Máscaras de Oscar Wilde

por André Gide

Aquellos que no se aproximaron a Wilde hasta los últimos tiempos de su vida apenas imaginan, a través del ser débil, derrotado, que la cárcel nos había devuelto, al ser prodigioso que era al principio. Fue en el 91 cuando coincidí con él por primera vez. Wilde poseía entonces lo que Thackeray llama "el don fundamental de los grandes hombres": el éxito. Su ademán, su mirada exultaban. Su éxito era tan seguro que parecía preceder a Wilde y que éste no tenía sino que ir avanzando tras él. Sus libros asombraban, encantaban. Sus obras teatrales hacían correr a todo Londres. Era rico, era grande; era hermoso; estaba colmado de dichas y de honores. Unos lo comparaban a un Baco asiático; otros a algún emperador romano; y otros aun al mismo Apolo... y la verdad es que resplandecía.

En cuanto llegó a París, su nombre corrió de boca en boca; sobre él se contaban anécdotas absurdas: Wilde sólo era todavía alguien que fumaba cigarrillos con boquilla de oro y que se paseaba por las calles con una flor de girasol en la mano. Porque, hábil para engatusar a quienes cimentaban la gloria mundana, Wilde había sabido crear, a modo de fachada de su auténtica personalidad, un divertido fantasma, que él interpretaba con ingenio.

Oí hablar de él en casa de Mallarmé: lo pintaban como un conversador brillante, y yo deseaba conocerlo, aunque sin pensar conseguirlo. Una feliz casualidad vino en mi ayuda o, mejor dicho, un amigo, a quien yo había expuesto mi deseo. Wilde fue invitado a cenar. En un restaurante. Eramos cuatro, pero Wilde fue el único que habló. Wilde no conversaba: contaba. Durante casi toda la comida no paró de contar. Contaba despacio, lentamente; su misma voz era maravillosa. Sabía admirablemente el francés, pero fingía buscar un poco las palabras que deseaba hacer esperar. Casi no tenía acento, salvo el que le gustaba conservar y que podía imprimir a las palabras un matiz nuevo y a la vez exótico. Pronunciaba, voluntariamente, skepticisme por scepticisme... Los cuentos que aquella noche nos narró interminablemente eran confusos y no de los mejores de entre los suyos; Wilde, inseguro de nosotros, nos tanteaba. De su sabiduría o bien de su locura, jamás ofrecía sino aquello que él suponía podía gustar al oyente; servía a cada cual el pienso, según su apetito; los que nada esperaban de él, nada obtenían, salvo un poco de espuma ligera; y, como ante todo se preocupaba de divertir, muchos de aquellos que creyeron conocerle sólo conocieron de él al hombre divertido.

Concluida la cena, salimos. Como mis dos amigos caminaran juntos, Wilde me cogió aparte.

-Escucha usted con los ojos -me dijo con cierta brusquedad-; he aquí por qué voy a contarle esta historia. Cuando murió Narciso; las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarle. "¡Oh!", les respondió el río, "aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo le amaba". "¡Oh!", prosiguieron las flores de los campos, "¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso". "¿Era hermoso?", dijo el río. "¿Y quién mejor que tú para saberlo?", dijeron las flores. "Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza..." Wilde se detuvo un instante...

-"Si yo le amaba", respondió el río, "es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas".

Después Wilde, pavoneándose con una singular carcajada, añadió:

-Esta historia se llama El discípulo.

Habíamos llegado ante su puerta y le dejamos. Me invitó a verle de nuevo. Aquel año y el año siguiente le vi con frecuencia y en todas partes.

Ante los demás, ya lo he dicho, Wilde mostraba una máscara engañosa, hecha para asombrar, divertir o, a veces, para exasperar. Jamás escuchaba y apenas prestaba atención a un pensamiento que no fuera el suyo. A partir del momento en que no brillaba él solo, se eclipsaba. Unicamente se le reencontraba estando a solas con él.

Pero, apenas a solas, comenzaba:

-¿Qué ha hecho usted desde ayer?

Y, como entonces mi vida transcurría sin sorpresas, el relato que yo pudiera hacer no presentaba ningún interés. Yo repetía dócilmente hechos nimios, observando, mientras hablaba, ensombrecerse la frente de Wilde.

-¿Verdaderamente es eso lo que ha hecho usted?

-Sí, respondía yo.

-¡Y lo que dice es cierto!

-Sí, muy cierto.

-Pues, entonces, ¿a qué repetirlo? Dese usted cuenta: no es en absoluto interesante. Comprenda que existen dos mundos: el que existe sin que se hable de él, y que llamamos mundo real porque no hay necesidad alguna de hablar de él para verlo. Y el otro, el mundo del arte; de éste es del que hay que hablar, porque de lo contrario no existiría.

"Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían: "Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?" El explicaba: "He visto en el bosque a un fauno que tenía la flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos". "Sigue contando, ¿qué más has visto?, decían los hombres. "Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro". Y los hombres le apreciaban porque les contaba historias.

"Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía la flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron: "Vamos, cuenta: ¿qué has visto?" El respondió: "No he visto nada".

Wilde se calló un momento, dejando que el cuento me hiciera su efecto; después continuó:

-No me gustan sus labios: son rectos, como los de alguien que jamás ha mentido. Quiero enseñarle a mentir, para que sus labios se vuelvan bellos y sinuosos como los de una máscara antigua.

"¿Sabe usted qué es lo que hace a la obra de arte y qué es lo que hace a la obra de la naturaleza? ¿Sabe usted en qué consiste la diferencia? Porque, al fin y al cabo, la flor del narciso es tan bella como una obra de arte... y lo que las distingue no puede ser la belleza. ¿Sabe usted qué es lo que las distingue? La obra de arte es siempre única. La naturaleza, que no hace nada perdurable, se repite siempre, a fin de que nada de lo que ella hace se pierda. Hay muchas flores de narciso; he ahí por qué cada una de ellas puede vivir sólo un día. Y cada vez que la naturaleza inventa una forma nueva, la repite enseguida. Un monstruo marino en un mar sabe que en otro mar hay otro monstruo marino: su semejante. Cuando, en la historia, Dios crea un Nerón, un Borgia o un Napoleón, pone otro junto a él, poco importa que no se le conozca, lo importante es que uno prospere, porque Dios inventa al hombre, y el hombre inventa la obra de arte."

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO Volver a biografía