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«Vivir es lo más
íntimo.
Es sentir en la piel esa
caricia
del aire circundante. Estar
despierto.
Despierto de la muerte?»
Evoco necesariamente
estos versos en la desaparición de Juan Gil-Albert, creador con
el que llené un tiempo de lecturas y un tiempo de amistad, algo
que he podido contar a veces como un descubrimiento personal, repleto de
recorridos, versos, crónicas, fragmentos, retazos de conversación
que ahora ya son recuerdos? hasta un último encuentro en el que
el autor ya no encontraba ninguna memoria para localizarme.
Juan Gil-Albert ha
tenido algo de superviviente de sí mismo, de un cuerpo que se agotaba
con todos los estragos imparables de la edad. En un último encuentro
de hace dos años y medio, sobrevivía con la dignidad rotunda
que siempre le acompañó, porque en el terreno personal será
la dignidad la imagen que Juan siempre llevó consigo: en los años
de la República y la guerra civil; en el exilio americano; en el
«exilio interior»; en su reconocimiento de los años
70; en su actividad pública de los años 80?
En el espacio literario
será quizá la profunda novedad de su obra la que habrá
de seguir destacando. Y su escritura incansable, como devoción y
sentido último para la vida, de alguien que supo muy pronto que
era escritor.
Un dato sobre la novedad
parece digno de destacar: en 1974 cobró nueva dimensión un
escritor que llevaba publicando desde casi cincuenta años antes,
desde 1927. Juan tenía setenta años y recuperaban entonces
su obra creadores que intentaban representar una nueva estética:
Jaime Gil de Biedma, o Guillermo Carnero, o Jaime Siles, por citar casos
diversos y extremos de aquella recuperación, apostaron decididamente
por aquella voz que una historia lamentable ?la nuestra- había mantenido
en sordina muchos años: «Crónica general», «Los
días están contados», y «Valentín plantearon
en 1974» -como dos años antes lo había hecho la antología
poética «Fuentes de la constancia»- la existencia de
un escritor extraño, cuya estética, basada en la memoria,
la cultura y la sensibilidad, era leída como actual en el marco
de la transformación que se estaba operando en nuestra literatura.
La historia que siguió
a 1974 es la de un merecido reconocimiento que convirtió en protagonista
cultural a un poeta solitario. Para Juan Gil-Albert ha sido una historia
cansada, pero grata. En medio de ella aparecieron también otros
libros esenciales, como «Homenajes e Impromptus» (1976), «Breviarium
vitae» (1979), «Los arcángeles» (1981), «España:
empeño de una ficción» (1984), y «Tobeyo»
(1990). Los quince volúmenes publicados ?hasta el momento- de su
«Obra completa» atestiguan, junto a su trabajo incansable de
escritor, la belleza de una obra «de rara originalidad entre nosotros»,
como la calificó una vez Jorge Guillén.
Recordar la serena
meditación ante la muerte que aparece en su obra nos puede servir
como recuerdo último de este escritor ejemplar. En sus fragmentos,
y en su poesía, la muerte apareció como el final que da sentido
a la vida, hasta el punto de escribir en su «Breviarium vitae»
que: «De no existir la muerte la vida no sería vida, sería
otra cosa; lo que hace que la vida sea lo que es, tal como la vivimos,
la gozamos y la sufrimos es, precisamente, la muerte, su presencia efectiva.
La muerte no es una negación; es, por así decirlo, una propiedad
de la vida que si no le da el ser, en cambio sí el sentido, el drama
del ser. Suprimid la muerte de nuestro horizonte y la sensación
de un vacío insoportable nos sobrecoge; reponedla en su lugar y
cada segundo se nos llena, de nuevo, de angustia; de angustia, de placer,
de deseo. En una palabra, de vida». En último extremo, con
serenidad, podremos repetirnos ahora mismo con el poeta que:
«Nadie acierta a vivir
mientras no cumple
la pavorosa deuda contraída».
Diario Información,
5 de julio de 1994
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