|
Acaso el hombre sudamericano
también quiere ser hermoso y entonces, qué ideal de belleza se
propone?
No cabe duda de que el criollo
suspira por la hermosura o, por lo menos, aspira a ser bien
parecido, bien peinado y bien vestido. En pocos países del
mundo se pueden observar corbatas mejor armonizadas con la
camisa y el saco, zapatos elegidos con más cuidado y medias
mejor adaptadas al pañuelo. “Los muchachos de antes no usaban
gomina”.
Los muchachos de hoy no solamente usan usan gomina,
sino que usan y abusan de cremas, masajes, baños faciales,
casi como las mujeres. Un “instituto de belleza” para los
hombres tendría grandes probabilidades de éxito.
Esos serías los rasgos femeninos
de la belleza masculina sudamericana. El rasgo más masculino
lo constituye el bigote. Cuando uno llega de Europa su primera
exclamación es: Caramba! Cuántos bigotes! Pero... pero... el
sudamericano es muy pícaro y calculador en lo concerniente a
su bigote: él lo usa porque sabe que así gusta a las “chicas”.
El bigote es un adorno destinado a conmover al sexo bello, es
una coquetería que se asemeja mucho a la coquetería
femenina.
El criollo no perdió su
“hombría”
En estas circunstancias surgen
algunas preguntas de enorme importancia. Acaso el sudamericano
no se volvió demasiado afeminado? Acaso esas apariencias no
son actitudes accidentales que no corresponden a una
realidad psíquica espiritual?
Sería muy superficial fundar una
acusación tan grave sobre la base de hechos tan secundarios y,
examinando con más cuidado el problema, veremos todo lo
contrario: el criollo no perdió nada de su hereditaria
valentía y audacia españolas; tiene el sentido del honor
propio de los hombres y, lo que a lo mejor es lo más
importante, no carece de cierta severidad espiritual que
constituye la diferencia básica entre el alma masculina y el
alma femenina.
Así que lo más justo sería decir que el
criollo, permaneciendo en el fondo de su alma hombre cien por
cien, demuestra cierta tendencia a afeminarse en su modo de
ser, de vestirse, de hablar... que su “modo de ser” social es
más femenino que él.
Parecería que aquí la mujer logró
imponer sus gustos, sus sutilezas, sus debilidades en todo lo
que forma el “modo de ser” del hombre, es decir, su modo de
exteriorizarse. Por ejemplo, el criollo es muy valiente cuando
esa valentía hay que demostrarla en una pelea, pero cae en la
cobardía absoluta cuando hay que hacer una advertencia
desagradable a un amigo; será atrevido y hasta rudo si fuera
necesario en los negocios o en la política, pero al mismo
tiempo su conversación es suave, su trato dulce y pasivo, su
corbata coqueta y su sensibilidad muy a menudo exagerada. Lo
más fácil de observar en cada país es quién ha dominado la
cultura: si el hombre o la mujer.
Hay países donde la ley del
hombre domina tanto en la moral sexual como en las formas de
convivencia sexual, donde hasta los chistes de las mujeres son
“masculinos”, pero América del Sur está conquistada por la
mujer. Y eso a pesar de que ellas son tan esclavas del hombre,
de que se adaptan tanto a sus gustos y caprichos! Mientras
cada una separadamente no es más que “flor”, “niña”, todas
ellas en conjunto, a pesar de su aparente debilidad y timidez
lograron la conquista del continente!
Cuando quiere conquistar a una
mujer...
Esto se ve justamente en el modo
en que el hombre de aquí encara su propio ideal de belleza. El
hombre no necesita mirarse en los ojos femeninos para
comprobar su hermosura y tampoco ésta es únicamente sexual...
Cuando un hombre quiere conquistar a una mujer tiene dos
caminos a elegir: puede tratar de conseguir sus favores
haciéndose agradable, adaptándose a sus exigencias o, por el
contrario, puede imponer la ley de su propia naturaleza.
Ahora, un hombre en verdad enamorado de su belleza masculina,
más bien es capaz de sufrir una derrota antes que resignar sus
ciertas dotes naturales: nunca, por ejemplo, un hombre así va
a hacer concesiones a la mezquindad femenina, porque aunque de
ese modo él logre a la mujer, pierde al mismo tiempo su propia
belleza. Mas para muchos sudamericanos las mujeres parecen
constituir un fin en sí; cuanto más gusta a las mujeres, tanto
más hermoso es; cuantas más mujeres logró conseguir, tanto más
gozó de la vida; y si de pronto las mujeres exigiesen que los
hombres se pintasen la nariz de verde, ellos encantados se
pintarían la nariz de verde...
Aquí no solamente la mujer vive
casi únicamente para el hombre, prescindiendo de su propia
personalidad, también el hombre muy a menudo no vive para sí
mismo, sino para la mujer.
De dónde proviene esa debilidad
psíquica del hombre y por qué en Europa el sexo fuerte siente
mejor su fuerza y se aprovecha más de ella?
La propia poesía
masculina
En América del Sur el hombre y
sobre todo el muchacho, se encuentra solo frente a las
mujeres. La belleza masculina, el hábito masculino, los mitos
y las formas de convivencia masculinos se forman entre los
hombres. Son el compañerismo, la confianza de camaradas en los
clubes, las asociaciones dentro de la clase de actuación y
diversiones gremiales, los que crean aquella específica
belleza del hombre.
Los muchachos en el colegio se forman sus
propios mitos, sus costumbres, hasta su propio lenguaje, y son
tan fieles a ese estilo suyo que ninguno de ellos lo
traicionaría ni por la más hermosa mujer. Del mismo modo, en
el ejército los hombres se crean su propio mundo, del cual a
veces se enamoran profundamente.
Y, entonces, la mujer deja de
ser para ellos la única fuente del amor y de la belleza: un
marinero siente su propia belleza y su fuerza tanto a través
de los labios femeninos como a través de su acorazado, de sus
canciones y de su uniforme; a través de todo eso que se llama
la “marina”. Esta propia poesía masculina le ayuda mucho a
resistir al encanto erótico de las hijas de Eva, a dominarlo y
a oponer a él su propio encanto.
Cuando un joven sudamericano
entra en estas grandes instituciones gremiales, como el
ejército o la armada, dotados de tradición y estilo, se presta
muy bien a sus exigencias espirituales. Pero en la vida civil
la convivencia de los hombres entre sí resulta algo pobre e
ineficaz. Es curioso comparar, por ejemplo, el ambiente de la
joven literatura aquí y en Europa. Los jóvenes artistas
sudamericanos andan con preferencia solos, se juntan poco y en
general poca inclinación a “excitarse por sí mismos”.
En las
capitales europeas los jóvenes tiene su café, “bar” o
restaurante, donde se embriagan tanto con las bebidas, como
con chistes, extravagancias verbales, combates ideológicos.
Esos jóvenes tiene su propio estilo y lenguaje, igual que los
colegiales, y ya antes de “formarse” como escritores, gozan
mucho de esa belleza que se crearon entre sí. Un hombre,
formado en tal escuela, lleva para toda su vida un capital de
santa locura que lo defiende contra la tristeza, el cinismo y
el aburrimiento.
Por qué en América del Sur no
ocurre lo mismo? Por qué aquí la mujer tapa al hombre todo,
hasta tal punto que lo convirtió en su esclavo?
Falta “estilo
masculino”
Es un “circulus viciosus”. El
joven sudamericano se junta poco con sus compañeros y lo hace
de modo superficial, porque lo que necesita, antes que nada
psíquica y físicamente, es la mujer. Preocupado por su capital
problema no tiene ganas de entrar de lleno en otras realidades
de la vida. Todo lo demás es secundario; él cree -y esto es
muy natural a su edad- que pierde el tiempo cuando no está
“afilando” a una “chica”.
Pero la convivencia gremial de los
hombres, menos desarrollada que en Europa no se impone por sí
misma. Así que, preocupado por la mujer, no se junta con los
hombres; y justamente por eso, cuando tiene que afrontar a una
mujer se encuentra en posición inferior, le falta ese “estilo
masculino” que los hombres se forman entre sí. El no quiere
tanto encantarla por su propia belleza como conseguir la
belleza de ella. No la domina, sino que se deja dominar por
ella. La necesita y por eso debe adaptarse: mientras el joven
europeo va a decir a su compañera con autoridad y energía:
“iremos al cine”, el sudamericano dirá: “qué te parece,
querida, si vamos al cine”.
El europeo tratará de conseguir a
la chica luciendo su belleza masculina, su voluntad, su
energía, su fuerza. El criollo tratará más bien de satisfacer
los deseos de ella, de serle agradable. El europeo no temerá
tanto perder a la mujer porque toda la poesía de su vida no se
reduce a ella; el criollo, cuando pierde a “su chica” está
condenado a la soledad y no le queda otro remedio que sentarse
en un café y cambiar chistes con amigos que no siempre son
amigos de verdad.
Así sería... más o menos si nos
obstinásemos en pintar a la América en negros colores,
elogiando a la vieja, a la más madura Europa. No hay que
olvidar ni por un momento que todo lo que decimos tiene que
ser necesariamente un esquema, injusto y exagerado como todo
esquema de esa índole. Europa muy a menudo resulta tan bruta,
tan chata, tan viciosa y execrable, que la joven y fresca
América en realidad, no tiene mucho que envidiarle.
En todo
caso creemos que son justificadas las principales tesis de
esta nota: que el criollo cuida su belleza casi tanto como las
mujeres, es decir de modo algo afeminado; que por falta de
convivencia con los hombres carece hasta cierto punto de lo
que podríamos llamar el “estilo masculino”, y no siempre sabe
exteriorizar su natural virilidad en el trato con las mujeres;
y que, aunque siente profundamente la belleza y el encanto de
la mujer, todavía no llegó a sentir su propia
belleza.
Este artículo fue publicado en
la revista Viva 100 años (1945).
|