Abrumado
entre ambas, Gide solía fingir crisis nerviosas, en medio de las cuales
se retorcía y sollozaba: "¡ Oh, sufro tanto! ¡ Sufro
tanto!". Para apaciguarlo, su madre lo llevó al campo, razón por
la cual, durante algún tiempo, su educación fue fragmentaria e
intermitente.
En
Normandía, conoció a su Emmanue'le Rondeaux, una muchacha de belleza
pre-rafaelista a la que amó con fervor religioso jurándose a sí mismo
consagrarle su existencia y protegerla contra el temor, contra el mal y
contra la vida".
Bajo la
inspiración de aquel amor se dedicó, por un tiempo, a dormir sobre una
tabla rasa, a bañarse en agua helada al amanecer y practicar oraciones
nocturnas. Era una forma de intentar apaciguar sus sentimientos y
tendencias homosexuales.
Más
tarde, ingresó nuevamente a la Ecole Alsacienne y, por aquel mismo
período, conoció a Pierre Loúys, encuentro que ejerció profunda
influencia en su vida. Era la época del auge de los Simbolistas, grupo
del que Gide fue en un comienzo miembro entusiasta.
A los
dieciocho años, escribió su primer libro "Les Cahiers d'André
Walter", que apareció anónimamente (1891) como la obra póstuma
de André Walter.
La obra
despertó escaso interés entre el público, pero llamó la atención de
Marcel Schwob, de Rémy de Gourmont, Maurice Barrés y Maurice
Maeterlinck.
Este
último, sin darse cuenta de la farsa, declaró, en cierta ocasión, que
André Walter, al que creía realmente muerto, era su autor
predilecto.
Por
aquella época también, amenazado de tuberculosis y confrontado por
su "problema" sexual en pugna con los principios de su
educación protestante, Gide resolvió embarcarse para Túnez.
De aquel
episodio cuenta en su autobiografía: "Entré inmediatamente
después de la publicación de mi "Cahiers" en el periodo más
confuso de mi vida, selva oscura de la que no me desprendí sino a raíz
de mi partida, con Paul Albert Laurens, para el Africa...".
Y agrega:
"¿A nombre de qué Dios, de qué idea me impedís vivir según mi
naturaleza? Y esta naturaleza ¿a dónde me arrastraría si yo
simplemente la siguiera?"...
En Biskra,
en medio del desierto quemante y durante una milagrosa convalecencia,
descubrió la verdadera naturaleza de su "anormalidad",
respecto de la cual se explayó más tarde en una carta dirigida a
Claudel, el 7 de marzo de 1914: "Nunca he experimentado deseo
delante de la mujer y la gran tristeza de mi vi4a es que el más
constante amor, el más prolongado, el más vivo no haya podido ser
acompañado de nada de lo que de ordinario le precede. Parecía, por el
contrario, que el amor impidiera en mí el deseo" ("Figaro
Littéraire", noviembre, 49).
Aquel
viaje, que lo puso en contacto con nuevas razas y religiones, ejerció
una profunda influencia en su vida y en sus obras. El aire de los
salones de París se había tornado sofocante para él, como asimismo
las teorías de los Simbolistas. A partir de "Paludes , especie de
farsa, publicada en 1895, rompió con el Simbolismo y sus
representantes.
En 1885,
Gide regresó precipitadamente a París, junto a la cabecera de su madre
moribunda, de la que heredó una gran fortuna, incluyendo un castillo en
La Rocque-Baignard.
Otros dos
acontecimientos importantes se produjeron a su regreso: contrajo
matrimonio, el 8 de octubre de 1895, con su prima Emmanuéle ("Ella
era el cielo que mi insaciable infierno desposó") y se encontró
en pleno escándalo del proceso de Oscar Wilde, a quien había conocido
durante sus viajes por el Africa e Italia y de cuyo lado se colocó
valientemente, contra Lord Alfred Douglas, por el cual sintió siempre
una violenta antipatía.
"El
infame libro de Lord Alfred Douglas, titulado "Oscar Wilde y
yo", escribió Gide en su autobiografía, "es una desviación
demasiado descarada de la verdad para que yo pueda experimentar
escrúpulos en decir esta verdad ahora y, puesto que el destino quiso
que mi sendero se cruzara con el de Wilde en aquel momento de nuestras
vidas, siento que es mi deber dar mi testimonio".
El
testimonio que Gide dio, fue el de sus relaciones con Wilde y con Lord
Douglas y el de ambos entre sí. A raíz de la publicación de "Si
le Grain ne Meurt..." (1920), Sir Edmond Gosse, que había
publicado, en 1909, el primer estudio sobre Gide, en inglés, le
escribió profundamente consternado ante el escándalo.
Gide
replicó con un articulo en "La Nouvelle Revue Française":
"¿ Por qué he escrito este libro? Porque he creído que debía
hacerlo... Tal vez la causa esté en mi educación protestante... Siento
horror por la mentira".
Al margen
de su autobiografía, Gide comenzó a publicar, a partir de 1889, los
diversos volúmenes de su "jornal", que abarcan las siguientes
etapas: "1889-1912; 1913-22; 1923-31, 1932-39, y 1931-42". En
ellos habló de sí mismo, de sus obras, y emitió juicios sobre sus
amigos y otros escritores. He aquí algunas observaciones típicas:
"Wilde no me ha hecho sino mal".
O bien:
"Stendhal no lía constituido jamás para mí un alimento". O
"Con Roger Martin du Gard puedo actuar al natural. No existe
persona hoy día cuya presencia me sea más confortable".
O bien
anota sus impresiones musicales. En su adolescencia Gide pensó ser
pianista y se lamenta después de mencionar una tarde pasada al piano:
"Excelente estudio de piano. ¡ Ah! ¡ Si solamente yo hubiera sido
mejor aconsejado, guiado, sostenido, obligado en mi
juventud!".
En 1897,
Gide publicó uno de sus libros fundamentales, "Les Nourritures
Terrestres" (Los Alimentos Terrestres), que lo convirtió en el
mentor espiritual de su generación y al que siguió su novela "L'Inmoraliste"
(El Inmoralista), en que plantea un caso de conciencia similar al que
él mismo resolvió durante su permanencia en Africa.
En la época de su
aparición, la obra fue un fracaso y Gide, descorazonado, pensó dejar
la literatura. Pero, con motivo de una crítica entusiasta de Gustave
Mirbeau, escribió "La Porte Etroite" (La Puerta Estrecha,
1909), un estudio sobre la renunciación que Edmond Gosse ha calificado
como "un penetrante análisis de la falla y estrechez psicológica
moral del Protestantismo".
Siguieron otras dos novelas, "Isabelle"
y "Les Caves du Vatican" (Las Cuevas del Vaticano), curioso
relato publicado en vísperas de la Primera Guerra Europea y que
contiene un tema anticlerical y satírico: una banda de rufianes ha
echado a correr el rumor de que el Papa ha sido raptado por los masones
y encerrado en el castillo de San Angelo, mientras un falso Papa ha
ocupado el trono pontificio.
Un católico fervoroso e ingenuo llamado
Amédée Fleurissoire decide ir a investigar el asunto a Roma, pero no
llega nunca a su destino. En el tren encuentra a un anarquista llamado
Lafcadio, quien, decidido a realizar su teoría del "acto
gratuito" y sin provocación alguna de parte de Amédée, lo arroja
por la ventanilla del tren.
Durante los años del conflicto, Gide, que
aprendió inglés a los cuarenta años, dedicó gran parte de su tiempo
a realizar traducciones dé este idioma, comenzando por aquella época
su célebre versión de "Hamlet", que concluyó treinta años
después, a instancias de su amigo el actor Jean-Louis Barrault, quien
la puso en escena en 1947, casi simultáneamente con la adaptación,
también hecha por Gide, de "El Proceso", de Kafka.
En 1919
publicó "Symphonie Pastorale", llevada al cinematógrafo y
premiada con el Gran Premio del Festival de Cannes, en 1946. En 1925
apareció "Les Faux-Monnayeurs", una de sus novelas más
importantes, cuyo héroe es un novelista que está escribiendo una
novela que lleva el título de la de Gide, y que describe todo lo que
veo, todo lo que sé, todo lo que las vidas de los demás y la mía
propia me enseñan". 
En ella figuran homosexuales, rufianes y
adúlteras. Entretanto, además de sus novelas, traducciones y ensayos,
Gide había abordado también el teatro. Su primer drama fue
"Saúl", escrito en 1898, pero estrenado veinticuatro anos
después.
Lo siguieron "Le Roi Candaule" y "CEdipe",
estrenado en 1932, en el Palais de Beaux Arts de Bruselas, por Georges
Ludmila Pitoëff.
Entre su nutrida bibliografía de antes de la Segunda
Guerra Mundial figuran además: "Nouvelles Nourritures"
(Nuevos Alimentos), "Le Retour de L'Enfant Prodigue" (El
Retorno del Hijo Pródigo) y la trilogía comprendida por "L'Ecole
de Femmes" (La Escuela de las Mujeres), en que describe el proceso
psicológico de una mujer que se casa enamorada y a la cual el
matrimonio revela la verdadera naturaleza del hombre al que ha unido su
vida; "Robert" que describe el punto de vista del marido, y
"Geneviève" , que prosigue la historia de la hija de aquel
matrimonio quien, al ver el fracaso de la unión de sus padres, resuelve
liberarse de los prejuicios sociales y vivir libremente su vida.
Cada
nueva obra de Gide constituía, inevitablemente, un acontecimiento
literario seguido de escándalo. Cuando en 1924 Heny Massi lo acusó de
corromper la moral pública, Gide respondió con cl canmpanazo de "Corydon",
en que gritó al mundo la naturaleza de su "anormalidad".
Después
fue su conversión al Comunismo, hacia el cual había comenzado a
manifestar simpatías en las p1anas de su "Diario" (1934) y
que justificó durante una entrevista con Pierre Quint, diciendo:
"Yo no he cambiado de dirección: continúo adelante, pero ahora
dirijo mis pasos hacia un fin".
En el verano de 1936, realizó un
viaje a la Unión Soviética en compañía de Pierre Herbert, Eugéne
Dabit y Jef Rast, del cual regresó formulando el más espectacular
reniego del Comunismo hecho por un intelectual en el período
comprendido entre las dos grandes guerras: su discutido y debatido
"Retour de l' U. R. S.S." (1937), que provocó violentas
polémicas entre comunistas y anticomunistas e hizo decir a Emmanuel
Berí: "Este libro, admirablemente honrado, causará, sin duda,
gran alegría en las almas de los Fariseos que son precisamente aquellos
que Gide más odia". Para responder a los ataques provocados por
esta obra, Gide publicó a continuación "Retouches a' mon voyage
en l'U.R.S.S."
En compañía de Pierre llerbart regresó al Africa
en 1938, y en el verano de aquel mismo año perdió a su mujer, de quien
le quedó una hija, Catherine, casada con Jean Lambert. Durante la
Segunda Guerra Mundial Gide residió en la zona libre de Francia, donde
escribió sus "Interviews Imaginaires" (1942).
En el momento
de la derrota fue mal visto en su patria, pues se lo acusó de haber
formado moralmente a la generación de los derrotados. El 4 de mayo de
1942 se dirigió a Túnez y ah" permaneció hasta después del
desembarco aliado. En una de las páginas de su "Diario"
correspondiente a aquella etapa definió su actitud política: "Rafu
trató de convencerme del papel importante que yo estaba llamado a
desempeñar y que sólo 'yo estoy en situación de acometer.
Creo que
está equivocado, tanto respecto de mí como de la influencia que yo
pueda ejercer con mi palabra. Aun si no estuviera tan cansado, no me
sentiría llamado a desempeñar ninguna actividad política, sea la que
fuere.
No sólo no veo lo bastante claro en los entretelones de nuestra
desunión, sino que tampoco tengo ningún plan que proponer para llegar
a algún acuerdo basado seguramente en la justicia. No podría hablar
con franqueza sin violentar mi pensamiento. En cuanto a la lucha que se
avecina, no puedo ni tomaré parte en ella. Temo que, por mucho tiempo,
Francia estará rencorosamente dividida... Y en verdad, no veo qué
declaración podría hacer que, si soy sincero, no resulte desagradable
para todos los partidos".
De regreso en París, donde murió el 19
de febrer9 de 1951, como previniendo su próximo fin, Gide desarrolló
una intensa labor literaria. A los volúmenes mencionados de su "Journal",
se agregaron: "Thésée" (44), especie de alegoría, en prosa,
en que relató la historia de Teseo, el fundador de Atenas y que el
crítico inglés' John Russel describió como un "tour de force
gramatical"; "Attendu que..." (Aguardando que...); "jeunesse"
(Juventud); "Le Retour" (El Retorno); "Souvenirs
Littéraires et Probléme Actuels" (Recuerdos Literarios y
Problemas Actuales); "Feuillets" (Hojas); "En decouvrant
Henri Michaux" (Descubriendo a Henri Michaux), y "Paul Valéry".
En 1947, a los setenta y ocho años de edad, recibió el Premio Nobel de
Literatura, que le fue otorgado como un reconocimiento, según las
palabras de John Russel, al hombre que "más que ningún otro ha
sostenido en nuestro tiempo la anticuada noción de que el primer deber
de un artista es para con su arte".
Gide
y su compañero Marc Allegret, en 1918 |
Físicamente, Gide aparece en
sus retratos como un hombre alto y magro, con un rostro ligeramente
demacrado sobre el cual proyecta habitualmente su sombra un sombrero
negro de fieltro. En su juventud usó bigotes, pero después prefirió
exponer su fisonomía "al natural". Tenía ojos pardos, piel
amarillenta y movimientos misteriosos y ligeramente teatrales.
Para
muchos, Gide fue la figura más grande de las letras francesas y
también una de las más discutidas. Unos vieron en él a un santo.
Otros, un demonio.
De cualquier modo, fue el escritor que más profunda
influencia ejerció sobre la juventud francesa que vivió entre las dos
guerras mundiales.
Entre sus entusiastas se alzó la voz de
es Marcel
Arland, quien resumió la influencia de Gide uno de esos raros espíritus de los
cuales puede decirse que, después de ellos, la literatura y el
pensamiento no son los mismos de antes". Por otra parte, del lado
contrario, han surgido Julien Benda y Arthur Koestler para denunciar
como maléfica su influencia.
En "El Yogi y el Comisario",
dice Koestler: "Los escritos de Gide van siempre ungidos de una
pincelada de esotérica arrogancia; en torno a sus libros flota como una
fina, rarificada atmósfera.
Su influencia sobre la generación juvenil
'francesa fue deplorable (no precisamente por el retorcido erotismo que
le reprocharon los fascistas de Vichy; no se convierte uno en invertido
con sólo leer libros), sino a causa (le la altanera presunción del
espiritualismo que a tal influjo imliartía, una peculiar actitud de
hallarse iniciado, la ilusión de pertenecer a una especie de orden de
exclusividad, de compartir algunos valores exquisitos, que, no obstante,
cuando se trata de (lefinirios, se os escurren como la arena de entre
los dedos.
El mensaje de Gide a la joven inteligencia hacía evocar la
nueva túnica fabulosa del Emperador: nadie osaba confesar que no
alcanzaba a verla". En cierta ocasión, Oscar Wilde le dijo a Gide:
"No escriba nunca Yo.
En arte no existe primera persona". Sin
embargo, Gide no ha escrito casi en otra persona que la suya propia. Su
literatura constituye un verdadero archivo de su personalidad
extraordinariamente compleja y de sus luchas por ponerse de acuerdo
consigo mismo. Esta literatura no tiene paralelo en la valentia o en la
megalomanía de su minuciosidad.
Gide tuvo la suerte de heredar una
fortuna que le dio una coraza de seguridad, dentro de la cual pudo
probarse a sí mismo y exhibirse más íntima y públicamente que
ningún otro contemporáneo suyo. Muchos no pudieron perdonarle este
espectáculo, que estimaron como exhibicionismo enfermizo y violación
de la decencia pública.
Pero, sin duda, Gide ha sido en ello
profundamente sincero. "Pour chacun la route est unique et chaque
route mene á Dieu" (Cada uno tiene su camino propio y cada camino
conduce a Dios), ha escrito. La base fundamental de la ética gideana es
que cada ser tiene un papel único que desempeñar en la vida, y que el
someterse a la regla común es el pecado imperdonable contra el
Espíritu, por el cual uno pierde su significación precisa e
irreemplazable, el "sabor" de la vida que no puede ser
restaurado. Por esta razón atacó incansablemente todo lo que creyó
que podía limitar la personalidad: debilidades, cegueras, prejuicios y
exigencias sociales. No obstante la influencia que ha ejercido sobre su
generación, Gide no ha logrado despertar entusiasmo en el grueso
público.
Es demasiado mesurado y frío.
Jamás cae en el patetismo,
jamás olvida el tono que debe a su arte y a la pureza de su estilo. Se
guarda de hablar con el corazón, pero lo hace, en cambio, con los
sentidos, provocando efectos lentos, impregnando el espíritu de
perfumes aturdidores y sutiles. El mismo ha dicho: "Yo escribo para
ser releído".
Y, en verdad, sus libros ganan, por lo general, con
una segunda lectura. El propio Marcel Arland, tan entusiasta de su obra,
ha reconocido este hecho: "Los libros de Gide nacen
patinados", dice, "y por ello, a primera vista, parecen
antiguos.
Ellos carecen de resplandor, pero despiden una luz constante.
Incluso en su ausencia de anotaciones directas y de gritos, lo que a
primera vista le da un aire artificial, se reconoce en seguida una vida
profunda, por así decirlo, decantada y reducida a lo esencial...
Pero
hay en la obra y en la vida de Gide una laguna inmensa: Gide ha ignorado
el dolor. Toda su inteligencia, su intuición y la bondad verdadera que
existe en él, no han podido reemplazar lo que el dolor le habría dado.
¡ Lástima que él no haya tenido el destino de un Wilde!".