1904  -  1969

 

 

 

 

 

WITOLD GOMBROWICZ O DE LA INGRATITUD

por Alessandra Riccio

 

 

 

Es archiconocida la hazaña – la gauchada-, diría Gombrowicz – llevada a cabo por un grupo de jóvenes intelectuales latinoamericanos para dar a la luz la traducción al castellano de la extraordinaria novela del escritor polaco escrita en 1937 y de inmediato éxito en Polonia que, por diferentes razones –exilio involuntario del autor, guerra europea- no trascendió sus fronteras hasta el año de 1947, es decir, hasta que fuera publicada en Buenos Aires por las Ediciones Argos1.

Las Anécdotas pintorescas de cómo se llevó a cabo están muy bien descritas por los mismos traductores y amigos2 que durante casi todo el año 1946 se amontonaban en torno a las mesas del Café Rex bajo la batuta del estrafalario autor, desesperadamente empeñado en publicar su obra maestra en la lengua del país donde, desde 1939, se encontraba varado pese –o gracias- a su voluntad.3

No obstante la originalidad del método de la traducción, sostengo que esta aventura colectiva ha tenido una importancia mucho mayor que la de una simple anécdota de sabor goliárdico, y consecuencias de gran envergadura, ya que el polaco, después de siete años transcurridos en la Argentina sin volver a escribir más que algún que otro artículo con seudónimo para la pura sobrevivencia, sentía la absoluta necesidad de darse a conocer como el escritor que era, y es cierto que fue suficiente el entusiasmo y el consenso que suscitó el proyecto de traducción de su novela al español para que Gombrowicz volviera a escribir4. Esta fuerte necesidad era compartida por el grupo de amigos del Rex que habían empezado a traducir, mal que bien, la difícil novela. Pero fue sólo con la llegada de Virgilio Piñera y de su amigo Humberto Rodríguez Tomeu que la empresa pudo ser llevada a cabo. Y pienso que para Piñera asumir la responsabilidad de dirigir la traducción, más que un juego entretenido, respondía a una especie de deber ético-artístico, tanto por la calidad extraordinaria y novedosa de Ferdydurke como por la especial afinidad que sentía hacía Gombrowicz y su sensibilidad.

En una conversación radial que los dos escritores sostuvieron en Radio El Mundo de Buenos Aires para presentar la versión castellana del libro, el polaco dijo:

... en tanto un escritor del occidente europeo, aun de tercera categoría, se ve apoyado por todos los esnobismos, sólo a duras penas la voz de un eslavo lograr vencer la indiferencia general. Pero me encanta que la suerte me prive de privilegios tan baratos. Nosotros, las naciones menores, debemos dejar la tutela de París y tratar de comprendernos directamente

y Piñera añade:

Esta es una de sus tesis que me parecen más valiosas para Sudamérica. Ferdydurke nos abre el camino para conseguir la independencia, la soberanía espíritual, frente a las culturas mayores que nos convierten en eternos alumnos. Mi trabajo literario persigue el mismo fin y creo que aquí nos encontramos –Polonia, la Argentina y Cuba —unidos por la misma necesidad de espíritu5.

Virgilio Piñera había llegado a la Argentina en 1946 porque allí había conseguido un modesto y digno trabajo como empleado administrativo en el Consulado de Cuba, pero era ya un escritor formado. En Cuba había publicado Las Furias (1941), El conflicto (1942), Poesías y prosa (1944) y La isla en peso (1943), y su trayectoria artística, aunque incipiente, era ya claramente dibujada. Acertadamente. Pepe Rodríguez Feo ha comentado:

"Y ahora que menciono La isla en peso quiero subrayar que en ella encontramos el tema de la inmadurez de nuestro pueblo en forma muy semejante a la que después emplearía Witold Gombrowicz en su novela Ferdydurke. Piñera conoció a Gombrowicz en Buenos Aires. La Isla en peso es muy anterior. Esto desvirtúa toda alusión a una posible influencia del escritor polaco en la obra de Virgilio Piñera. Este poema ofrece una visión extraordinaria de ese trópico donde nos encontramos situados y alude simbólicamente al dilema cultural y espiritual que ha significado para el cubano vivir en esta isla de sopor e indolencia. En forma poética presenta todas las cuestiones que ahora deberían ocupar la atención y la mente de nuestros jóvenes escritores. Si el momento es de revolución y requiere una poesía renovadora, ahí está La isla en peso como un ejemplo vivo de lo que pueden hacer nuestros poetas6.

Haber asumido el papel de presidente del comité de traducción es, por parte de Piñera, un gesto de rara generosidad artística dictado por la afinidad que siente hacia un intelectual, del cual no ha podido todavía leer nada y que, en cuanto polaco, vive el mismo complejo de inferioridad hacia París (y aquí París está como el corazón intelectual de la cultura occidental) que los jóvenes argentinos, cubanos y latinoamericanos. En la ya citada conversación en Radio El Mundo, Gombrowicz lo dice a las claras: "La verdadera batalla ferdydurkista la liberaremos precisamente en París y Londres, cuando Ferdydurke sea vertido al inglés y francés. Hay que atacar al monstruo de la ficticia madurez en su propia casa"7.

El proceso de traducción del libro no fue broma, fue algo serio; y cuando el ruido de brillares y tableros del Rex, una especie de cuartel general de Gombrowicz, se hizo insoportable para la concentración de los traductores, Piñera y Tomeu abrieron su propia casa para terminar el trabajo. Gombrowicz se aparecía puntualmente en la tarde con el texto traducido por él mismo; no hay que olvidar que llevaba ya siete años en la Argentina y, mal que bien, debía conocer suficientemente la lengua; sin embargo, según testimonio de Tomeu, se trataba de un esbozo de traducción en un español macarrónico sobre el cual se empezaba a discutir minuciosamente con intervenciones frecuentes del autor, a veces enamorado de palabras castellanas que no venían al caso, pero que le encantaban8.

Una vez terminada la traducción comenzaron, como es natural, las críticas a los traductores, críticas que llegan de gente respetable como Ernesto Sábato (uno de los pocos y más fieles amigos de Gombrowicz en el mundo intelectual argentino), y el filólogo Raimundo Lida, en aquel entonces secretario de la revista Sur. Con una cautela insólita en él, Gombrowicz le escribe a Piñera:

Usted es el presidente del comité de traducción y juez supremo, pero no sería oportuno que se reuniera con Ernesto para saber qué seriedad tienen sus objeciones? [...] Yo, por Dios, no me achico, ni le aconsejo achicarse a usted y si la traducción suena bien ‘no me importan los tristes puristas’ [...]9

Por lo visto, Piñera no se achicó y capeó valientemente lo que llamó "el fuego graneado de los gramáticos", reconociendo que

En general tenían razón. Las objeciones de Sábato, de Capdevila, y tantos otros, se fundamentaban en argumentos contundentes. No creo, sin embargo, que por el hecho de palabras mal empleadas, y de otras tomadas en acepción un tanto discutible, la traducción fuese ‘absolutamente mala’. Sin que pretenda justificar esas fallas, lo cierto es que tales errores se debieron a que fue imposible, en vista de la inminente aparición del libro, hacer una revisión al ‘microscopio’. No creo sinceramente que a pesar de algún que otro adverbio mal empleado, de un sustantivo usado impropiamente, la versión de Ferdyydurke al español resulte ilegible ni mucho menos10.

Piñera tenía razón: la traducción de Ferdydurke es un texto bello y nuevo, una recreación de la novela hecha bajo la estricta vigilancia de su autor, indiscutiblemente la mejor de las traducciones que en cualquier lengua se hayan hecho de la obra de Gombrowicz sin olvidar aquellas, excelentes y una vez más en español, de Sergio Pitol. Pero lo más notable fue que justamente esa versión de la novela cayó en las manos de Francois Blondy, quien escribió una reseña entusiasta en Preuves, suscitando el interés de Maurice Nadeau director de la colección Lettres Nouvelles del editor Julliard. El mismo Gombrowicz resume la historia en una biografía escrita por él mismo en francés para un número monográfico que le dedica L’Herne (pero que se publicará sólo después de su muerte)11, recordando que hasta aquel entonces los grandes editores franceses habían rechazado el libro. En 1959, Albert Camus, particularmente interesado en la obra dramática del escritor polaco, revela haber leído la novela en su edición española12 que, hace falta recordarlo, se había publicado ya en 1947. Pero los libros caminan, y en 1952 Francois Blondy, director de la revista Preuves y amigo del grupo de exiliados polacos que en París publicaba la revista mensual Kultura, recibe de Jelenski el Ferdydurke en español con la fuerte y desatendida recomendación de leerlo; sólo el azar de una enfermedad estimuló al francés a meterle mano al libro:

Empecé a leerlo y me quedé fascinado. Desde el primer capítulo ha sido un coup de foudre. Pensé: después del Dante es la primera vez que un hombre dice: ‘estoy en medio del camino de mi vida y he aquí lo que me sucede. [...] La traducción española era muy buena, mejor que cualquiera de las otras que he podido leer después, y creo que Witold haya colaborado en ella. Es una traducción muy creadora13.

Es evidente que a partir de aquellas tardes en el café Rex y de aquella obra colectiva y amistosa, para el excéntrico escritor polco empieza una especie de resurrección: acepta un trabajo en el Banco Polaco, vuelve a escribir, organiza su propia propaganda, estimula (a veces de forma petulante y patética) a lo ferdydurkistas para que trabajen incansablemente en la propaganda y difusión, si no del libro, de sus ideas y de su espíritu y lo logra. Rodríguez Tomeu lo cuenta con mucha gracia:

A mí me había gustado mucho aquel trabajo de traducción. Me resulta difícil dar un juicio sobre su valor. Lo que importa es que hemos creído en Ferdydurke y que lo hemos traducido en condiciones bastante excepcionales. Económicamente aquella publicación fue un fracaso. El libro no se vendió. Piñera y yo compramos a precio rebajado, directamente en Argos, una maleta llena de ejemplares justo antes de dejar Buenos Aires en diciembre de 1947, cuando Wiltod empezó a trabajar en el Banco Polaco. Hemos viajado por Estados Unidos arrastrando en los trenes aquella maleta llena de Ferdydurke. En Nueva York, después de todo tipo de dificultades y de horas de colas, la pudimos enviar a La Habana donde vendimos inmediatamente los libros a nuestros amigos.14

Pero lo más importante es que, gracias a aquella edición de Argos, el libro tuvo piernas para caminar y llegar al tan añorado París. En su Diario Argentino, el autor nos relata los síntomas de esta resurrección al empezar el trabajo de traducción:

Dura labor que comencé sin entusiasmo, solamente para sobrevivir durante los meses próximos; mis ayudantes americanos también lo encaraban con resignación, como un favor que había que hacer a una víctima de la guerra. Pero, cuando teníamos traducidas algunas páginas, Ferdydurke, libro ya muerto para mí, que yacía sobre la mesa como cualquier otro objeto, empezó de repente a dar signos de vida... y percibí en los rostros de los traductores un interés creciente. [...] Pero, quien tomó el asunto a pecho, como algo propio, quien ocupó la ‘presidencia’ del ‘comité’ formado por algunos literatos para dar la última redacción, fue Virgilio Piñera, escritor cubano recién llegado al país. Sin su ayuda y la de Humberto Rodríguez Tomeu, dos ‘niños terribles’ de América, quién sabe si se hubieran salvado las dificultades de esta –como calificó la crítica- notable traducción15. —Y más adelante—: ...ese texto inocuo para mí, se volvía eficaz con el mundo exterior. Frases para mí muertas, renacían en otros... ¿de qué otro modo podía explicar que de repente el libro se volviera valioso y cercano a esta juventud literaria?... Y eso no sólo como arte, sino también como acto de rebelión, de revisión, de lucha. Comprobaba en estos jóvenes que había tocado puntos de la cultura sensibles y críticos, y a la vez veía cómo ese ardor, que, aislado en casa uno de ellos, no hubiese durado a lo mejor mucho, empezaba a consolidarse entre ellos, por el efecto de una excitación y una reafirmación recíproca. Pues bien, si eso ocurría con ese grupito, ¿por qué no tendría que repetirse con otros cuándo Ferdydurke fuera publicado? ¿Podría tener el libro aquí en el extranjero la misma repercusión que en Polonia, o quizás aun mayor? Mi libro era universal. Uno de los escasos libros capaces de conmover al lector de calidad más allá de las fronteras nacionales. ¿Y en París? Descubrí que la carrera mundial de Ferdydurke no pertenecía sólo a la región de los sueños (cosa sabida pero que yo había olvidado).16

Gombrowicz tenía, pues, entera conciencia de la importancia de aquel trabajo y de la generosidad de sus colaboradores. Por esto es de lamentar que con el pasar de los años y con la llegada del éxito y de la fama, el autor haya empezado a olvidar y juzgo como un gesto de verdadera ingratitud el hecho de que al preparar su propia biografía para el cuaderno de L’Herne (cuaderno en el que trabajó en los últimos tiempos de su vida con gran empeño, orientando a Jelenski y de Roux, siguiendo paso a paso los adelantos y pasando horas en largas entrevistas) salte por completo el año 1946 con los meses de trabajo en la sala de ajedrez del Rex, y 1947 cuando la novela aparece en Argos. Un olvido que no puede ser casual y que se reafirma en la bibliografía del mismo Cahier, donde en la sección Bibliographie des traductions de lóeuvre de Gombowicz, encontramos, en primer lugar, la traducción al francés de Julliard mientras para la edición argentina, postergada al quinto lugar se cita la misma traducción pero en su segunda edición, publicada por Sudamericana en 1964 con un prólogo de Ernesto Sábato. Un error cultural y una ingratitud de parte de quien sabía muy bien, y lo había escrito, la importancia de aquel libro de la pequeña editorial Argos. En la dedicatoria que le hizo a Piñera en el primer ejemplar que salió de la imprenta. Gombrowicz había escrito:

Virgilio, en este momento solemne declaro: tú me has descubierto en las Argentina. Tú me has tratado sin mezquindad, ni reserva, ni recelos. Con amistad fraternal. A tu inteligencia e intransigencia se debe este nacimiento de Ferdydurke. Te otorgo, pues, la dignidad de Jefe del Ferdydurkismo americano y ordeno que todos los ferdydurkistas te veneren como a mí mismo.17


Y con este mismo espíritu de exaltación y de alegría le regaló un cartón irregular y manchado donde puso de su puño y letra la siguiente frase:

A Virgilio Piñera regalo este pedazo sobre el que he 

escrito

FERDYDURKE

y que me ha servido durante 15 años para que lo ofrezca al

Museo Nacional de Cuba.

Witoldo de Gombrowicz

10.V.1947 Buenos Aires18

Sin embargo, la amistad entre los dos siguió inalterable durante años; Gombrowicz mantuvo una estrecha correspondencia con Piñera y Tomeu dando consejos e incitándolos al trabajo; Piñera hizo publicar en Orígenes, en el n. 11 del otoño de 1946, uno de los capítulos más célebres de la novela, Filimor forrado de niño19, y naturalmente pidió su colaboración para Ciclón, cosa que no tuvo que ser fácil ya que, por lo visto, entre Gombrowicz y Pepe Rodríguez Feo no hubo nunca especial simpatía: en carta del 28 de marzo de 1957 a Piñera, se declara ofendido porque Rodríguez Feo no quiere publicarle los fragmentos del Diario que ha mandado a la revista. Para Gombrowicz era realmente intolerable que una colaboración suya no fuera aceptada y veía siempre, detrás de cualquier rechazo, la longa manus del establishment intelectual bonaerense: "No sé si la nota no va porque Pepe no quiere peleas con Sudamericana o porque en verdad la considera perjudicial para el libro. De todos modos están errados. Estas son consideraciones provincianas, en literatura hay que proceder con dureza y crudeza, de otro modo no se logra nada."20 Suena bastante raro leer hoy en día incitaciones a la crudeza y a la dureza para una revista con una fama tan "demoníaca" como la que siempre ha acompañado a Ciclón. En otro momento el polaco, que conocía y apreciaba mucho la obra del autor de La carne de René y Electra Garrigó, le escribe entre en serio y en broma:

Ya estoy estructurando una linda notita de unas cuantas páginas que le va a hacer mucho bien tanto espiritualmente cuanto desde el punto de vista social, me cuesta mucho trabajo pero sé lo que debo a la AMISTAD y no ahorro esfuerzo ninguno. Sépalo Piñeiro (sic) que le voy a introducir en las letras con mucha seriedad y con el alto vuelo que me caracteriza21.

Entre el 12 y el 27 de enero de 1959, Gombrowicz manda breves y entusiasmados mensajes: "Mi estimado Humberto. ¡Viva Fidel Castro! Toldo"; "Qué tal el embriagador aire de la libertad y el fervor patrio? Aprovechen para condenar a los infames y alabar al gran jefe", y finalmente, "Me alegra oír que ya tienen contacto con los vencedores del Tirano y Libertadores de la Patria. Gloria! Gloria! No se callen la boca en estos momentos históricos.22

En una carta del 16 de enero de 1961, reaparece la rabia y la animadversión hacia el olvido en que lo mantiene el mundo literario de Buenos Aires cuando increpa a Piñera:

Si tiene naturaleza de submarino, si le gusta hundirse a sí mismo y a su propio trabajo (su obra, mejor dicho) haga lo que le dicta su naturaleza de colibrí ahogado, allá Ud., yo no me meto, cada uno con lo suyo, yo con Ferdy, Ud. con Victoria Ocampo en el eterno cha-cha-cha de sus palmeras. Chau-cha-cha.23

Pero el éxito toca ya a la puerta de Witoldo; París lo llama, Europa lo acoge triunfalmente, sus polémicas sobre la pintura, su panfleto contra el Dante, sus declaraciones en torno al mayo francés, sus obras escandalosas le proporcionan fama y premios. Después de veinticuatro años varado en la fascinante inmadurez de Argentina ha llegado su hora. No podrá olvidar nunca el país donde ha vivido sus más grandes emociones humanas, donde ha disfrutado de una libertad absoluta, donde se ha podido dar el gusto de ser desagradable e irritante, pedigüeño y aprovechado, amoral y arrogante.24 En Europa Gombrowicz cambia: su libertad de eterno joven está puesta a prueba por las pasiones del medio, los acontecimientos históricos lo obligan a tomar partido, cosa que hace siempre en forma paradójica, las necesidades económicas y la salud arruinada hacen de él otro hombre. Su correspondencia con los amigos americanos se va espaciando, el polvo del olvido cubre las antiguas aventuras. El nombre de Virgilio Piñera va desapareciendo hasta el punto de que las publicaciones que se dedican a Gombrowicz en Europa casi no lo mencionan o si lo hacen incurren en detalles grotescos, fruto indudable de un desconocimiento total del escritor cubano, como le ha pasado a la revista italiana Riga en su número monográfico dedicado al polaco, que al traducir (del inglés según parece indicar el disparate) un testimonio de Ernesto Sábato, cuando éste recuerda un encuentro con Gombrowicz en el cual coincidió con los amigos cubanos, dice: "Aquel día estaban también los Cubains Piñera y Tomeu, que formaban parte del equipo que ayudaba Wiltod a traducir su Ferdy..."25 Es obvio que en este testimonio Sábato hace galas de su gran intimidad con el polaco; es por esto que lo llama con su nombre de pila, que usa el diminutivo del título de la novela y, obviamente, al hablar de Piñera y Toemu, les llama los cubanos, como les decían amistosamente todos los amigos de Buenos Aires. Lamentablemente, la revista italiana no se ha tomado la molestia de averiguar, de controlar, y así le endilga a Piñera un apodo que sabe a mafia cubanoamericana. ¡Sic transit gloria mundi!

 

 

El Retiro

La traducción de Ferdydurke, según hemos visto, representa como un segundo nacimiento para su autor, quien, extraviado en Buenos Aires, cediendo a la irresistible tentación de la juventud, se dedica a cacerías nocturnas empujado por su delirante interés por la forma, interés que veía encarnado en la ruda belleza de los jóvenes del pueblo cuya naturalidad ejercía en él atractivo formidable. Gombrowicz ha explicado difusamente la angustia y la ansiedad que su mismo comportamiento producía en su espíritu y ha elaborado su teoría sobre lo que él, muy llevado a endilgar apodos y alias a situaciones y personajes, ha llamado Retiro: "El secreto de Retiro, demoníaco por cierto, consistía en que allí nada podía lograr la plenitud de la expresión, todo tenía que estar por debajo del nivel en una fase inicial, ser algo no logrado, hundido en la inferioridad".26 En su sucinta biografía, describe los años en que andaba perdido en las noches del parque con estas sobrias pero bien estudiadas palabras:

1941 – Decide quedarse en Buenos Aires, donde su vida se establece. Habla español. Participa muy poco en la vida de la comunidad polaca emigrada allí. Amistades argentinas sobre todo entre los jóvenes. Experiencias homosexuales con unos muchachos del pueblo de Buenos Aires [...] Conduce una vida bohemia. Está siempre más fascinado por América del Sur[...]27

Este es el retrato que el autor hace de sí mismo en los años entre 1941 y 1946 y me parece particularmente interesante leer en su Diario Argentino cómo después de la publicación en español de Ferdydurke, Gombrowicz siente que sus aventuras nocturnas en el parque del Retiro deben terminar.28 En esa especie de segunda vida parece que el autor está decidido a abandonar unas costumbres que, por más intelectualizadas, seguían produciéndole una serie de graves interrogantes incluso éticas:

¿Qué hacer en la literatura, en la cultura, con esos vínculos tan comprometedores que mantenía con la juventud, con la inferioridad, hasta qué medida se prestaban a una experiencia literaria? ¿se trataba de un complejo, enfermedad, aberración, caso clínico;...o, por el contrario, algo que tenía derecho de ciudadanía entre personas normales? Y otra pregunta: ¿era eso tratar de abrir una puerta ya abierta o una difícil penetración en terrenos salvajes, vírgenes y vergonzosos? Para resumir: ¿era posible su aprovechamiento en el arte? [...] Pero, ¿se trataba en verdad de un complejo, de una desviación? ¿Por qué tenía que ser insana mi fascinación por la vida joven, no agotada, sí, por esa frescura? [...] El pecado, si existía, se reducía a que yo me atrevía a venerar a la juventud independientemente del sexo y que la abstraía de los dominios de Eros [...] ¿El humo sofocante de vergüenza que surgía de esa y otras preguntas semejantes, no era ya prueba suficiente de que algo permanece inconfesado y que no todo se puede explicar por el simple juego de fuerzas sociales?, ¿y esa enorme ola de amor prohibido y humillante, que en verdad pone de rodillas al hombre ante el joven, no era la venganza de la naturaleza por la violación perpetrada por quien envejece sobre el que crece.29

Años después, en 1958. Gombrowicz ha dejado el odiado trabajo en el banco, está terminando Pornografía, mientras llega ya el eco del éxito de su libro en París. En este estado de ánimo decide ir a descansar a Tandil y a Santiago del Estero, donde tiene muchos amigos entre los jóvenes intelectuales de la provincia y donde otros se le van a acercar. Rodeado por tanta juventud, vuelve a picarle el demonio de la atracción hacia los más pobres y serviles, los inferiores, como solía decir; y un buen día, según acostumbraba, en el calor de una conversación intelectual con sus jóvenes adeptos, en un café de Santiago del Estero, vuelve a ser deslumbrado por una visión irresistible:

De repente la seriedad y la importancia de mi actuación como maestro pesaron más que todas mis deshonestidades. Comprendí el sentido de mi tarea: era algo mucho más importante que una cátedra de profesor, que el "trabajo cultural", que una exhibición de habilidad artística, literaria, yo luchaba allí por mí mismo, esforzándome por sacarlos del cuerpo y transformarlos en existencias, mi destino dependía del grado en que pudiese lograr conquistarlos y forzarlos hacia el spirítu, ¡pues sólo eso podía salvarme! [...] Al fin se levantó un joven y expresó en voz alta su gratitud, y también otros se me acercaron; estaba claro que ese agradecimiento no se debía al intelecto, sino a algo más importante, por haber combatido al cuerpo, la carnalidad, la fisicidad...

En eso, llega un mozo del café a traerle agua y para Gombrowicz vencedor sobre la carnalidad es como un fuetazo:

Pero si ese cuerpo de analfabeto era tan honrado... si era la honradez misma, pero si ese cuerpo simple, tranquilo, viviendo libremente, moviéndose con facilidad, silencioso, era la honestidad, la moralidad... y tanto, tan perfectamente, que en comparación con eso, aquella reunión "espiritual" subía demasiado alto, como un chillido esforzado... No sé... La santa sencillez del tórax, o tal vez la conmovedora sinceridad del cuello, las manos que apenas saben trazar letras, toscas pero verdaderas para el trabajo físico... Mi espíritu expiró. Bancarrota total. Sentí un sabor a lápiz de labios en la boca.30

Sobra decir que, una vez en la calle, nuestro autor empieza a seguir a un muchacho que se parece al mozo que le había traído el agua:

Fui tras él porque era absurdo e impensable que yo, Gombrowicz, caminara tras un chango cualquiera solamente porque se parecía al que me sirvió el agua. Pero otra vez su perfecta no-importancia estalló como un trueno, al margen de todo lo que se considera importante. Y lo seguí como si fuera aquél mi más sagrado deber.31

Después de una patética lucha consigo mismo, mientras ya la cordura le sugiere abandonar la aventura detrás del mismo, mientras ya la cordura le sugiere abandonar la aventura detrás del muchacho, cuando ya la "hostilidad" que su debate interior ha ido acumulando lo persuade a expulsar aquella visión "como una erupción de la piel", cuando ya el odio que ha ido creciendo en su excitación lo lleva a tener ganas de matar al muchacho cómo única forma de matarlo dentro de sí, cuando ya está en el paroxismo absoluto, aquel chango lo saluda: era su limpiabotas y para esto Gombrowicz no estaba preparado, "nuestro Fausto encalló en la cotidianidad", comenta el autor convertido en un asesino fallido a causa de lo normal.

He recordado estos episodios de la vida de nuestro autor tan controvertido, odiado y amado, porque al enterarme de sus fortunas literarias en Italia vi con sorpresa que entre los detractores más tajantes32 está Pier Paolo Pasolini, quien, reseñando la edición italiana del Diario, no ahorra juicios implacables:

La imagen que sacamos del autor es la de un hombre fallido, no sólo poco culto, sino también poco inteligente: una especie de grotesco bufón sin corte que cree que es difícil comprender la verdad y sobre todo que es obligatorio decirla, que la inoportunidad puede ser programada, que ser desagradable es un elemento del genio, y que hacer muecas es una señal de superioridad, [...] En cuanto a su fundamental banalidad, tiene conciencia de ella, y trata de ennoblecerla, adoptando cierto verticalismo metafísico que ha tomado de aquellos mismos latinoamericanos que él ha provocado y despreciado.

Y sigue recordando cómo su desagradable actitud se esfuma cuando se trata de recibir al director de Preuves, quien no conoce a Freud y no tiene conciencia de su desgracia histórica porque no conoce a Marx. En fin, lo acusa de falso anarquismo y servil integración aun reconociendo que no ha servido ningún poder particular. En fin, Pasolini detesta el retrato de sí mismo que Gombrowicz dibuja en sus diarios, pero salva los capítulos IX y X, los que se refieren a los viajes a Tandil y a Santiago del Estero. Se siente conquistado por la descripción de aquellos muchachos y aplaude al autor cuando deja de oficiar como un turbulento clérigo de cafés literarios y se deja arrastrar por la belleza sensual. Pasolini celebra que el encuentro entre la "vejez" de Gombrowicz y la juventud del mozo llegue tan imprevista y tan cargada de gracia y de vitalidad. El poeta italiano, un hombre que ha llevado hasta las últimas consecuencias todas sus provocaciones, era, obviamente, particularmente sensible a la irrupción del deseo frente a los muchachos del subproletariado, a sus ragazzi di vita: la descripción que Gombrowicz hace de los changos lo conmueve:

¿Quiénes son estos changos? Son unos pequeños siervos subproletarios [...] entran de repente como personajes esenciales de la vida de Gombrowicz sólo en esta sección del diario. Su descripción física -que empieza siempre por las manos- es de una calidad lingüística excepcional, que une la calma suprema del comtemplador con el raptus de quien tiene intuiciones que arrastran vertiginosamente en el fondo de la inocencia y de la aberración de la naturaleza. Estos changos son criaturas poéticas que se contraponen a todo como "término otro" –que podríamos llamar juventud, gracia o belleza- pero que en realidad se queda sin nombre porque el autor lo separa de su verdadera realidad, que es el sexo.33

Pese a la fascinación que las aventuras de Tandil y Santiago ejercen en él en cuanto lector, Pasolini no puede perdonarle al polaco que después de tanto alarde de anticonformismo y de tantas muecas a espaldas de la normalidad, Gombrowicz "no se atreve a llamar ni (lo cual sería más humano exigirle) a describir todo esto por lo que es, es decir pederastía".34 Es decir: al pan pan y al vino vino; más o menos lo que hizo Virgilio Piñera en un artículo que suscitó escándalo, cuando al recordar al poeta Emilio Ballagas, consideraba su deber de amigo hablar del poeta en cuanto homosexual en vez de "hacerle perder su cara y darle esa otra de lechero de una Inmortalidad acomodaticia".35 En cuanto a Pasolini, todo el mundo sabe que perdió la vida a manos de un "chango" romano reclutado entre el hampa de la Stazione Termini en una lluviosa noche de noviembre de 1975.


 


 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO