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Es archiconocida la hazaña
– la gauchada-, diría Gombrowicz – llevada a cabo por un grupo de jóvenes intelectuales
latinoamericanos para dar a la luz la traducción al castellano de la
extraordinaria novela del escritor polaco escrita en 1937 y de inmediato éxito
en Polonia que, por diferentes razones –exilio involuntario del autor, guerra
europea- no trascendió sus fronteras hasta el año de 1947, es decir, hasta que
fuera publicada en Buenos Aires por las Ediciones Argos1.
Las Anécdotas pintorescas de cómo se llevó a cabo están muy
bien descritas por los mismos traductores y amigos2 que durante casi
todo el año 1946 se amontonaban en torno a las mesas del Café Rex bajo la batuta
del estrafalario autor, desesperadamente empeñado en publicar su obra maestra en
la lengua del país donde, desde 1939, se encontraba varado pese –o gracias- a su
voluntad.3
No obstante la originalidad del método de la traducción,
sostengo que esta aventura colectiva ha tenido una importancia mucho mayor que
la de una simple anécdota de sabor goliárdico, y consecuencias de gran
envergadura, ya que el polaco, después de siete años transcurridos en la
Argentina sin volver a escribir más que algún que otro artículo con seudónimo
para la pura sobrevivencia, sentía la absoluta necesidad de darse a conocer como
el escritor que era, y es cierto que fue suficiente el entusiasmo y el consenso
que suscitó el proyecto de traducción de su novela al español para que Gombrowicz
volviera a escribir4. Esta fuerte necesidad era compartida
por el grupo de amigos del Rex que habían empezado a traducir, mal que bien, la
difícil novela. Pero fue sólo con la llegada de Virgilio Piñera y de su amigo
Humberto Rodríguez Tomeu que la empresa pudo ser llevada a cabo. Y pienso que
para Piñera asumir la responsabilidad de dirigir la traducción, más que un juego
entretenido, respondía a una especie de deber ético-artístico, tanto por la
calidad extraordinaria y novedosa de Ferdydurke como por la especial
afinidad que sentía hacía Gombrowicz y su sensibilidad.
En una conversación radial que los dos escritores sostuvieron
en Radio El Mundo de Buenos Aires para presentar la versión castellana del
libro, el polaco dijo:
... en tanto un escritor del occidente europeo, aun de
tercera categoría, se ve apoyado por todos los esnobismos, sólo a duras
penas la voz de un eslavo lograr vencer la indiferencia general. Pero me
encanta que la suerte me prive de privilegios tan baratos. Nosotros, las
naciones menores, debemos dejar la tutela de París y tratar de
comprendernos
directamente
y Piñera añade:
Esta es una de sus tesis que me parecen más valiosas para
Sudamérica. Ferdydurke nos abre el camino para conseguir la
independencia, la soberanía espíritual, frente a las culturas mayores que
nos convierten en eternos alumnos. Mi trabajo literario persigue el mismo
fin y creo que aquí nos encontramos –Polonia, la Argentina y Cuba —unidos
por la misma necesidad de espíritu5.
Virgilio Piñera había llegado a la Argentina en 1946 porque
allí había conseguido un modesto y digno trabajo como empleado administrativo en
el Consulado de Cuba, pero era ya un escritor formado. En Cuba había publicado Las Furias (1941), El conflicto (1942),
Poesías y prosa
(1944) y La isla en peso (1943), y su trayectoria artística, aunque
incipiente, era ya claramente dibujada. Acertadamente. Pepe Rodríguez Feo ha
comentado:
"Y ahora que menciono
La isla en peso quiero
subrayar que en ella encontramos el tema de la inmadurez de nuestro
pueblo en forma muy semejante a la que después emplearía Witold Gombrowicz
en su novela Ferdydurke. Piñera conoció a Gombrowicz en Buenos Aires. La Isla en peso es muy anterior. Esto desvirtúa
toda alusión a una posible influencia del escritor polaco en la obra de
Virgilio Piñera. Este poema ofrece una visión extraordinaria de ese
trópico donde nos encontramos situados y alude simbólicamente al dilema
cultural y espiritual que ha significado para el cubano vivir en esta
isla de sopor e indolencia. En forma poética presenta todas las
cuestiones que ahora deberían ocupar la atención y la mente de nuestros
jóvenes escritores. Si el momento es de revolución y requiere una poesía
renovadora, ahí está La isla en peso como un ejemplo vivo de lo
que pueden hacer nuestros
poetas6.
Haber asumido el papel de presidente del comité de traducción
es, por parte de Piñera, un gesto de rara generosidad artística dictado por la
afinidad que siente hacia un intelectual, del cual no ha podido todavía leer
nada y que, en cuanto polaco, vive el mismo complejo de inferioridad hacia París
(y aquí París está como el corazón intelectual de la cultura occidental) que los
jóvenes argentinos, cubanos y latinoamericanos. En la ya citada conversación en
Radio El Mundo, Gombrowicz lo dice a las claras: "La verdadera batalla
ferdydurkista la liberaremos precisamente en París y Londres, cuando Ferdydurke
sea vertido al inglés y francés. Hay que atacar al monstruo de
la ficticia madurez en su propia casa"7.
El proceso de traducción del libro no fue broma, fue
algo serio; y cuando el ruido de brillares y tableros del Rex, una
especie de cuartel general de Gombrowicz, se hizo insoportable para la
concentración de los traductores, Piñera y Tomeu abrieron su propia casa
para terminar el trabajo. Gombrowicz se aparecía puntualmente en la
tarde con el texto traducido por él mismo; no hay que olvidar que
llevaba ya siete años en la Argentina y, mal que bien, debía conocer
suficientemente la lengua; sin embargo, según testimonio de Tomeu, se
trataba de un esbozo de traducción en un español macarrónico sobre el
cual se empezaba a discutir minuciosamente con intervenciones frecuentes
del autor, a veces enamorado de palabras castellanas que no venían al
caso, pero que le
encantaban8.
Una vez terminada la traducción comenzaron, como es natural,
las críticas a los traductores, críticas que llegan de gente respetable como
Ernesto Sábato (uno de los pocos y más fieles amigos de Gombrowicz en el mundo
intelectual argentino), y el filólogo Raimundo Lida, en aquel entonces
secretario de la revista Sur. Con una cautela insólita en él, Gombrowicz le escribe a
Piñera:
Usted es el presidente del comité de traducción y juez
supremo, pero no sería oportuno que se reuniera con Ernesto para saber
qué seriedad tienen sus objeciones? [...] Yo, por Dios, no me achico, ni
le aconsejo achicarse a usted y si la traducción suena bien ‘no me
importan los tristes puristas’
[...]9
Por lo visto, Piñera no se achicó y capeó valientemente lo que
llamó "el fuego graneado de los gramáticos", reconociendo que
En general tenían razón. Las objeciones de
Sábato, de Capdevila, y tantos otros, se fundamentaban en argumentos contundentes.
No creo, sin embargo, que por el hecho de palabras mal empleadas, y de
otras tomadas en acepción un tanto discutible, la traducción fuese
‘absolutamente mala’. Sin que pretenda justificar esas fallas, lo cierto
es que tales errores se debieron a que fue imposible, en vista de la
inminente aparición del libro, hacer una revisión al ‘microscopio’. No
creo sinceramente que a pesar de algún que otro adverbio mal empleado,
de un sustantivo usado impropiamente, la versión de Ferdyydurke
al español resulte ilegible ni mucho menos10.
Piñera tenía razón: la traducción de
Ferdydurke es un
texto bello y nuevo, una recreación de la novela hecha bajo la estricta
vigilancia de su autor, indiscutiblemente la mejor de las traducciones que en
cualquier lengua se hayan hecho de la obra de Gombrowicz sin olvidar aquellas,
excelentes y una vez más en español, de Sergio Pitol. Pero lo más notable fue
que justamente esa versión de la novela cayó en las manos de Francois Blondy,
quien escribió una reseña entusiasta en Preuves, suscitando el interés de
Maurice Nadeau director de la colección Lettres Nouvelles del editor Julliard.
El mismo Gombrowicz resume la historia en una biografía escrita por él mismo en
francés para un número monográfico que le dedica L’Herne (pero que se
publicará sólo después de su muerte)11, recordando que hasta aquel
entonces los grandes editores franceses habían rechazado el libro. En 1959,
Albert Camus, particularmente interesado en la obra dramática del escritor
polaco, revela haber leído la novela en su edición española12 que,
hace falta recordarlo, se había publicado ya en 1947. Pero los libros caminan, y
en 1952 Francois Blondy, director de la revista Preuves y amigo del grupo
de exiliados polacos que en París publicaba la revista mensual Kultura, recibe de Jelenski el
Ferdydurke en español con la fuerte y
desatendida recomendación de leerlo; sólo el azar de una enfermedad estimuló al
francés a meterle mano al libro:
Empecé a leerlo y me quedé fascinado. Desde el primer
capítulo ha sido un coup de foudre. Pensé: después del Dante es
la primera vez que un hombre dice: ‘estoy en medio del camino de mi vida
y he aquí lo que me sucede. [...] La traducción española era muy buena,
mejor que cualquiera de las otras que he podido leer después, y creo que
Witold haya colaborado en ella. Es una traducción muy
creadora13.
Es evidente que a partir de aquellas tardes en el café Rex y de
aquella obra colectiva y amistosa, para el excéntrico escritor polco empieza una
especie de resurrección: acepta un trabajo en el Banco Polaco, vuelve a
escribir, organiza su propia propaganda, estimula (a veces de forma petulante y
patética) a lo ferdydurkistas para que trabajen incansablemente en la
propaganda y difusión, si no del libro, de sus ideas y de su espíritu y lo
logra. Rodríguez Tomeu lo cuenta con mucha gracia:
A mí me había gustado mucho aquel trabajo de
traducción. Me resulta difícil dar un juicio sobre su valor. Lo que
importa es que hemos creído en Ferdydurke y que lo hemos
traducido en condiciones bastante excepcionales. Económicamente aquella
publicación fue un fracaso. El libro no se vendió. Piñera y yo compramos
a precio rebajado, directamente en Argos, una maleta llena de ejemplares
justo antes de dejar Buenos Aires en diciembre de 1947, cuando Wiltod
empezó a trabajar en el Banco Polaco. Hemos viajado por Estados Unidos
arrastrando en los trenes aquella maleta llena de Ferdydurke. En
Nueva York, después de todo tipo de dificultades y de horas de colas, la
pudimos enviar a La Habana donde vendimos inmediatamente los libros a
nuestros amigos.14
Pero lo más importante es que, gracias a aquella edición de
Argos, el libro tuvo piernas para caminar y llegar al tan añorado París. En su
Diario Argentino, el autor nos relata los síntomas de esta resurrección
al empezar el trabajo de traducción:
Dura labor que comencé sin entusiasmo, solamente para
sobrevivir durante los meses próximos; mis ayudantes americanos también
lo encaraban con resignación, como un favor que había que hacer a una
víctima de la guerra. Pero, cuando teníamos traducidas algunas páginas,
Ferdydurke, libro ya muerto para mí, que yacía sobre la mesa como
cualquier otro objeto, empezó de repente a dar signos de vida... y
percibí en los rostros de los traductores un interés creciente. [...]
Pero, quien tomó el asunto a pecho, como algo propio, quien ocupó la
‘presidencia’ del ‘comité’ formado por algunos literatos para dar la
última redacción, fue Virgilio Piñera, escritor cubano recién llegado al
país. Sin su ayuda y la de Humberto Rodríguez Tomeu, dos ‘niños
terribles’ de América, quién sabe si se hubieran salvado las
dificultades de esta –como calificó la crítica- notable
traducción15. —Y más adelante—: ...ese texto inocuo para mí,
se volvía eficaz con el mundo exterior. Frases para mí muertas, renacían
en otros... ¿de qué otro modo podía explicar que de repente el libro se
volviera valioso y cercano a esta juventud literaria?... Y eso no sólo
como arte, sino también como acto de rebelión, de revisión, de lucha.
Comprobaba en estos jóvenes que había tocado puntos de la cultura
sensibles y críticos, y a la vez veía cómo ese ardor, que, aislado en
casa uno de ellos, no hubiese durado a lo mejor mucho, empezaba a
consolidarse entre ellos, por el efecto de una excitación y una
reafirmación recíproca. Pues bien, si eso ocurría con ese grupito, ¿por
qué no tendría que repetirse con otros cuándo Ferdydurke fuera
publicado? ¿Podría tener el libro aquí en el extranjero la misma
repercusión que en Polonia, o quizás aun mayor? Mi libro era universal.
Uno de los escasos libros capaces de conmover al lector de calidad más
allá de las fronteras nacionales. ¿Y en París? Descubrí que la carrera
mundial de Ferdydurke no pertenecía sólo a la región de los
sueños (cosa sabida pero que yo había
olvidado).16
Gombrowicz tenía, pues, entera conciencia de la importancia de
aquel trabajo y de la generosidad de sus colaboradores. Por esto es de lamentar
que con el pasar de los años y con la llegada del éxito y de la fama, el autor
haya empezado a olvidar y juzgo como un gesto de verdadera ingratitud el hecho
de que al preparar su propia biografía para el cuaderno de L’Herne
(cuaderno en el que trabajó en los últimos tiempos de su vida con gran empeño,
orientando a Jelenski y de Roux, siguiendo paso a paso los adelantos y pasando
horas en largas entrevistas) salte por completo el año 1946 con los meses de
trabajo en la sala de ajedrez del Rex, y 1947 cuando la novela aparece en Argos.
Un olvido que no puede ser casual y que se reafirma en la bibliografía del mismo
Cahier, donde en la sección Bibliographie des traductions de lóeuvre
de Gombowicz, encontramos, en primer lugar, la traducción al francés de
Julliard mientras para la edición argentina, postergada al quinto lugar se cita
la misma traducción pero en su segunda edición, publicada por Sudamericana en
1964 con un prólogo de Ernesto Sábato. Un error cultural y una ingratitud de
parte de quien sabía muy bien, y lo había escrito, la importancia de aquel libro
de la pequeña editorial Argos. En la dedicatoria que le hizo a Piñera en el
primer ejemplar que salió de la imprenta. Gombrowicz había escrito:
Virgilio, en este momento solemne declaro: tú me has
descubierto en las Argentina. Tú me has tratado sin mezquindad, ni
reserva, ni recelos. Con amistad fraternal. A tu inteligencia e
intransigencia se debe este nacimiento de Ferdydurke. Te otorgo, pues,
la dignidad de Jefe del Ferdydurkismo americano y ordeno que todos los
ferdydurkistas te veneren como a mí mismo.17
Y con este mismo espíritu de exaltación y de alegría le
regaló un cartón irregular y manchado donde puso de su puño y letra la siguiente
frase:
A Virgilio Piñera regalo este pedazo sobre el que
he
escrito
FERDYDURKE
y que me ha servido durante 15 años para que lo ofrezca al
Museo Nacional de Cuba.
Witoldo de Gombrowicz
10.V.1947 Buenos Aires18
Sin embargo, la amistad entre los dos siguió inalterable
durante años; Gombrowicz mantuvo una estrecha correspondencia con Piñera y Tomeu
dando consejos e incitándolos al trabajo; Piñera hizo publicar en Orígenes, en el n. 11 del otoño de 1946, uno de los capítulos más
célebres de la novela, Filimor forrado de niño19, y
naturalmente pidió su colaboración para Ciclón, cosa que no tuvo que ser
fácil ya que, por lo visto, entre Gombrowicz y Pepe Rodríguez Feo no hubo nunca
especial simpatía: en carta del 28 de marzo de 1957 a Piñera, se declara
ofendido porque Rodríguez Feo no quiere publicarle los fragmentos del Diario que ha mandado a la revista. Para
Gombrowicz era realmente
intolerable que una colaboración suya no fuera aceptada y veía siempre, detrás
de cualquier rechazo, la longa manus del establishment intelectual
bonaerense: "No sé si la nota no va porque Pepe no quiere peleas con
Sudamericana o porque en verdad la considera perjudicial para el libro. De todos
modos están errados. Estas son consideraciones provincianas, en literatura hay
que proceder con dureza y crudeza, de otro modo no se logra nada."20
Suena bastante raro leer hoy en día incitaciones a la crudeza y a la dureza para
una revista con una fama tan "demoníaca" como la que siempre ha acompañado a Ciclón. En otro momento el polaco, que conocía y apreciaba mucho la obra
del autor de La carne de René y Electra Garrigó, le escribe entre
en serio y en broma:
Ya estoy estructurando una linda notita de unas cuantas
páginas que le va a hacer mucho bien tanto espiritualmente cuanto desde
el punto de vista social, me cuesta mucho trabajo pero sé lo que debo a
la AMISTAD y no ahorro esfuerzo ninguno. Sépalo Piñeiro (sic) que le voy
a introducir en las letras con mucha seriedad y con el alto vuelo que me
caracteriza21.
Entre el 12 y el 27 de enero de 1959,
Gombrowicz manda breves y
entusiasmados mensajes: "Mi estimado Humberto. ¡Viva Fidel Castro! Toldo"; "Qué tal el embriagador aire de la libertad y el
fervor patrio? Aprovechen para condenar a los infames y alabar al gran jefe", y
finalmente, "Me alegra oír que ya tienen contacto con los vencedores del Tirano
y Libertadores de la Patria. Gloria! Gloria! No se callen la boca en estos momentos
históricos.22
En una carta del 16 de enero de 1961, reaparece la rabia y la
animadversión hacia el olvido en que lo mantiene el mundo literario de Buenos
Aires cuando increpa a Piñera:
Si tiene naturaleza de submarino, si le gusta hundirse
a sí mismo y a su propio trabajo (su obra, mejor dicho) haga lo que le
dicta su naturaleza de colibrí ahogado, allá Ud., yo no me meto, cada
uno con lo suyo, yo con Ferdy, Ud. con Victoria Ocampo en el eterno
cha-cha-cha de sus palmeras. Chau-cha-cha.23
Pero el éxito toca ya a la puerta de
Witoldo; París lo llama,
Europa lo acoge triunfalmente, sus polémicas sobre la pintura, su panfleto
contra el Dante, sus declaraciones en torno al mayo francés, sus obras
escandalosas le proporcionan fama y premios. Después de veinticuatro años varado
en la fascinante inmadurez de Argentina ha llegado su hora. No podrá olvidar
nunca el país donde ha vivido sus más grandes emociones humanas, donde ha
disfrutado de una libertad absoluta, donde se ha podido dar el gusto de ser
desagradable e irritante, pedigüeño y aprovechado, amoral y
arrogante.24 En Europa Gombrowicz cambia: su libertad de eterno joven
está puesta a prueba por las pasiones del medio, los acontecimientos históricos
lo obligan a tomar partido, cosa que hace siempre en forma paradójica, las
necesidades económicas y la salud arruinada hacen de él otro hombre. Su
correspondencia con los amigos americanos se va espaciando, el polvo del olvido
cubre las antiguas aventuras. El nombre de Virgilio Piñera va desapareciendo
hasta el punto de que las publicaciones que se dedican a Gombrowicz en Europa
casi no lo mencionan o si lo hacen incurren en detalles grotescos, fruto
indudable de un desconocimiento total del escritor cubano, como le ha pasado a
la revista italiana Riga en su número monográfico dedicado al polaco, que
al traducir (del inglés según parece indicar el disparate) un testimonio de
Ernesto Sábato, cuando éste recuerda un encuentro con Gombrowicz en el cual
coincidió con los amigos cubanos, dice: "Aquel día estaban también los Cubains Piñera y
Tomeu, que formaban parte del equipo que ayudaba Wiltod
a traducir su Ferdy..."25 Es obvio que en este testimonio
Sábato hace galas de su gran intimidad con el polaco; es por esto que lo llama
con su nombre de pila, que usa el diminutivo del título de la novela y,
obviamente, al hablar de Piñera y Toemu, les llama los cubanos, como les
decían amistosamente todos los amigos de Buenos Aires. Lamentablemente, la
revista italiana no se ha tomado la molestia de averiguar, de controlar, y así
le endilga a Piñera un apodo que sabe a mafia cubanoamericana. ¡Sic transit
gloria mundi!
El Retiro
La traducción de
Ferdydurke, según hemos visto,
representa como un segundo nacimiento para su autor, quien, extraviado en Buenos
Aires, cediendo a la irresistible tentación de la juventud, se dedica a cacerías
nocturnas empujado por su delirante interés por la forma, interés que veía
encarnado en la ruda belleza de los jóvenes del pueblo cuya naturalidad ejercía
en él atractivo formidable. Gombrowicz ha explicado difusamente la angustia y la
ansiedad que su mismo comportamiento producía en su espíritu y ha elaborado su
teoría sobre lo que él, muy llevado a endilgar apodos y alias a situaciones y
personajes, ha llamado Retiro: "El secreto de Retiro, demoníaco por
cierto, consistía en que allí nada podía lograr la plenitud de la expresión,
todo tenía que estar por debajo del nivel en una fase inicial, ser algo no
logrado, hundido en la inferioridad".26 En su sucinta biografía,
describe los años en que andaba perdido en las noches del parque con estas
sobrias pero bien estudiadas palabras:
1941 – Decide quedarse en Buenos Aires, donde su vida
se establece. Habla español. Participa muy poco en la vida de la
comunidad polaca emigrada allí. Amistades argentinas sobre todo entre
los jóvenes. Experiencias homosexuales con unos muchachos del pueblo de
Buenos Aires [...] Conduce una vida bohemia. Está siempre más fascinado
por América del
Sur[...]27
Este es el retrato que el autor hace de sí mismo en los años
entre 1941 y 1946 y me parece particularmente interesante leer en su Diario
Argentino cómo después de la publicación en español de Ferdydurke, Gombrowicz
siente que sus aventuras nocturnas en el parque del Retiro deben
terminar.28 En esa especie de segunda vida parece que el autor está
decidido a abandonar unas costumbres que, por más intelectualizadas, seguían
produciéndole una serie de graves interrogantes incluso éticas:
¿Qué hacer en la literatura, en la cultura, con esos vínculos tan
comprometedores que mantenía con la juventud, con la inferioridad,
hasta qué medida se prestaban a una experiencia literaria? ¿se
trataba de un complejo, enfermedad, aberración, caso clínico;...o, por el contrario, algo que tenía derecho de
ciudadanía entre personas normales? Y otra pregunta: ¿era eso tratar
de abrir una puerta ya abierta o una difícil penetración en terrenos
salvajes, vírgenes y vergonzosos? Para resumir: ¿era posible su
aprovechamiento en el arte? [...] Pero, ¿se trataba en verdad de un
complejo, de una desviación? ¿Por qué tenía que ser insana mi
fascinación por la vida joven, no agotada, sí, por esa frescura?
[...] El pecado, si existía, se reducía a que yo me atrevía a
venerar a la juventud independientemente del sexo y que la abstraía
de los dominios de Eros [...] ¿El humo sofocante de vergüenza que
surgía de esa y otras preguntas semejantes, no era ya prueba
suficiente de que algo permanece inconfesado y que no todo se puede
explicar por el simple juego de fuerzas sociales?, ¿y esa enorme ola
de amor prohibido y humillante, que en verdad pone de rodillas al
hombre ante el joven, no era la venganza de la naturaleza por la
violación perpetrada por quien envejece sobre el que
crece.29
Años después, en 1958.
Gombrowicz ha dejado el odiado trabajo
en el banco, está terminando Pornografía, mientras llega ya el eco del
éxito de su libro en París. En este estado de ánimo decide ir a descansar a
Tandil y a Santiago del Estero, donde tiene muchos amigos entre los jóvenes
intelectuales de la provincia y donde otros se le van a acercar. Rodeado por
tanta juventud, vuelve a picarle el demonio de la atracción hacia los más pobres
y serviles, los inferiores, como solía decir; y un buen día, según
acostumbraba, en el calor de una conversación intelectual con sus jóvenes
adeptos, en un café de Santiago del Estero, vuelve a ser deslumbrado por una
visión irresistible:
De repente la seriedad y la importancia de mi
actuación como maestro pesaron más que todas mis deshonestidades.
Comprendí el sentido de mi tarea: era algo mucho más importante que
una cátedra de profesor, que el "trabajo cultural", que una
exhibición de habilidad artística, literaria, yo luchaba allí por mí
mismo, esforzándome por sacarlos del cuerpo y transformarlos en
existencias, mi destino dependía del grado en que pudiese lograr
conquistarlos y forzarlos hacia el spirítu, ¡pues sólo eso podía
salvarme! [...] Al fin se levantó un joven
y expresó en voz alta su gratitud, y también otros se me acercaron;
estaba claro que ese agradecimiento no se debía al intelecto, sino a
algo más importante, por haber combatido al cuerpo, la carnalidad,
la fisicidad...
En eso, llega un mozo del café a traerle agua y para
Gombrowicz vencedor sobre la carnalidad es como un fuetazo:
Pero si ese cuerpo de analfabeto era tan honrado...
si era la honradez misma, pero si ese cuerpo simple, tranquilo,
viviendo libremente, moviéndose con facilidad, silencioso, era la
honestidad, la moralidad... y tanto, tan perfectamente, que en
comparación con eso, aquella reunión "espiritual" subía demasiado
alto, como un chillido esforzado... No sé... La santa sencillez del
tórax, o tal vez la conmovedora sinceridad del cuello, las manos que
apenas saben trazar letras, toscas pero verdaderas para el trabajo
físico... Mi espíritu expiró. Bancarrota total. Sentí un sabor a
lápiz de labios en la
boca.30
Sobra decir que, una vez en la calle, nuestro autor empieza a
seguir a un muchacho que se parece al mozo que le había traído el agua:
Fui tras él porque era absurdo e impensable que yo,
Gombrowicz, caminara tras un chango cualquiera solamente porque se
parecía al que me sirvió el agua. Pero otra vez su perfecta
no-importancia estalló como un trueno, al margen de todo lo que se
considera importante. Y lo seguí como si fuera aquél mi más sagrado
deber.31
Después de una patética lucha consigo mismo,
mientras ya la cordura le sugiere abandonar la aventura detrás del
mismo, mientras ya la cordura le sugiere abandonar la aventura
detrás del muchacho, cuando ya la "hostilidad" que su debate
interior ha ido acumulando lo persuade a expulsar aquella visión
"como una erupción de la piel", cuando ya el odio que ha ido
creciendo en su excitación lo lleva a tener ganas de matar al
muchacho cómo única forma de matarlo dentro de sí, cuando ya está en
el paroxismo absoluto, aquel chango lo saluda: era su limpiabotas y
para esto Gombrowicz no estaba preparado, "nuestro Fausto encalló en
la cotidianidad", comenta el autor convertido en un asesino fallido
a causa de lo
normal.
He recordado estos episodios de la vida de nuestro autor tan
controvertido, odiado y amado, porque al enterarme de sus fortunas literarias en
Italia vi con sorpresa que entre los detractores más tajantes32 está
Pier Paolo Pasolini, quien, reseñando la edición italiana del Diario, no
ahorra juicios implacables:
La imagen que sacamos del autor es la de un hombre
fallido, no sólo poco culto, sino también poco inteligente: una
especie de grotesco bufón sin corte que cree que es difícil
comprender la verdad y sobre todo que es obligatorio decirla, que la
inoportunidad puede ser programada, que ser desagradable es un
elemento del genio, y que hacer muecas es una señal de superioridad,
[...] En cuanto a su fundamental banalidad, tiene conciencia de
ella, y trata de ennoblecerla, adoptando cierto verticalismo
metafísico que ha tomado de aquellos mismos latinoamericanos que él
ha provocado y
despreciado.
Y sigue recordando cómo su desagradable actitud se esfuma
cuando se trata de recibir al director de Preuves, quien no conoce a
Freud y no tiene conciencia de su desgracia histórica porque no conoce a Marx.
En fin, lo acusa de falso anarquismo y servil integración aun reconociendo que
no ha servido ningún poder particular. En fin, Pasolini detesta el retrato de sí
mismo que Gombrowicz dibuja en sus diarios, pero salva los capítulos IX y X, los
que se refieren a los viajes a Tandil y a Santiago del Estero. Se siente
conquistado por la descripción de aquellos muchachos y aplaude al autor cuando
deja de oficiar como un turbulento clérigo de cafés literarios y se deja
arrastrar por la belleza sensual. Pasolini celebra que el encuentro entre la
"vejez" de Gombrowicz y la juventud del mozo llegue tan imprevista y tan cargada
de gracia y de vitalidad. El poeta italiano, un hombre que ha llevado hasta las
últimas consecuencias todas sus provocaciones, era, obviamente, particularmente
sensible a la irrupción del deseo frente a los muchachos del subproletariado, a
sus ragazzi di vita: la descripción que Gombrowicz hace de los changos lo
conmueve:
¿Quiénes son estos changos? Son unos pequeños
siervos subproletarios [...] entran de repente como personajes
esenciales de la vida de Gombrowicz sólo en esta sección del diario.
Su descripción física -que empieza siempre por las manos- es de una
calidad lingüística excepcional, que une la calma suprema del
comtemplador con el raptus de quien tiene intuiciones que arrastran
vertiginosamente en el fondo de la inocencia y de la aberración de
la naturaleza. Estos changos son criaturas poéticas que se
contraponen a todo como "término otro" –que podríamos llamar juventud, gracia o
belleza- pero que en realidad se
queda sin nombre porque el autor lo separa de su verdadera realidad,
que es el
sexo.33
Pese a la fascinación que las aventuras de Tandil y Santiago
ejercen en él en cuanto lector, Pasolini no puede perdonarle al polaco que
después de tanto alarde de anticonformismo y de tantas muecas a espaldas de la
normalidad, Gombrowicz "no se atreve a llamar ni (lo cual sería más humano
exigirle) a describir todo esto por lo que es, es decir
pederastía".34 Es decir: al pan pan y al vino vino; más o menos
lo que hizo Virgilio Piñera en un artículo que suscitó escándalo, cuando al
recordar al poeta Emilio Ballagas, consideraba su deber de amigo hablar del
poeta en cuanto homosexual en vez de "hacerle perder su cara y darle esa otra de
lechero de una Inmortalidad acomodaticia".35 En cuanto a Pasolini,
todo el mundo sabe que perdió la vida a manos de un "chango" romano reclutado
entre el hampa de la Stazione Termini en una lluviosa noche de noviembre de
1975.
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