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Emblema, para muchos, de la Generación del 50, hoy el
buque más clásico de nuestras letras, a los 10 años de su muerte, Jaime
Gil de Biedma es un clásico que acertó -en los años 60- a llevar a nuestra
poesía una voz coloquial, muy trabajada y muy refinada de materia
literaria, que alguien definió como una confesión junto a un vaso de
whisky.
A Jaime Gil de Biedma le gustó escandalizar, en el mejor sentido.
Escandalizar a la izquierda -a la que pertenecía- mostrando gustos de
señorito bien educado por la derecha. A la cerrazón hispánica de sus
mejores tiempos -tan llenos aún de posguerra- con su saber cosmopolita, de
hombre viajado, que citaba un alejandrino de Racine, en su original
francés, o una sentencia de Auden, en un inglés muy bien
aprendido...
Claro que había otros escándalos en Jaime, que al
principio podían serlo tanto, que él callaba, fuera de sus íntimos. Jaime
Gil de Biedma era homosexual, lo que se ve en su poesía (sobre todo por la
ausencia total de femenino) y singularmente en el famoso Diario del
artista en 1956, que aún espera la aparición de un hermano inédito, el
Diario de 1978, en manos de su agente literaria Carmen Balcells.
Jaime
vivió su homosexualidad -durante el franquismo- como un problema familiar,
nunca como problema íntimo. Pero con la sana libertad que llegó en los
días de la Transición, Jaime Gil (y lo recuerdo, porque es una faceta de
su persona que muchos de sus discípulos olvidan) llegó, prácticamente, a
convertirse en un discreto militante por los derechos de gays y
lesbianas.
Muestra de ese afán informativo y reivindicador queda en
libros de Tusquets, que él recomendó a Beatriz de Moura, desde el tomito
El homosexual ante la sociedad enferma (que termina con una entrevista a
Jaime Gil, hablando sobre la sexualidad heterodoxa en la Generación del
27) hasta los dos volúmenes de Cónsules de Sodoma -título de Jaime- una
recopilación de entrevistas con famosos escritores gays, aparecidas en una
célebre revista norteamericana de los 70, Gay Sunshine.
El sida puso
fin, tristemente, a esa militancia positivista y positiva. Pero ¿por qué
olvidar, recordando a Jaime y volviendo a señalar al gran poeta que fue
Gil de Biedma, que hubo también un hombre -menos recordado hoy- que se
sintió homosexual, que habló de ello y que soñó con que esa condición
fuera libre y normal, y no sólo de boquilla, alguna vez, en algún tiempo y
para cualquier persona?
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