leemos se vende, verbigracia, o se
realquila? -preguntaba Sor Juana sin respuesta.
El bedel era un hombre de principios (si tocas
menos diez, te doy un camel), hacía sonar el timbre y la
pasiva quedaba hurtadamente en la pizarra.
La hora del recreo, con los chicos jugando al
escondite y a las prendas, es el único gozo que recuerdo: con Nebur
manoseándose el paquete.
Si pierdes, quiero un rizo de ya sabes. -Y ¿si
gano?. Pues si ganas te la enseño. ¡Diecienueve centímetros de
polla -sentenciaba Miguel- Se la he medido.
No sé por qué razón perdía siempre Nebur en aquel
juego; aunque no quise ninguna recompensa por entonces, o su alarde
viril me estremecía.
Tiempo al tiempo, chiquilla, tiempo al tiempo,
que yo sabré esperar hasta que crezcas. Y me escribía versos en los
libros o me mandaba cartas por mi hermano.
Era un muchacho amable, inteligente, sensible y
soñador. Y, a sus quince años,
responsable en exceso y
juicioso, que firmaba al revés para ocultarse.
Tiempo al tiempo, chiquilla, tiempo al tiempo,
que quiero ir modelándote a mi modo, y darme a tu ternura en cuerpo
y alma, y ver crecer contigo a nuestros hijos.
La clase de dibujo fue una historia que no quiero
contar. Hermana, mire, Ángela está sangrando por las piernas,
-dijo Carmen nerviosa-. Y sor Socorro, que sabía latines de la
vida, me llevó a los lavabos advirtiéndome: si lo haces con Nebur,
ponle una goma.
PASEO VESPERTINO
Paseaba su mastín mientras leía los versos, con
fruición, de Leumna Haeget, con el torso desnudo y atrevido tal un
jovial David de Miguel Ángel.
Lo miré al pasar junto a los setos y proseguí
ojeando ensimismada la agenda de El País. Hola -me dijo. Hace una
tarde espléndida; el verano es un tiempo infeliz para los perros.
-Quieto,Tom; deja en paz a la señora.
Vestía un short de atleta en raso fino, tan
blanco que un cristal transparentaba el vello de su pubis, rizo y
negro, y su glande a estallar de tan hinchado.
Los perros son la leche. Tom, tranquilo;
sal de entre las celindas -reclamaba. Y mirándome dijo: ven,
entremos. La tarde está ideal para un buen polvo.
LUZ DE PONIENTE
¿Qué dulce medicina hay, amor, en tus labios? ¿Qué
palabra capaz de contenerme el ritmo de los pulsos? Si
memoro las noches desdeñosas, en su urgencia de traición o
mentiras. Si me entrego a la tenue alegría de tus ojos de mieles y
azafrán, leo en tu risa los poemas más bellos que un amante haya
escrito jamás. Tu diccionario era un coro interior, con su liturgia
de límpidas sonatas. O solías, a modo de ofertorio, abrir la puerta
de la gloria con líquidos clarines.
Tu verbo era la carne de las almas que buscan
comulgarse. Por tu boca se derramaba un cáliz de alhelíes a guisa
de oración o de presagio.
Venías a mi fuente de agua tibia con el vino
feliz, para embriagarme o dar calma a mi sed, sedientamente, y a
herir tu corazón de rosas rojas.
Traías el zurrón amanecido de versos y de frutos
escarchados. Y siempre un solespones bondadoso como lluvia de
abril, tras la tormenta.
Yo no sé, en verdad, cuál fue el prodigio que me
arrastró hacia ti. Pero te juro que aún llevo tu memoria como
guía de luz en esta ruta hacia el ocaso.
OFICIO
Deja que te desnude con la boca, a despecho del
hambre de mis manos. Que arranque tu pretina con los dientes y
muerda con mis ojos la sangre de los lirios, que hiere tus pezones,
gota a gota, preñándolos de azúcar, cual si altivas cerezas.
Permíteme que caiga en el olvido de toda dignidad.
A cualquier precio quiero la subversión, la guerra sucia de tu
lengua arrastrándome hasta el vértigo.
Amo la turbación, el desafío de darme por doquier
y toda entera mansamente a tu ley y tu lujuria. Ordéname matar y te
obedezco.
Perra o esclava seré si tú lo pides, o puta
complaciente con quien mandes. Pero acepta el oficio de mi boca y
escúpeme tu semen en la cara.
LA FUENTE MILAGROSA
Aquí está el jardín. Entra. La fuente que cura
todo mal tiene sed de tus labios. Bebe en su laxitud y pon la
fruta de Adán sobre la lóndiga del delta.
El jardín es espeso, sazonado y profundo: con su
hierba trigal y su fresón salvaje. Cógeme las manzanas o sea tu
cuchillo odre de leche y miel para calmar la hambruna.
No hay horas de visita. Ven de noche si
quieres. Tráete a los amigos; la fuente es milagrosa.
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