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La preparación de mi
libro “Viaje interior por la provincia del Bierzo”, del que espero
dar pronto alguna primicia a los lectores, me está obligando a un
ejercicio de lectura y relectura de mis autores bercianos
preferidos, que está siendo una extraordinaria fuente de placer y
satisfacción, a la que no puedo dedicar todo el tiempo que me
gustaría.
A modo de viaje
literario, he revisitado mi colección de poesía berciana, que es
nuestro género más caudaloso y sin querer, cogiendo de aquí y de
allá, he reunido una decena de libros de Antonio González-Guerrero,
con quien compartí columnas en Aquiana, cuando los dos éramos “tan”
jóvenes.
Su ausencia reciente,
imprevista, me ha cogido por sorpresa; pero todas las muertes son
inesperadas, incluso las más previsibles. La de González-Guerrero es
sentida, porque a lo largo de veinte años habíamos ido trenzando un
hilo de correspondencia en la distancia, que me hacía sentirme unido
a su magnífica poesía.
De la colección que
he apilado sobre la mesa, me sorprenden en primer lugar los títulos
que Antonio escogía para sus libros: El peso de mi sombra, Los tres
estados del alma y otros relatos, No le pongas grilletes a la
aurora, Amalur, Génesis del recuerdo, Memorias de la desesperanza,
Poemas del corazón ausente, Bajo la agria luz de los cerezos, Carta
irlandesa, Los dioses y los días, El país de la nieve, Tomaré
nuevamente la palabra, Pentagrama de junio, Recurso a la memoria y,
al fin, Catulo en Malasaña.
Los títulos todos,
ensartados en un hilo de seda, componen un nuevo poema heraldo de
una obra entera, sólida, coherente, generosa.
Dejaré que hable la
amistad y el afecto. Abro la humilde tercera edición en la Colección
“La otra palabra”, Mataró, 1982. Tengo, como muchos, la costumbre de
guardar notas, apuntes, cartas, recuerdos, entre las páginas de los
libros leídos; como pétalos secos conservan el aroma y cuando
vuelves a ellos te transportan recuerdos frescos.
En la solapa de El
peso de mi sombra guardé una tarjeta manuscrita de Antonio
González-Guerrero, Paseo de las Delicias, Madrid, podía haber puesto
de no ser tan humilde, paseo de las Delicias, Corullón.
La tarjeta de
13-9-82, me felicita por un pequeño éxito profesional y añade: “Para
los que amamos El Bierzo, el éxito de uno de nuestros paisanos lo
recibimos como algo nuestro.
El
peso de mi sombra
es un libro de juventud con sus altibajos, pero es también el libro
de las ilusiones; es decir, la culminación de un deseo de ver
nuestro nombre en letra de imprenta, que tenemos los jóvenes
escritores y poetas -¿vanidad?-, cuando todavía no hemos publicado
nada. Después, las cosas cambian y uno piensa que los versos
estarían mejor en el cajón”.
Así era Antonio
González-Guerrero: la amistad en la distancia, la humildad del poeta
joven que duda de su propia valía, el tesón de los versos
construidos noche a noche, labio a labio. Y en soledad. Este primer
libro es, ya lo dijo su autor, juvenil, impetuoso, inocente,
travieso y a veces procaz: “Cierran los tulipanes su encrestada
vagina de amarillo himen”.
Poemas carnales y
húmedos en los que afloran besos, lágrimas, pupilas, suspiros, ecos
románticos, rebeldía adolescente: Ayer. Fue solo ayer y ya han
pasado enjambres de primaveras preñadas de miel y acíbar.
Vino luego “Los
tres estados del alma”, escrito en la Escuela de la Vida, con
dibujos de su hermana Albertina, y pronto el luminoso “No le
pongas grilletes a la aurora”: Te creyeron gaviota y eres verso.
En 1984, Antonio
publica “Amalur”, dedicado “a mi Bierzo amado, que me diste
la sonrisa y la lágrima en octubre”, en el que incluye una breve
Obertura de Cristóbal Halffter.
Tu
voz me llega, Amalur, desde los mares,
sobre el tacto mojado
del amigo,
perdida entre las
crestas de los viejos
tímpanos de mi verdad
ensordecida,
hoy que en el corazón
mandan las sombras
por miedo a esa
palabra que apenas te pronuncia.
En 1994 recibí, como
siempre dedicado de su puño y letra, Bajo la agria luz de los
cerezos: “Te comunico, amor que hay una Guerra”, que tiene más
de aforismo y pensamiento que de poesía: “El amor no es un lobo que
acecha en los caminos; es un río de azahar donde la vida bebe”.
Poemario del que
quiero destacar el “Llanto por un amigo enamorado”: Y lloro tu
derrota como si fuera mía.
Dos años después, en
el 96, apareció una preciosa edición de Carta irlandesa, un
libre muy breve y original, más histórico que lírico.
En ese mismo año,
El país de la nieve representa un momento culminante en la obra
de Antonio González-Guerrero, donde cada verso es una raíz afincada
en lo profundo, indagando el origen:
Durante largas noches
los bardos recorrieron las montañas con las liras ardiendo y el
sagum de lignito orlando los caballos.
Buscaban el país del
muérdago y el roble, del alce redentor
y las bestias
sagradas.
(…)
Aquí estuvo el país
del fuego y de la nieve, de las cigüeñas rojas y los dioses
tardíos.
La piedra del perdón
donde oraron los celtas, y el valle del silencio donde mi alma se
habita.
Aquí estuvo el país
del sacho y de los bueyes, de las vírgenes dulces y el castaño
manso.
País de los alisos o
de las vides verdes. Y acacias de algodón que en junio se apedrean.
Aquí estuvimos todos,
que la memoria es río que lejos de agostarse se hace invierno y
perdura.
Aquí estuvimos todos
en la entraña del tiempo. O en ese campo santo donde yacen los
mártires.
País para la unción,
cenobio del errante;
Terruño de humildad
donde vengo a morirme.
Vinieron años de
lejanía, pero Antonio reaparecía como un Guadiana insumergible, con
su Pentagrama de junio y su Recurso a la memoria
(léase: “En Corullón, una noche de verano, una joven esposa
sorprende a su marido haciendo el amor con un adolescente”), hasta
llegar a Catulo en Malasaña, editado aquí mismo por Hontanar,
que es una obra de rotunda madurez, sin titubeos, clara y concisa
como el alba, sin máscaras ni aspavientos, desnuda la verdad.
Poemas como Carpe
Diem, visitas a la Ilíada, a los clásicos griegos y latinos: un
Vesubio de nieve en Malasaña.
Estoy seguro de que
antes de partir y dejarnos la memoria, “al menos la memoria”,
Antonio González-Guerrero dejó guardados muchos versos en ese cajón
del que apenas se atrevía a sacar sus primeros poemas. Quizás el
futuro nos depare un nuevo poemario inédito, pero entretanto, te
invito lector a coger cualquiera de los libros de poesía de Antonio
y salir esta primavera a pasear, como hiciste cuando tenías quince
años y leíamos en alto las rimas de Bécquer, recostados entre las
amapolas.
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