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Ahora me pregunto si es que toda la vida hemos estado aquí. Pongo,
ahora mismo, la mano ante los ojos —qué latido de la sangre en los
párpados— y el vello inmenso se confunde, silencioso, a la mirada.
Pesan las pestañas.
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son, rostros vagos nadando como
en un agua pálida, éstos aquí sentados, con ojos vivientes? La
tarde nos empuja a ciertos bares o entre cansados hombres en pijama.
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio arriba, más arriba,
mucho más que las luces que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros, silencio
y este beso igual que un largo túnel.
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