|
LOS MITOS
¿Queréis que entre el arrullo de mis brazos
tiemble el dormido corazón de Helena
como entre sus asiáticas murallas
y el vulnerable hijo de Peleo
otra vez en su lecho halle al amigo
por el que rugió hermoso? ¡Ay, quién pudiera
con su soplo alentar tales prodigios
y devolver la vida con su canto
a quienes se mostraron por la tierra
con tal deseo espléndido! Una aurora
puedo mecer en vuestros corazones
despertando la rosa en las mejillas
de aquellos hechos, dando a sus miradas
glaucos ojos y finas como liebres
piernas aventureras que recorran
con pasmo el verde mundo y, al regreso
de sus trabajos, bellos cual conquistas
de extraños soles, darles el acanto
como fresco cojín de sus placeres.
¿Mas debe el hombre transmitir el culto
de sus demencias? ¿Debe en sus delirios
arrancar de la nada los secretos
del caudaloso manantial antiguo
sobre el cual las voraces primaveras
desfilaron cual mármoles de sueño
su gentil pubertad? Aquellos seres,
aquellas enigmáticas hazañas,
aquel juego de dioses sometidos
a la gran seducción de nuestra muerte
y al efímero arder de nuestra carne,
sombras deslumbradoras eran antes
de sonar la verdad, pero unas voces
siguen viviendo ocultas en las blancas
médulas de los árboles, devueltas
a la naturaleza en que nacieron.
Y expiarán allí su eterno encanto,
transmitiendo al silencio sus gemidos
profundos, como de élitros que suenan,
ese informe clamor que a quien lo escucha
convierte en criatura inconsolable.
*********
de El convaleciente
recogido en Obra poética completa (vol.1),
Institución Alfonso el Magnánimo, Valencia, 1981.
Allí estaréis, en medio de los campos,
en los fríos picachos, en las dulces
colinas azulosas, en las tierras
donde el aire parece el compañero
más benigno del hombre y lo acompaña
cantándole al oído viejas trovas
de la región, en esos foscos nidos
de las piedras con trazas de perdices,
donde se oye la tórtola y saltando
cruza la hermosa liebre sonrosada,
allí estáis todavía en ese velo
envueltas de distancia. Es un suspiro,
algo más, una pena originaria,
una obsesión que nutre y enamora,
como un lento perfume que de niños
nos invadió una espléndida mañana
al beber de una fuente deliciosa
o esas aguas paradas sobre piedras
de pórfiro en que crecen unos juncos.
Allí estaréis en esas soleadas
horas de la cigarra en que los pinos
todos atravesados de espadines
de la luz, dan a la siesta del que pace
un murillesco sótano de gloria.
Felices los que pueden todavía
errar entre tus lumbres, como ungiendo
sus pies con el aroma que despiden
vuestras sabrosas hojas y lanzando
a los ámbitos gritos de tristeza,
llorar puedan al menos acogidos
en los frescos ramajes maternales.
Sus lágrimas se vierten sobre un vaso
que conoce el sabor de sus desvelos,
mas ¡ay! ¿quién puede aquí
al oír mis cantos
palpitar con un son desconocido?
Las
ilusiones con los poemas de El convaleciente, 1994.
EL
HEREDERO
Como
quien heredero se pasea
por una extraña finca que ahora es suya,
tal que no teme a nadie que lo excluya
de aquella propiedad, así parece
que
hay días en el hombre en que se acrece
una seguridad vital a cuya
gracia es inseparable que le huya
toda sombra indecisa; un genio orea
dentro
del pecho viñas y bondades
como colmada herencia, nubes, cosas,
que por los ojos pasan presurosas
a
hacerse nuestras: sueños, realidades...
Todo lo que es la nada y se extravía
sube hasta el corazón y se confía.
LO
INNOMBRABLE
¿Por
qué estoy hoy alegre?
Sin
motivo ninguno
oigo ascender por mí las acechanzas
de un fuego azul.
¿Sólo
por esto?
Hay,
también, lo invisible.
Nunca se sabe bien quién late dentro
de nuestra pervivencia.
No
es el amor, no estoy enamorado.
No es que tenga dinero ni esperanzas.
Ninguna novedad, ningún alivio
ha llamado a mi puerta.
Y
sin embargo es cierto, Oh certidumbre.
¿A
qué se deberá que esté hoy el aire
tan fresco y matinal?
¿Que el color de la vida se me ofrezca
lleno de persuasión? ¿A qué secreto?
¿O
tal vez a qué causa imprevisible?
Porque
secreto no.
Todo está dicho ya.
Todo más que sabido.
La
juventud se fue como un aroma
que impregnó cuanto somos.
Como
un frasco vacío y transparente:
ya no queda secreto.
Ya
no queda de mí más que esta idea
desnuda de la dicha,
la
posesión del ser sin exigencias,
este
frasco vacío,
esta felicidad.
Algo
tan quebradizo y duro en cambio
que más vale callar sobre su alcance.
Una
sola palabra bastaría
a disiparlo entero.
Refinamiento del campo
Las piedras colocadas sobre piedras y encima de ese muro primitivo algún olivo blanco. No sé por qué será que ciertas cosas que apenas dicen nada, que bien analizadas no son cosas dignas de nada, causan sobre mi ánimo un influjo de inextinguible paz. Se diría que siento mis raíces dentro de esos contornos depurados que no son nada, dentro de esa vejez de una humildad tan firme cual si una incitación muy familiar me retuviera allí. Algo como una voz que me dijera de dentro de mí mismo : esta
fe encantadora es la pobreza.
Los caballos
Nacidos como Venus de las ondas
del mar, ¡oh victoriosas criaturas!,
engalanáis la vida cual la mujer,
regalo como ella sois del hombre.
Vuestros largos cabellos van diciendo
el raro parentesco de las aguas
y como la sonrisa por la tierra
lucís la vanidad, cual si supierais
que hombre y mujer os rinden sus amores
con el mismo arrebato. La leyenda
y la historia pobláis con el relincho
grato a la dulce entrega de la vida
y nadie que no sepa de rencores
deja de oír el trote placentero
sin volver a miraros la belleza.
El heleno adoraba entre sus dioses
tu pecho blanco, el árabe con cintas
uncía tu destino a sus placeres
y un joven loco puso su corona
sobre el agreste fuego de tus ojos.
¿Qué pájaro o que flor han despertado
esta humana demencia? Los corceles
dueños son de un encanto misterioso
que nubla el alma y llévala consigo
tras galopantes vértigos al fondo
de la naturaleza. ¡Bellos seres
del brío y la indolencia soberanas!
Cuando os veo pasar sobre tobillos
de marfil, la energía es una gracia,
me digo, y domar los caballos
la tentación del hombre a quien espanta
esa gran libertad.
Himno al ocio
A veces cuando escucho de la sangre
este claro rumor, cuando a mis labios
fluye el ocio su oscura caballera
como por una brisa sacudida
por los mismos latidos de mi pecho
y en esa tan divina intrascendencia
un ser real, viviente, entre mis brazos
paréceme tener, como en los ríos
las tendidas laderas cuando sienten
pasar una presencia inagotable,
háblole como amigo de la dicha
mensajero de paso por la tierra
que ha doblado sus alas y descansa
su pulmón de ventura en torno nuestro:
fluye amoroso campo de la vida,
fluye amor tu tesoro manifiesto,
fluid, fluid, hermosas estaciones,
los racimos, los frutos y las nieblas
tras de las que se ocultan en otoño
los frescos manantiales de la gracia.
Fluye tiempo tu canto melodioso
con tus breves espinas en los dedos,
y tú melancolía y tú tristeza,
cual pájaros oscuros que trinando
hablan de Dios, fluid de la espesura,
mientras duerme el mancebo aquí en mi cuerpo
su poderosa noche. Fluya en tanto
la prohibida selva que lo mece
y haga visible el viento la pureza
de mis instintos dueños ya del orbe.
El está en mí me tiene coronado
con su lánguida estela de laureles
y oye dormido el paso de la vida
en un humano corazón dichoso.
Silencioso rebelde entre murallas,
rápido es su temblor y su cansancio;
pronto levantará su cabellera
taciturna de hastío, y lentamente
volará hacia las nubes y en cenizas
anegará mis labios, como un vino
de hiel se torna un dios cuando no ama.
Paraíso perdido entre sus brazos
que cual alas me nimban, id fluyendo
deleites de los ojos, primaveras
de errante paso antiguo, latitudes
de lejanas nostalgias y columnas
dulcemente quebradas por el viento:
levantad la cabeza como flores
mientras lícito goce nos depara
el fatigado dueño de las cosas.
Racimos ya cuajados rompen vedas
Racimos ya cuajados rompen vedas
forestas dando salvas cazadores
codorniz en ventana ¡dormidores!
acogedla en los cotos de las sedas.
¡Plumas infaustas viento no las cedas!
tropel madrugador de sumidores
pulcros caños en pos de voladores
venas del aire esparcen por veredas.
Tú mi caza mayor, azul de vuelo,
ni sola pieza en busca salgo al día,
mi pájaro feliz, mi tordo amargo,
cerca me pasas, cerca te veía,
mas no quise tu sangre aciago duelo,
y oprimido dejé pasaras largo.
|