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El puerto. Un café en el puerto, próximo al gigante blanco que habrá de
llevarme... una mesita frente al café, amigos, conocidos, saludos, abrazos, cuídate,
no nos olvides, saluda de nuestra parte a... y de todo aquello la única cosa
que no murió fue una mirada mía, que por motivos desconocidos me restará para
siempre; miré casualmente al agua del puerto, por un segundo percibí un muro
de piedra, un farol en la acera, al lado un poste con una placa, un poco más
allá las barquitas y las lanchas balanceándose, el césped verde de la
orilla... He aquí cuál fue para mí el final de la Argentina: una mirada
inadvertida, innecesaria, en una dirección casual, el farol, la placa, el agua,
todo ello me penetró para siempre.
Estoy
ya en el barco. Se inicia la marcha. Se aleja la costa y la ciudad emerge, los
rascacielos con lentitud se sobreponen unos a otros, las perspectivas se
desdibujan, confusión entera de la geografía ?jeroglíficos, adivinanzas,
equivocaciones? todavía se presenta \"La Torre de los Ingleses\" de
Retiro, pero en un lugar que no le corresponde, he aquí el edificio de correos,
pero el panorama es irreconocible y fantasmagórico en su enredo, algo de mala
fe, prohibido, engañoso, como si malignamente la ciudad se cerrara frente a mí,
¡sé ya tan poco de ella!...
Me
llevo la mano al bolsillo. ¿Qué sucede? Me faltan los doscientos cincuenta dólares,
que había llevado conmigo para el viaje, me palpo, corro al camarote, busco,
quizá en el abrigo, en el pasaporte, no, no hay nada. ¡Diablos! Tendré que
cruzar el Atlántico con los pocos pesos que me han quedado, ¡una suma
aproximadamente equivalente a tres dólares!
Pero
allá, afuera, la ciudad se aleja, concéntrate, no permitas que te despojen de
esta despedida, corro de nuevo a cubierta: ya sólo se veían oblicuamente en el
extremo de la superficie del agua los indeterminados torbellinos de la materia,
una nebulosa calada tejida acá y allá con un contorno más claro, mi vista ya
nada captaba, tenía frente a mí un plasma en el que se adivinaba cierta
geometría, pero era una geometría demasiado difícil... Esta dificultad, sin
cesar creciente y opresora, acompañaba al murmullo del agua surcada por la proa
de la nave.
Y
a la vez los doscientos cincuenta dólares perdidos se sumergían en los
veinticuatro años de mi estancia en la Argentina, aquella dificultad se
desdoblaba en ese momento en veinticuatro y dos cientos cincuenta. ¡Oh matemática
misteriosa y engañosa! Doblemente robado fui a recorrer el barco.
La
cena y luego la noche que mi gran fatiga merecía. Al día siguiente salí a
cubierta, murmullo, agitación, azul del cielo, océano surcado profundamente,
florecimiento tempestuoso de la espuma en el espacio corroído por la demencia
incesante de un movimiento violento, la proa del Federico apunta al cielo y
vuelve a hundirse en el abismo de agua, chorros de agua salada. no es posible
permanecer parado sin asirse de algo... allá a la izquierda, a unos quince kilómetros
de distancia la costa del Uruguay, ¿serán aquellas acaso las montañas que
conozco, las que rodean Piriápolis?...
Sí,
sí, y ahora ya se ven los cubitos blancos de los hoteles de varios pisos de
Punta del Este y, juro, hasta llega a mí el brillo intenso que produce el sol
al reflejarse en el cristal de los automóviles ?brillo agudo de largo alcance.
Ese brillo procedente de un automóvil en alguna bocacalle fueel último signo
humano emitido para mi desde la América que conozco, me llegó como un (grito
en medio del desorden enorme del mar, bajo un cielo embrujado que intensificaba
la confusión total. ¡Adiós América! ¡Cuál América?
La
tormenta con la que nos saludó el Atlántico no era nada habitual (me comentó
después el steward que desde hacía mucho tiempo que no había visto otra
semejante), el océano era omnipotente) el viento ahogaba. y yo sabía que en
este desierto enloquecido surgía ya delante de mi, indicada por nuestra brújula
Europa. Sí, se acercaba y yo no sabía aun qué dejaba tras de mí. ¿Cuál América?
¿Cuál Argentina? Oh, ¿en realidad qué fueron esos veinticuatro años? ¿Con
qué regresaba a Europa?
De
todos los encuentros que me aguardaban había uno especialmente molesto... tenía
que encontrarme con un barco blanco... salido del puerto polaco de Gdynia con
rumbo a Buenos Aires..., tenía que encontrarme inevitablemente con él, tal vez
dentro de una semana, a mitad del océano.
Era
el Chrobry. El Chrobry de agosto de 1939 en cuya cubierta me hallaba con el señor
Straszewicz y el senador Rembielinski y el ministro Mazurkiewicz... ¡alegre
compañía!... sí, sabía que tenía que encontrarme con aquel Gombrowicz rumbo
a América, yo Gombrowicz el que partía ahora de América. Cuánta curiosidad
me consumía en aquel entonces, ¡monstruosa!, respecto a mi destino; sentía
entonces mi destino como si estuviera en un cuarto oscuro, donde no se tiene
idea con qué va uno a romperse la nariz. ¡Qué hubiera dado por un mínimo
rayito de luz que iluminara los contornos del futuro...! y heme aquí acercándome
a aquel Gombrowicz, como solución y explicación, yo soy la respuesta.
¡Pero seré una respuesta a la altura de la tarea? ¿Seré capaz de decirle
algo al otro cuando el barco emerja de la brumosa extensión de las aguas con su
chimenea amarilla y potente, o tendré que permanecer callado...? Sería
lastimoso. Y si aquél me pregunta con curiosidad: ?¿Con qué regresas? ¿Quién
eres ahora?... ?yo le responderé con un gesto de perplejidad y las manos vacías,
con un encogimiento de hombros, quizás con algo parecido a un bostezo: ?¡Aaay,
no lo sé, déjame en paz!
El
balanceo, el viento, el murmullo, el enorme encrespamiento de las olas bullentes
y turbias se funden en el horizonte con el cielo inmóvil, que con su
inmovilidad inmortaliza la liquidez. . y a lo lejos, a la izquierda, aparece
vagamente la costa americana, como un preámbulo al recuerdo... ¿seré incapaz
de dar otra respuesta? ¿Argentina? ¡Argentina! ¿Cuál Argentina? ¿Qué fue
eso? ¿Argentina? Y yo... ¿qué es ahora ese yo?
Mareado,
porque la cubierta se me escapa bajo los pies en todas direcciones, me aferro a
la barandilla, titubeo, me dejo llevar por el torbellino, aturdido por el
viento; a mi alrededor: rostros verdes, miradas turbias, figuras encogidas. Me
suelto de la baranda y realizando un milagro de equilibrio, avanzo. .. de pronto
miro, hay algo en una tabla de cubierta, algo pequeño.
Un
ojo humano. No hay nadie, sólo junto a la escalera que conduce a la cubierta
del puente un marinero que mastica chicle.
Le pregunto:
?¿De quién es este ojo?
Se encoge de hombros.
?No lo sé, sir.
?¿Se le cayó a alguien o se lo arrancaron?
?No vi a nadie, sir. Está ahí desde la mañana; lo habría levantado y
guardado en una cajetilla, pero no puedo apartarme de la escalera. Iba a
continuar mi marcha interrumpida hacia mi camarote, cuando apareció un oficial
en la escalera de la escotilla.
?Aquí en cubierta hay un ojo humano
Manifiesta gran interés:
?¡Diablos! ¿Dónde?
?¿Piensa usted que se le haya caído a alguien o que le fue sacado?
El
viento me arrebataba las palabras, había que gritar, pero el grito también huía
de la boca, se hundía irremisiblemente en la lejanía. Seguí caminando; oí un
gong que anunciaba el desayuno. El comedor estaba vacío, el vómito general había
hecho desertar a toda la gente. Éramos sólo seis audaces, con la vista fija en
el \"bailoteo\" del suelo y en la inverosímil acrobacia de los
camareros. Mis alemanes (porque desgraciadamente me sentaron con un matrimonio
alemán, que habla tanto español como yo alemán) no aparecieron. Pedí una
botella de Chianti y los doscientos dólares se me clavan una vez más como un
enorme alfiler. ¿Con qué voy a pagar la cuenta que ahora estoy firmando? Después
del desayuno envío un radiotelegrama a mis amigos de París para que me giren
al barco doscientos dólares.
Viajo
cómodamente, tengo un camarote exclusivamente para mi, la cocina como antaño
en el Chrobry es excelente, puro placer... ¿No morir? ¿Qué es este viaje sino
un viaje hacia la muerte?... Las personas de cierta edad ni siquiera deberían
moverse, el espacio está demasiado relacionado con cl tiempo, el impulso del
espacio resulta una provocación al tiempo, todo el océano está hecho más
bien de tiempo que de inmensas distancias, es un espacio infinito, se llama:
muerte. Da lo mismo.
Al
analizar mis veinticuatro años de vida argentina percibí sin dificultad una
arquitectura bastante clara, ciertas simetrías dignas de atención. Por
ejemplo, había tres etapas, de ocho años cada una: la primera etapa, miseria,
bohemia, despreocupación, ocio, la segunda etapa, siete años y medio en el
Banco, vida de oficinista; la tercera etapa, una existencia modesta, pero
independiente, un prestigio literario en ascenso. Podía también enfocar ese
pasado estableciendo ciertos hilos: la salud, las finanzas, la literatura... u
ordenándolo en otro sentido, por ejemplo desde el ángulo de mi problemática,
los \"temas de mi existencia\", que mudaban poco a poco con el tiempo.
¿Pero cómo tomar la sopa de la vida con una cuchara agujereada por estadísticas,
diagramas?
¡Bah!,
una de mis maletas en el camarote contenía una carpeta; en ella había una
serie de pliegos amarillentos con la cronología, mes tras mes, de mis hechos?
veamos, por ejemplo, ¿qué pasaba exactamente hace diez años, en abril de
1953?: \"Últimos días en Salsipuedes. Escribo mi Sienkiewicz, Ocampo y
los paseos por Río Ceballos, regresos nocturnos. Leo La mente prisionera y a
Dostoiewski. El día 12 regreso en tren a Buenos Aires. El Banco, el
aburrimiento, la señora Zawadska, el horror, la carta de Giedroyó anunciando
que el libro no va bien, pero que aún quiere publicar alguna otra cosa mía En
casa de los Grocholski y de los Grodzicki. El \"banquete\" publicado
en Wiadonosci. etcétera, etcétera. Podía así ayudar a mi memoria, pasear de
un mes al otro por el pasado.
?¿Y
qué?, ¿qué hacer?? me pregunto, con esta letanía de especificaciones como
absorber esos hechos si cada uno se desintegra en un hormigueo de
acontecimientos menores, que al fin se convierten en una niebla; era un asalto
de miles de millones, una disolución en una continuidad imperceptible, algo
como el sonar de un sonido... ¿pero en realidad cómo poder hablar aquí de
hechos? Y sin embargo ahora, al regresar a Europa, ya habiendo acabado todo, me
acuciaba la necesidad tiránica de rescatar aquel pasado de asirlo aquí, en el
estruendo y el torbellino del mar, en la angustia de las aguas, en la efusión
inmensa y sorda de mi partida por el Atlántico, ¿no sería sólo una especie
de balbuceo, un balbucear el caos como estas olas? Una cosa no obstante se volvió
evidente: no se trataba de ninguna cuestión intelectual ni siquiera de un
asunto de conciencia, se trataba únicamente de pasión.
Estar apasionado, ser poeta frente a ella... Si la Argentina me conquistó fue a
tal grado que (ahora ya no lo dudaba) estaba profundamente, y va para siempre,
enamorado de ella (y a mi edad no se arrojan estas palabras al viento del océano).
Debo agregar que si incluso alguien me lo hubiera exigido, al costo de la vida
no hubiese logrado precisar qué fue lo que me sedujo en esta pampa fastidiosa y
en sus ciudades eminentemente burguesas. ¿Su juventud? ¿Su
\"inferioridad\"? (¡Ah cuántas veces me frecuentó en la Argentina
la idea, una de mis ideas capitales, de que \"la belleza es
inferioridad\"!)
Pero
aunque ese y otros fenómenos considerados con mirada amistosa e inocente, con
una gran sonrisa, en un ambiente cinematográficamente coloreado, cálido,
exhalación tal vez de las palmeras o de los ombúes, desempeñaron, como es
sabido, un papel importante en miencantamiento, no obstante la Argentina seguía
siendo algo cien veces más rico. ¿Vieja? Sí. ¿Triangular? También cuadrada,
azul, ácida en el eje, amarga desde luego, sí, pero también inferior y un
poco parecida al brillo del calzado, a un tono, a un poste o a la puerta, también
del género de las tortugas) fatigada, embadurnada, hinchada como un árbol
hueco o una artesa, parecida a un chimpancé, consumida por el orín, perversa,
sofisticada, simiesca, parecida también a un sándwich y a un empaste dental...
Oh, escribo lo que me sale de la pluma, porque todo, cualquier cosa que diga
puede aplicarse la Argentina. Nec Hercules...
Veinte
millones de vidas en todas las combinaciones posibles es mucho, demasiado para
la vida singular de una persona. ¿Podía yo saber qué fue lo que me cautivó
en esa masa de vidas entrelazadas? ¿Tal vez el hecho de haberme encontrado sin
dinero? ¿El haber perdido mis privilegios polacos? ¿Sería que esa latinidad
americana complementaba de algún modo mi polonidad? Quizás el sol del sur, la
pereza de la forma, o tal vez su brutalidad específica, la suciedad, la
infamia... no lo sé...
Y,
además, no correspondía a la verdad la afirmación de que yo estuviera
enamorado de la Argentina. En realidad no estaba enamorado de ella. Para ser más
preciso, sólo quería estarlo.
Te
quiero. Un argentino en vez de decir \"te amo\", dice \"te
quiero\". Meditaba entonces (todo el tiempo sobre el océano, sacudido por
el barco, éste a su vez sacudido por las olas) que el amor es un esfuerzo de la
voluntad un fuego que encendemos en nosotros, porque así lo queremos, porque
decidimos estar enamorados, porque no se puede tolerar no estar enamorado (la
torpeza con que me expreso corresponde a cierta inhabilidad, producto de la
misma situación)... No, no es que la quiera, sólo deseo estar enamorado de
ella y por lo visto para eso me era vehementemente necesario acercarme a Europa
en un estado de aturdimiento apasionado por la Argentina, por América.
No
quería tal vez aparecer en el ocaso de la vida en Europa sin esa belleza que da
el amor ?puede ser que temblara por haber roto con un lugar lleno de mí,
temiera que mi traslado a lugares extraños, no calentados aún por mí, me
empobreciera y enfriara y matara? deseaba sentirme apasionado en Europa,
apasionado por la Argentina, temblaba ante ese único encuentro que me esperaba
(en pleno océano, al anochecer, tal vez al alba, en las nieblas veladas del
espacio salado) y por nada del mundo quería presentarme a ese rendez-vous con
las manos enteramente vacías.
El
barco avanzaba. El agua lo levantaba y hundía. Soplaba el viento. Me sentía un
tanto desvalido, confundido, porque quería amar a la Argentina y a mis
veinticuatro años comprendidos en ella, pero no sabía cómo...
El amor es dignidad. Así me lo parece a mis años. Cuando mayor es el derrumbe
biológico, más se hace necesaria la pasión de arder entre llamas.
Mucho
mejor es terminar abrasado que no irse lenta, cadavéricamente enfriando. La
pasión, ahora lo aprendía, es más necesaria en la vejez que en la juventud.
Cae
la noche. Ya es noche cerrada. Del lado de babor, apenas perceptible, los
centelleantes faros de la costa brasileña, y aquí en cubierta, yo, yendo hacia
adelante, alejándome sin cesar en una marcha incomprensible... Desierto... lo
infinito de un vacío que hierve, truena, ruge, salpica... infinito imposible de
definir, inalcanzable, hecho de torbellinos y de abismos marítimos, igual aquí
que allá, y aun más allá y más allá, en balde agua la vista, hasta el
dolor; nada se puede ver, tras la barrera de la noche, todo cae y se vierte sin
reposo, se hunde y se sumerge tras las tinieblas; allá abajo, deformidad y
movimiento delante de mí sólo un espacio irreal; arriba el cielo con un
innumerable enjambre de estrellas indistinguibles, irreconocibles...
Sin
embargo aguzo la mirada. Y nada. Por otra parte, ¿acaso me asistía el derecho
de poder ver? Yo, abismo en este abismo, sin memoria. perdido, desbordado por
pasiones, dolores, que desconocía, ¿cómo es posible ser después de
veinticuatro años sólo agua que se vierte, espacio vacío, noche oscura, cielo
inmenso...? ser un elemento ciego, no poder lograr nada en sí mismo. ¡Oh
Argentina! ¿Qué Argentina? Nada. Un fiasco. Ni siquiera podía desear,
cualquier posibilidad de deseo estaba excluida por un exceso de efusión que lo
inmovilizaba todo, el amor se convertía en desamor, todo se confundía, debo
irme a acostar, ya es tarde, el ojo humano. ¿Cómo llegó un ojo humano a
cubierta?... ¿Fue sólo una impresión? ¡Quién puede saberlo! A fin de
cuentas da lo mismo, ojo o no ojo.
Porque,
¿para qué jugar a los formalismos? ¿Vale la pena exigir a los fenómenos un
pasaporte? ¡Qué pretensiones! ¿Puedes ver algo? No, será mejor que duermas.
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