Aquellos que no se
aproximaron a Wilde hasta los últimos tiempos de su vida apenas imaginan,
a través del ser débil, derrotado, que la cárcel nos había devuelto, al
ser prodigioso que era al principio. Fue en el 91 cuando coincidí con él
por primera vez. Wilde poseía entonces lo que Thackeray llama "el don
fundamental de los grandes hombres": el éxito. Su ademán, su mirada
exultaban. Su éxito era tan seguro que parecía preceder a Wilde y que éste
no tenía sino que ir avanzando tras él. Sus libros asombraban, encantaban.
Sus obras teatrales hacían correr a todo Londres. Era rico, era grande;
era hermoso; estaba colmado de dichas y de honores. Unos lo comparaban a
un Baco asiático; otros a algún emperador romano; y otros aun al mismo
Apolo... y la verdad es que resplandecía.
En cuanto llegó a París, su nombre corrió de boca en boca; sobre él se
contaban anécdotas absurdas: Wilde sólo era todavía alguien que fumaba
cigarrillos con boquilla de oro y que se paseaba por las calles con una
flor de girasol en la mano. Porque, hábil para engatusar a quienes
cimentaban la gloria mundana, Wilde había sabido crear, a modo de fachada
de su auténtica personalidad, un divertido fantasma, que él interpretaba
con ingenio.
Oí hablar de él en casa de Mallarmé: lo pintaban como un conversador
brillante, y yo deseaba conocerlo, aunque sin pensar conseguirlo. Una
feliz casualidad vino en mi ayuda o, mejor dicho, un amigo, a quien yo
había expuesto mi deseo. Wilde fue invitado a cenar. En un restaurante.
Eramos cuatro, pero Wilde fue el único que habló. Wilde no conversaba:
contaba. Durante casi toda la comida no paró de contar. Contaba despacio,
lentamente; su misma voz era maravillosa. Sabía admirablemente el francés,
pero fingía buscar un poco las palabras que deseaba hacer esperar. Casi no
tenía acento, salvo el que le gustaba conservar y que podía imprimir a las
palabras un matiz nuevo y a la vez exótico. Pronunciaba, voluntariamente,
skepticisme por scepticisme... Los cuentos que aquella noche nos narró
interminablemente eran confusos y no de los mejores de entre los suyos;
Wilde, inseguro de nosotros, nos tanteaba. De su sabiduría o bien de su
locura, jamás ofrecía sino aquello que él suponía podía gustar al oyente;
servía a cada cual el pienso, según su apetito; los que nada esperaban de
él, nada obtenían, salvo un poco de espuma ligera; y, como ante todo se
preocupaba de divertir, muchos de aquellos que creyeron conocerle sólo
conocieron de él al hombre divertido.
Concluida la cena, salimos. Como mis dos amigos caminaran juntos, Wilde
me cogió aparte.
-Escucha usted con los ojos -me dijo con cierta brusquedad-; he aquí
por qué voy a contarle esta historia. Cuando murió Narciso; las flores de
los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para
llorarle. "¡Oh!", les respondió el río, "aun cuando todas mis gotas de
agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo
mismo a Narciso: yo le amaba". "¡Oh!", prosiguieron las flores de los
campos, "¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso". "¿Era hermoso?",
dijo el río. "¿Y quién mejor que tú para saberlo?", dijeron las flores.
"Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su
belleza..." Wilde se detuvo un instante...
-"Si yo le amaba", respondió el río, "es porque, cuando se inclinaba
sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas".
Después Wilde, pavoneándose con una singular carcajada, añadió:
-Esta historia se llama El discípulo.
Habíamos llegado ante su puerta y le dejamos. Me invitó a verle de
nuevo. Aquel año y el año siguiente le vi con frecuencia y en todas
partes.
Ante los demás, ya lo he dicho, Wilde mostraba una máscara engañosa,
hecha para asombrar, divertir o, a veces, para exasperar. Jamás escuchaba
y apenas prestaba atención a un pensamiento que no fuera el suyo. A partir
del momento en que no brillaba él solo, se eclipsaba. Unicamente se le
reencontraba estando a solas con él.
Pero, apenas a solas, comenzaba:
-¿Qué ha hecho usted desde ayer?
Y, como entonces mi vida transcurría sin sorpresas, el relato que yo
pudiera hacer no presentaba ningún interés. Yo repetía dócilmente hechos
nimios, observando, mientras hablaba, ensombrecerse la frente de Wilde.
-¿Verdaderamente es eso lo que ha hecho usted?
-Sí, respondía yo.
-¡Y lo que dice es cierto!
-Sí, muy cierto.
-Pues, entonces, ¿a qué repetirlo? Dese usted cuenta: no es en absoluto
interesante. Comprenda que existen dos mundos: el que existe sin que se
hable de él, y que llamamos mundo real porque no hay necesidad alguna de
hablar de él para verlo. Y el otro, el mundo del arte; de éste es del que
hay que hablar, porque de lo contrario no existiría.
"Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba
historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las
noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día,
se reunían a su alrededor y le decían: "Vamos, cuenta, ¿qué has visto
hoy?" El explicaba: "He visto en el bosque a un fauno que tenía la flauta
y que obligaba a danzar a un corro de silvanos". "Sigue contando, ¿qué más
has visto?, decían los hombres. "Al llegar a la orilla del mar he visto,
al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con
un peine de oro". Y los hombres le apreciaban porque les contaba
historias.
"Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a
la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al
filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y,
como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que
tañía la flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche, cuando regresó
a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron: "Vamos, cuenta: ¿qué
has visto?" El respondió: "No he visto nada".
Wilde se calló un momento, dejando que el cuento me hiciera su efecto;
después continuó:
-No me gustan sus labios: son rectos, como los de alguien que jamás ha
mentido. Quiero enseñarle a mentir, para que sus labios se vuelvan bellos
y sinuosos como los de una máscara antigua.
"¿Sabe usted qué es lo que hace a la obra de arte y qué es lo que hace
a la obra de la naturaleza? ¿Sabe usted en qué consiste la diferencia?
Porque, al fin y al cabo, la flor del narciso es tan bella como una obra
de arte... y lo que las distingue no puede ser la belleza. ¿Sabe usted qué
es lo que las distingue? La obra de arte es siempre única. La naturaleza,
que no hace nada perdurable, se repite siempre, a fin de que nada de lo
que ella hace se pierda. Hay muchas flores de narciso; he ahí por qué cada
una de ellas puede vivir sólo un día. Y cada vez que la naturaleza inventa
una forma nueva, la repite enseguida. Un monstruo marino en un mar sabe
que en otro mar hay otro monstruo marino: su semejante. Cuando, en la
historia, Dios crea un Nerón, un Borgia o un Napoleón, pone otro junto a
él, poco importa que no se le conozca, lo importante es que uno prospere,
porque Dios inventa al hombre, y el hombre inventa la obra de arte."