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Witold
Gombrowicz pensaba que en la Argentina podía surgir una “protesta verdadera y
creadora contra Europa”.
por
Gustavo Pablos.
La vida de Witold Gombrowicz contradice aquello que sobre las biografías de
artistas y personalidades supo escribir Marcel Schowb: “Lo único privativo de
ellos son sus singularidades y sus manías”.
Con
Gombrowicz no podemos partir del mismo postulado, no hay manías visibles o
singularidades que reduzcan lo demás a simples episodios rápidamente
olvidables. Más bien el conjunto de su personalidad, que se puede encontrar en
los testimonios de quienes lo conocieron o en lo que anotó en su diario, son
las piezas que pueden contribuir a armar el rompecabezas narrativo que fue su
propia vida.
Producto de las maniobras inaugurales del Chroby, un buque polaco sorprendido a
comienzos de la Segunda Guerra Mundial en la Argentina, Gombrowicz llega a
nuestro país. En esos días comienza un exilio forzado que podía durar días,
meses o, tal vez, años. Hasta ese momento era un escritor de discreta fama en
Polonia. Había publicado algunos relatos, una novela menor, Los hechizados, y
otra más, Ferdydurke, en 1937, que lo ubicaría por encima de las escasas
expectativas que había despertado en el círculo literario polaco.
Más
allá de lo dictaminado por la peripecia histórica, el escritor permanecerá en
la Argentina 24 años. La tragedia de la guerra pareciera haber funcionado como
simple accidente para una coartada personal, para el desarrollo de una
estrategia que lo convertirá en artífice único de su devenir: cambiar de
lengua, de nombre y comenzar una nueva vida. “Fue como si una gigantesca mano
me hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia y arrojarme en
esta tierra perdida en el medio del océano –perdida pero europea... apenas un
mes antes de la guerra”, anota en su diario.
La
opción argentina
¿Qué
opciones le quedaban una vez aceptada la contingencia que lo había dejado en
Argentina? Gombrowicz toma una decisión que desafía las previsiones del
sentido común. Se queda en la Argentina y decide hacer algo con lo que la
combinación de episodios hizo con él. Aprendizaje que contemplaba, entre otras
cosas, la aceptación de un destino menor, es decir, un destino argentino, de la
misma manera que podemos hablar de un destino polaco.
Pero,
por otro lado, ¿hubiese sido posible un destino mayor para quien proclamaba
cierta intolerancia hacia sus colegas polacos, demasiado europeos? ¿Hubiese
sido posible ese destino para quien desde sus primeros libros postula el
problema de la forma y de lo informe, de la madurez y de la inmadurez,
oposiciones asociadas a la sospechosa observación que lo superior realiza hacia
lo inferior?
Gombrowicz continuará en la Argentina exhibiendo la misma irritación a todo lo
que fuese demasiado francés, demasiado europeo. Desde las observaciones
capciosas hacia un Proust que escribe “rodeado de edredones”, pasando por la
mirada reticente a las teorías que animaban la época (marxismo, psicoanálisis,
existencialismo) y sosteniendo que la riqueza de las culturas periféricas se
encuentra en los márgenes, en la vida a secas, y no en las falsas imitaciones
de los modelos.
A
este escritor polaco abandonado en la pampa no le quedaba otra alternativa más
que crear y proteger su facha. Para darse un rostro, debe diseñarse (propuesta
que se lee línea a línea en su diario), realizar una fuga hacia delante.
Continuará con su diario, un diario que no sólo tiene la función de ayuda
memoria, de coartada para preservar algo de la muerte, sino que se transforma en
instrumento para darse una identidad. “Quisiera empezar a construirme un
talento en este cuadernillo, a la vista de todos”, confiesa Gombrowicz, que
bien sabía que si el rostro no es algo acabado su cuadernillo se convertirá en
testimonio de las diversas mutaciones. Declara que su diario debería ser
tratado “como un instrumento de mi devenir ante ustedes”, consigna que
transmite con eficacia su objetivo: la creación de una imagen.
El
diseño es producto del encuentro con los hombres, por eso a una máscara le
seguirá otra: escritor polaco exiliado en la Argentina, vagabundo fino
mantenido por mujeres y amigos, empleado bancario que sustrae horas a su trabajo
para dedicarse a escribir, provocador profesional que se enorgullece de un falso
título nobiliario, etcétera, etcétera.
Opción
polaca
Sin
embargo, detrás de las sucesivas máscaras persistirá el zumbido molesto tanto
para sus amigos como para sus lectores. “¿Qué es la Argentina? ¿Es acaso
una masa que no llega todavía a ser pastel, es sencillamente algo que no ha
logrado definir del todo...? En esta constelación podría surgir una protesta
verdadera y creadora contra Europa... si la blandura encontrase algún camino
para convertirse en dureza... si la indefinición pudiera convertirse en
programa, es decir en definición”.
Tanto
la Argentina americanista como la europeizante le parecían igualmente falsas, y
la búsqueda del “ser nacional” tanto como su negación empresas igualmente
artificiales. En su novela Transatlántico, Gonzalo contrata a lectores para que
lean las obras de la Biblioteca (como emblema de la fascinación hacia la
cultura ilustrada), pero esta los excede, nadie puede con ese deposito material
y espiritual donde los libros se muerden entre ellos. En esta escena, como en
otros textos de Gombrowicz, se hace visible el deseo ¿polaco? ¿argentino? por
la búsqueda de ilustración; esa observación burlona es, precisamente, una
marca de distinción de su obra y de él mismo como obra.
Para
Gombrowicz, la autenticidad está en otra parte. Eso es lo que lo distanciará
de la intelectualidad argentina, de Ernesto Sábato, de los escritores de Sur,
como también de los figurones que conocerá en sus viajes por el interior del
país. En lo bajo, en lo informe, en lo oscuro, en lo que no funciona según un
programa, es donde percibe la vida misma, despojada de toda forma previa.
Será
en la excursión por los bajos fondos, por la vida de Retiro (para dar un
ejemplo) donde encontrará el mundo fresco y estimulante que lo conducirá a
escribir que un pícaro canillita que distribuye una revista tiene más estilo
que todos sus colaboradores (los escritores que la Argentina consagró). No en
vano, su figura siempre estuvo más cerca de los jóvenes, a quienes conoció en
Buenos Aires y Tandil, los mismos que fueron a despedirlo cuando retornó a
Europa.
Una
vez en Alemania obtuvo el Grand Prix de Francia en 1967 con su novela Cosmos. En
nuestro país había escrito Transatlántico, La seducción, la obra de teatro
La boda y una parte importante de su diario.
Murió
en Vence en 1969, pocos años después de haber abandonado la Argentina.
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