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Ya enfermo
de muerte, entre el 27 de abril y el 25 de mayo de 1969, el
escritor polaco Witold Gombrowicz da en su domicilio de Vence, al
sur de Francia, un curso antiacadémico de filosofía a un auditorio
reducido: su esposa Rita y el poeta Dominique de Roux, coautor de
un libro de entrevistas a Gombrowicz publicado apenas un año
antes.
El curso es un invento del joven poeta no sólo para
distraer del dolor al enfermo sino para hacerle olvidar sus
coqueteos con la idea del suicidio.
Como toda ayuda, el "profesor"
Gombrowicz recurre a viejas anotaciones y a un puñado de libros
que compró en la Argentina, durante su estadía de veinticuatro
años.
Entre esos libros se cuenta una edición de 1948 de las
Lecciones preliminares de filosofía, de Manuel García Morente.
Publicado hace dos años en francés y ahora en
castellano, el Curso de filosofía en seis horas y cuarto se
reconstruye a partir de los apuntes que tomaron en clase Rita y De
Roux, y que Gombrowicz no alcanzó a corregir. De allí algunas
lagunas o frases incompletas que acaban por arrojar un Gombrowicz
en carne viva y pensamiento puro, desprovisto nada menos que de su
"forma".
El interés de Gombrowicz por la filosofía puede
rastrearse en los cursos sobre Heidegger que ofreció en Buenos
Aires, en 1959, y, antes aún, en sus lecturas juveniles de Husserl
y su muy apreciado Schopenhauer, del que rescata, sobre todo, la
teoría artística del juego de fuerzas. "¿Por qué nos encanta la
fachada de una catedral mientras que un simple muro no nos
interesa?", indaga Gombrowicz. Porque la "voluntad de vivir de la
materia" se expresa en la lucha entre "la pesadez y la
resistencia".
Para Gombrowicz la filosofía tiene "el valor
supremo de organizar el mundo en una visión". Y como la filosofía
"no debe ser intelectual sino algo que arranque de nuestra
sensibilidad", su entusiasmo por Schopenhauer sin duda obedece a
que las ideas de éste abrieron, en su tiempo, las puertas a la
filosofía existencial.
"Por primera vez", dice
Gombrowicz, "la
filosofía toca la vida". Y si hay una profunda diferencia entre la
filosofía clásica y la existencia, entiende, es la oposición (otra
vez el juego de fuerzas) entre lo concreto y lo abstracto. Lo
abstracto, que en el mundo de Gombrowicz es la "forma" o lo
inauténtico, versus lo concreto que es la "inmadurez", lo
vivo.
Críticos como Arthur Sandauer señalaron que los conceptos
de "forma" o "madurez" y de "inmadurez" en Gombrowicz coinciden
con el "ser" y la "existencia" de Sartre.
El propio Gombrowicz
dijo alguna vez que Sartre con El ser y la nada (1943) constituyó
un "codificador de mis sentimientos", y que su novela Ferdydurke
(1937) es "existencial hasta la médula". Así, las partes del curso
dedicadas a Sartre o al existencialismo terminan siendo las
reflexiones de un novelista sobre una visión del mundo que, a
medida que se ahonda y comprende mejor, clarifica a la vez su
propia obra.
En una entrevista de la que muchos sospechan que
en verdad se trató de una "autoentrevista", Gombrowicz se llama
existencialista aunque en seguida hace la salvedad de que "quien
se siente artista no es filósofo". ¿Cuál es entonces el punto de
contacto entre "las exploraciones caprichosas y ondulantes del
arte" y el pensamiento disciplinado? La visión del hombre,
responde Gombrowicz.
El "hombre
beethoveniano" tiene afinidades
con el "hombre kantiano", lo mismo que el de Platón con el de
Balzac, el de Dostoievski con los positivistas o el de Goya con
Schopenhauer. Si existe un "hombre gombrowicziano", y los lectores
desean profundizarlo, nada más útil en este curso asombroso que
todas las reflexiones dedicadas al "hombre existencialista" y su
filosofía. (Traducción de José María Ventosa; 148
páginas).
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