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PRÓLOGOS
DE FREDYDURKE
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Prólogo de Ernesto
Sábato |
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Prefacio
Creo que fue en 1939 cuando por primera vez
leí algo de Gombrowicz. Yo vivía aún en La Plata, donde habíamos
inventado con mi amigo el astrónomo Miguel Itsigzohn un tipo de
humor paranoico que denominamos margotinismo. Con los años aprendí
que tales invenciones en rigor son siempre descubrimientos, y que
aquella reacción un poco demencial contra un universo
deshumanizado era casi inevitable.
Fue por entonces cuando me
llegó la revista Papeles de Buenos Aires, que dirigía Adolfo de
Obieta. Con estupor leí el cuento titulado Filifor forrado de
niño, de un desconocido de nombre polaco: Witold Gombrowicz. Corrí
a buscar a Miguel, con la revista en la mano. Nos pareció de
pronto milagroso que algo tan aparentemente descabellado como el
margotinismo (y, por lo tanto, producto de la pura casualidad)
pudiera surgir en otro remoto lugar de la tierra, con
características tan similares.
No recuerdo ahora cómo nos
encontramos, más tarde, con el propio autor de aquel relato. Era
un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su
cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e
inesperados. Parecía helado y cerebral. Era difícil adivinar
debajo de esa coraza el cálido fondo humano que latía en aquel
exilado vagamente conde, pero auténticamente aristócrata.
Supe
entonces que Filifor formaba parte de una novela llamada
Ferdydurke, que ardía por leer. Pero su autor no estaba en
condiciones de hacerla traducir ni editar. Pobre, desanimado,
trabajando en una oficina bancaria, caminando por las calles del
Bajo, jugando partidas de ajedrez en cafés llenos de humo, nadie o
casi nadie adivinaba en aquel sujeto a un formidable artista; más
bien la gente se inclinaba a considerarlo como a un mistificador o
a un mitómano. Hasta que una mujer (significativa paradoja para
aquel irónico enemigo del género femenino), Cecilia Debenedetti,
decidió e hizo posible la edición castellana del libro, que empezó
a ser traducido por un grupo de creyentes.
Cuando en 1947 apareció
con el sello de Argos, el escritor cubano Virgilio Piñera, que por
aquel tiempo vivía en Buenos Aires, escribió en la solapa:
"Resulta difícil prever la suerte de este mensaje, sobre todo
cuando no nos llega de París.
Creo, sin embargo, que con estas
breves líneas no hago otra cosa que disparar el primer tiro en la
batalla que tarde o temprano van a librar los ferdydurkistas de
Hispanoamérica." Hoy, cuando W. G. tiene fama mundial, es justicia
rendir homenaje a aquel pequeño grupo de fervorosos que aquí
advirtieron y saludaron su talento.
Las palabras de Piñera
fueron lamentablemente proféticas. Es muy improbable que en la
Argentina la gente se atreva a considerar genial a un escritor que
no venga patentado desde París.
Por otra parte, es cierto que
la obra no era de fácil acceso, sobre todo en 1946. Especie de
grotesco sueño de un clown, con páginas de irresistible comicidad,
con una fuerza de pronto rabelesiana, el reinado al parecer del
puro absurdo, ¿cómo adivinar que en el fondo era algo así como una
payasada metafísica, en que delirantemente estaban en juego los
más graves dilemas de la existencia del hombre?
El autor previó
y temió la incomprensión. Por lo cual juzgó conveniente un prólogo
en que intentaba explicar al lector las ideas básicas de su visión
del mundo. No creo, sin embargo, que el prólogo ayudara mucho.
Pues si es verdad que debajo de la obra de un gran escritor hay
siempre una Weltanschaung, no siempre esa concepción del universo
puede expresarse en ideas claras y distintas; o, en todo caso, la
natural forma de expresarla es, en el poeta, su mágica creación,
lo que es algo menos pero también algo más que una filosofía, algo
menos y algo más que un conjunto de conceptos: es una visión total
de la realidad, en parte conceptual y en parte intuitiva,
parcialmente intelectual y en sumo grado emocional y mágica.
Motivo por el cual, aunque los críticos puedan ofrecernos una
interpretación de las ideas de Kafka, la sola lectura de un cuento
suyo nos da una vivencia de su mundo (incluso de su mundo
ideológico) que ninguna exposición conceptual es capaz dc
revelarnos, por extensa e inteligente que sea.
Y es
precisamente esta causa la que diferencia a este escritor
existencialista (que escribía su obra en 1936, cuando no tenía la
menor noticia de esa doctrina) de un filósofo como Heidegger. Pues
éste, en tanto que pensador, no puede sino operar con razones,
siendo a la postre una especie de racionalista, inevitablemente;
lo que equivale a decir que en definitiva resulta,
paradójicamente, un tipo de antiexistencialista. Mientras que un
escritor como W. G. simplemente es existencialista, por su sola
presencia integral, por su manera de ver y sentir la
realidad.
No se trata, pues, de incapacidad para las ideas: su
Journal demuestra la extraordinaria inteligencia y la cantidad de
ideas de este poeta. Se trata de la radical incapacidad del ensayo
para reemplazar a la ficción y a la poesía, manifestaciones del
espíritu que no pueden ser reducidas a los términos del
pensamiento puro.
En estas condiciones, sería inconsecuente con
la propia tesis que acabo de exponer todo intento de reemplazar la
lectura de Ferdydurke con una serie de explicaciones. Pero, y del
mismo modo que, aun sin poder sustituir la visión personal de
París con palabras ajenas, se le puede decir al viajero que se
fije con cuidado en tal o cual monumento o calle o mercado o
rincón del Sena (perturbado y un poco atontado como está el recién
venido por el tumulto, la novedad y la contingencia), se le puede
advertir al lector de este libro de choque que trate de ver, en
esta novela en apariencia tan descabellada, las ideas básicas que
son las típicas del existencialismo: la angustia, la nada, la
libertad, la autenticidad, el absurdo. Y, sobre todo, o debajo de
todo, el problema típico de Gombrowicz, la categoría que es
esencial en su concepción del mundo: la Inmadurez; categoría
íntimamente vinculada a otra que le es obsesiva: la de la
Forma.
Pues para Gombrowicz el combate capital del hombre se
libra entre dos tendencias fundamentales: la que busca la Forma y
la que la rechaza. La realidad no se deja encerrar totalmente en
la Forma, el hombre es de tal modo caótico que necesita
continuamente definirse en una forma, pero esa forma es siempre
excedida por su caos. No hay pensamiento ni forma que pueda
abarcar la existencia entera (y de ahí, como yo decía antes, la
imposibilidad de sustituir la expresión poética o mágica de la
existencia mediante el puro pensamiento abstracto).
Y esta lucha
entre esas dos tendencias opuestas no se realiza en un hombre
solitario sino entre los hombres, pues el hombre vive en
comunidad, y vivir es con-vivir; siendo las formas que adopta la
consecuencia de esa ineluctable convivencia. (De paso, y como me
hace notar mi mujer, esa tenaz y cálida necesidad que Gombrowicz
siente por la comunicación lo aleja del existencialismo negativo
de un Sartre, para acercarlo, curiosa e inesperadamente, al
pensamiento de un escritor como Saint-Exupéry.)
No creo
demasiado arbitrario aducir que ese combate es el que eternamente
se ha librado entre el espíritu dionisíaco y el espíritu apolíneo,
siendo la existencia del ser humano un como equilibrio (inestable)
entre ambos, en virtud de esa ley psicológica, ya entrevista por
Heráclito, de la enantiodromia, reguladora de los contrastes.
Tampoco creo arriesgado suponer que lo que Gombrowicz llama la
Inmadurez no es otra cosa que el espíritu dionisíaco, la potencia
oscura, que desde abajo, como fuerza inferior (en el sentido
psíquico y hasta teológico del vocablo, no en el sentido ético)
presiona y a menudo rompe la máscara, es decir la persona, la
Forma que la convivencia y la sociedad nos obliga a adoptar (una y
otra vez, porque nos es imposible sobrevivir sino mediante
máscaras o formas).
Y así como la Inmadurez es la vida (y por lo
tanto la adolescencia, el circo, el absurdo, el romanticismo, la
desmesura y lo barroco), la Forma es la Madurez, pero también la
fosilización, la retórica y en definitiva la muerte; una muerte
(curiosa dialéctica de la existencia) que nos es imprescindible
para vivir y entendernos.
Hasta el punto que el mismo dionisíaco
Gombrowicz debe acceder a ello, intentando finalmente expresar su
caos y su ambigüedad mediante una obra de arte; que, como toda
obra de arte, en última instancia es un orden, una Forma. Forma
que al mismo tiempo que expresa a Gombrowicz, como a todo artista,
también lo traiciona e intenta agotarlo; motivo por el cual el
poeta o novelista necesita lanzarse a la creación de otra obra, y
luego de otra y así ad infinitum; resultando de ese modo que el
creador es superior a su obra misma, al menos hasta el momento de
su muerte física.
Esta angustiosa lucha entre extremos
opuestos, esta esencial antagonía del espíritu humano, se trasluce
en Ferdydurke. Y el lector percibirá cómo encaja en este cuadro
una escena al parecer tan descabellada como la frenéticamente
cómica parte en que el Flaco pugna por explicar a sus alumnos la
grandeza del poeta Slawoski, tratando de arrancarles la admiración
oficial que hay en las historias del arte y en los museos por los
caparazones fosilizados. De ahí también el temor al Envejecimiento
de este creador a la vez viejo de mil años y conmovedoramente
infantil (como todo creador, ya que la magia es atributo de la
infancia y de la Inmadurez).
De ahí el combate que en todas sus
obras lleva contra las falsificaciones de la cultura libresca,
contra la deshumanización del hombre contemporáneo, contra el
esteticismo estéril del Profesor y la Academia; y no, es bueno
advertirlo, como un mero problema estético sino como problema
existencial y metafísico.
Hay, en fin, un aspecto en las ideas
de Gombrowicz que lo hace particularmente útil para nosotros los
argentinos. No hay casualidades en el reino del espíritu, ni
tampoco causalidades. En buena medida el hombre es libre para
construir su destino, y no creo que por puro azar este polaco haya
permanecido veinticuatro años entre nosotros; ya que si pudiera
admitirse como acto gratuito y contingente que Gombrowicz se
embarcara en el viaje inaugural de un transatlántico polaco hacia
Buenos Aires, invitado a visitar esta región del mundo, y si el
hecho luego de producirse la guerra mundial no es, claro, un hecho
que la voluntad de Gombrowicz pudiera haber evitado, en cambio su
permanencia aquí es sí un acto que en buena medida es producto de
su voluntad.
Es que nuestro país, como Polonia, forma parte de
lo que en su lenguaje podríamos llamar Territorio de la Inmadurez.
Y esto lo vinculo a una vieja teoría que tengo sobre lo que llamo
la periferia del Renacimiento. Países como Polonia, Rusia,
Noruega, Dinamarca, Suecia y España no sufrieron de modo estricto
el proceso renacentista, fenómeno burgués, caracterizado por el
maquinismo y la razón que tuvo su epicentro en Italia y Francia.
Aquellos países mantuvieron rasgos semifeudales casi hasta este
siglo, no debiendo extrañarnos que un personaje como el Quijote
pocas veces haya sido bien interpretado en Francia, siendo en
cambio entrañablemente sentido en Rusia. En ambos extremos de
Europa, la desmesura y la sinrazón eran los restos de una
mentalidad preburguesa. Y el parentesco se acentuó en la vieja
Argentina de las grandes llanuras pastoriles; hasta el punto de
que una novela como Ana Karenina, con sus criadores de toros de
raza y sus gobernantas francesas, con sus estancieros y
burócratas, podía entenderse cabalmente aquí.
Y si al célebre
personaje de Gontcharoff se le colocara un mate en la mano en
lugar de su eterno vaso de té ¿quién dudaría en encontrarle casi
todas las características de un argentino viejo? La
desorganización, un sentido del tiempo medieval, no cuantificado
por el interés, la vida patriarcal de las antiguas familias, una
educación afrancesada, el desdén y al propio tiempo la arrogancia
por lo nacional; todo ello explica por qué un estudiante argentino
entendía mejor las Memorias desde el Subterráneo (por lo menos
hasta la segunda guerra mundial) que un profesor de la Sorbona, al
que los personajes de Dostoievsky le resultaban nouveaux riches de
la conscience, individuos poco menos que demenciales, incapaces de
apreciar las ideas claras y distintas, tan disparatados como para
afirmar (contra todas las tradiciones de cartesianos y ahorristas
franceses) que dos más dos puede ser igual a cinco.
Lo curioso,
pero psicológicamente explicable, es que aquellos bárbaros
moscovitas, como nuestros bárbaros aborígenes, admiraban la
refinada cultura occidental, sus toros escoceses, sus novelas (¡Dostoievsky aspiraba a escribir como George
Sand!), la filosofía
alemana, los establecimientos de Baden-Baden y sus casinos. Y así,
por los mismos motivos que nosotros, se hicieron "europeístas",
rasgo tan típicamente eslavo o rioplatense como el vodka o el
mate; al revés de lo que aquí sostienen algunos superficiales
pensadores, que lo consideran un rasgo de enajenamiento. Los
europeos no son europeístas: son simplemente europeos.
Leyendo
ese Journal que debería traducirse cuanto antes, observo que mi
teoría es correcta y que vale para la intelliguentsia polaca las
mismas reflexiones que podemos hacer para la Argentina. Allá como
aquí es palpitante el problema de la inmadurez intelectual; allá
como aquí se prefiere lamentarse de la situación inferior con
respecto a Europa, en lugar de aceptarlo como un fecundo y
poderoso punto de partida de algo original. Nosotros, como ellos,
tenemos las ventajas de los países "bárbaros", por haber
resguardado una vitalidad y un candor que la civilización
renacentista no alcanzó a desecar.
Es un hecho significativo que
la formidable reacción existencial contra esa civilización se
levantara precisamente en esa periferia bárbara, y bastarían los
nombres de Dostoievsky, Kierkegaard, Nietzsche y Unamuno para
probarlo. Polacos y argentinos estamos, sin embargo, llegando a
valorar en medio de la gran crisis de nuestro tiempo (y se ve
también por esto cómo "crisis" significa "enjuiciamiento") lo que
cabalmente somos y lo que podemos representar en el mundo,
superan do al mismo tiempo dos actitudes simultáneas e igualmente
equivocadas: nuestro sentimiento de inferioridad y nuestra loca
arrogancia con relación a Europa.
Con toda la razón, Gombrowicz
les dice a sus compatriotas en su Diario que no traten de
rivalizar con Occidente y sus formas, sino que traten de tomar
conciencia de la fuerza que implica su propia y no acabada forma,
su propia y no acabada inmadurez; con todo lo que ello supone de
fresca y franca libertad en un mundo de formas fosilizadas. En
suma, recomienda y practica él mismo la barbarie dionisíaca,
haciendo de su juventud e inmadurez una potencia renovadora. Buena
lección para nosotros.
Ernesto
Sábato Santos Lugares, julio de 1964.
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Prólogo
de Gombrowicz
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Prefacio para
la edición castellana
Este libro vio la luz del día en
Polonia, un ano antes de la guerra y para comprender su clima no
hay que olvidarse de esta fecha. Yo antes había publicado un
volumen de cuentos intitulado Memorias del período de la
maduración.
Como la mentalidad polaca de preguerra iba por
caminos completamente distintos del que yo había elegido, no
abrigaba al publicar Ferdydurke mayores esperanzas de éxito. Si a
fin de cuentas las cosas no salieron tan mal, esto se debe a un
grupo de decididos y fervientes partidarios de esta aventura, que
eran en su mayoría gente joven. Gracias a ellos el libro fue
ampliamente analizado y lo que se ha escrito sobre Ferdydurke en
estudios, polémicas, comentarios, etc., sobrepasa varias veces su
tamaño No obstante, ni yo ni Ferdydurke hemos entrado de lleno en
la literatura oficial polaca lo que, por cierto, nos apena muy
profundamente.
Cuando las olas de la polémica estaban por
calmarse y pensaba en escribir algo nuevo, fui invitado a
participar en el viaje de inauguración de un nuevo transatlántico
nuestro, puesto en servicio entre Polonia y la Argentina. Llegué
aquí para tres semanas solamente, pero ellas se prolongaron en más
de seis años, ya que estalló la guerra. Los que a través de
Ferdydurke captarán ciertas particularidades de mi alma,
comprenderán también por qué el alma, en vez de buscar
vinculaciones con los ''círculos" locales llevaba una vida anónima
y bohemia muy cercana, desgraciadamente, a la miseria. Perdido en
este país, entontecido y aplastado por los acontecimientos
europeos, vagaba por las calles sin ganas de hacer nada, o, bajo
una mesa de café, lloraba amargamente.
Me alejé por completo de
las letras, y sólo debo a mi feliz inclinación hacia el
infantilismo que, a pesar de toda índole de desastres y
humillaciones, lograra conservar un grano de alegría. Últimamente
me ha vuelto el ánimo para el trabajo literario y creo que en
breve tendré el placer de publicar alguna nueva obra.
Ahora
ya sabéis de dónde os cayó este librito. Claro está que no se
trata aquí de una novela realista y por lo tanto no hay que
imaginarse que –digamos– los escolares polacos en realidad se
preocupan hasta tal punto por su inocencia o que los criados
fueran abofeteados por sus señores. Tampoco se trata de un libelo
político, pues este libelo no tiene nada que ver con la derecha ni
con la izquierda. ¿De qué se trata, entonces?
Comprobé en Polonia
que, a pesar de la abundancia de prefacios y aclaraciones, el
sentido general de Ferdydurke escapó a muchos lectores, al extremo
que varios llegaron a dudar si Ferdydurke tendría algún sentido.
Sin embargo lo tiene y no hay inconveniente en exponerlo así nomás
–de modo sencillo y sin ninguna clase de muecas– si esto puede
facilitar la lectura.
Los dos problemas capitales de
Ferdydurke son: el de la Inmadurez y el de la Forma. Es un hecho
que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la
exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros.
Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no véis que vuestra madurez
exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no
corresponde a vuestra realidad intima? Mientras fingís ser maduros
vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis
juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será
siempre para vosotros un instrumento de engaño.
Pero Ferdydurke
no sólo se ocupa de lo que podríamos llamar la inmadurez natural
del hombre. sino ante todo de la inmadurez, lograda por medios
artificiales: es decir que un hombre empuja al otro en la
inmadurez y que también –¡qué raro!– del mismo modo actúa la
cultura. Existen muchas razones por las cuales uno tiene interés
en que otro caiga en la inmadurez, pero la más importante es
nuestro amor por la inmadurez en sí. Ahora, la cultura infantiliza
al hombre porque ella tiende a desarrollarse mecánicamente y por
lo tanto le supera y se aleja de él.
El héroe de Ferdydurke,
infantilizado primeramente por el temible Pimko, se ve arrastrado
en el proceso de mutua inmadurización que constituye el gran goce
secreto de la humanidad, su diversión más dulce y su dolor más
terrible. ¿A qué tipo de psicología nos lleva este proceso? Los
personajes de Ferdydurke no tienen ideales, ni dioses, sino "mitos
inmaduros" que podríamos definir como un ideal adaptado al nivel
de la auténtica realidad intima del hombre (mito del peón, de la
colegiala, de la tía, etc.).
Ellos no hacen lo que quieren, ni
tampoco sienten según su propia naturaleza, sino que la mayoría de
sus sentimientos y actos les es impuesta desde el exterior. Se
empujan mutuamente hacia actitudes, situaciones, sentimientos o
pensamientos ajenos a su voluntad y sólo después se adaptan
psíquicamente a lo que se les ha ocurrido cometer buscando ex post
una justificación y explicación. . . siempre amenazados por el
absurdo y la anarquía. Sus dos rasgos característicos más
destacados son los siguientes: primero, el aparato de las formas
maduras de la cultura no es para ellos nada más que un pretexto
para entrar en contacto entre sí –y para gozar y excitarse
recíprocamente– y para armonizarse en sus dolorosos, inmaduros
juegos. Lo importante para ellos es bailar; qué baile bailan, no
les importa. Segundo: ellos sin cesar producen la forma, pero
nunca la logran. No tienen creencias, ideales, convicciones,
aptitudes, sentimientos, sino se los fabrican según sus
necesidades y las necesidades de la situación. A cada momento se
fabrican entre sí sus personalidades –uno crea al
otro.
Ferdydurke sostiene que es justamente nuestro anhelo de
madurez lo que nos arrastra hacia esa inmadurez número dos,
inmadurez artificial –y nuestro anhelo de forma el que nos lleva a
una forma mala. Parecidos a alguien, que temiese su propia
desnudez, echamos mano a cualquier vestimenta a nuestro alcance,
aun la mas grotesca, y así se crea ese mundo hecho de indolencia,
insuficiencia, no-seriedad e irresponsabilidad, mundo de la
subcultura. de las formas caducas, malogradas, desviadas e
impuras, donde se desarrolla nuestra vida intima.
Allí se fabrican
sorprendentes sub-ideales, sub-religiones, sub-sentimientos, y
varias otras subcosas muy diferentes de las del mundo oficial. Y
lo importante es que todo eso se efectúa por vía formal: para que
en tal sentido, dos personas se obliguen a la regresión no hace
falta que sean pacientes de Freud y del freudismo, porque aquí se
trata de algo tan elemental como que el estilo de ser de una
persona influye sobre el estilo de ser de la otra.
¿Cuál
debería ser nuestra actitud, en tanto que seres conscientes,
frente a aquel infra-mundo? El supremo anhelo de Ferdydurke es
encontrar la forma para la inmadurez. Pero esto es imposible.
Podemos en forma madura expresar la inmadurez ajena, podemos, por
ejemplo, describirla artística o científicamente, pero con eso no
logramos nada, porque así no expresamos nuestra propia inmadurez,
sino que –de modo maduro– describimos la inmadurez ajena. Aun si
nos pusiéramos a analizar y confesar nuestra propia insuficiencia
cultural siempre lo haríamos desde el punto de vista de la cultura
y en forma madura.
Mas para que esta insuficiencia fuera expresada
de modo consciente y a la vez directo, sería menester que nos
esforzásemos en escribir, no libros sabios sobre el tema de la
tontería, sino sencillamente libros tontos –y malos– e indolentes–
lo que, claro está, es un disparate. Por eso ni la ciencia, ni el
arte, ni ningún otro medio de expresión cultural, permite al
hombre manifestar por vía directa su propia realidad inmadura,
condenada al eterno mutismo. Mas por otra parte, si todos vamos a
seguir con esa mascarada obligatoria e inevitable, la cultura irá
convirtiéndose en un juego cada vez más mecánico y fragmentario, y
por fin perdería todo contacto con nosotros mismos.
Si yo,
hablando con Fulano, trato siempre de ser lo mejor educado posible
y el hacer lo mismo respecto de mí, nuestra conversación pronto se
volverá tan bien educada que terminaremos por sentirnos muy
molestos –y eso es lo que ocurre con nuestro arte que se vuelve
demasiado "artístico", con nuestra sutileza que se vuelve
demasiado sutil o nuestro heroísmo que se vuelve demasiado
heroico. ¿Qué nos queda entonces por hacer?
Estamos en la
situación de un niño que se ve obligado a llevar un traje
demasiado grande para el y en el cual se siente incomodo y
ridículo; el niño no puede quitárselo puesto que no tiene ningún
otro, pero, por lo menos, puede proclamar en voz bien alta que el
traje no esta hecho a medida, y de tal modo establecerá una
distancia entre el traje y su persona. Esto significa: tomar
distancia frente a la forma. Cuando logremos compenetrarnos bien
con la idea de que nunca somos ni podemos ser auténticos, que todo
lo que nos define –sean nuestros actos, pensamientos o
sentimientos– no proviene directamente de nosotros sino que es
producto del choque entre nuestro yo y la realidad exterior, fruto
de una constante adaptación, entonces, a lo mejor la cultura se
nos volverá menos cargante.
Ferdydurke, además de plantear este
postulado teóricamente, se propone realizarlo en la práctica.
Desde luego yo no podía hacer otra cosa sino tratar de escribir un
libro bueno y no un libro malo. Pero lo que quería conseguir a
toda costa, era una mayor libertad de palabra en este campo de la
cultura, donde el escritor malo, no puede decir nada porque es
malo y el bueno tampoco puede decir algo porque es bueno –esclavo
de su nivel y de su estilo– asustado por su grandeza, su situación
social y sus múltiples (a menudo ilusorias) responsabilidades.
Por
eso en vez de ocultar mi propia persona en tanto que autor, la
puse en juego junto con las personas de mis héroes. En vez de
esconder mi insuficiencia cultural, mi dependencia de la esfera
inferior y los móviles personales de mi trabajo, como lo hacen
otros autores, los desnude con toda crudeza y además demostré mi
propia inconformidad con la forma de la obra: el rector puede ver
cómo me enloquece la tiranía de las formas idiomáticas, el
mecanismo del estilo, la construcción y la armonización de las
partes, etc., etc....
Así que Ferdydurke tiene un doble aspecto:
por un lado es un relato y una novela, una descripción y, por
otro, un acto de mi lucha personal con la forma. Aquí el autor,
confesando su propia inmadurez, consigue –supongo– más soberanía y
libertad frente a la forma y, al mismo tiempo, deja entrever el
mecanismo de su inmadurez.
¡Uff! Este sería el esqueleto
intelectual de Ferdydurke. Yo no soy ni filósofo, ni psicólogo, y
pido disculpas por las eventuales fallas de exposición. Ni
siquiera sé si mis puntos de vista son nuevos y originales; y eso
no me preocupa porque no espero realizar descubrimientos, sino
proyectar al exterior con la mayor energía posible todo un cúmulo
de asuntos, que, indudablemente, me hicieron sufrir mucho. Cada
uno se queja de lo que le duele y yo hago lo mismo. Me cuido
muchísimo que mi voz no suene nunca como la de un "escritor",
"filósofo", "poeta", "intelectualista", sino como la de una
persona privada.
En verdad, cuando empezaba Ferdydurke no sabía
casi nada de esas ideas y ellas me vinieron por sí mismas a medida
que escribía. Al crear este poema orgullosamente práctico sabía
sólo que debía emprender algo así como una "crítica desde abajo",
y que llegaba la hora de arreglar cuentas tanto con el mundo
superior como con el inferior, pues ambos me fastidiaban bastante.
Y francamente me cuesta reducir una obra tan alocada en sus
absurdos y desenfrenada en sus intenciones a un esqueleto seco,
duro y rígido.
Me atrevo a creer que en todo caso la
publicación de Ferdydurke en la América Latina tiene su razón de
ser. Existen varias analogías entre la situación espiritual de
Polonia y la de este continente. Aquí como allá el problema de la
inmadurez cultural es palpitante. Aquí como allá el mayor esfuerzo
de la literatura se pierde en imitar las "maduras" literaturas
extranjeras. Aquí y allá los literatos se preocupan por todo menos
por verificar sus derechos a escribir como escriben.
En Polonia
como en Sudamérica todos prefieren lamentarse de su condición
inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y
fecundo punto de partida. Pero mientras en Polonia la formidable
tensión de la vida echa por tierra toda esa "escuela literaria"
(la palabra "escuela" está aquí plenamente justificada) la
apacible existencia del feliz sudamericano le permite eludir la
revisión básica de esas cuestiones, le induce a menudo al cultivo
de cominerías estéticas e intelectuales y un estéril formalismo
sofoca toda su expresión. Dudo mucho si mis razones serán
compartidas por los maestros consagrados de ambas literaturas,
pero fijo mis esperanzas en los maestros que están por
nacer.
Esta traducción fué efectuada por mí y sólo de lejos
se parece al texto original. El lenguaje de Ferdydurke ofrece
dificultades muy grandes para el traductor. Yo no domino bastante
el castellano. Ni siquiera existe un vocabulario
castellano-polaco. En estas condiciones la tarea resultó, tan
ardua, como, digamos, oscura y fué llevada a cabo a ciegas –sólo
gracias a la noble y eficaz ayuda de varios hijos de este
continente, conmovidos por la parálisis idiomática de un pobre
extranjero.
La realización de la obra se debe ante todo a la
iniciativa y el apoyo de Cecilia Benedit de De benedetti, a la
cual deseo expresar mi mayor agradecimiento.
Bajo la
presidencia de Virgilio Piñera, distinguido representante de las
letras de la lejana Cuba, de visita en este país, se formó el
comité de traducción compuesto por el poeta y pintor Luis
Centurión, el escritor Adolfo de Obieta, director de la revista
literaria "Papeles de Buenos Aires" y Humberto Rodríguez Tomeu,
otro hijo intelectual de la lejana Cuba. Delante de todos esos
caballeros y gauchos me inclino profundamente.
Pero, además,
colaboraron en la traducción con todo empeño y sacrificio tantos
representantes de diversos países y de diversas provincias,
ciudades y barrios, que de pensar en ello no puedo defenderme
contra un adarme de legitimo orgullo. Colaboraron: Jorge Calvetti,
Manuel Claps, Carlos Coldaroli, Adán Hoszowski, Gustavo Kotkowski
y Pablo Manen (pacientes pescadores del verbo), Mauricio Ossorio,
Eduardo Paciorkowski, Ernesto J. Plunkett y Luis Rocha (aquí se
juntan Brasil, Polonia, Inglaterra y la Argentina), Alejandro
Russouich, Carlos Sandelin, Juan Seddon (obstinados buscadores del
giro adecuado), José Taurel, Luis Tello y José Patricio
Villafuerte (eficaces e intuitivos).
Debo también eterno
agradecimiento a un simpatiquísimo señor, ya de edad, y muy
aficionado al billar, que en un momento de feliz inspiración me
procuró la palabra "remover" de la cual me había olvidado por
completo. Tengo que agradecer –¡por Dios!– a todos esos nobles
doctores en la "gauchada", y a los criollos les digo sólo eso:
¡viva la patria que tiene tales hijos! Si a pesar de un número tan
serio de colaboradores el texto castellano tuviese alguna falla
proveniente, no de las insuperables dificultades de la traducción,
sino del descuido, esto se debería, creo, al exceso de amenas
discusiones que caracterizaba las sesiones, realizadas casi todas
en la sala de ajedrez de la confitería Rex bajo la enigmática y
bondadosa sonrisa del director de la sala, maestro Paulino Frgdman.
¡Me alegro que Ferdydurke haya nacido en castellano de
tal modo, y no en los tristes talleres del comercio libresco!
Todavía una palabra: a lo mejor el libro pasará desapercibido,
pero seguramente algunas personas de mi amistad se sentirán
obligadas a decirme una o dos frases, de esas que siempre se dicen
cuando un autor publica un libro. Quisiera pedirles que no digan
nada.
No, no digan nada, porque, debido a toda clase de
falsificaciones, la situación social del así llamado "artista", se
ha vuelto en nuestros tiempos tan pretenciosa que todo lo que se
le pueda decir suena a falso y, cuanta más sinceridad y sencillez
pongáis en vuestro "me gustó muchísimo" o "estoy encantado", tanta
más vergüenza para él y para vosotros.
Callaos, pues, os lo ruego.
Callaos en espera de un futuro mejor. Por el momento –si queréis
expresar que os gustó–, tocad sencillamente, al verme, vuestra
oreja derecha. Si os agarráis la oreja izquierda sabré que no os
agradó, y la nariz significaría que vuestro juicio está en el
medio.
Con un leve y discreto movimiento de la mano agradeceré
esta atención para con mi obra y así evitando situaciones
incómodas y aún ridículas, nos comprenderemos en silencio. Muchos
saludos a todos.
Witold
Gombrowicz
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| ISLA
TERNURA |
PLAYA |
NO
ERES EL ÚNICO |
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