1933  -  1988

 

Los negros

 
Y, de pronto, en su cielo, en su piel, en sus pájaros,
en sus labios y dientes retumbó el desconcierto.
Y apareció el fusil y el látigo y la red
y el Odio que extendía su aceite hacia las costas.
(El Odio fue un fragante vestido de colores
a cuyo aroma nunca pudieron resistirse).
La más desnuda noche se fue desmoronando
sobre la selva intacta que se llenó de gritos
Porque gritaron todos: los ecuánimes belfos,
las axilas rasgadas, los élitros potentes,
los sexos violentados, las bocas rebatidas...
De nada les sirvió.
Fueron cayendo a trozos, uno a uno.
Supieron
de la soga y del garfio, del grillo y la cadena...
Cortaron los caminos, las ráfagas hermosas
que quedaban aún vírgenes.
Con sus máscaras blancas,
con sus metales negros, como dioses podridos
fueron contaminando los más benditos seres.
La selva se erizó en cortantes aristas
de sangre y de ponzoña.
De nada les sirvió.
De nada les sirvió, repito, porque nada
estaba preparado para un golpe tan brusco.
Las aguas se tiñeron de vísceras y asombros.
Sólo quedaba limpia la nieve en la montaña.

 

Zaragoza amarilla
 
Hay edades como penínsulas de sombra,
tiempos lejanos con sienes inquietantes y colmillos
dispuestos,
órbitas habitadas por fantasmas, catedrales
construidas
con un sudor – silencio gris, amontonando piedras
que huelen siempre a muerte....
Así eras tú, ciudad como mujer acostada sin tersura
ni anillos,
sucia de luces pardas que salpicaba el santo Ebro
avaricioso,
ciudad como mujer, como amante que huyó,
así que – por supuesto – permanece,
arrojada en un lecho desordenado en limo,
acostada esperando - ¿Qué esperas? – taciturna,
con la cocina de tu antiguo corazón apagada en
desorden,
pensando desdeñosa
quizás en el exilio de tus mejores hijos
o no pensando,
solamente estás,
estás inmóvil,
quedas
bajo el montón harapiento de tus vestidos cenizosos,
ausente
de todo cuanto tenga el poder de la vida.

 

Enamorarse era morir, marcharse

Enamorarse era morir, marcharse
por los hondos caminos de la escarcha;
llamar en una selva de edificios
y responder el mármol de las puertas cerradas.
Enamorarse era morir: te amo.
Todo empezó en mi voz, mi dura voz de trampa
que se alejó, redonda y submarina,
hasta llegar intacta
al pabellón lozano de tu cuello
para habitarlo con vocación de daga.
Mendigos de Aranjuez madrugadores
Mendigos de Aranjuez madrugadores
despojaban de sus chaquetas a los fusilados tibiamente
fríos,
de sus relojes de novia, de sus cartas atroces como
Sueños,
de su gemir agarrotado para siempre, de sus jerseys
a ochos,
de sus chuscos como Tatuajes sobre el corazón
"mira mi pecho tatuado
con este nombre de mujer;
es el recuerdo de un pasado
que jamás ha de volver"...

 

Carta a Luciano Gracia Bailo, desde París,  Noviembre de 1967. 

 

Tenía deseos de sentarme a la máquina de escribir para charlar un rato contigo y ahora que lo hago no sé, verdaderamente, qué decir. Han pasado tantas cosas. La vida aquí es intensa, casi delirante a veces. He pagado poco a poco, dolor a dolor, el precio que París nos exige a todos y ahora parece (parece) que logro ver un poquito de azul en el cielo. He hecho muchísimas cosas: desde fregar con lejía las escaleras de los franceses hasta gastarme en una noche mil nuevos francos para el amor y el champagne. De todo. No me avergüenzo de nada, ni me arrepiento. Al contrario, estoy agradecido a París porque me ha demostrado que aún estoy joven para todas estas cosas. Qué alegría. Lentamente muere el pequeño oficinista de "La Adriática y nace un tipo que lo creo mejor y más sano. ¿No crees que merecía la pena

He encontrado trabajo como cajero en un restaurante español del Quartier Latin. Gano quince o dieciseis mil pesetas mensuales y la comida. Está bien para empezar. He firmado contrato de trabajo, me han incluido en la Sécurité Sociale y tengo todos mis papeles en regla. Soy ya casi medio francés y estoy perfectamente protegido en el terreno laboral, sindical y ciudadano. Es como empezar a ser joven, a vivir. No dependo de nada ni de nadie; por primera vez en mi vida tengo que ocuparme yo de todas, de absolutamente todas mis cosas. Mi trabajo empieza a las siete de la tarde y termina a la una de la mañana. El resto del día es para mí y desde el domingo a las doce de la noche hasta el martes a las seis de la tarde, tengo libre. Todo esto me permite leer, escribir, pasear, hacer el amor... Ya sé que, del otro lado, está la soledad, la tristeza, la _ desesperación a veces, pero estas compañías no nos abandonan nunca, ` en ningún lugar ni circunstancia. No importan ;Todo lo puede la libertad! 

 

Elegía a la actual primavera

Notamos tu cansancio porque vemos tu prisa
por marcharte muy pronto.
Notamos inquietudes en el alegre aspecto
de tu vieja costumbre.
Notamos tu ceguera de luz, tu desaliento,
tu fragancia de nube delgadísima,
tu colorido excéptico,
tu incansable sonrisa de querida constante
de los poetas vivos y de los que murieron.
Eres sencilla y sutil. Por vieja eres eterna.
Eres la ausencia sóla de la sóla caricia.
Eres como una gata que pintara sus uñas
con el llanto del árbol, de la luna y la hierba.
Eres la luz, el viento, las tontas golondrinas,
eres insomnio vivo de nuestra sangre nueva,
eres lombriz, desprecio, flor corta, sol de siempre,
cielo de azul monótono, fondo y color de espera,
sabor de muchedumbre con ansiedad de vino,
juego inútil de ardilla, resplandor, agua quieta,
disfraz inconmovible tan pasado de moda
como el mar y la espuma, como el gallo y la cresta.
Muéstrate tal como eres. Quítate la careta
conque estúpidos hombres te adocenaron viva.
Arranca de tu carne los vulgares poemas,
los dulces madrigales, los sonetos, las silvas,
las místicas endechas
que se enroscan sucias, pegajosas, herméticas.
Aparece desnuda, vana, cruel, cautiva,
con tu jugoso vientre lleno de flores quietas.
Enseña tus arrugas, Madre Gris, no te escondas,
no aumentes con engaños tu natural tristeza.
Vuelve a ser como siempre, vuelve a ser calendario
de constante mentira en locura de fechas...
..................................................................
Ni asombras ya, ni asustas. Ni matas, ni das vida,
ni puedes imponerte, ni tan sólo gobiernas
a la luz, a lo verde, a las nubes, al viento
que se escapan y ríen de tu propia impotencia.
Nuestro brusco silencio, mujer, te está gritando :
No eres tú, no eres nadie. Ni eres paz, ni eres guerra...
Estás vieja, estás sola, estás desorientada.
Cualquier día, en el campo, te encontraremos muerta.

El poema del gordo Gómez,
  inédito, vio la luz por fin.

 

Contra falacia, felicia

(Notas para la historia del Gordo Gómez)
Joaquín Mateo Blanco.

Una de las características de la historia menor de nuestro tiempo es la falta de rigor conque desde cada postura personal se está tratando. La objetividad debe ser la meta, no fácilmente alcanzada pero al menos propuesta, de los historiadores o aprendices de lo mismo. Por eso, y como veo cada día con mayor horror como se tergiversa la verdad, apoyándome en documentos, quiero dejar constancia de una pequeña peripecia que me sucedió en mis relaciones por los ya lejanos, ¡ay!, años cincuenta con Julio Antonio Gomez, estupendo poeta, ocasional amigo y de profesión habilitado de clases pasivas del Ejercito, que nos lo presentaba casi siempre vistiendo bajo la desgarbada gabardina horteril unos inequívocos pantalones militares.

En cierta ocasión me pidió que le incluyera un poema en las páginas literarias de Amanecer, diario en el que estuve una temporada coordinando la página semanal de letras, por la se asomaron muchos jóvenes poetas a la vida literaria y por la que pasaron otros muchos menos jóvenes, sobre todo los del grupo "Cuaderna Vía", cuya historia estoy preparando para una edición facsímil de las que dirige Luis Ballabriga para la Diputación General.A la sazón yo había abandonado esta tarea por desavenencias con la dirección de Amanecer, y no es el único caso en el que me han dado el cese en mis funciones de una tarea que realizaba por sport y sin sueldo alguno, de manera que me era imposible publicar el poema de Gómez, al que en ocasiones anteriores ya le había dado a luz otros en el mismo medio, como se dice ahora. Por ello le contesté a su envío con una carta de que guardo el borrador, pues tenía la costumbre de escribir las respuestas en el dorso de las cartas recibidas y puedo darlo aquí, junto con el poema que era muy bueno y nada impublicable por ningún motivo en problemas de censura, que por cierto padecíamos todos.

Me agrada mucho recordar y poder de esta manera aportar algo a la biografía de Julio Antonio Gómez. Por fortuna he tenido toda la vida la perniciosa manía de guardar papeles, documentos publicaciones, poemas, billetes de tranvía y otros curiosos objetos, lo que me permite poseer un rico muestrario de las aficiones y las acciones de mis contemporáneos

Algún día publicaré papeles amarillos.

Del Boletín "Barataria" de la Asociación Aragonesa Amigos del Libro,
  Abril 1992, número 1.

 

 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO