1904  -  1994

 

 

 

 AL CUMPLIR «LA PAVOROSA DEUDA CONTRAÍDA»

por José Carlos Rovira 


 


«Vivir es lo más íntimo. 
Es sentir en la piel esa caricia 
del aire circundante. Estar despierto. 
Despierto de la muerte?» 

Evoco necesariamente estos versos en la desaparición de Juan Gil-Albert, creador con el que llené un tiempo de lecturas y un tiempo de amistad, algo que he podido contar a veces como un descubrimiento personal, repleto de recorridos, versos, crónicas, fragmentos, retazos de conversación que ahora ya son recuerdos? hasta un último encuentro en el que el autor ya no encontraba ninguna memoria para localizarme. 

 Juan Gil-Albert ha tenido algo de superviviente de sí mismo, de un cuerpo que se agotaba con todos los estragos imparables de la edad. En un último encuentro de hace dos años y medio, sobrevivía con la dignidad rotunda que siempre le acompañó, porque en el terreno personal será la dignidad la imagen que Juan siempre llevó consigo: en los años de la República y la guerra civil; en el exilio americano; en el «exilio interior»; en su reconocimiento de los años 70; en su actividad pública de los años 80? 

 En el espacio literario será quizá la profunda novedad de su obra la que habrá de seguir destacando. Y su escritura incansable, como devoción y sentido último para la vida, de alguien que supo muy pronto que era escritor. 

 Un dato sobre la novedad  parece digno de destacar: en 1974 cobró nueva dimensión un escritor que llevaba publicando desde casi cincuenta años antes, desde 1927. Juan tenía setenta años y recuperaban entonces su obra creadores que intentaban representar una nueva estética: Jaime Gil de Biedma, o Guillermo Carnero, o Jaime Siles, por citar casos diversos y extremos de aquella recuperación, apostaron decididamente por aquella voz que una historia lamentable ?la nuestra- había mantenido en sordina muchos años: «Crónica general», «Los días están contados», y «Valentín plantearon en 1974» -como dos años antes lo había hecho la antología poética «Fuentes de la constancia»- la existencia de un escritor extraño, cuya estética, basada en la memoria, la cultura y la sensibilidad, era leída como actual en el marco de la transformación que se estaba operando en nuestra literatura. 

 La historia que siguió a 1974 es la de un merecido reconocimiento que convirtió en protagonista cultural a un poeta solitario. Para Juan Gil-Albert ha sido una historia cansada, pero grata. En medio de ella aparecieron también otros libros esenciales, como «Homenajes e Impromptus» (1976), «Breviarium vitae» (1979), «Los arcángeles» (1981), «España: empeño de una ficción» (1984), y «Tobeyo» (1990). Los quince volúmenes publicados ?hasta el momento- de su «Obra completa» atestiguan, junto a su trabajo incansable de escritor, la belleza de una obra «de rara originalidad entre nosotros», como la calificó una vez Jorge Guillén. 

 Recordar la serena meditación ante la muerte que aparece en su obra nos puede servir como recuerdo último de este escritor ejemplar. En sus fragmentos, y en su poesía, la muerte apareció como el final que da sentido a la vida, hasta el punto de escribir en su «Breviarium vitae» que: «De no existir la muerte la vida no sería vida, sería otra cosa; lo que hace que la vida sea lo que es, tal como la vivimos, la gozamos y la sufrimos es, precisamente, la muerte, su presencia efectiva. La muerte no es una negación; es, por así decirlo, una propiedad de la vida que si no le da el ser, en cambio sí el sentido, el drama del ser. Suprimid la muerte de nuestro horizonte y la sensación de un vacío insoportable nos sobrecoge; reponedla en su lugar y cada segundo se nos llena, de nuevo, de angustia; de angustia, de placer, de deseo. En una palabra, de vida». En último extremo, con serenidad, podremos repetirnos ahora mismo con el poeta que: 

«Nadie acierta a vivir mientras no cumple 
la pavorosa deuda contraída». 
  


Diario Información, 5 de julio de 1994